11 Mar 2019 | Sin categorizar
Una madre es asesinada por su esposo y la comunidad de la ciudad, junto con el alcalde, responde a este dolor movilizándose para cuidar a sus hijos e inventando una “adopción de la ciudadanía”. Un gesto que hace que la ciudad italiana gane el Premio Chiara Lubich a la Fraternidad 2019. Alghero es una pequeña comunidad de Cerdeña (Italia) con raíces catalanas. Aquí, la trágica noticia del asesinato de Michela Fiori, una madre de cuarenta años de dos hijos, asesinada por su esposo, puso en movimiento la generosidad y la solidaridad de toda una comunidad y de su alcalde, Mario Bruno. En los días de la desaparición el teléfono del primer ciudadano no dejó de sonar. Todos querían hacer algo por los niños de Michela: del conductor del autobús escolar que se comprometió a acompañarlos a la escuela al gerente de un local que se ofreció a organizar sus cumpleaños. “He visto la ciudad cerca de los niños, explicó el alcalde, el día de Navidad, cuatro mil personas marcharon en procesión hasta la casa de Michela. Allí sentí que tenía que hacer una promesa: ‘Cuidaré de tus hijos’. Lo que luego se convirtió en: ‘vamos a cuidar de tus hijos'». Y por la generosidad de muchos, nació una idea que el alcalde ha materializado iniciando una “adopción de los ciudadanos”, un acto administrativo que, además de expresar la solidaridad concreta , pone de relieve el fenómeno trágico del femicidio. “Adopción de la ciudadanía” significa que los 44.000 habitantes de la ciudad cuidarán a los dos niños a través de un fondo de apoyo. Las donaciones están abiertas hasta que los niños tengan veinte años y, si deciden ir a la universidad, hasta que tengan veintiséis. La primera donación fue por parte del municipio, seguida por más de 300 ciudadanos. Los niños que ahora, por decisión del Tribunal de menores, viven en otra ciudad, Génova, con su abuela, han apreciado el hermoso gesto. Y agradecieron al alcalde con la dulzura y la sencillez que solo los niños pueden tener: tomando una hoja, dibujaron un corazón con el nombre del alcalde y un escrito que ha conmovido a la comunidad: “Gracias por todo”. Esta historia no puede pasar desapercibida por el Jurado del Premio Chiara Lubich para la Fraternidad, que ofrece reconocimiento a los Municipios donde se han desarrollado proyectos o iniciativas comunitarias de fraternidad efectiva y concreta. Por eso Alghero ganó la décima edición. Pero… la historia continúa. El 7 de abril de 2019, el alcalde de Alghero estará en Turín, en el norte de Italia, para mantener su compromiso. “Mamá me había prometido que en mi cumpleaños, el 7 de abril, iríamos al estadio, – había dicho el mayor de los niños al alcalde unos días después de la tragedia-. Ahora que se ha ido, ¿quién me llevará?”. “Yo” fue la respuesta de Mario Bruno. Y así será. Giovanni Malagò, presidente del Comité olímpico nacional italiano, de hecho, ha telefoneado al alcalde, asegurándole que proporcionaría las entradas para asistir al partido de fútbol Juventus-Milán. Los niños también podrán ver a su jugador favorito, el futbolista Ronaldo, quien se ha declarado disponible para encontrarse con ellos. En todo esto, para ellos, el alcalde es solo su amigo Mario. Y cuando una cajera para un pago le pidió sus documentos, asombrados, exclamaron: “¿Pero ella no sabe que eres el alcalde?”.
