4 Nov 2011 | Sin categorizar
Jesús, resucitando de la muerte, apareció a las mujeres, venidas al sepulcro y les dijo: «No teman, vayan y anuncien a mis hermanos…». En el momento conclusivo, les dio a los discípulos el nombre de hermanos. Así como se presentó entonces, se presenta todavía ahora, como hermano: el primogénito. Resucitando había vencido la muerte y recuperado la fraternidad. Había venido a la tierra para restablecer la paternidad del Padre; había bajado al infierno para vencer al enemigo de los hombres; ahora declaraba la reconstruida fraternidad de los hijos, de la familia de Dios.
El mundo de hoy está dominado por el temor y por el egoísmo. Y ¿cuál es el resultado? (…) La humanidad sufre porque entre pueblo y pueblo, clase y clase, individuo e individuo, la vida no circula, o circula sin rumbo: y vida son las riquezas y la religión, la ciencia y la técnica, la filosofía y el arte… Pero a su vez filosofía y arte y técnica y ciencia y bienes económicos no circulan si el amor no les da el impulso, no abre de par en par los caminos y no supera las divisiones. La religión misma ha de ser liberada, redimida, a cada momento, de las incrustaciones, limitaciones y fracturas causadas por las culpas de los redimidos.
La circulación de los bienes no ocurre cuando y como debería ocurrir, porque los hombres ya no se reconocen hermanos, es decir, no se aman.
El hombre que nos molesta en el tranvía: que pasa desdeñoso o distraído o enigmático a nuestro lado, por la acera; ese hombre que explotamos en la oficina y en el campo o en el banquillo de la justicia o de la moneda, no lo vemos como a un hermano. El hombre que rechazamos, porque es de otra clase o de otro credo, no lo consideramos hijo de nuestro Padre: al máximo parecerá hijo ilegítimo, digno de lástima. El hombre al que le disparamos en la guerra o que nos dispara, no nos parece hermano: lo consideramos un artefacto homicida. La criatura, que traficamos para nuestra lujuria, no vive como nuestra hermana: es carne en venta, y vale menos que el dinero con que se paga. Desde esta perspectiva, la sociedad se parece a un leprosario, o una segregación celular.
Toda división, toda discordia es una barrera para el amor: y el amor es Dios, y Dios es la vida. Y si no pasa la vida, se estanca la muerte.
(…) Si Dios fuese exclusivamente Fuerza, Honor, Temor, se habría quedado solo; no habría generado un Hijo, ni suscitado una creación. Se habría encerrado en sí mismo, no se abría abierto. Pero el amor es trinitario: es un círculo: Padre, Hijo, Espíritu Santo. (…) La Trinidad es Tres y es Uno: Tres que se aman forman el Uno; Uno que se distingue en Tres para amar. Infinito juego de amor. A imagen y semejanza de la Trinidad, también las criaturas racionales descubren en el amor un impulso para generar otra vida. (…) El amor es la expresión de Dios hacia la creación: y es el regreso del Yo a Dios mediante el hermano.
[…] Este movimiento es circular: un partir de la fuente y un regresar a la desembocadura.
Se va a Dios si está el Hermano, se va al Hermano si está Dios: yo estoy si está Dios y si está el Hermano: sin ellos no tendría razón de ser, desde el momento que mi razón de ser es amar.
[…] Cristo volvió a poner en circulación todos los tesoros de la vida, en el cauce del amor, mediante el cual se transmite el calor, la luz, la inteligencia, para volvernos a abrir el camino que lleva a la unidad, donde está Dios.
Esto lo obtuvo viniendo entre nosotros, habitando entre nosotros, haciéndose de los nuestros, hasta que murió para redimirnos. La Redención, así como nos ha liberado de las divisiones, nos ha reunido con Dios. Cristo ha vuelto a poner a Dios en nosotros. Por ello nos mandó que nos amaramos: que donde está el amor, allí está Dios «Dios es amor: y quien está en el amor, está en Dios y Dios en él» (l Jn. 4, 16).
Il Fratello, Città Nuova, 2011, pp.29-30, 34, 36, 37-38.
