«Que todos sean uno” de «Ciudad Nueva» del 15 de diciembre de 1959 Si tienes la ventura de viajar a Tierra Santa, en primavera, entre las mil cosas que Jerusalén te ofrece para contemplar y meditar, una te impacta de manera particular, debido a lo que te recuerda, en su extrema sencillez. Resistiendo al tiempo y lavada por las intemperies de dos mil años, una larga escalera de piedra -salpicada aquí y allá por amapolas rojas como la sangre de la Pasión- se extiende casi como una cinta encrespada que desciende, límpida y solemne hacia el valle del Cedrón. Ha quedado desnuda, al descampado, enmarcada por un prado, de modo que ningún templo pudiera reemplazar con su bóveda el cielo que la corona. Desde allí – cuenta la tradición – Jesús descendió aquella última tarde, después de la cena, cuando, “levantando los ojos al cielo» henchido de estrellas, rogó: «Padre, ha llegado la hora…” Impresiona poner los propios pies allí donde han tocado los pies de un Dios y el alma se te escapa por los ojos mirando el firmamento que los ojos de un Dios han mirado. Y la impresión puede ser tal que la meditación te deje clavada en adoración. Fue única su oración antes de morir. Y cuanto más irradia Dios este «Hijo del hombre” que tú adoras, tanto más lo sientes hombre y te enamora. Su discurso fue entendido plenamente sólo por el Padre; sin embargo lo dijo en alta voz, quizás para que a nosotros también nos llegara un eco de tanta melodía. 1943. No se sabe por qué, pero fue así: casi cada tarde, las primeras focolarinas reunidas en busca del amor de Dios, a la luz de una vela – porque la luz muchas veces faltaba – leían aquel fragmento. Era la carta magna del cristiano. Y allí, palabras que les eran desconocidas brillaron como soles en la noche: noche de un tiempo de guerra. Jesús, durante tres años, había hablado muchas veces a los hombres: dijo palabras de Cielo, sembró en las duras cervices, anunció un programa de paz, pero ofreció Su divino patrimonio casi adaptándose a la mente de los suyos, y las parábolas dan prueba de ello. Pero ahora que no habla a la tierra, y su voz se dirige al Padre, parece no frenar su ímpetu. Es espléndido ese hombre, que es Dios, y derrama – como fuente de la que fluye la Vida Eterna – Agua que sumerge el alma del cristiano, perdida en Él, en los mares infinitos de la Trinidad bienaventurada. Es hermoso como se presenta en ese último discurso: «Yo ruego por ellos, no ruego por el mundo… Cuida en Tu Nombre a aquellos que me diste, para que sean uno, como nosotros». Ser uno, como Jesús es uno con el Padre: ¿pero qué significaba? No se entendía mucho, pero sí que debía ser algo grande. Fue por eso que un día, unidas en el Nombre de Jesús, alrededor de un altar, le pedimos que nos enseñara él a vivir esta verdad. Él sabía lo que significaba y sólo él nos habría podido abrir el secreto para realizarla. «… Pero ahora voy a ti, para que su gozo sea perfecto». Por esa breve experiencia de unidad que habíamos hecho ¿acaso no habíamos experimentado una «nueva» alegría? ¿Era quizás esa de la cual habló Jesús? Es verdad que la alegría es el vestido del cristiano, y Alguien dentro de nosotros nos hacía entender que, para quien sigue a Cristo, la alegría es un deber, porque Dios ama al que da con alegría. «No te pido que los saques del mundo, sino que los preserves del Maligno». Una vida fascinante y nueva, por lo menos para nosotros: vivir en el mundo, que todos saben que está en antítesis con Dios, y vivir por Dios en una aventura celestial… «Conságralos en la verdad. No ruego solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí, para que todos sean uno.» ¿Pero qué cristianismo habíamos vivido antes, si habíamos pasado uno al lado del otro con indiferencia –cuando no con desprecio y juzgándonos- mientras que nuestro destino era fundirnos en la unidad invocada por Cristo? Con estos