Paolo De Maina
10 Mar 2019 | Sin categorizar
La misericordia es un amor que llena el corazón y luego se derrama en los demás, tanto en los vecinos como en los extraños, en la sociedad alrededor. El compañero de viaje Durante 19 meses estuve en prisión, culpable de adulterar los vinos que comercializaba. Sin embargo, allí, con la ayuda de un sacerdote y de algunas personas que vinieron a ofrecerse como voluntarios, pude reflexionar y descubrir un Dios diferente del que me habían enseñado. He enfrentado esta prueba con un espíritu renovado, comenzando a experimentar la verdadera libertad, que es la libertad interior y proviene de amar a nuestro prójimo. La relación con mi esposa ha cambiado y también me he reconciliado con mis suegros. No solo: quería perdonar a mi socio, responsable conmigo por el fraude. Ahora que he cumplido mi condena, aunque el futuro está lleno de incertidumbres, sé que Dios el Padre es mi compañero de viaje. (Javier – Argentina) Palabras de luz Entre mi esposa y yo teníamos momentos de arrebato e interminables silencios, con gran sufrimiento para nosotros y para nuestros hijos. A pesar de la ayuda de algunos amigos, cada uno se mantenía firme en su posición, parecía el fin del matrimonio. Cegado por la ira, llegué al punto en que pensé que era mejor irme de casa y acabar de una vez. Afortunadamente, en ese infierno, también recordé otras palabras que en el pasado habían sido luminosas: palabras de perdón, de amor. ¡Como cristiano estaba realmente fuera del camino! En medio de una noche de insomnio, comiéndome el orgullo, desperté a mi esposa para pedirle que me ayudara a recordar con humildad los momentos felices que habíamos vivido juntos. Nos abrazamos y nos pedimos perdón. (Un esposo africano) Lluvia Una noche me sentía muy cansada y quería decirles a los niños que fueran a su habitación y rezaran las oraciones por su cuenta pues quería irme a la cama de inmediato. Pero John, nuestro hijo mayor, me pidió que rezáramos el rosario para pedir lluvia: hacía tiempo que no llovía y nuestra plantación de maíz y patatas dulces estaba en riesgo. Así que oramos juntos. Para mi sorpresa, esa misma noche comenzó a llover y continuó hasta la tarde del día siguiente. (B.M. – Uganda) En el hospital Una mujer muy pobre, madre de familia, hospitalizada durante muchos meses, necesitaba ayuda para comer, pero el personal no podía hacer también ese trabajo. Avisamos a todos los amigos de la parroquia, y uno tras otro fuimos a ayudarla. Aunque la situación no tenía salida, mejoró un poco, respondió al tratamiento y sonreía. Cuando la vecina de su cama murió, dejó una pequeña suma en su testamento para ayudar a la familia de esta mujer. El amor es contagioso… (C.C. – España)
8 Mar 2019 | Sin categorizar
La paz se puede construir de mil maneras. A veces hacen falta también lugares donde reunirse, lugares de espiritualidad, estudio, diálogo y formación. Un proyecto de los Focolares para Jerusalén. https://vimeo.com/319953026
7 Mar 2019 | Sin categorizar
Se encuentra en el confín entre la parte hebraica y la árabe de Jerusalén. Será un lugar de espiritualidad, estudio, diálogo y formación para la Ciudad Santa y para el mundo entero. Uno historiador francés escribió que Jerusalén no es de Jerusalén, sino que es una ciudad-mundo, una ciudad en donde el mundo entero se da cita, periódicamente, para afrontarse, confrontarse, medirse. Es un laboratorio de convivencia o de guerra, de pertenencia común o de odio al otro. De hecho es fácil caer en la tentación de ver sólo lo que los sucesos nos presentan casi cotidianamente sobre la Ciudad Santa: la violencia entre hebreos y palestinos, la fatigosa resistencia de los cristianos en los lugares santos, ¿pero sólo esto es Jerusalén? ¿Hay todavía espacio para la esperanza y la profecía que esta ciudad representa para todo el mundo? Chiara Lubich siempre estuvo convencida de ello. Fue a Tierra Santa por primera vez en 1956 y entre los lugares santos visitados, la impresionó uno en especial: la “Escalerita”, es decir la antigua escalera romana de piedra blanca, que se encuentra apenas saliendo de los muros de la ciudad vieja, junto a la iglesia de San Pedro en Gallicantu. Una tradición dice que por allí pasó Jesús, la noche después de la última cena, mientras iba hacia el huerto de Getsemaní y que precisamente en esas piedras pronunció la oración por la unidad: “Padre que todos sean una sola cosa”. Referimos como Chiara describió en una página de su diario la fuerte impresión reportada en ese lugar: “Aquí el Maestro, ya próximo a la muerte, con el corazón lleno de ternura hacia sus discípulos, elegidos por el Cielo, sí, pero todavía frágiles e incapaces de comprender, elevó al Padre su oración en nombre propio y en nombre de todos aquellos por quienes había venido y por los que estaba dispuesto a morir: «Padre santo, cuida en tu nombre a los que me has dado, para que sean uno como nosotros». Allí, Jesús le había suplicado al padre que nos ahijara, aunque estuviésemos alejados por nuestra culpa, y que nos hermanara entre nosotros en la más firme, por ser divina, unidad”.(1) Ya desde entonces Chiara sintió el deseo de que, precisamente en este rinconcito de la tierra, naciera un centro para el diálogo y la unidad. Un giro importante tuvo lugar a partir de los años ’80 cuando se pudo adquirir un terreno adyacente a la escalera romana y preparar el proyecto, que fue aprobado en el 2016. Últimamente se hicieron las excavaciones para preparar el trabajo de construcción. El futuro “Centro para la Unidad y la Paz” recibió de Chiara una misión precisa: debe ser un lugar de espiritualidad, estudio, diálogo y formación. Un lugar abierto a personas de distintas edades, culturas, credos y proveniencias; orientado a estimular el encuentro, el conocimiento del otro, a favorecer relaciones auténticas. Otra etapa decisiva fue cuando en febrero pasado María Voce, presidente de los Focolares, realizó un gesto importante, al poner en el terreno una pequeña medallita de la Virgen, como signo inicial de la construcción de este centro. El proyecto presenta una estructura poli-funcional, apta para alojar eventos e iniciativas de distinta naturaleza a nivel internacional y local. Es posible contribuir en distintas formas para sostener la construcción del centro; aquí están disponibles todas las informaciones necesarias.
