23 Nov 2008 | Sin categorizar
ZENIT ha hablado con Maria Emmaus Voce, presidenta del Movimiento de los Focolares, de la idea inspiradora del «Sophia» y de sus perspectivas. El instituto Sophia, una institución de alta cultura, nace de una paradoja: «dejar los libros en el desván» de Chiara Lubich… Maria Emmaus Voce: Chiara tenía un gran deseo de conocer la verdad y esperaba conocerla a través del estudio de la filosofía. Un día sintió dentro de sí que Jesús le pedía no buscar la verdad en los libros, sino seguirle a Él que era la Verdad encarnada. Por esto optó por dejar sus libros en el desván, renunciar al sueño del estudio, para dedicarse completamente a Jesús. Sintió también que Jesús le prometía revelarle su Verdad, su Saber y de esta revelación –Jesús– extraería luego todas las consecuencias, es decir el carisma de la unidad. Precisamente de la profunda convicción de que el carisma de la unidad que Jesús donó a Chiara tiene en sí la capacidad de generar una doctrina tal que ilumina los diversos ámbitos del saber, nace hoy un instituto universitario. Sophia quiere ser un laboratorio de formación e investigación en el que se ponen en contacto las relaciones profundas entre vida y pensamiento, entre estudio y experiencia. ¿Qué significa esto concretamente? Maria Emmaus Voce: El intento de vivir la unidad entre estos aspectos significa que aquellos que se inscriben en este instituto universitario vienen ya con una condición previa, la de estar dispuestos a amar a los otros, estar abiertos a todas las personas, a prescindir de la cultura, la religión, el mundo y la raza a la que pertenecen. Los estudiantes del Sophia aceptan hacer y hacen una experiencia de vida en la que descubren que no sólo como personas pueden estar abiertas las unas a las otras, sino que incluso las propias culturas pueden estar abiertas las unas a las otras. Descubren, además, que cada disciplina está ligada profundamente a las demás y el fundamento de todo el saber es la Sabiduría, es decir la visión de Dios sobre los hombres y sobre la realidad humana. ¿Qué expectativas tanto personales como del Movimiento siente ante el nacimiento de Sophia? Maria Emmaus Voce: Deseamos formar hombres y mujeres que sepan conjugar la doctrina con la vida y sean, por tanto, capaces de ofrecer una aportación de unidad –ser hombres y mujeres constructores de unidad–, allí donde la sociedad les conduzca, a través de los propios caminos profesionales y las actividades sociales. Esperamos verdaderamente que estas personas, integradas como catalizadores en cualquier grupo social, puedan poco a poco ser un punto de atracción, un fulcro en torno al cual se construyan células de unidad que se ensanchen cada vez más en la sociedad hasta que «todos sean uno», hasta que la familia humana sea restaurada en la unidad. Esta es la oración de Jesús al Padre, es el sueño de Chiara, el nuestro y, por tanto, también el mío personal. Por Chiara Santomiero, traducido del italiano por Nieves San Martín 20.11.2008
31 Oct 2008 | Palabra de vida, Sin categorizar
No creas que, porque estás en el mundo, puedes nadar en él como un pez en el agua. No creas que, porque el mundo entra en tu casa a través de ciertas radios y de la televisión, estás autorizado a escuchar cualquier programa o a ver todas las transmisiones.
No creas que, porque recorres los caminos del mundo, puedes mirar impunemente todos los afiches y puedes comprarte en el kiosco o en la librería cualquier publicación indiscriminadamente. No creas que, porque estás en el mundo, todas las formas de vivir del mundo pueden ser tuyas: las experiencias fáciles, la inmoralidad, el aborto, el divorcio, el odio, la violencia, el hurto.
No, no. Tú estás en el mundo. ¿Y quién lo puede negar? Pero tú no eres del mundo .
Y esto representa una gran diferencia. Esto te clasifica entre los que no se nutren de las cosas que son del mundo sino de aquellas que te son expresadas por la voz de Dios dentro de ti. Esa voz está en el corazón de todo hombre y – si la escuchas – te hace entrar en un reino que no es de este mundo, donde se viven el amor verdadero, la justicia, la pureza, la mansedumbre, la pobreza, donde rige el dominio de uno mismo.
