Movimiento de los Focolares

Abril 2009 – Con los ojos abiertos

 

¿Observaste cómo en general no vives la vida sino que la arrastras en espera de un “después”, en el que tendría que llegar lo “bello”?
El hecho es que un “después-bello” tiene que llegar, pero no es lo que esperas.
Un instinto divino te lleva a esperar a alguien o algo que pueda satisfacerte. Y piensas tal vez en el día de fiesta, o en el tiempo libre, o en un encuentro particular… pero pasados éstos, no quedas satisfecho, al menos plenamente. Y retomas el tran tran de una existencia vivida sin convicción, siempre en espera.
La verdad es que, entre los elementos que componen también tu vida, hay uno del que nadie puede escapar; es el encuentro cara a cara con el Señor que viene. Esto es lo “bello” a lo que inconscientemente tiendes, porque estás hecho para la felicidad. Y la felicidad plena te la puede dar solamente Él.
Y Jesús, sabiendo que tú y yo estamos ciegos en esta búsqueda, nos amonesta:

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.”

Vigilen. Estén bien atentos. Estén despiertos.
Porque hay muchas cosas de las que no estás seguro en el mundo, pero de una ciertamente no puedes tener dudas: de que un día tienes que morir. Y esto para el cristiano significa presentarse delante de Cristo que viene.
Puede ser que también tú seas como la mayoría que quiere olvidarse de la muerte, a propósito. Tienes miedo de ese momento y vives como si no existiera. Dices con tu vida terrenal, con el enraizarte cada vez más en ella: la muerte me hace temblar, por lo tanto, no existe. En cambio, ese momento vendrá. Porque Cristo seguramente viene.
Con estas palabras Jesús entiende su venida en el último día. Así como subió al Cielo entre los apóstoles, volverá.
Pero estas palabras quieren decir también la venida del Señor al final de la vida de cada hombre. Además, cuando el hombre muere, para él, el mundo terminó.
Y ya que no sabes si Cristo viene hoy, esta tarde, mañana, o dentro de un año o más, debes estar alerta. Justamente como aquellos que están despiertos porque saben que los ladrones vendrán a desvalijar su casa, pero no saben la hora.
Y, si Jesús viene, quiere decir que esta vida es pasajera. Y si es así, más que desvalorizarla, tienes que darle la máxima importancia. Debes prepararte para ese encuentro con una vida digna. (…)

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.”

Ciertamente, hace falta que tú también estés atento. Tu vida no es solamente un pacífico sucederse de actos. Es también una lucha. Y las tentaciones más variadas, como las sexuales, las de la vanidad, las del apego al dinero, las de la violencia, son tus primeros enemigos.
Si vigilas siempre, no te dejarás tomar por sorpresa. Vigila bien quien ama. Es propio del amor vigilar. Cuando se ama a una persona, el corazón vigila siempre esperándola, y cada minuto que pasa sin ella es en función de ella.
Así hace una esposa amorosa cuando se esfuerza, o prepara cuanto puede servir a su esposo ausente: hace todo pensando en él. Y cuando llega, en su saludo exultante está todo el alegre trabajo del día.
Así hace una madre, cuando toma un pequeño descanso durante la asistencia de su hijo enfermo. Duerme, pero su corazón vigila.
Así actúa quien ama a Jesús. Hace todo en función de Él, a quien encuentra en las simples manifestaciones de su voluntad de cada momento, y a quien encontrará solemnemente el día en el que vendrá.
Es el 3 de noviembre de 1974. Se concluye en Santa María, en el sur de Brasil, un encuentro espiritual de 250 jóvenes, de las cuales la mayor parte proviene de la ciudad de Pelotas. El primer ómnibus, con cuarenta y cinco personas, parte: muchas canciones, mucha alegría, mucho amor a Jesús. En un momento del viaje, algunas chicas dicen juntas el rosario con los misterios dolorosos y le piden a la Virgen la fidelidad a Dios, hasta la muerte.
En una curva, por un desperfecto mecánico, el colectivo cae en un barranco de unos cincuenta metros, y vuelca tres veces. Mueren seis chicas.
Una sobreviviente dice: “Vi la muerte de cerca, pero no tuve miedo, porque Dios estaba allí”. Otra: “Cuando me di cuenta de que podía moverme, en medio de los hierros retorcidos, miré el cielo estrellado y, arrodillada entre los cuerpos de mis compañeras, recé. Dios estaba allí al lado nuestro…”. El padre de Carmen Regina, una de las víctimas, contó que su hija a menudo repetía: “Es hermoso morir, papá, se parte para estar junto a Jesús”.

“Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor.”

Las jóvenes de Pelotas, porque amaban, vigilaban, y cuando llegó el Señor fueron a recibirlo con alegría.

Chiara Lubich

Marzo 2009

 

El espectáculo más absurdo que puedes observar en este mundo es, por una parte la presencia de hombres desorientados, siempre en busca de algo, que, en las inevitables pruebas de la vida, sienten con angustia la necesidad de ayuda y el sentimiento de orfandad, y, por otro lado la realidad de Dios, Padre de todos, cuyo mayor anhelo es usar su omnipotencia para satisfacer los deseos y las necesidades de sus hijos.
Es como un vacío que reclama ser llenado. Es como un lleno que pide un vacío. Pero no se encuentran.
La libertad de la que el hombre está dotado puede causar también este daño.
Pero Dios no cesa de ser Amor para los que lo reconocen.
Escucha lo que dice Jesús:

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá»

Aquí tienes una de esas palabras ricas en promesas que, de vez en cuando, Jesús repite en el Evangelio. A través de ellas te enseña, con matices y explicaciones distintas, cómo obtener lo que necesitas.
(…)
Sólo Dios puede hablar así. Sus posibilidades son ilimitadas. Tiene en su poder todas las gracias: las de esta tierra, las espirituales, las posibles y las imposibles.
Pero, escucha bien.
El te sugiere “como” tienes que presentarte al Padre para pedírselas. Dice: “en mi nombre”.
Si tienes un poco de fe estas tres breves palabras tendrían que darte alas.
Mira, Jesús, que ha vivido entre nosotros, conoce las infinitas necesidades que tienes tú y que tenemos todos, y siente pena por nosotros. Y por eso, en la oración se ha puesto Él de intercesor y es como si te dijese: “Ve al padre de mi parte y pídele esto y esto y después aquello”. Él sabe que el Padre no puede decirle que no. Es su hijo y es Dios.
Tú no vas al Padre en tu nombre, sino en nombre de Cristo. El embajador, como se suele decir, es sólo un mensajero.
Cuando vas al Padre, en nombre de Cristo, actúas como un simple mensajero.
Los asuntos se resuelven entre los dos interesados.
Así es como rezan muchos cristianos que podrían dar testimonio de las innumerables gracias que han recibido. Son una demostración de que la paternidad de Dios, atenta y amorosa, cuida de ellos cada día.

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá»

Pero puede ser que ahora tú me digas: “He pedido y pedido en nombre de Cristo, y no he obtenido”.
Puede ser. Te decía más arriba que Jesús, en otros pasajes del Evangelio en los que invita a pedir, da más explicaciones que quizá se te han escapado.
Dice, por ejemplo, que obtiene quien “permanece” en Él, que quiere decir en su voluntad.
(…)
Puede ser que tú pidas algo que no forma parte del designio que Dios tiene para ti, y por tanto Él no lo vea útil para tu existencia en la tierra o en la otra vida, o incluso lo considere perjudicial.
¿Cómo te va a escuchar Él, que es tu padre, en estos casos? Te engañaría. Y esto no lo hará nunca.
Entonces será útil que, antes de orar, te pongas de acuerdo con Él y le digas: “Padre, yo te pido esto en nombre de Jesús, si crees que es bueno”.
Y si la gracia que pides forma parte del plan que Dios con su amor ha pensado para ti, se cumplirá la palabra:

«Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre Él os lo concederá»