Stefania Tanesini
1) Chiara Lubich, Escritos espirituales/1El atractivo de nuestro tiempo, Editorial Ciudad Nueva, Madrid, p.178
5 Mar 2019 | Sin categorizar
“Un misterio” y “un shock” así ha sido definida la muerte de Pierre André Blanc, focolarino suizo, arrebatado por una fuerte depresión. Sin embargo, en quienes lo conocieron, queda la convicción de que encontró la paz en ese Dios-Amor del que fue un testigo convincente para muchos. “Tu partida, Pierre-André, fue demasiado abrupta para nosotros. Pero tu Palabra de Vida, tomada del libro de Isaías (43.1) “Te he llamado por tu nombre: me perteneces”, nos hace intuir la mirada de amor con la que, creemos, Dios te ha recibido en el Paraíso”. Esta es la última frase del discurso que Denise Roth y Markus Näf, responsables de la ciudadela de los Focolares de Montet (Suiza), durante el funeral de Pierre-André Blanc. Así se resumen los sentimientos contradictorios de muchos de los presentes: por un lado, una inefable perplejidad para esta muerte y, por el otro, la confianza, o más bien la certeza de que ha encontrado la vida verdadera. Era el quinto de seis hijos, Pierre-André nació el 2 de abril de 1962 en Sion (Suiza) y creció en Ayent, un pueblo del Valais en un hermoso clima de amor familiar. Cursó estudios de educación especial y más tarde completó sus estudios de teología. En 1980, en Roma, con motivo del Genfest, un evento internacional de los jóvenes del Movimiento de los Focolares, tomó contacto con la espiritualidad del Movimiento. Le impacta “la calidad de las relaciones entre las personas y la alegría que se leía en sus rostros”, como escribirá más adelante. Al regresar a casa, él también se compromete a vivir este estilo de vida evangélica. Acostumbrado a “encontrar” a Dios sobre los esquís con motivo de retiros en las montañas, ahora descubre en el amor concreto hacia los que lo rodean, una nueva forma de relacionarse con Él. Durante un taller sobre problemas sociales, de repente e inesperadamente se encuentra con una persona que habla de su total entrega a Dios. En Pierre-André surge una pregunta: ¿y si Dios me llama a vivir como esta persona? “Mis temores de seguir a Dios de manera totalitaria – escribirá sobre ese período – no han resistido a Sus intervenciones. Simplemente había tratado de vivir el Evangelio de una manera coherente y Dios había hecho el resto. Comprendí cuánto quería mi felicidad y, sobre todo, que tenía un enorme valor ante sus ojos. Me pareció obvio decirle sí a Jesús, seguirlo donde me sentía llamado: en el focolar”. En 1989 comenzó su formación y preparación para la vida de donación a Dios en el focolar. Aquellos que lo conocieron durante este período lo describieron como sensible a todo lo que “habla” de Dios, alguien que sabía captar lo esencial en las circunstancias y en el prójimo. Después de completar la escuela de formación para focolarinos, Pierre-André formará parte del focolar de Ginebra (Suiza) y desde 2006 en la ciudadela de Montet. Durante muchos años, dio una valiosa y atenta contribución a la vida de la comunidad de los Focolares en la Ciudadela, poniéndose a disposición de los demás con generosidad, concreción y discreción. En el campo profesional, trabajando como educador, primero con niños discapacitados y luego con jóvenes con dificultades de aprendizaje, mostró una profunda capacidad para estar cerca del sufrimiento de los demás. Jocoso y dotado de un fino sentido del humor, Pierre-André se donaba sin reservas. A finales de mayo de 2018, aparecen en él los primeros síntomas de una depresión. Es acompañado inmediatamente por un médico. Después de un mes, será necesaria la internación en una clínica. En algunos momentos puede regresar durante los fines de semana a Montet y, en octubre de 2018, abandona la clínica y regresa al focolar, siempre seguido de un médico especialista. En este período lo acompañan con gran atención y cuidado los otros focolarinos que lo ven continuamente en donación a los demás. Parece que sus condiciones comienzan a mejorar, pero al final, la enfermedad es más fuerte y el 28 de noviembre lo arrastra de forma muy abrupta. El funeral de Pierre-André fue, incluso en medio de la consternación, un momento de gran gratitud para todos por su vida y por el delicado amor que demostró hasta el final.
