Movimiento de los Focolares

Vivir la Palabra cambia la relación con Dios y con los hermanos

He aquí el último pensamiento preparado por Chiara Lubich para el Movimiento, desde su cama en el “hospital Gemelli”, poco antes de su “partida” y que ha sido difundido en estos días: “Quisiera esta vez subrayar el valor de la relación, de las relaciones entre nosotros. Viviendo la Palabra, en los inicios, en Trento, Cambió, ya sea nuestra relación con Dios que nuestra relación con los hermanos. Así nació aquella que entonces llamábamos “comunidad cristiana”. No nos olvidemos de estos orígenes. Construyamos nuestra obra sobre estas bases”. Reportamos a continuación algunas líneas extraídas del primer comentario sobre la Palabra de Vida, de hace más de 50 años, todavía de gran actualidad. Bien se podrían referir al pensamiento recién citado, para penetrarlo en profundidad y traducirlo en vida. “Las palabras del Evangelio quizás parezcan simples, Pero ¡qué transformación requieren! ¡Qué lejos están de nuestro habitual modo de pensar y de actuar! Pero ¡ánimo! Probemos. Una jornada así aprovechada vale una vida. Y en la noche no nos reconoceremos más a nosotros mismos. Una alegría jamás probada nos inundará. Una fuerza nos investirá. Dios estará con nosotros, porque Él está con quienes lo aman. Los días transcurrirán en plenitud. Alguna vez quizás aflojaremos, sentiremos la tentación de desilusionarnos, de detenernos. Y querremos volver a la vida de antes. ¡Pero no! ¡Ánimo! Dios nos da la gracia. Recomencemos siempre. Perseverando, veremos lentamente cambiar el mundo a nuestro alrededor. Comprenderemos que el Evangelio lleva a la vida más fascinante, enciende la luz en el mundo, da sabor a nuestra existencia, contiene el principio de la resolución de todos los problemas. Y no nos quedemos tranquilos, hasta que no comuniquemos nuestra extraordinaria experiencia a otros: a los amigos que nos puedan comprender, a los familiares, a cualquiera que nos sintamos impulsados a darla. Renacerá la esperanza”.

Poner en marcha la fraternidad en el deporte

Un horizonte hacia un deporte confiable y bello, libre de las amenazas que comporta la violencia, el doping, la comercialización exasperada, se ha abierto en el congreso 2008 de “Sportmeet”, con el título: “Sport In” – Confiable – Pon en marcha la fraternidad, desarrollado en Castel Gandolfo – Roma, del 28 al 30 de marzo. El desafío de la fraternidad en y a través del deporte, proviene de parte de los 420 deportistas, de 38 naciones diferentes, provenientes de los 5 continentes, que han participado en el evento, con testimonios significativos de vida, exposiciones de expertos internacionales, mesas redondas, talleres, momentos deportivos y juegos. Entre los numerosos testimonios de deportistas de todo nivel, estaba el de Josefa Idem, pluricampeona olímpica de canoa; la de Ippolito Sanfratello, medalla de oro de patinaje a velocidad en Turín 2006; la del “camiseta roja” (líder) de la Vuelta a Italia 2007 Marco Pinotti; del alpinista de los 8.000 metros de altura, Karl Unterkircher; la del pluricampeón mundial de “orienteering”, Nicoló Corradini; y la de la corredora de maratón Petra Teveli de Hungría, tercera en el último maratón de Milán. Junto a ellos han participado varios promotores de proyectos deportivos de carácter social en países en vías de desarrollo (Colombia, Brasil, Argentina, la República Democrática del Congo, Burundi, Líbano, Pakistán, Filipinas,…), y los animadores de proyectos de educación para la paz, antimafia y anticamorra, en Sicilia y en Campania. Además docentes y estudiantes de 17 universidades de todo el mundo, conectados en red con Sportmeet, han manifestado su compromiso de trabajar y difundir una cultura del deporte nueva, orientada a la fraternidad.

abril 2008

“… hasta que sea infundido en nosotros un espíritu desde lo alto. Entonces el desierto será un vergel y el vergel parecerá un bosque”. Con estas palabras comienza el texto del cual se extrajo la Palabra de Vida de este mes. El profeta Isaías, en la segunda mitad del siglo VIII antes de Cristo, anuncia un futuro de esperanza para la humanidad, casi una nueva creación, un nuevo “vergel”, habitado por el derecho y la justicia, capaces de generar paz y seguridad.