También puede ser que tú pidas gracias, pero que no tengas la más mínima intención de adecuar tu vida a lo que Dios te pide.
¿Te parecería justo que Dios te escuchase también en este caso? Él no quiere darte sólo un don, sino la felicidad plena. Y ésta se obtiene tratando de vivir los mandamientos de Dios, sus palabras. No basta con pensar en ellas, ni siquiera con meditarlas, hay que vivirlas.
Si haces así, lo obtendrás todo.
En conclusión: ¿quieres obtener gracias?
Pide cualquier cosa en nombre de Cristo, atendiendo antes que nada a su voluntad, con la decisión de obedecer la ley de Dios.
A Dios le hace feliz conceder gracias; pero somos nosotros los que, por desgracia, le cerramos las manos la mayoría de las veces.

Chiara Lubich

El Evangelio vivido “irradia luz”

He aquí algunos frutos de la Palabra. Pero todos los frutos aquí citados tienen su origen en un hecho. Como sabemos, la Palabra de Dios no es como las otras, no sólo puede ser escuchada, sino que tiene el poder de realizar lo que dice. La Palabra, que es una presencia de Cristo, genera a Cristo en nuestra alma y en las almas de los demás. Es verdad: también antes de vivir la Palabra con radicalidad, si somos cristianos, tenemos la vida de Cristo en nosotros y con ella, sin dudas, la luz de Dios y también el amor, pero a menudo están encerradas, como en una crisálida. Viviendo el Evangelio el amor irradia luz y la luz hace crecer el amor: la crisálida empieza a moverse, hasta que sale la mariposa. La mariposa es el pequeño Cristo que empieza a tomar lugar en nosotros y después crece cada vez más… para llenarnos cada vez más de Él. Existe una magnífica descripción de Pablo VI sobre los efectos de la Palabra “¿Cómo se puede presentar a Cristo en las almas? A través del vehiculo y de la comunicación de la Palabra (…) pasa el pensamiento divino, pasa el Verbo, el Hijo de Dios hecho Hombre. Se podría afirmar que el Señor se encarna dentro de nosotros, cuando nosotros aceptamos que su Palabra venga (…) a vivir dentro de nosotros” .   Tomado de: Vivere. La Parola che rinnova – Editorial Città Nuova, Roma 2008

Radicalidad cristiana – Febrero 2009

 

¿Qué dice? ¡Son palabras con exigencias tremendas, radicales, jamás escuchadas!
Y, sin embrago, ese Jesús que dijo que el matrimonio es indisoluble y dio como mandato que amáramos a todos y por lo tanto particularmente a los padres, ese mismo Jesús ahora pide que pongamos en segundo lugar todos los bellos afectos de la tierra, si es que son un impedimento para el amor directo, inmediato, a Él. Sólo Dios podía pedir tanto.
Jesús, de hecho, arranca a los hombres de su modo natural de vivir y los quiere ligados antes que nada a sí mismo, para componer sobre la tierra la fraternidad universal.

Por esto, donde encuentra un obstáculo para su proyecto “corta” y en el Evangelio habla de “espada”, espiritual, se entiende. Y llama “muertos” a aquellos que no supieron amarlo a Él más que a la madre, a la esposa, a la vida. ¿Recuerdas a ese hombre que le pidió que lo dejara sepultar a su padre antes de seguirlo? Justamente a él Jesús le respondió: “Deja que los muertos entierren a sus muertos”1.
Quizás ante tanta exigencia habrás temblado de miedo, quizás habrás pensado relegar estas palabras de Jesús a su tiempo, o destinarlas a los que deben seguirlo de un modo particular.
Te equivocas. Esta palabra vale para cualquier época, incluso para la actual, y vale para todos los cristianos, también para ti.
En los tiempos que corren se te pueden presentar muchas ocasiones para poner en práctica la invitación de Cristo.
¿En tu familia alguien critica el cristianismo? Jesús quiere que tú lo testimonies con la vida y en el momento oportuno con la palabra, incluso a costa de que se burlen de ti o te calumnien.
¿Eres madre y tu marido te invita a interrumpir un embarazo? Obedece a Dios y no a los hombres. ¿Un hermano te quiere agregar a una compañía con fines poco claros, o incluso reprobables? Desasóciate. ¿Algún pariente te invita a aceptar dinero poco limpio? Mantiene tu honestidad. ¿La familia entera te quiere involucrar en un laxismo mundano? Corta, para que Cristo no se aleje de ti.