3 Nov 2011 | Sin categorizar

Video de Chiara en Amsterdam 1982
«¿Qué es la unidad? ¡Ah, es algo maravilloso! Porque la unidad, la que piensa Jesús cuando dice «amaos …» hasta el punto de morir, incluso dispuesto a morir el uno por el otro, esa unidad que Jesús dice “donde dos o más están unidos allí estoy yo”, no es una mezcla de personas, no es un grupo de personas, allí está Jesús, ese es el punto. La unidad realmente manifiesta, engendra Jesús. Recuerdo, he encontrado cartas de los primeros tiempos cuando empezábamos a vivir así y en cierto modo a experimentar la presencia de Cristo en medio de nosotros. ¡Qué sorpresa! Porque antes no lo habíamos experimentado, precedentemente nuestro cristianismo era muy individual. Esto es lo que está escrito, por ejemplo: «¡Oh la unidad, la unidad, ¡qué divina belleza! ¿Quién podrá atreverse a hablar de ella? ¡Es inefable! Se siente, se ve, se goza, pero es inefable. Todos gozan de su presencia, todos sufren de su ausencia. Es paz, es gozo, es ardor, es amor, es clima de heroísmo, de máxima generosidad. ¡Es Jesús entre nosotros!” ¿Cómo se explica esta realidad? Vean, Jesús resucitado dijo una frase fabulosa: «Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (cf Mt 28,20). Dijo que estará con nosotros todos los días. ¿Pero dónde está? Sin duda en la Iglesia, porque la Iglesia es el Cuerpo de Cristo; y especialmente con los que anuncian el Evangelio porque Jesús se lo dijo; sabemos que Jesús, por ejemplo está especialmente presente en la Eucaristía, está allí, Jesús está en su Iglesia y también en su Palabra por ejemplo, las palabras de Jesús no son como las nuestras, son una presencia de Jesús y nosotros nutriéndonos de ellas nos nutrimos de Jesús; Jesús está en los sucesores de los Apóstoles, en nuestros obispos, está allí, habla a través de ellos; Jesús está en los pobres, por ejemplo, dijo que está detrás de los pobres, en fin que se esconde en ellos, en todos los que sufren. Pero Jesús también dijo: «Donde dos o más están unidos», en la comunidad, etc., está también allí. Me he dado cuenta de que hoy el mundo que no cree o que cree diversamente está especialmente impresionado por esta presencia de Jesús. «De esto conocerán todos que sois discípulos míos, si os tenéis amor los unos por los otros» (Jn 13,35). Hemos visto que hoy es un modo sentido de dar testimonio de Cristo, porque, mirad, ¿qué hace la unidad? Lo dijo Pablo VI en una parroquia de Roma, la unidad genera Cristo en medio de nosotros, la unidad lo expresa, lo manifiesta, lo revela. Jesús no es una realidad de hace veinte siglos, está en su Iglesia ahora y nos repite las palabras sus palabras. Jesús es actual y la unidad tiene esto de bonito, que lo muestra. Tanto es así que Jesús dijo: «Que sean uno para que el mundo crea». Es así. El Movimiento ha tratado de hacerlo así durante todos estos años de mantener fe en esta presencia de Jesús, del Resucitado en medio de nosotros. Y nosotros atribuimos a su presencia esta difusión universal del Movimiento, es él quien se ha abierto camino, es él que ha dado testimoniado el cristianismo. Y entonces, ¿qué tenemos que hacer, qué conclusión podemos sacar de este día? En estos días he tenido ocasión de tomar contacto con muchos holandeses y he admirado una cosa que no encuentro en otras naciones: que en el corazón de todos estos holandeses hay un gran amor por Holanda y un gran amor por su Iglesia. Y entonces, ¿qué hacemos? Es necesario que este amor se haga concreto. Entonces tratemos de poner la presencia de Jesús resucitado en nuestras familias, en las parroquias, por todas partes, con este amor recíproco que era el secreto de los primeros cristianos. Y si está el Resucitado ¿cuál será la consecuencia? una nueva primavera, y todo resurgirá. Este es mi deseo. Y ¿cuáles serán los frutos de esta presencia de Jesús? Los mismos que constatamos cuando empezamos el Movimiento: una gran alegría, paz, los mismos frutos del Espíritu Santo. Este es mi deseo, irnos, pero teniendo en los corazones este deseo: ¡haré de todo para que el Resucitado esté en medio de nosotros! Esto.»
