6 Dic 2008 | Sin categorizar
Era el 7 de Diciembre de 1943. He aquí como ella misma recuerda aquel momento,cuando, muy temprano, sola, fue al Colegio Seráfico de los Capuchinos: allí, en la capilla, la esperaba un sacerdote. En el momento de la comunión había pronunciado su sí para siempre a Dios, roca de la cual todo comenzó: “Imagínense a una joven enamorada: enamorada por aquel amor que es el primero, el más puro, aquel que todavía no se ha declarado, pero que empieza a quemar el alma. Con una sola diferencia: la joven que se enamora así, en el mundo, tiene en los ojos el rostro de su amado; pero esta en cambio no lo ve, no lo siente, no lo toca, no advierte su perfume con los sentidos del cuerpo, sino con los del alma, a través de los cuales el amor ha entrado en ella y la ha totalmente invadida. De aquí nace una alegría característica, difícil de volver a saborear en la vida, alegría secreta, serena, exultante. La pequeña iglesia estaba adornada lo mejor posible. En el Altar, en el fondo, se erguía una Virgen Inmaculada. Antes de comulgar, me di cuenta, por un instante, de lo que iba a hacer: Había atravesado un puente con la consagración a Dios; el puente se derrumbaba detrás de mí, no habría podido regresar nunca más al mundo. Yo me estaba desposando con Dios. Y era aquel Dios que, más tarde, se me habría manifestado como abandonado. Aquel “abrir los ojos” a lo que estaba haciendo – recuerdo – fue inmediato, breve – pero al mismo tiempo tan fuerte que se me cayó una lágrima sobre mi pequeño misal. Creo que hice el camino de regreso a casa corriendo. Me parece que me detuve solamente cerca, en el Obispado, para comprar tres claveles rojos para el Crucifijo que me esperaba en mi habitación, habrían sido el signo de la fiesta común”.
5 Dic 2008 | Sin categorizar
He aquí algunos frutos de la Palabra. Pero todos los frutos aquí citados tienen su origen en un hecho. Como sabemos, la Palabra de Dios no es como las otras, no sólo puede ser escuchada, sino que tiene el poder de realizar lo que dice. La Palabra, que es una presencia de Cristo, genera a Cristo en nuestra alma y en las almas de los demás. Es verdad: también antes de vivir la Palabra con radicalidad, si somos cristianos, tenemos la vida de Cristo en nosotros y con ella, sin dudas, la luz de Dios y también el amor, pero a menudo están encerradas, como en una crisálida. Viviendo el Evangelio el amor irradia luz y la luz hace crecer el amor: la crisálida empieza a moverse, hasta que sale la mariposa. La mariposa es el pequeño Cristo que empieza a tomar lugar en nosotros y después crece cada vez más… para llenarnos cada vez más de Él. Existe una magnífica descripción de Pablo VI sobre los efectos de la Palabra “¿Cómo se puede presentar a Cristo en las almas? A través del vehiculo y de la comunicación de la Palabra (…) pasa el pensamiento divino, pasa el Verbo, el Hijo de Dios hecho Hombre. Se podría afirmar que el Señor se encarna dentro de nosotros, cuando nosotros aceptamos que su Palabra venga (…) a vivir dentro de nosotros” . Tomado de: Vivere. La Parola che rinnova – Editorial Città Nuova, Roma 2008
1 Dic 2008 | Sin categorizar
30 Nov 2008 | Palabra de vida, Sin categorizar
¿Lo recuerdas? Es la palabra que Jesús le dirige al Padre en el monte de los Olivos y da sentido a su pasión, seguida de la resurrección. Expresa en toda su intensidad el drama que Jesús vive en su interior. Es la laceración interior provocada por la repugnancia profunda de su naturaleza humana de frente a la muerte querida por el Padre.
Pero Cristo no esperó ese día para adecuar su voluntad a la de Dios. Lo hizo toda su vida.
Si ésta fue la conducta de Cristo, ésta debe ser la actitud de todo cristiano. También tú debes repetir en tu vida:
“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Tal vez hasta ahora no lo has pensado, aunque seas bautizado, aunque seas hijo de la Iglesia.
Tal vez redujiste esta frase a una expresión de resignación, que se pronuncia cuando no se puede hacer otra cosa. Pero no es ésta su verdadera interpretación.
Mira, en la vida puedes elegir dos direcciones: hacer tu voluntad o libremente elegir hacer la voluntad de Dios.
Y tendrás dos experiencias: la primera, te desilusionará pronto, porque quieres treparte al monte de la vida con tus ideas limitadas, con tus medios, con tus pobres sueños, con tus fuerzas.
De aquí, antes o después, la experiencia de la rutina de una existencia que conoce el aburrimiento, lo inacabado, lo opaco y, a veces, la desesperación.
De aquí, una vida chata, aunque quieras hacerla colorida, que no te satisface nunca en lo íntimo, lo más profundo de ti.
De aquí, al final, una muerte que no deja huella: alguna lágrima y el inexorable total universal olvido.