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga”
¿Por qué muchos jóvenes escapan a Oriente, por ejemplo, a India, para encontrar un poco de silencio y captar el secreto de ciertos grandes espiritualistas que, por larga mortificación de su yo interior, dejan transparentar un amor (…) que impresiona a todos aquellos que se les acercan? Es la reacción natural al alboroto del mundo, al ruido que vive fuera y dentro de nosotros, que ya no deja espacio al silencio para escuchar a Dios. ¡Ay de mí! ¿Hace falta ir hasta la India, cuando desde hace dos mil años Cristo te dijo: “Renuncia a ti mismo… renuncia a ti mismo…”?
La vida cómoda y tranquila no es propia del cristiano, y Cristo no pidió y no te pide menos si lo quieres seguir. El mundo te embiste como un río crecido y debes caminar en contra de la corriente. El mundo para el cristiano es tupida espesura y hay que mirar dónde poner los pies. ¿Y dónde hay que hacerlo? En las huellas que Cristo mismo te marcó a su paso por esta tierra: son sus palabras. Hoy Él vuelve a decirte:
“El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo…”.
Tal vez esto te exponga al desprecio, a la incomprensión, al escarnio, a la calumnia; esto te aislará, te invitará a mostrarse tal cual sos, a dejar un cristianismo a la moda. Pero hay más: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me siga.”
Lo quieras o no, el dolor amarga cualquier existencia. También la tuya. Y pequeños y grandes dolores llegan todos los días. ¿Quieres esquivarlos? ¿Te rebelas? ¿Suscitan en ti manifestaciones de enojo? No eres cristiano.
El cristiano ama la cruz, ama el dolor, aun en medio de las lágrimas, porque sabe que tienen valor. No por nada entre los innumerables medios que Dios tenía a su disposición para salvar la humanidad, eligió el dolor.
Pero Él – recuérdalo – después de haber llevado la cruz y haber sido clavado, resucitó. La resurrección es también tu destino , si en lugar de despreciar el dolor que te procura tu coherencia cristiana y cualquier otro que la vida te presente, sabes aceptarlo con amor. Experimentarás entonces que la cruz es el camino, desde esta tierra, a una alegría jamás probada; la vida de tu alma comenzará a crecer. El reino de Dios en ti adquirirá consistencia y afuera, de a poco, el mundo desaparecerá ante tus ojos y te parecerá de cartón. Y no envidiarás más a nadie. Entonces te podrás llamar seguidor de Cristo. Y, como Cristo, a quien seguiste, serás luz y amor para las innumerables llagas que laceran a la humanidad de hoy.
Chiara Lubich
29 Oct 2008 | Sin categorizar
Viviendo el momento presente, vivo todo el Evangelio. Si las Escrituras enseñan a hacer bien las cosas pequeñas, esta es precisamente la característica del que no hace otra cosa, con todo el corazón, que lo que Dios le pide en el presente. Si uno vive en el presente, Dios vive en él y si Dios está en él, en él está la caridad. Quien vive el presente es paciente, es perseverante, es manso, es pobre de todo, es puro, es misericordioso, porque tiene el amor en su máxima y más genuina expresión; ama verdaderamente a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todas las fuerzas; está iluminado interiormente, y guiado por el Espíritu Santo y por lo tanto no juzga, no piensa mal, ama al prójimo como a sí mismo, tiene la fuerza de la locura evangélica de poner la otra mejilla, de caminar dos millas… A menudo tiene la ocasión de dar al César lo que es del César porque en muchos momentos presentes tendrá que vivir plenamente su vida como ciudadano…y así por el estilo. Quien vive el presente está en el Cristo Verdad. Y eso sacia, sacia el alma que siempre anhela poseer todo en cada momento de su vida. (de Essere tua Parola, Città Nuova Editrice – 2008 p. 51)
11 Oct 2008 | Sin categorizar
30 Sep 2008 | Palabra de vida, Sin categorizar
La entrega desinteresada
¿Te sucedió alguna vez que al recibir un regalo de un amigo sentiste la necesidad de responder? ¿Y de hacerlo no tanto por saldar una deuda, sino por amor verdadero, de reconocimiento? Ciertamente que sí.