acentos nos parecía que Jesús arrojaba un lazo al Cielo y nos ligaba a nosotros, miembros dispersos en unidad – por él – con el Padre, y en unidad entre nosotros. Y el Cuerpo místico se nos desplegaba en toda su realidad, verdad y belleza. «Como Tú, Padre, estás en mi y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros.» Como Jesús es uno con el Padre, así cada uno de nosotros habría tenido que ser uno con Jesús y, por consiguiente, uno con los otros: era un modo de vivir en el cual antes poco o nada habíamos pensado: un modo de vivir «a la Trinidad»… «Para que el mundo crea que Tú me enviaste». La conversión del mundo que nos rodeaba habría sido la consecuencia de nuestra unidad. Era tal vez por eso que, ya desde los albores del Movimiento, muchas almas volvían a Dios, sin que nosotros nos hubiéramos ocupado de convertirlas, sino sólo de mantener la unidad entre nosotros y de amarlas en Cristo. «… Yo les he dado la gloria que Tú me diste para que sean perfectamente uno y el mundo conozca que Tú me has enviado….» Los hombres habrían creído en Cristo si nosotros éramos perfectos en la unidad. Por lo tanto teníamos que perfeccionarnos en esta vida. Habríamos tenido que posponer cualquier cosa a la unidad. 1943 también había sido el año de la Mystici Corporis: Cristo en el Papa Pío XII hacía escuchar la voz de su Testamento. ¿Será que Jesús, que vive en su Cabeza y en su Cuerpo, también nos empujó a nosotras a subrayar la exigencia de la unidad y a hacer así un regalo a muchos? ¡Unidad, unidad, todos uno! Tal vez en momentos en que la idea fundamental de Cristo se estaba volviendo, deformada y empobrecida de lo divino, la idea-fuerza de la revolución atea, Dios nos la quiso subrayar en el Evangelio. No se sabe. Sólo se sabe que el Movimiento de los Focolares tuvo ese sello inconfundible y que para nosotros nada tiene más valor que la unidad: porque formó el sujeto del Testamento de Aquel que queremos amar por sobre todas las cosas; porque la experiencia que tenemos hasta aquí es rica y fecunda de frutos para el Reino de Dios, para Su Iglesia. «Yo les di a conocer tu Nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me amaste esté en ellos y yo también esté en ellos.» Jesús, después de haber dicho estas cosas, se dirigió con sus discípulos más allá del torrente Cedrón…
En un clima sereno, de oración y de intensa conmoción, Chiara Lubich ha concluido a 88 años su viaje terreno hoy, 14 de marzo de 2008, a las 2, en su residencia de Rocca di Papa (Roma), donde entrada la noche había regresado por su expresa voluntad después del internamiento en el Policlínico Gemelli. Durante toda la jornada, en las horas conclusivas de su existencia, cientos de personas –parientes, estrechos colaboradores y sus hijos espirituales – han pasado para dirigirle el último saludo en la habitación, para luego detenerse en oración en la capilla del lado, permaneciendo largo rato en los alrededores de su casa. Una ininterrumpida y espontánea procesión. Con algunos Chiara intercambió algún gesto de acuerdo, a pesar de su extrema debilidad. Están llegando del mundo entero mensajes de participación y condolencia por parte de líderes religiosos, políticos, académicos y civiles, pero sobre todo de tanta gente de “su” pueblo.
Desde hace días Chiara Lubich había expresado el deseo de “regresar a casa”. Ayer en la tarde se tomó esta decisión. Desde el Policlínico Gemelli, donde estaba internada por una grave insuficiencia respiratoria, regresó a su casa en Rocca di Papa-
Como declaró el prof. Salvatore Valente, titular de la cátedra de Neumología del Policlínico: “Chiara Lubich fue trasladada a su domicilio según el deseo que ella expresó”. Y aseguró: “Sigue recibiendo todos los soportes farmacológicos y las terapias necesarias. Lamentablemente –agregó- hasta el momento ha habido respuesta alguna al tratamiento aplicado”.