La segunda experiencia: aquella en la que repites también tú:
“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Verás: Dios es como sol. Del sol parten muchos rayos que besan a cada uno de los hombres. Son la voluntad de Dios sobre ellos. En la vida, el cristiano, y también el hombre de buena voluntad, está llamado a caminar hacia el sol, en la luz de su propio rayo, diferente y distinto de todos los demás. Y cumplirá el maravilloso, particular designio que Dios tiene sobre él.
Si también tú haces así, te sentirás envuelto en una divina aventura jamás soñada. Serás actor y espectador al mismo tiempo de algo grande, que Dios obra en ti y, a través de ti, en la humanidad.
Todo lo que te suceda, como dolores y alegrías, gracias y desgracias, hechos notables (éxitos y buena suerte, accidentes o muertes de personas queridas), hechos insignificantes (el trabajo cotidiano en casa, en la oficina o en la escuela) todo, todo adquirirá un significado nuevo, porque te es ofrecido por la mano de Dios que es Amor. Él quiere, o permite, todo para tu bien. Y aunque primero lo pienses solamente por la fe, después verás con los ojos del alma un hilo de oro que liga acontecimientos y cosas y compone un magnífico bordado. El designio, justamente, de Dios sobre ti.
Tal vez esta perspectiva te atrae. Tal vez quieres sinceramente dar un sentido más profundo a tu vida.
Entonces escucha. Antes que nada te diré cuándo tienes que hacer la voluntad de Dios.
Piensa un poco: el pasado se fue y no puedes recuperarlo. No te queda más que ponerlo en la misericordia de Dios. El futuro todavía no existe. Lo vivirás cuando se vulva actual. En la mano tienes solamente el momento presente. Es en éste que debes tratar de cumplir la palabra:
“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Cuando quieres hacer un viaje – y la vida es también un viaje – estás tranquilo en tu asiento. No se te ocurre caminar por el vagón para adelante y para atrás.
Así haría quien quiere vivir la vida soñando un futuro que todavía no existe, o pensando en el pasado que jamás volverá.
No: el tiempo camina por sí mismo. Hace falta estar quietos en el presente y llegaremos al cumplimiento de nuestra vida aquí abajo.
Me preguntarás: ¿Cómo hago para distinguir la voluntad de Dios de la mía?
En el presente no es difícil saber cuál es la voluntad de Dios. Te indico un camino. Escucha dentro de ti: hay una voz sutil, quizás por ti sofocada demasiadas veces y que se ha vuelto casi imperceptible. Pero escúchala bien: es voz de Dios2 . Ella te dice que ése es el momento de estudiar, o de amar a quien necesita, o de trabajar, o de superar una tentación, o de seguir tu deber de cristiano, u otro de ciudadano. Ella te invita a escuchar a alguien que te habla en nombre de Dios, o a afrontar con valentía situaciones difíciles…
Escucha, escucha. No la hagas callar. Es el tesoro más precioso que posees. Síguela.
Y entonces, momento tras momento, construirás tu historia, que es historia humana y divina al mismo tiempo, porque está hecha por ti en colaboración con Dios. Y verás maravillas: verás lo que puede hacer Dios en una persona que dice, con toda su vida:
“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya”.
Chiara Lubich
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23 Nov 2008 | Sin categorizar
ZENIT ha hablado con Maria Emmaus Voce, presidenta del Movimiento de los Focolares, de la idea inspiradora del «Sophia» y de sus perspectivas. El instituto Sophia, una institución de alta cultura, nace de una paradoja: «dejar los libros en el desván» de Chiara Lubich… Maria Emmaus Voce: Chiara tenía un gran deseo de conocer la verdad y esperaba conocerla a través del estudio de la filosofía. Un día sintió dentro de sí que Jesús le pedía no buscar la verdad en los libros, sino seguirle a Él que era la Verdad encarnada. Por esto optó por dejar sus libros en el desván, renunciar al sueño del estudio, para dedicarse completamente a Jesús. Sintió también que Jesús le prometía revelarle su Verdad, su Saber y de esta revelación –Jesús– extraería luego todas las consecuencias, es decir el carisma de la unidad. Precisamente de la profunda convicción de que el carisma de la unidad que Jesús donó a Chiara tiene en sí la capacidad de generar una doctrina tal que ilumina los diversos ámbitos del saber, nace hoy un instituto universitario. Sophia quiere ser un laboratorio de formación e investigación en el que se ponen en contacto las relaciones profundas entre vida y pensamiento, entre estudio y experiencia. ¿Qué significa esto concretamente? Maria Emmaus Voce: El intento de vivir la unidad entre estos aspectos significa que aquellos que se inscriben en este instituto universitario vienen ya con una condición previa, la de estar dispuestos a amar a los otros, estar abiertos a todas las personas, a prescindir de la cultura, la religión, el mundo y la raza a la que pertenecen. Los estudiantes del Sophia aceptan hacer y hacen una experiencia de vida en la que descubren que no