Si te pasa a ti, puedes imaginarte a Dios, a Dios que es Amor.
Él responde siempre a cada don que nosotros le hacemos a nuestros prójimos en nombre suyo. Es una experiencia que los cristianos verdaderos hacen, y a menudo. Y todas las veces es una sorpresa. Uno no se acostumbra nunca a la inventiva de Dios. Podría darte mil, diez mil ejemplos, podría escribir un libro con ejemplos. Verías cuánto hay de real en esa imagen: “Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante”. Significa la abundancia con la que Dios responde, su magnanimidad.
“Ya había caído la noche sobre Roma. Y en ese departamento casi subterráneo el exiguo grupo de chicas que quería vivir el Evangelio se daba las buenas noches. En ese momento, suena el timbre. ¿Quién sería a aquella hora? Un hombre que se presentaba a la puerta en estado de pánico, desesperado: al día siguiente lo habrían desalojado junto a su familia de su casa por no pagar el alquiler. Las chicas se miraron y en un mudo acuerdo abrieron el cajoncito en el que, en sobres diferentes, habían guardado lo que quedaba de sus sueldos y una reserva para las facturas de gas, teléfono, luz. Le dieron todo a ese hombre, sin pensarlo. Esa noche durmieron felices. Alguien habría pensado en ellas. Todavía no clarea el día, cuando suena el teléfono. ‘Voy enseguida en taxi’, dice el hombre. Sorprendidas por la elección del medio de transporte, las chicas esperan. La cara del visitante dice que algo cambió: ‘Anoche, apenas volví a casa, me encontré con la noticia de una herencia que nunca hubiera imaginado recibir. Mi corazón me dijo que compartiera la mitad con ustedes’. La suma era exactamente el doble de lo que le habían dado generosamente.”
“Den, y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante.”
¿Has hecho esta experiencia? Si no es así, recuerda que el don tiene que hacerse desinteresadamente, sin esperar el retorno, a cualquiera que pida.
Prueba. Pero hazlo no para ver el resultado, sino porque amas a Dios.
Me dirás: “Pero yo no tengo nada”.
No es verdad. Si queremos, tenemos tesoros inagotables. Nuestro tiempo libre, nuestro corazón, nuestra sonrisa, nuestro consejo, nuestra cultura, nuestra paz, nuestra palabra para convencer a quien tiene para que dé a quien no tiene…
Me dirás todavía: “No sé a quién dar”.
Mira alrededor: ¿Te acuerdas de ese enfermo en el hospital, de esa señora viuda siempre sola, de ese compañero que fue tan humillado, de ese joven desocupado siempre triste, de tu hermanito que necesita ayuda, de ese amigo que está en la cárcel, de ese aprendiz vacilante? Es en ellos que Cristo te espera.
Asume el nuevo comportamiento del cristiano – del que está impregnado todo el Evangelio – que es el del anti-encierro y de la anti- preocupación. Renuncia a sentirte seguro en los bienes de la tierra y apóyate en Dios. Así se evidenciará tu fe en Él, que será pronto confirmada por el don que te volverá.
Lógicamente, Dios no se comporta así para enriquecerte o para enriquecernos. Lo hace para que otros, muchos otros, viendo los pequeños milagros que recoge nuestro dar, hagan otro tanto.
Lo hace para que cuanto más tengamos, más podamos dar; para que – como verdaderos administradores de los bienes de Dios – hagamos circular cada cosa en la comunidad que nos rodea, hasta que se pueda decir como de la primera comunidad de Jerusalén: ninguno padecía necesidad .
¿No sientes que con esto colaboras en el entregar un alma segura a la revolución social que el mundo espera?
“Den, y se les dará”
Ciertamente, Jesús pensaba en primer lugar en la recompensa que tendremos en el Paraíso, pero cuanto sucede sobre esta tierra es ya un anuncio y una garantía.
Chiara Lubich
31 Ago 2008 | Palabra de vida, Sin categorizar
«Amad a vuestros enemigos». ¡Esto sí que es fuerte! ¡Esto sí que transforma nuestro modo de pensar y nos hace a todos dar un giro al timón de nuestra vida!
Porque, no nos engañemos, algún enemigo…, pequeño o grande, todos lo tenemos.