1 Nov 2011 | Palabra de vida, Sin categorizar
«Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora». Con estas palabras Jesús nos recuerda sobre todo que Él vendrá. Nuestra vida en la tierra se terminará y empezará una vida nueva que ya no tendrá fin. Hoy nadie quiere hablar de la muerte… A veces hacemos lo que sea para distraernos, nos metemos de lleno en las ocupaciones cotidianas y llegamos a olvidar a Aquel que nos ha dado la vida y que nos la volverá a pedir para introducirnos en la plenitud de la vida, en la comunión con su Padre, en el Paraíso. ¿Estaremos preparados para el encuentro con Él? ¿Tendremos la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes que esperan al esposo? Es decir, ¿estaremos en el amor? ¿O bien nuestra lámpara estará apagada porque, inmersos en las muchas cosas que hay que hacer, en las alegrías efímeras, en la posesión de bienes materiales, nos hemos olvidado de lo único necesario, que es amar? «Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora». Pero ¿cómo velar? Ante todo sabemos que vela bien precisamente el que ama. Lo sabe la esposa que espera a su marido que llega tarde del trabajo o que debe volver de un largo viaje; lo sabe la madre que está intranquila porque su hijo todavía no ha vuelto a casa; lo sabe el enamorado, que no ve la hora de reunirse con su amada… Quien ama sabe esperar aunque el otro tarde. Esperamos a Jesús si lo amamos y deseamos ardientemente el encuentro con Él. Y lo esperamos amando concretamente, sirviéndole, por ejemplo, en quienes tenemos cerca o comprometiéndonos a construir una sociedad más justa. El propio Jesús nos invita a vivir así en la parábola del siervo fiel que, mientras espera a su señor, se encarga de los criados y de los asuntos domésticos; y en la de los siervos que, en espera también de que vuelva su señor, se esfuerzan por sacar provecho de los talentos que han recibido. «Estad, pues, muy atentos, porque no sabéis ni el día ni la hora» Precisamente porque no sabemos ni el día ni la hora en que va a llegar, podemos concentrarnos más fácilmente en el hoy que se nos da, en el afán de cada día, en el presente que la Providencia nos ofrece para vivir. Hace tiempo me dirigí espontáneamente a Dios con esta oración que quisiera recordar ahora:
«Jesús, Hazme hablar siempre como si fuese la última palabra que digo. Hazme actuar siempre como si fuese la última acción que hago. Hazme sufrir siempre como si fuese el último sufrimiento que tengo para ofrecerte. Hazme rezar siempre como si fuese la última posibilidad que tengo aquí en la tierra de conversar contigo».
Chiara Lubich
Palabra de vida, noviembre 2002, publicada en Ciudad Nueva nº 393.
1 Nov 2011 | Sin categorizar
Lanzados al infinito[1]
Los santos son grandes porque, habiendo visto en el Señor su propia grandeza, se juegan por Dios, como hijos suyos, todo lo que tienen. Dan sin pedir nada a cambio. Dan la vida, el alma, la alegría, todo vínculo terreno, toda riqueza. Libres y solos, lanzados al infinito esperan que el amor los introduzca en Reinos eternos; pero, ya en esta vida sienten llenarse el corazón de amor, del verdadero amor, del único amor que sacia, que consuela, de ese amor que traspasa los párpados del alma y da lágrimas nuevas. ¡Ah! Ningún hombre sabe lo que es un santo. Ha dado y ahora recibe; y un flujo continuo pasa entre Cielo y tierra, une la tierra al Cielo y fluye del abismo ebriedad única, linfa celestial, que no se detiene en el santo, sino que pasa a los cansados, los mortales, los ciegos y paralíticos del alma, y poda y riega, alivia, atrae y salva. Si quieres conocer el amor, pregúntaselo al santo.
Chiara Lubich
[1] Chiara Lubich, “La doctrina espiritual”, Ciudad Nueva 2005, pag. 156-157
30 Oct 2011 | Sin categorizar

En Fiera di Primiero en los primeros tiempos del Movimiento de los Focolares
Una espiritualidad de comunión, como decía Pablo VI, es el camino nuevo de Chiara Lubich, nata dal Vangelo. Pero ¿cuáles son sus caracterísitcas? ¿Cuáles son los episodios que, desde un inicio, llevaron a la certeza de haber nacido para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre ellos? Descubrámoslo juntos. En 1944, durante el mes de mayo, en el sótano oscuro de la casa familiar de Natalia Dallapiccola, al cual ésta había trasladado su habitación para protegerse mejor de los bombardeos, Chiara y sus amigas de Trento leían a la luz de una vela el Evangelio, como ya era su costumbre. Lo abrieron al azar, y encontraron la oración de Jesús antes de morir: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Es un texto evangélico extraordinario y complejo, el “testamento de Jesús”, estudiado por los exegetas y por los teólogos de toda la cristiandad; pero en aquella época estaba un poco olvidado porque resultaba misterioso para muchos. Ese pasaje de San Juan podía haber parecido difícil para jóvenes como Chiara, Natalia, Doriana y Graziella, sin embargo intuyeron que esa sería “su” palabra evangélica, la unidad. Uno de aquellos días, en Trento, en el puente Fersina, Chiara les dijo a sus compañeras: “he comprendido cómo tenemos que amarnos, según el Evangelio: hasta fundirnos en uno”. Más tarde, en la Navidad de 1946, aquellas jóvenes eligieron por lema una frase radical: “O la unidad o la muerte”. Chiara escribió en el 2000: “Un día estaba allí con mis compañeras y, abriendo el pequeño libro, leímos: “Padre, que todos sean uno” (Jn 17,21). Fue la oración de Jesús antes de morir. Por su presencia entre nosotras y por un don de su Espíritu, me pareció comprender algo de esas palabras difíciles y fuertes, y nació en mi corazón la convicción de que habíamos nacido para esa página del Evangelio: para la unidad, es decir para contribuir a la unidad de los hombres con Dios y entre sí.”