Esta es una maravillosa palabra de Jesús que, en cierto sentido, todo cristiano puede repetir para sí mismo y que, si la pone en práctica, está en condiciones de llevarlo muy lejos en el Santo Viaje de la vida. Jesús, sentado junto al pozo de Jacob, en Samaría, está concluyendo su diálogo con la samaritana. Los discípulos, que vuelven de la ciudad cercana, donde fueron a comprar provisiones, se asombran de que el Maestro esté hablando con una mujer, pero ninguno le pregunta por qué lo hace y, cuando la samaritana se va, lo invitan a comer. Jesús intuye sus pensamientos y les explica el motivo de aquella conversación, respondiéndoles: “Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen”. Los discípulos no comprenden: piensan en el alimento material y se preguntan entre ellos si, durante su ausencia, alguien le ha traído de comer al Maestro. Entonces Jesús les dice abiertamente esta frase:
“Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34)
Todos los días tenemos necesidad de alimento para mantenernos con vida. Jesús no lo niega. Y aquí habla precisamente de su necesidad natural, pero lo hace para afirmar la existencia y la exigencia de otro alimento, de un alimento más importante, del cual él no puede prescindir. Jesús bajó del Cielo para hacer la voluntad de aquel que lo envió a llevar a cabo su obra. No tiene ideas o proyectos suyos más que los del Padre. Las palabras que pronuncia, las obras que realiza, son las del Padre. No hace su propia voluntad sino la de aquel que lo ha enviado. Esa es la vida de Jesús. Realizarla es lo que sacia su hambre. Al hacer su voluntad, se alimenta. La adhesión plena a la voluntad del Padre es lo que caracteriza su vida, hasta la muerte de cruz, donde verdaderamente habrá llevado a cabo en plenitud la obra que el Padre le había confiado.
“Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34)
Jesús considera la voluntad del Padre como su alimento, porque al actuarla, “asimilarla”, “comerla”, al identificarse con ella, recibe de ella la Vida. Pero ¿cuál es la voluntad del Padre, esa obra suya que Jesús tiene que llevar a cabo? Es procurarle al hombre la salvación, darle la Vida que no muere. Pues bien, un momento antes, con su conversación y su amor, Jesús le acababa de comunicar a la samaritana un germen de esa Vida. En efecto, los discípulos podrán ver muy pronto cómo esa Vida brota y se extiende, porque la samaritana comunicará la riqueza descubierta y recibida a otros samaritanos: “Vengan a ver a un hombre que… ¿No será el Mesías?”1. Jesús, hablándole a la samaritana, revela el plan de Dios, que es Padre: que todos los hombres reciban el don de su vida. Esa es la obra que a Jesús le apremia llevar a cabo, para confiarla luego a sus discípulos, a la Iglesia.
“Mi comida es hacer la voluntad de aquel que me envió y llevar a cabo su obra” (Jn 4, 34)
¿Podemos nosotros vivir esta Palabra tan típica de Jesús, que refleja de modo tan particular su ser, su misión, su celo? Por cierto: será necesario que vivamos también nosotros nuestro ser hijos del Padre por la vida que Cristo nos ha comunicado, y alimentar así nuestra vida con su voluntad. Lo podemos hacer llevando a cabo lo que él quiere de nosotros a cada momento de manera perfecta, como si no tuviéramos otra cosa que hacer. En efecto, Dios no quiere más que eso. Alimentémonos, entonces, de lo que Dios nos pide en cada instante y experimentaremos que esta manera de actuar nos sacia: nos da paz, alegría, felicidad, nos da un anticipo –y no es exagerado decirlo– de la felicidad eterna. Así contribuiremos también nosotros, con Jesús, a que se realice día a día la obra del Padre. Será la mejor manera de vivir la Pascua.
El mensaje evangélico se puede convertir en “fuerza transformadora y humanizadora en áreas de crisis”. Quienes dan testimonio de ello son algunos de los Obispos provenientes de todo el mundo reunidos desde el domingo pasado, 24 de febrero, hasta el viernes 29, en el Centro Mariápolis de Castelgandolfo. De hecho, alrededor de 90 entre Obispos y Cardenales, de 42 naciones, participaron en el 32º Congreso internacional de los Obispos amigos del Movimiento de los Focolares que este año tiene como tema: “La Palabra está viva: personas, ambientes, estructuras que se transforman”. El miércoles pasado, después de haber participado en la Audiencia general del Papa, algunos Obispos, en representación de las diversas áreas geográficas, intervinieron en una rueda de prensa en la sede de la Federación de Prensa italiana. Tomando la palabra el Cardenal Ennio Antonelli, Arzobispo de Florencia, dijo que “en los muchos testimonios hemos podido constatar como la Palabra renueva la vida de las familias, de los jóvenes, de las parroquias, una renovación profunda en la comunión”. “Se ha reforzado en nosotros la convicción de que el testimonio de la Palabra de Dios, escuchada, vivida, encarnada en la vida, el intercambio de experiencias suscitado por la Palabra es un camino importantísimo para la evangelización hoy”.