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”.

¿Eres de una familia poco creyente y el hecho de tu conversión a Cristo produjo división? No te alarmes, es un efecto del Evangelio. Ofrece a Dios el desgarro del corazón por aquellos que amas, pero no decaigas.
¿Cristo te llamó de modo particular y ahora llegó el momento en que tu donación total requiere dejar el padre y la madre, o tal vez renunciar a la novia? Concretiza tu elección. Quien no tiene lucha, no tiene victoria.

“Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo”.

“… y hasta a su propia vida”. ¿Estás en una tierra de persecución y el exponerte por Cristo pone en peligro tu vida? Ten coraje. A veces nuestra fe puede pedir también esto. No se termina nunca del todo la época de los mártires en la Iglesia.
Cada uno de nosotros, en su existencia, se encontrará ante la elección entre Cristo y todo el resto para seguir siendo auténtico cristiano. Por lo tanto, te tocará también a ti.
No tengas miedo. No tengas miedo por la vida: mejor perderla por Dios que no encontrarla jamás. La otra Vida es una realidad.
Y no tengas miedo por los tuyos. Dios los ama. Un día – si tú los sabes posponer por Él – pasará al lado de ellos y los llamará con las palabras fuertes de su amor. Y tú los ayudarás a volverse, contigo, verdaderos discípulos de Cristo.

Chiara Lubich

1. Palabra de vida de octubre de 1978, publicada en Essere la Tua Parola, Chiara Lubich e cristiani di tutto il mondo, vol. I, Roma 1980, p. 111-113.
2. Evangelio de Lucas, cap. 9, versículo 60.

Enero de 2009

¿Alguna vez estuviste en una comunidad viva de cristianos realmente auténticos? ¿Alguna vez asististe a una asamblea entre ellos? ¿Penetraste en su vida? Si es así, habrás notado que se distribuyen muchas funciones entre aquellos que la componen: quien tiene el don de hablar y te comunica realidades espirituales que te tocan el alma; quien tiene el don de ayudar, de asistir, de proveer y te hace maravillar ante los éxitos alcanzados en beneficio de cuantos sufren; quien enseña con tanta sabiduría que te infunde una fuerza muy nueva en la fe que ya posees, quien tiene el arte de organizar, quien de gobernar, quien sabe comprender a aquellos a los que se acerca y es distribuidor de consuelo a los corazones que lo necesitan. Sí, todo esto lo puedes experimentar, pero sobre todo lo que te impresiona de una comunidad tan viva es el único espíritu que caracteriza a todos y te parece que sientes aletear y hace de esa original sociedad un unum, un solo cuerpo.

“Hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo».

Incluso Pablo, y particularmente él, se encontró frente a comunidades cristianas vivísimas, suscitadas justamente por su extraordinaria palabra.
Una de éstas era aquella, joven, de Corinto, en la cual el Espíritu Santo no había sido parco en el difundir sus dones o carismas, como se les dice; es más, en ese tiempo se manifestaban extraordinarios, por la especial vocación que tenía la Iglesia naciente.
Sin embrago, esta comunidad, habiendo hecho la experiencia exaltadora de los distintos dones dados por el Espíritu Santo, había conocido también rivalidades o desórdenes, justamente entre aquellos que habían sido beneficiados. Fue necesario entonces dirigirse a Pablo, que estaba en Éfeso, para obtener aclaraciones.

Pablo no vacila, y responde con una de sus extraordinarias cartas, explicando cómo debían ser usadas estas gracias particulares.
Explica que existe diversidad de carismas, diversidad de ministerios, como el de los apóstoles o de los profetas o de los maestros, pero que uno solo es el Señor del que provienen. Dice que en la comunidad existen operadores de milagros, de curaciones, personas llevadas de modo excepcional a la asistencia, otras al gobierno, como existe quien sabe hablar lenguas, quien las sabe interpretar, pero agrega que uno solo es el Dios en el que se originan.