. “Algún tiempo después, conscientes de la audacia divina del programa que sólo Dios podía actuar, arrodilladas en torno a un altar, le pedimos a Jesús que realizara ese anhelo suyo, sirviéndose también de nosotras si estaba en sus planes. Al principio, con frecuencia, frente a la inmensidad de ese cometido, nos asustábamos, y viendo las multitudes que habríamos tenido que atraer a la unidad, nos venía el desaliento. Pero, poco a poco, suavemente, el Señor nos hizo comprender que nuestra tarea era como la de un niño que tira una piedra en el agua y en torno a esa piedra, se producen círculos cada vez más grandes que, si se quiere, se pueden imaginar indefinidos. Entonces comprendimos que nosotros tenemos que construir la unidad a nuestro alrededor, en el ambiente donde estamos, y luego – cuando lleguemos al cielo – podremos ver los círculos que se agrandan, hasta realizar, al final de los tiempos, el plan de Dios”. “Para nosotros estaba claro desde el principio, que esta unidad sólo tenía un nombre: Jesús. Ser uno, para nosotros, significaba ser Jesús, ser todos Jesús. En efecto, sólo Cristo puede hacer de dos uno, porque su amor que es anulación de sí mismo, que no es egoísmo, nos hace entrar hasta el fondo en el corazón de los demás”. “Lo que escribía en aquellos tiempos revela la maravilla frente a una realidad sobrenatural tan sublime: ‘¡La unidad! Pero ¿quién tendrá la audacia de hablar de ella? ¡Es inefable como Dios! Se siente, se ve, se goza de ella, pero… ¡es inefable! Todos gozan de su presencia, todos sufren por su ausencia. Es paz, gozo, amor, ardor, clima de heroísmo, de inmensa generosidad. ¡Es Jesús entre nosotros!”.
29 Oct 2011 | Sin categorizar
Ya pasó un año desde su beatificación, vivida por más de veinte mil jóvenes presentes en Roma para la ocasión, y por muchos otros que la siguieron en directo en todas partes del mundo. Hoy son muchos los que quieren conocerla e imitala El fuerte testimonio de Chiara Luce Badano, la gen de Génova (Italia) que la Iglesia reconoció como beata, parece haber hecho que volviera a estar de moda la santidad. Sus “diecinueve años llenos de vida, de amor, de fe” [2 ( Papa Benedicto XVI), despiertan en tantos jóvenes –y no sólo- el deseo de gastar la vida por cosas grandes. Descubren que la santidad puede ser vivida en lo cotidiano. “Chiara Luce nos ha enseñado que también nosotros podemos amar siempre e incondicionalmente”. Ésta es una de las impresiones recogidas en Brasil, en una de las muchas veladas que, mediante el musical “Life Love Light”, se multiplicaron en el mundo: de Italia a España –durante la JMJ- y en otros países de Europa, de Medio Oriente a Asia, llegando después a las Américas, a Australia y a distintas naciones de África. Innumerables las solicitudes a los padres, María Teresa y Ruggero Badano, de contar su historia. Cada uno la siente viva, una persona con la que puede establecer una relación. Pero, como bien se expresa una joven: “Chiara Luce me ha enseñado una cosa muy fuerte; no puedo hacerme santa sola, tenemos que ser santos juntos”. Y Chiara Lubich la fundadora de los Focolares, así se expresaba presentando la espléndida figura de esta joven beata: “La finalidad del Movimiento de los Focolares es cooperar con la Iglesia a realizar el testamento de Jesús ‘que todos sean uno’. Desde pequeñita Chiara Luce había descubierto que los dolores son perlas preciosas que se han de recoger con predilección durante el día… por eso vivía con Jesús, con Él ha transformado su pasión en un canto nupcial. Si, Chiara Luce es una gen realizada, testigo coherente de nuestro ideal ya maduro en ella a los 18 años” Su historia se difunde a través de todos los medios: Más de 30.000 copias del libro “Yo tengo todo” y más de 15.000 del texto “Del techo para abajo”, editados en varios idiomas. Después, son miles las copias de DVD y CD musicales sobre su vida y sobre la fiesta de su beatificación. Pero es sobre todo en internet que se manifiestan los que la conocen, o bien la descubren en las circunstancias menos pensadas, y quieren vivir como ella. Su página de Facebook cuenta con numerosos fans que interactúan, agregando posts, comentarios, fotos, ecos. El sito “Life Love Light” se ha convertido en un punto de referencia para tantos que quieren comunicar su descubrimiento del por qué de la vida de Chiara Luce y de su felicidad como ella misma lo expresó en sus últimas palabras: “Chao mamá. Sé feliz porque yo lo soy”.