sólo como personas pueden estar abiertas las unas a las otras, sino que incluso las propias culturas pueden estar abiertas las unas a las otras. Descubren, además, que cada disciplina está ligada profundamente a las demás y el fundamento de todo el saber es la Sabiduría, es decir la visión de Dios sobre los hombres y sobre la realidad humana. ¿Qué expectativas tanto personales como del Movimiento siente ante el nacimiento de Sophia? Maria Emmaus Voce: Deseamos formar hombres y mujeres que sepan conjugar la doctrina con la vida y sean, por tanto, capaces de ofrecer una aportación de unidad –ser hombres y mujeres constructores de unidad–, allí donde la sociedad les conduzca, a través de los propios caminos profesionales y las actividades sociales. Esperamos verdaderamente que estas personas, integradas como catalizadores en cualquier grupo social, puedan poco a poco ser un punto de atracción, un fulcro en torno al cual se construyan células de unidad que se ensanchen cada vez más en la sociedad hasta que «todos sean uno», hasta que la familia humana sea restaurada en la unidad. Esta es la oración de Jesús al Padre, es el sueño de Chiara, el nuestro y, por tanto, también el mío personal. Por Chiara Santomiero, traducido del italiano por Nieves San Martín 20.11.2008
31 Oct 2008 | Palabra de vida, Sin categorizar
No creas que, porque estás en el mundo, puedes nadar en él como un pez en el agua. No creas que, porque el mundo entra en tu casa a través de ciertas radios y de la televisión, estás autorizado a escuchar cualquier programa o a ver todas las transmisiones.
No creas que, porque recorres los caminos del mundo, puedes mirar impunemente todos los afiches y puedes comprarte en el kiosco o en la librería cualquier publicación indiscriminadamente. No creas que, porque estás en el mundo, todas las formas de vivir del mundo pueden ser tuyas: las experiencias fáciles, la inmoralidad, el aborto, el divorcio, el odio, la violencia, el hurto.
No, no. Tú estás en el mundo. ¿Y quién lo puede negar? Pero tú no eres del mundo .
Y esto representa una gran diferencia. Esto te clasifica entre los que no se nutren de las cosas que son del mundo sino de aquellas que te son expresadas por la voz de Dios dentro de ti. Esa voz está en el corazón de todo hombre y – si la escuchas – te hace entrar en un reino que no es de este mundo, donde se viven el amor verdadero, la justicia, la pureza, la mansedumbre, la pobreza, donde rige el dominio de uno mismo.
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga”
¿Por qué muchos jóvenes escapan a Oriente, por ejemplo, a India, para encontrar un poco de silencio y captar el secreto de ciertos grandes espiritualistas que, por larga mortificación de su yo interior, dejan transparentar un amor (…) que impresiona a todos aquellos que se les acercan? Es la reacción natural al alboroto del mundo, al ruido que vive fuera y dentro de nosotros, que ya no deja espacio al silencio para escuchar a Dios. ¡Ay de mí! ¿Hace falta ir hasta la India, cuando desde hace dos mil años Cristo te dijo: “Renuncia a ti mismo… renuncia a ti mismo…”?
La vida cómoda y tranquila no es propia del cristiano, y Cristo no pidió y no te pide menos si lo quieres seguir. El mundo te embiste como un río crecido y debes caminar en contra de la corriente. El mundo para el cristiano es tupida espesura y hay que mirar dónde poner los pies. ¿Y dónde hay que hacerlo? En las huellas que Cristo mismo te marcó a su paso por esta tierra: son sus palabras. Hoy Él vuelve a decirte:
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo…”.
Tal vez esto te exponga al desprecio, a la incomprensión, al escarnio, a la calumnia; esto te aislará, te invitará a mostrarse tal cual sos, a dejar un cristianismo a la moda. Pero hay más: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.”
Lo quieras o no, el dolor amarga cualquier existencia. También la tuya. Y pequeños y grandes dolores llegan todos los días. ¿Quieres esquivarlos? ¿Te rebelas? ¿Suscitan en ti manifestaciones de enojo? No eres cristiano.
El cristiano ama la cruz, ama el dolor, aun en medio de las lágrimas, porque sabe que tienen valor. No por nada entre los innumerables medios que Dios tenía a su disposición para salvar la humanidad, eligió el dolor.
Pero Él – recuérdalo – después de haber llevado la cruz y haber sido clavado, resucitó. La resurrección es también tu destino , si en lugar de despreciar el dolor que te procura tu coherencia cristiana y cualquier otro que la vida te presente, sabes aceptarlo con amor. Experimentarás entonces que la cruz es el camino, desde esta tierra, a una alegría jamás probada; la vida de tu alma comenzará a crecer. El reino de Dios en ti adquirirá consistencia y afuera, de a poco, el mundo desaparecerá ante tus ojos y te parecerá de cartón. Y no envidiarás más a nadie. Entonces te podrás llamar seguidor de Cristo. Y, como Cristo, a quien seguiste, serás luz y amor para las innumerables llagas que laceran a la humanidad de hoy.
Chiara Lubich