Esta nueva era de paz (shalom) será obra del Espíritu divino, una fuerza vital capaz de renovar la creación, y consecuencia del respeto del pacto entre Dios y su pueblo y entre los integrantes del mismo pueblo, en el que la comunión con Dios y la comunidad de los hombres serán inseparables.
Las palabras de Isaías evocan la necesidad de un compromiso serio y responsable de seguir las normas comunes de la convivencia civil que impiden el individualismo egoísta y la ciega arbitrariedad, favorecen la coexistencia armoniosa y la laboriosidad orientada al bien común.

“La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre” (Is, 32,17)

¿Será posible vivir y practicar el derecho de manera justa? Sí, si se reconocen a todas las personas como a otros tantos hermanos y hermanas y se ve a la humanidad como una familia, en el espíritu de la fraternidad universal.
Ahora bien, ¿cómo verla así sin la presencia de una Padre para todos? Podría decirse que El ya ha inscripto la fraternidad universal en el ADN de cada persona. En efecto, el primer deseo de un padre es que los hijos se traten como hermanos y hermanas, y quieran el bien el uno del otro, se amen. Por eso el “Hijo” por excelencia del Padre, el Hermano de todo hombre, vino y nos dejó como norma de vida social el amor recíproco. Es expresión de amor respetar las reglas de la convivencia, cumplir con el deber. El amor es la norma última de cualquier acción; es lo que anima a la verdadera justicia y procura la paz. Las naciones necesitan leyes cada vez más adecuadas a las necesidades de la vida social e internacional, pero sobre todo tienen necesidad de hombres y mujeres que ordenen la caridad en su interior. Ese orden es justicia, y sólo en ese orden las leyes tienen valor.

“La obra de la justicia será la paz, y el fruto de la justicia, la tranquilidad y la seguridad para siempre” (Is, 32,17)

¿Cómo vivir, entonces, la Palabra de Vida de este mes? Poniendo más empeño en los deberes profesionales, en la ética, en la honestidad, en la legalidad. Reconociendo en los demás a personas de la misma familia que esperan de nosotros atención, respeto, cercanía solidaria.
Si tu vida, tus relaciones con el prójimo, se fundamentan en la mutua y continua caridad (que precede a todas las cosas), como la expresión más plena de tu amor a Dios, entonces tu justicia verdaderamente agradará a Dios.
Un guarda municipal del Sur de Italia que eligió compartir la situación de las personas más cadenciadas de la ciudad, tomó la decisión de ir a vivir con su familia a uno de los barrios formados recientemente: calles de tierra, sin iluminación pública, sin agua corriente ni cloacas; sin servicios civiles ni transporte público.

“Fuimos tratando de crear con cada familia y habitante del barrio – cuenta – una relación de conocimiento y de diálogo, tratando de restablecer el tejido roto entre los ciudadanos y la administración pública. Poco a poco, los casi tres mil habitantes se fueron convirtiendo en sujetos activos en la relación con las instituciones pública, por medio de un comité creado con ese objetivo.
Se llegó a obtener de la administración regional la adjudicación pública de una suma considerable para el saneamiento del barrio, que se ha convertido en un barrio-piloto y ha dado vida a actividades formativas para los representantes de todos los comités de barrio de la ciudad”.

Chiara Lubich

‘La heroica lección sobre qué es el Amor’