Y entonces, como los distintos dones son expresiones del mismo Espíritu Santo, que los infunde libremente, no pueden no estar en armonía entre ellos, no pueden no ser complementarios. Éstos no son para el goce personal, no pueden ser motivo de enorgullecimiento o de afirmación de sí mismo, sino que se dan para una finalidad común: construir la comunidad; su finalidad es el servicio. No pueden, por lo tanto, generar rivalidades o confusión.

Pablo, aun pensando en los dones particulares que tenían que ver justamente con la vida de la comunidad, es de la idea de que cada miembro tiene su capacidad, su talento para hacer fructificar para el bien de todos, y cada uno debe estar contento con el propio.
Él presenta a la comunidad como un cuerpo y se pregunta: si el cuerpo fuera todo ojo, ¿dónde estaría el oído? Y si fuera todo oído, ¿dónde el olfato? En cambio, Dios dispuso los miembros de modo diferente en el cuerpo, como Él quiso. Si todo fuera un solo miembro, ¿dónde estaría el cuerpo? En cambio:

“Hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo”.

Si cada uno es diferente, puede ser un don para los demás, y así ser sí mismo y realizar el propio designio de Dios en relación con los otros.
Y Pablo ve en la comunidad, en la que los distintos dones funcionan, una realidad a la que da un espléndido nombre: Cristo. El hecho es que ese original cuerpo que componen los miembros de la comunidad es verdaderamente el Cuerpo de Cristo. En efecto, Cristo sigue viviendo en su Iglesia y la Iglesia es su cuerpo. En el bautismo, de hecho, el Espíritu Santo incorpora a Cristo al creyente, que es inserto en la comunidad. Y allí todos son Cristo, se borra toda división, se supera toda discriminación.

“Hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo».

Cuando el cuerpo es uno, los miembros de la comunidad cristiana actúan correctamente su manera de vivir, es decir, realizan entre ellos la unidad, aquella unidad que supone la diversidad, el pluralismo. La comunidad no se asemeja a un bloque de materia inerte sino a un organismo viviente con diversos miembros.
El provocar las divisiones es, para los cristianos, hacer lo contrario a lo que deben.

“Hay muchos miembros, pero el cuerpo es uno solo».

¿Cómo, vivirás, entonces, esta nueva Palabra que la Escritura te propone?
Hace falta que tengas un gran respeto por las diferentes funciones, por los dones y los talentos de la comunidad cristiana.
Será necesario que dilates el corazón sobre toda la variada riqueza de la Iglesia y no sólo sobre la pequeña Iglesia que frecuentas y te es conocida, como la comunidad parroquial o la asociación cristiana a la que estás ligado, o bien al movimiento eclesial del que eres miembro, sino sobre toda la Iglesia, en sus múltiples formas y expresiones.
Debes sentir tuyo el todo, porque eres parte de este único cuerpo. Y así debes hacer para con cada miembro del cuerpo espiritual. (…)
Por todos debes tener la misma estima, hacer tu parte para que puedan ser útiles a la Iglesia en el mejor de los modos.
(…) Mientras tanto, no desprecies lo que Dios te pide allí donde estás, aunque el trabajo cotidiano te pueda parecer monótono y sin un gran significado: pertenecemos todos a un mismo cuerpo, y, como miembro, cada uno participa de la actividad del cuerpo entero, permaneciendo en el lugar que Dios eligió para él.
Además, lo esencial es que tú poseas ese carisma que, como dice Pablo, supera todos los demás, y es el amor: el amor para con cada hombre que encuentras, el amor para con todos los hombres de la tierra.
Es con el amor, con el amor recíproco, que los muchos miembros pueden ser un solo cuerpo.

Chiara Lubich

Esta Palabra de vida fue publicada en enero de 1981.
Referencia a la 1º Carta a los cristianos de Corinto, en el cap. 12, versículos del 17 al 19.