Movimiento de los Focolares

Octubre de 2009

[…]

“Constancia”. Ésta la traducción de la palabra original griega, que es rica en contenido. Incluye también paciencia, perseverancia, resistencia, confianza.
La constancia es necesaria e indispensable cuando sufrimos, cuando somos tentados, cuando somos proclives a desanimarnos, cuando somos atraídos por las seducciones del mundo, cuando somos perseguidos.
Pienso que tú también te has encontrado, al menos, en una de estas circunstancias y has experimentado que, sin constancia, podrías haber sucumbido. A veces quizás has cedido. Ahora tal vez, justamente en este momento, te encuentras inmerso en alguna de estas dolorosas situaciones.
Y bien, ¿qué hacer? Recomienza y… persevera. De otro modo, no puedes llamarte “cristiano”. Lo sabes: quien quiere seguir a Cristo tiene que tomar cada día su cruz, debe amar, al menos con la voluntad, el dolor. La vocación cristiana es una vocación a la constancia. Pablo, el Apóstol, muestra a la comunidad su perseverancia como signo de autenticidad cristiana. Y no duda ubicarla en el plano de los milagros. Si además se ama la cruz y se persevera, se podrá seguir a Cristo que está en el cielo y, por lo tanto, salvarse.

“Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

Se pueden distinguir dos categorías de personas: las que sienten la invitación a ser verdaderos cristianos, pero esta invitación cae en sus almas como la semilla sobre el pedregullo. Mucho entusiasmo, como fuego de paja, y después no queda nada.
Las segundas, en cambio, reciben la invitación, como un buen terreno recibe la semilla. Y la vida cristiana germina, crece, supera dificultades, resiste a las tormentas. Éstas tienen constancia y… “gracias a la constancia salvarán sus vidas”.
Naturalmente, si quieres perseverar no te bastará apoyarte sólo en tus fuerzas. Te hará falta la ayuda de Dios. Pablo llama a Dios: “El Dios de la constancia”.

Es a Él, entonces, que tienes que pedirla y Él te la dará. Porque si eres cristiano no te puede bastar el haber sido bautizado o alguna esporádica práctica de culto y de caridad. Te hará falta crecer como cristiano. Y todo crecimiento, en campo espiritual, no puede acontecer si no en medio de las pruebas, los dolores, los obstáculos, las batallas.
Hay quien sabe ser constante de verdad: es el que ama. El amor no ve obstáculos, no ve dificultades, no ve sacrificios. Y la constancia es el amor probado.
[…]
María es la mujer de la constancia. Pide a Dios que te encienda en el corazón el amor por Él; y la constancia, en todas las dificultades de la vida, te llegará como consecuencia, y con ésta habrás salvado tu alma.

“Gracias a la constancia salvarán sus vidas”.

Pero hay más. La constancia es contagiosa. Quien es constante da ánimo también a los demás para seguir hasta el final.
[…] Apuntemos alto. Tenemos una vida sola y es también breve. Apretemos los dientes día tras día, afrontemos una dificultad tras de la otra para seguir a Cristo… y salvaremos nuestras almas.

Chiara Lubich

Palavra de vida publicada por primera vez en junio de 1979.

septiembre 2009

Todo el Evangelio es una revolución. No hay palabra de Cristo que se parezca a la de los hombres. Escucha ésta: «Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas (las necesidades de la vida) se os darán por añadidura».

En general, la primera preocupación del hombre es la búsqueda ansiosa de lo que necesita para dar seguridad a su existencia. Quizá para ti también sea así. Pues bien, Jesús te pone ante su modo de ver las cosas y te ofrece su modo de actuar. Te pide un comportamiento totalmente distinto del habitual y no sólo para una vez, sino para siempre. Es éste: buscar primero el reino de Dios.
Cuando estés orientado con todo tu ser hacia Dios y hagas todo lo posible para que Él reine dentro de ti (es decir, para que gobierne tu vida con sus leyes) y en los demás, el Padre te dará todo lo que necesites día tras día.
En cambio, si te preocupas sobre todo de ti mismo, terminarás por preocuparte principalmente de las cosas de este mundo y serás víctima de ellas. Acabarás viendo en los bienes de la tierra tu verdadero problema, la meta de todos tus esfuerzos. Y dentro de ti surgirá la grave tentación de contar únicamente con tus fuerzas y prescindir de Dios.

«Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura».

Jesús invierte los términos. Si tu primera preocupación es Él, vivir por Él, lo demás ya no será el problema principal de tu existencia, sino una “añadidura” o algo “extra”.
¿Te parece una utopía? ¿Es una frase irrealizable para ti, hoy, hombre moderno que vives en un mundo industrializado donde impera la competencia y donde a menudo hay crisis económica? Te recuerdo sencillamente que los problemas concretos de la subsistencia no eran mucho menores para la gente de Galilea cuando Jesús pronunció estas palabras.
No es cuestión de que sea una utopía o no. Jesús te pone ante el planteamiento fundamental de tu vida: o vives para ti o vives para Dios.
Pero tratemos ahora de entender bien esta frase:

«Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura».

Jesús no te exhorta al inmovilismo, a la pasividad en las cosas de esta tierra, o a una conducta irresponsable o superficial en el trabajo.
Jesús quiere cambiar tu preocupación en ocupación, quitándote el ansia, el miedo y la inquietud.
De hecho, Él te dice: «Buscad primero el reino…».
El sentido de primero es antes que nada. La búsqueda del reino de Dios está en primer lugar y no excluye que el cristiano tenga que ocuparse también de las necesidades de su vida.
Buscar el reino de Dios y su justicia significa también tener una conducta conforme a las exigencias de Dios manifestadas por Jesús en su Evangelio.
Sólo si busca el reino de Dios, el cristiano experimentará la potencia de Dios en su favor.

Te cuento un hecho.
Es de hace tiempo y, sin embargo, conserva una increíble actualidad. De hecho, conozco a numerosos adolescentes y jóvenes que se comportan ahora como lo hacía aquella chica.
Se llamaba Elvira. Estudiaba magisterio. Era pobre y sólo una nota media alta podía asegurarle la continuación de sus estudios. Poseía una fe fuerte. Su profesor de Filosofía era ateo, de manera que no era raro que mostrase las verdades sobre Cristo y sobre la Iglesia desenfocadas, cuando no deformadas. A la chica le hervía la sangre, no por ella, sino por amor a Dios, a la verdad y a sus compañeras. Aun siendo consciente de que contradiciendo al profesor, podría sacar una mala nota, lo que sentía en su interior era más fuerte que ella. Por eso a la mínima oportunidad levantaba la mano, pedía la palabra y decía: «No es verdad, profesor». Quizás no siempre tenía todos los argumentos para rebatir las disquisiciones del profesor, pero en ese «no es verdad» estaba su fe, que es don de verdad y da que pensar.
Las compañeras, que la querían, trataban de disuadirla para que sus intervenciones no la perjudicaran. Pero no lo lograron.
Pasaron algunos meses. Llegó la hora de dar las notas. Las recogió temblando. Pero después, un salto de alegría: ¡un diez! La nota máxima.
Había tratado antes que nada de que Dios y su verdad reinaran; lo demás había venido por añadidura.

«Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas esas cosas se os darán por añadidura».

Si tú también buscas el reino del Padre, experimentarás que Dios es Providencia para todo lo que necesites en tu vida. Descubrirás lo extraordinariamente normal que es el Evangelio.

 

Chiara Lubich

agosto 2009

¿Sabes cuándo aparece esta frase en el Evangelio? La escribe San Juan el evangelista antes de que Jesús se disponga a lavar los pies a sus discípulos y se prepare para su pasión.
En los últimos momentos que vive con los suyos, Jesús manifiesta de una manera suprema y más explicita el amor que desde siempre sentía por ellos.

«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Las palabras “hasta el extremo” significan hasta el final de su vida, hasta el último aliento. Pero también indican la idea de la perfección. Quieren decir: los amó completamente, totalmente, con una intensidad extrema, hasta el culmen.
Los discípulos de Jesús permanecerán en el mundo mientras que Jesús estará ya en la gloria. Se sentirán solos, tendrán que superar muchas pruebas; precisamente para cuando lleguen esos momentos, Jesús quiere que estén seguros de su amor.