Está ahí, detrás de la puerta del piso de al lado, en esa señora tan antipática e intrigante, que trato de evitar cada vez que va a entrar conmigo en el ascensor…
Está en ese familiar que hace treinta años ofendió a mi padre y por ello le he negado el saludo…
Se sienta detrás de tu pupitre, en el colegio, y no has vuelto a mirarle a la cara desde que te acusó ante el profesor…
Es esa chica que era amiga tuya y luego te dejó plantado para irse con otro…
Es ese comerciante que te ha engañado…
Son los que no piensan como nosotros en política, por lo cual los consideramos enemigos nuestros.
Igual que existen, y siempre han existido, los que ven como enemigos a los sacerdotes y odian a la Iglesia.
Pues bien, a todos éstos y a muchísimos otros que llamamos enemigos, hay que amarlos. ¿Hay que amarlos?
Sí, ¡hay que amarlos! Y no creas que podemos salir del paso sencillamente cambiando el sentimiento de odio por otro más benévolo.
Hay algo más.
Escucha lo que dice Jesús:
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, rezad por los que os maltratan»
¿Comprendes? Jesús quiere que venzamos al mal con el bien. Quiere un amor traducido en hechos concretos.
Podríamos preguntarnos: ¿cómo es que Jesús da un mandamiento semejante?
La verdad es que Él quiere modelar nuestro comportamiento según el de Dios, su Padre, «que hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos»2.
Así es. No estamos solos en el mundo, tenemos un Padre y debemos parecernos a Él. Y no sólo esto, sino que Dios tiene derecho a que nos comportemos así porque, cuando éramos enemigos suyos y estábamos todavía en el mal, Él fue el primero3 en amarnos, enviándonos a su Hijo, que murió de ese modo tan terrible por cada uno de nosotros.
«Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian…»
Esta lección la había aprendido el pequeño Jerry, ese niño negro de Washington que por tener un coeficiente alto de inteligencia había sido admitido en una clase especial con los demás chicos blancos. Pero la inteligencia no le había bastado para hacer comprender a los compañeros que era igual que ellos. Su piel negra le había acarreado el odio general; tanto que el día de Navidad todos los chicos se intercambiaron regalos ignorando a Jerry. El niño se puso a llorar; ¡se comprende! Pero al llegar a casa pensó en Jesús: «Amad a vuestros enemigos», y de acuerdo con su madre compró regalos y los distribuyó con amor entre todos sus «hermanos blancos».
«Amad a vuestros enemigos…, rezad por los que os maltratan»
¡Qué dolor aquel día para Isabel, una niña de Florencia, que al subir las escalinatas para ir a misa oyó que se burlaban de ella un grupo de compañeros de su edad! A pesar de que quería reaccionar contra ellos sonrió y, una vez en la iglesia, rezó mucho por ellos. Al salir la pararon y le preguntaron el motivo de su actitud. Ella les explicó que era cristiana y por tanto tenía que amar siempre. Lo dijo con una ardiente convicción. Y su testimonio fue premiado. Al domingo siguiente vio a todos aquellos jóvenes en la iglesia, atentísimos, y en primera fila.
Así es como acogen la Palabra de Dios los niños. Por eso son grandes delante de Él.
Quizá convenga que también nosotros arreglemos alguna situación, ya que seremos juzgados según juzguemos a los demás. De hecho somos nosotros los que damos a Dios la medida con la que Él nos medirá4. ¿Acaso no le pedimos: «Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden»5? Por tanto, ¡amemos al enemigo! Sólo si actuamos así podremos arreglar las desuniones, destruir las barreras y construir la comunidad.
¿Es difícil? ¿Es penoso? ¿Nos quita el sueño sólo con pensarlo? Ánimo. No es el fin del mundo; un pequeño esfuerzo por nuestra parte y luego el 99 por 100 restante lo hace Dios y… en nuestro corazón habrá un torrente de alegría.
Chiara Lubich
1) Palabra de Vida escrita en mayo de 1978, publicada en «Ser tu Palabra», Ed. Ciudad Nueva, Madrid, 1980, pág. 17-20.
2) Mt 5, 45.
3) Cf 1 Jn 4, 19.
4) Cf Mt 7, 2.
5) Mt 6, 12.