 Viernes santo: la muerte de Jesús en la cruz es la sublime, divina, heroica lección de Jesús sobre qué es el amor. Lo había dado todo: una vida al lado de María, en medio de las incomodidades y en la obediencia. Tres años de predicación revelando la Verdad, dando testimonio del Padre, prometiendo el Espíritu Santo y haciendo toda clase de milagros de amor. Tres horas en la cruz, desde la cual perdona a los verdugos, abre el Paraíso al ladrón, nos da a su Madre y, finalmente, su Cuerpo y su Sangre después de habérnoslos dado místicamente, en la Eucaristía. Le quedaba la divinidad. Su unión con el Padre, la dulcísima e inefable unión con Él, que lo había hecho tan potente en la tierra, como Hijo de Dios, y aún en la cruz mostraba su realeza, este sentimiento de la presencia de Dios, debía ir desapareciendo en el fondo de su alma, hasta no sentirlo más; separarlo de algún modo de Aquel del que dijo que era una sola cosa con Él: “El Padre y yo somos una sola cosa” (Jn 10, 30). En Él, el amor estaba anulado, la luz apagada; la sabiduría callaba. Se hacía nada, entonces, para hacernos partícipes del Todo; gusano de la tierra (Salmo 22, 7), para hacernos hijos de Dios. Estábamos separados del Padre. Era necesario que el Hijo, en el que todos nos encontrábamos, probara la separación del Padre. Tenía que experimentar el abandono de Dios para que nosotros nunca más nos sintiéramos abandonados. Él había enseñado que nadie tiene mayor caridad de quien da la vida por los amigos. Él, la Vida, daba todo de sí. Era el punto culminante, la expresión más bella del amor. Su rostro está detrás de todos los aspectos dolorosos de la vida; cada uno de ellos es Él. Sí, porque Jesús que grita el abandono es la figura del mudo: ya no sabe hablar. Es la figura del ciego: no ve; del sordo: no oye. Es el cansado que se queja. Roza la desesperación. Es el hambriento de unión con Dios. Es la figura del desilusionado, del traicionado, parece haber fracasado. Es miedoso, tímido, desorientado. Jesús abandonado es la tiniebla, la melancolía, el contraste, la figura de todo lo que es raro, indefinible, que parece monstruoso, porque es un Dios que pide ayuda. Es el solitario, el desamparado. Parece inútil, un descartado, trastornado. Lo podemos ver en cada hermano que sufre. Acercándonos a los que se parecen a Él, podemos hablarles de Jesús abandonado. A los que se descubren semejantes a Él y aceptan compartir su suerte, Él se convierte, para el mudo la palabra; para quien no sabe, la respuesta; para el ciego, la luz; para el sordo, la voz; para el cansado, el descanso; para el desesperado, la esperanza; para el separado, la unidad; para el inquieto, la paz. Con Él, las personas se transforman y lo absurdo del dolor adquiere sentido. Él había gritado el por qué, al que nadie había dado respuesta, para que tuviéramos la respuesta a cada por qué. El problema de la vida humana es el dolor. Cualquier tipo de dolor, por más terrible que sea, sabemos que Jesús lo ha hecho suyo y transforma, por una alquimia divina, el dolor en amor. Por experiencia puedo decir que apenas nos alegramos de un dolor, para ser como Él y luego seguimos amando haciendo la voluntad de Dios, el dolor, si es espiritual desaparece, y si es físico se convierte en yugo suave. Nuestro amor puro en contacto con el dolor, lo transforma en amor; en cierto modo lo diviniza, casi continuando en nosotros – si así podemos decir – la divinización que Jesús hizo del dolor. Y después de cada encuentro con Jesús abandonado, amado, encuentro a Dios de un modo nuevo, más cara a cara, más evidente, en una unidad más plena. La luz y la alegría vuelven y, con la alegría, la paz que es fruto del Espíritu. La luz, la alegría, la paz que nacen del dolor amado impactan y conquistan a las personas más difíciles. Clavados en la cruz se es madre y padre de almas. La máxima fecundidad es el efecto. Como escribe Olivier Clément “el abismo, que por un instante abrió aquel grito, se ve colmado por el gran soplo de la resurrección”. Se anula cualquier tipo de desunión, la separación y las rupturas son sanadas, resplandece la fraternidad universal, da lugar a milagros de resurrección, nace una nueva primavera en la Iglesia y en la humanidad

«Es todo Amor»

Todos los años en Semana Santa nos sentimos envueltos en una atmósfera especial. De hecho son días en los que se manifiesta más que nunca su amor por nosotros, porque todo lo que se recuerda es amor. Jueves Santo: Amor el sacerdocio que posee un carácter ministerial, es decir de servicio y por lo tanto de amor concreto. Amor la Eucaristía en la cual Jesús se dona a sí mismo. Amor la unidad, efecto del amor, que ha invocado al Padre: “Que todos sean uno como yo en ti”. Amor ese mandamiento que Jesús conservó en su corazón toda la vida, para revelarlo el día antes de morir: “Como yo los he amado, así ámense también ustedes. De esto todos reconocerán que son mis discípulos, si se amar recíprocamente”. No podemos pasar este día sin un momento de recogimiento en el que digamos a Jesús toda la adhesión de nuestra alma a ese Mandamiento que Él llamó “suyo” y “nuevo”. Un mandamiento que es el eco de la vida misma de la Trinidad. Lo habíamos descubierto ya en Trento, mientras se desencadenaba el segundo conflicto mundial. El Verbo de Dios nos pareció como un divino emigrante que, haciéndose hombre, sin duda se adaptó al modo de vivir de este mundo. Fue un niño y un hijo ejemplar, y hombre trabajador. Pero trajo el modo de vivir de su patria celeste y quiso que hombres y cosas se recompusieran según un nuevo orden, según la ley del cielo: el amor.