«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

¿No percibes en esta frase el estilo de vida de Cristo, su modo de amar? Lava los pies a sus discípulos. Su amor lo lleva a realizar hasta ese servicio que en aquel tiempo estaba reservado a los esclavos. Jesús se está preparando para la tragedia del Calvario, para dar a los suyos y a todos, además de sus extraordinarias palabras, de sus mismos milagros, de todas sus obras, incluso la vida. Lo necesitaban; es la mayor necesidad que tiene todo hombre: ser liberado del pecado, que significa de la muerte, y poder entrar en el Reino de los Cielos. Debían tener paz y alegría en la Vida que ya no acaba.
Y Jesús se ofrece a la muerte, gritando el abandono del Padre, hasta tal punto que al final puede decir: «Todo está cumplido».

«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Hay en estas palabras la tenacidad del amor de un Dios y la dulzura del afecto de un hermano.
Nosotros, los cristianos, también podemos amar así, porque Cristo está en nosotros.
Sin embargo, ahora no quisiera proponerte que imites a Cristo en el morir por los demás (cuando era su hora); no quisiera ofrecerte como modelos necesarios al Padre Kolbe, que muere por un hermano prisionero, ni al Padre Damián, que haciéndose leproso con los leprosos, muere con ellos y por ellos.
Puede ser que a lo largo de tus años, nunca se te pida ofrecer tu vida física por los hermanos. Pero lo que sin duda Dios sí te pide es que los ames hasta el fondo, hasta el final, hasta tal punto que tú también puedas decir: «Todo está cumplido».

Eso hizo la pequeña Cetti, de 11 años, en una ciudad italiana. Vio a su amiga y compañera Georgina, de su misma edad, muy triste. Quiso tranquilizarla, pero no lo consiguió. Entonces quiso ir hasta el fondo y saber el porqué de su angustia. Se le había muerto su papá y su mamá la había dejado sola con su abuela y se había ido a vivir con otro hombre. Cetti intuyó la tragedia y se puso en acción. Aun siendo pequeña, le pidió a su compañera que le permitiera hablar con su madre, pero Georgina le ruega que antes la acompañe a la tumba de su papá. Cetti la acompaña con gran amor y oye cómo Georgina le pide entre el llanto a su papá que venga a llevársela.

A Cetti se le parte el corazón. Había allí una pequeña iglesia en ruinas. Entran. Sólo quedaban un pequeño sagrario y un crucifijo. Cetti dice: «¡Mira, en este mundo todo se destruirá, pero ese crucifijo y ese sagrario quedarán!» Georgina responde, secándose las lágrimas: «¡Sí, tienes razón!» Después, con delicadeza, Cetti coge a Georgina de la mano y la acompaña a ver a su mamá.
Al llegar, le dice decididamente estas palabras: «Mire, señora, aunque esto no me incumba, le digo que usted ha dejado a su hija sin un cariño materno que necesita. Y aún le digo más, que usted nunca estará en paz hasta que no se la lleve con usted y se arrepienta”.

Al día siguiente, Cetti anima con amor a Georgina cuando se ven en el colegio. Pero sucede algo nuevo: un coche viene a buscar a Georgina; lo conduce su mamá. Y desde aquel día el coche sigue viniendo, porque Georgina ya vive con ella, que ha dejado definitivamente la amistad con aquel hombre.
De la pequeña y gran acción de Cetti se puede decir: “Todo está cumplido”. Todo lo hizo bien. Hasta el fondo. Y lo consiguió.
Piensa un poco. ¿Cuántas veces has empezado a interesarte por alguien al que después has abandonado, acallando tu conciencia con mil excusas? ¿Cuántas acciones has comenzado con gran entusiasmo y luego no las has continuado ante dificultades que te parecían superiores a tus fuerzas?…
La lección que Jesús te da hoy es ésta:

«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo».

Hazlo.
Y si algún día Dios te pidiera de verdad la vida, no titubearás. Los mártires iban a la muerte cantando. Y el premio será la gloria más grande, porque Jesús ha dicho que nadie en el mundo tiene mayor amor que aquél que derrama su sangre por sus amigos.

 

Chiara Lubich