Joachim Schwind
4 Mar 2019 | Sin categorizar
La ciudadela suiza hospeda dos escuelas para jóvenes: los focolarinos en formación y los que quieren profundizar la espiritualidad de la unidad. Para ellos el diálogo, el intercambio y el enriquecimiento recíproco entre generaciones y culturas, es lo distintivo de Montet. “Una comunidad que trabaja concretamente con alma y cuerpo para mostrar a la humanidad que la diversidad no es un fracaso, sino una gracia de Dios con la que el hombre cuenta para unir al mundo”. Así es como Michael, un muchacho de Malí, describe la ciudadela de los Focolares de la localidad de Montet, en Suiza. En ese lugar, junto a otros jóvenes de 13 países distintos, transcurrió un año de formación humana, espiritual y profesional. Un período de estudio, trabajo y vida comunitaria, vivido a la luz de las enseñanzas del Evangelio y del Carisma de la Unidad de Chiara Lubich, para experimentar que es posible construir relaciones de fraternidad incluso entre personas diferentes por edad, cultura, sensibilidad y tradiciones.
De hecho, circundada por tres lagos, Bienne, Morat y Neuchâtel, entre colinas verdes y panoramas que inspiran paz y silencio, la Ciudadela internacional de los Focolares, desde 1981, se caracteriza por la presencia de alrededor de cien habitantes de 35 países distintos. La mitad de ellos son jóvenes que viven allí durante un año, la otra mitad son adultos que garantizan su continuidad. En ese ambiente de entrecruzan los caminos de personas provenientes de los cinco continentes, de culturas y religiones diferentes, cristianos de varias denominaciones de todas las generaciones. En estos lugares, en la década de 1960, Chiara Lubich tuvo la primera intuición de lo que serían luego las ciudadelas de los Focolares – hoy 25 en todo el mundo – pensadas como lugares-testimonio de la fraternidad universal. Decía Chiara: “Fue en Einsiedeln donde entendí, viendo desde lo alto de una colina la basílica y su entorno, que debía surgir en el Movimiento una ciudad, que no estaría formada por una abadía y por hoteles, sino por casas, lugares de trabajo, escuelas, como una ciudad común”. En la ciudadela se alojan dos escuelas de formación para jóvenes. Una para los que se preparan para la vida consagrada, los focolarinos. Y otra para los que desean vivir un año de vida comunitaria y están en busca de su vocación. “Haber realizado la escuela de Montet – cuenta Alejandro de Cuba – junto a personas de tantas naciones fue una confirmación de que el mundo unido es posible incluso cuando hay diversidades, pero está la voluntad de construirlo. Es un aprendizaje que, día tras día, el uno recibe del otro. Tratamos de construir la unidad en la diversidad a través del amor. Es una maravillosa aventura”.
“En la ciudadela – explica André de Brasil – los jóvenes tienen la ocasión de estudiar ética, sociología, teología y diálogo intercultural, profundizando también la espiritualidad de la unidad. Pueden poner en práctica estos aspectos en los trabajos que realizan, colocando las bases de un futuro profesional más responsable y coherente en todos los ámbitos sociales”. “Además – añade – viviendo el respeto entre generaciones, tú entiendes que nadie es más que el otro, sino más bien que cada uno es responsable del otro, por lo cual los ancianos se vuelven más jóvenes en su forma de vivir la vida y los jóvenes adquieren responsabilidad”. Para Gloria, de Argentina, la interculturalidad, o sea el diálogo, el intercambio y el enriquecimiento recíproco entre las culturas, es el rasgo distintivo de la ciudadela. “Hemos tenido que aprender a hacer algo grande con nuestra diversidad. Fue difícil porque parecía que no nos entendíamos, pero con el amor hemos resuelto las cosas prácticas y nos hemos comprendido en las cosas trascendentes. Viviendo juntos descubrí las cosas más bellas de los demás, pero también las de mi cultura. Entendí el valor que tiene el prójimo en mi vida pienso que no debemos tener miedo de abrirnos para conocer el “mundo de los demás”. En Montet “hay respuestas para las preguntas que nos planteamos todos los días” comenta Ivona de Serbia. La ciudadela “es un don de Dios – es el sentimiento que Larissa se lleva consigo a Brasil – una familia, multicultural y de distintas generaciones”.
Claudia Di Lorenzi