“La gente no sólo quiere escuchar hablar de Jesús, quiere verlo –como escribió Juan Pablo II en la Novo Millennio Ineunte-. Y los Movimientos de algún modo lo hacen ‘ver’, hacen palpar la presencia del Señor, la potencia de su palabra que es creadora de vida nueva”.Por su parte, el Arzobispo de Palmas (Brasil), Mons. Alberto Taveira Corrêa, puso de relieve la importancia del diálogo y de las sectas, subrayando que en este frente “el compromiso es doble: formar a los cristianos a la vida del Evangelio y crear relaciones también con las personas que participan en estos grupos, tratando de establecer un diálogo”. El Arzobispo emérito de Bamenda (Camerún), monseñor Paul Verzekov, dio testimonio del compromiso de la Iglesia en el difícil trabajo de reconciliación, tanto que “en nada menos que 4 países (Togo, Benín, Congo y República Democrática de Congo), a petición del pueblo, y con la autorización de la Santa Sede, las comisiones nacionales para la mediación y reconciliación, están presididas por Obispos católicos, sin ninguna intención de sustituir a los gobiernos”. Mons. Verzekov se refirió después a la acción pacificadora de Movimientos y Comunidades, como la Comunidad de San Egidio en Mozambique y la que lleva adelante el Movimiento de los Focolares, difundido en todo el continente, gracias al “compromiso de vivir el Evangelio en la vida cotidiana”. A este punto citó la vasta acción de evangelización que llevan adelante los mismos jefes de las tribus en Fontem y otras aldeas, involucrando al pueblo y habló de los frutos de reconciliación y de convivencia pacífica que se encuentran en estas áreas de su país. De la grave situación política y religiosa que atraviesa Líbano habló el Obispo maronita de Baalbek, Mons. Simón Atallah, quien dijo que “mientras que, precisamente los jóvenes habían creído que eran las armas las que abrirían caminos de esperanza para el país, ahora estos mismos jóvenes, musulmanes y cristianos, están descubriendo que la verdadera fuerza está sobre todo en la religión. Se han dado cuenta de que no hay esperanza ni en las armas ni en la política”. “Lo importante –dijo- es acompañar a la gente a leer a la luz de la Palabra los acontecimientos, a saber encontrar en la religión no odio hacia el otro, sino amor por el otro”. Sucesivamente habló del redescubrimiento del Evangelio y del Corán, de encuentros de jóvenes de las dos religiones y citó el Movimiento “Expectativas de juventud” que reúne a cristianos y musulmanes con encuentros de más de 1000 jóvenes: “Juntos leen las palabras del Evangelio y del Corán sobre la solidaridad, la fraternidad, el amor al prójimo”. Sobre la creciente persecución de los cristianos en la India y en especial en el Estado de Orissa, el Arzobispo de Delhi, Mons. Vincent Michael Concessao, dijo que “no podemos culpar a los hindúes, sino sólo a ciertas fuerzas violentas, que por otro lado están presentes en todas las religiones. Lamentablemente los partidos políticos están usando las religiones y estos grupos para sus fines”. “Se están obstaculizando las conversiones, porque se cree que tienen lugar mediante la fuerza o a través de incentivos deshonestos ¬–continuó- Hemos discutido este problema en las conferencias episcopales y estamos tratando de entender cómo responder”. “En éste contexto, participar en este encuentro de Obispos, refuerza en mí la convicción que la respuesta a todos los problemas es el amor, es la fuerza más potente, porque es participación a la vida misma de Dios que es amor”. Y “estas atrocidades contra los cristianos ¬–agregó- son una nueva oportunidad de dar testimonio del amor cristiano, del amor a los enemigos”. De esperanza habló el Cardenal Miloslav Vlk, Arzobispo de Praga y moderador del Congreso: “”Para mí estos encuentros son un refuerzo en la esperanza, sobre todo abren un horizonte mundial y ya se entrevé realizado cuanto está escrito en el Apocalipsis: “He aquí que yo hago nuevas todas las cosas. Ya aparecen los nuevos brotes, ¿no los ven?”. Después el Cardenal dio testimonio de esta esperanza, hablando de los años, del ’52 en adelante, cuando una vez concluidos los exámenes de bachillerato, vio que se le cerraban todas las posibilidades por no formar parte de la juventud comunista, y de cómo se sintió iluminado por la Palabra: “Sométanse a la potente mano de Dios, para que los ensalce en el tiempo oportuno”. A partir de entonces muchas puertas se han abierto: “La Palabra de Dios se realiza siempre. Ésta es mi gran experiencia, es más, es la seguridad que me ha acompañado toda mi vida”, concluyó. De la Agencia ZENIT del 28 de febrero de 2008
Jesús, rodeado por la multitud, sube a la montaña y proclama su célebre discurso. Sus primeras palabras, “Felices los que tienen alma de pobres, los pacientes…”, muestran enseguida la novedad del mensaje que ha venido a traer.
Son palabras de luz, de esperanza que Jesús trasmite a sus discípulos para que sean iluminados y su vida adquiera sabor y significado. Transformados por este gran mensaje, son invitados a trasmitir a su vez a otros las enseñanzas recibidas y convertidas en vida.
“El que cumpla y enseñe (estos mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos”
Nuestra sociedad necesita, hoy más que nunca, conocer las palabras del Evangelio y dejarse transformar por ellas. Jesús tiene que poder repetir nuevamente: nos se irriten con sus hermanos; perdonen y se les perdonará; digan la verdad a tal punto que no tengan necesidad de hacer juramentos; amen a sus enemigos; reconozcan que tienen un solo Padre y que son todos hermanos y hermanas; todo lo que quieran que los demás hagan por ustedes, háganlo ustedes por ellos. Éste es el sentido de algunas de las muchas palabras del “Sermón de la Montaña” que, si se las viviese, bastarían para cambiar el mundo.
Jesús nos invita a anunciar su Evangelio. Sin embargo, antes de “enseñar” sus palabras, nos pide “observarlas”. Para ser creíbles debemos convertirnos en “expertos” del Evangelio, un “Evangelio vivo”. Sólo entonces podremos ser testimonios con la vida y enseñarlo con la palabra.
“El que cumpla y enseñe (estos mandamientos), será considerado grande en el Reino de los Cielos”
¿Cuál es la mejor manera de vivir esta Palabra? Hacer que Jesús mismo sea quien nos enseñe, atrayéndolo a nosotros y entre nosotros con nuestro amor recíproco. Él será quien nos sugiera las palabras para acercarnos a los demás, quien nos indique el camino, quien nos abra resquicios para entrar en el corazón de los hermanos, para dar testimonio de él en cualquier lugar que estemos, aún en los ambientes más difíciles y en las situaciones más intrincadas. Veremos que el mundo, esa pequeña parte de mundo donde vivimos, se transforma, se convierte a la concordia, a la comprensión, a la paz.
Lo importante es tener viva su presencia entre nosotros con nuestro amor recíproco, ser dóciles para escuchar de su voz, la voz de la conciencia, que, si sabemos hacer callar a las demás, siempre nos habla.
Él nos enseñará cómo observar con alegría y creatividad incluso los preceptos “mínimos”, para cincelar así con perfección nuestra vida de unidad. Que se pueda repetir de nosotros, como un día se decía de los primeros cristianos: “Mira cómo se aman, y están dispuestos a morir el uno por el otro” (1). De cómo nuestras relaciones son renovadas por el amor se podrá ver que el Evangelio es capaz de generar una sociedad nueva.
No podemos guardar sólo para nosotros el don recibido. “¡Ay de mí, si no predicara el Evangelio!”, estamos llamados a repetir con San Pablo (2). Si nos dejamos guiar por la voz interior, descubriremos nuevas posibilidades de comunicar, hablando, escribiendo, dialogando. Que el Evangelio vuelva a brillar a través de nuestras personas, en nuestras casas, en nuestras ciudades, en nuestros países. Florecerá también en nosotros una nueva vida; en nuestros corazones crecerá la alegría; resplandecerá mejor el Resucitado… y él nos considerará “grandes en su Reino”.
La vida de Ginetta Calliari es una muestra excelente de esto. Habiendo llegado a Brasil en 1959, con el primer grupo de los Focolares, quedó impactada al encontrarse bruscamente con las graves desigualdades de ese país. Entonces puso todo su empeño en el amor recíproco, viviendo las palabras de Jesús: “Él nos abrirá el camino”, decía. Con el paso del tiempo, junto a ella se desarrolló y consolidó una comunidad que hoy alcanza a centenares de miles de personas de toda condición y edad, entre habitantes de las favelas y miembros de clases acomodadas, que se ponen al servicio de los más pobres. Es así como se han podido concretar obras sociales que le han cambiado la cara a favelas en distintas ciudades. Un pequeño “pueblo” unido que sigue mostrando que el Evangelio es verdadero. Esa es la dote que Ginetta se llevó consigo cuando partió para el Cielo.