[:it]Ecumenismo: In 10 mila a Stoccarda per realizzare “Il sogno di un’Europa unita nello spirito”
[:it]Secondo simposio indù-cristiano
De la oscuridad al redescubrimiento del propio carisma
Una religiosa, in un momento de oscuridad, impresionada por la serenidad con la que otra hermana vivía su grave enfermedad, descubre el secreto: el amor a Jesús crucificado y abandonado, corazón de la Espiritualidad de la Unidad, de los Focolares. “Para mí –cuenta- es una conversión”. Redescubre la actualidad de su fundador: “Ante la miseria material y espiritual de su tiempo, San Vicente consagró su vida a la evangelización de los pobres que él llamaba “nuestros patrones”. En Jesús abandonado ella descubre el rostro del Señor transfigurado en la pobreza de hoy: en un barrio de mala reputación, en una comunidad al servicio de los drogadictos, entre los rechazados por la sociedad. Hay quien se acerca a Dios y “pasa de la muerte a la vida”, porque empieza a amar a los hermanos. Soy una Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl. La Compañía de la que formo parte fue fundada en el siglo XVIII por Vicente y Luisa Marillac. Conocí el Ideal de la unidad en un momento de oscuridad y de agotamiento, a través de una hermana que vivía la Espiritualidad. Le habían diagnosticado un tumor cerebral, sin embargo ella permanecía serena y siempre abierta y dispuesta a amar. Durante la anestesia a menudo repetía: “Por tí Jesús, por ti”. ¿Dónde encontraba aquella fuerza? Descubrí el secreto: el abrazo a Jesús Crucificado y Abandonado. También yo quiero vivir esta aventura. Para mí es un momento de verdadera conversión: el Espíritu Santo quema el tormento que desde hace años quita a mi vida la frescura y la generosidad por Jesús. Dentro siento un deseo loco de amar. Empiezo a frecuentar el Focolar, participo en los encuentros donde encuentro la luz para vivir el carisma de mis fundadores. Me siento más libre, más alegre, más mujer, más Hija de la Caridad. El reglamento y la experiencia de San Vicente de Paúl y de Santa Luisa de Marillac me parecen más cercanos. Mi fundador, ante la miseria material y espiritual de su tiempo consagró su vida a la evangelización de los pobres que él llamaba “nuestros patrones”. Redescubro en Jesús Abandonado el rostro del Señor transfigurado en la pobreza de hoy. Si en el 1600 mis hermanas iban a evangelizar, curar, nutrir, vestir a los pobres, en las calles, en los campos de batalla, en las azoteas, en los hospitales, en las cárceles… Así hoy descubro la belleza y la actualidad de nuestro carisma viviéndolo en un barrio de mala reputación de Milán. En estos años redescubro cual es la forma en la que puedo contribuir a la realización del Ideal de la unidad: revivir a mi fundador para realizar la unidad. Años después me mandan a una comunidad al servicio de los drogadictos. Experimento la inseguridad y la absurdidad de abrazar esta realidad ante la cual me siento poco preparada e inadecuada. Me rebelo ante la idea de verme confinada a una casita de montaña, sin un papel o una actividad precisa. Pero es precisamente viviendo esta experiencia, aparentemente gris, que el Señor me libera de apegos y seguridades y renuevo mi “sí” a Jesús. De este modo Él me prepara para vivir otra aventura: me transfieren a un apartamentito en un barrio popular de Turín, caracterizado por la nueva pobreza: alcohólicos, dimitidos del hospital psiquiátrico, indigentes, ancianos, en otras palabras, los últimos, los rechazados por la sociedad. Tengo la fortuna de compartir la Espiritualidad de la Unidad con otra hermana. Viviendo con los pobres 24 sobre 24 horas encuentro a Jesús Abandonado a cada paso. Me enfrento con la desconfianza. La gente piensa que las monjas estamos allí para controlarlos y nos miran con desprecio. Pero ellos son “nuestros patrones”, en ellos reconocemos el rostro de Jesús. Poco a poco el amor los conquista. Los indigentes se convierten en nuestros primeros amigos. Nos interesamos por la vida de nuestros vecinos y abrimos la puerta de nuestra casa a todos. Ciertamente, no siempre es fácil, a veces nos entra la impaciencia, la incomodidad, la repugnancia y el desaliento ante la ingratitud o las pretensiones y exigencias de los más pobres. Pero abrazando el dolor, Jesús abandonado, vuelvo a encontrar la capacidad de amar y la alegría de vivir aquello que San Vicente pedía a las Hermanas de la Caridad: “Los pobres son tus patrones, patrones terriblemente exigentes. Más desagradables e injustos serán, más tendrás que amarlos”. El amor recíproco con la otra hermana genera la presencia de Jesús en medio (cf. Mt. 18, 20) y nuestra casa se convierte en un punto de referencia para la gente del barrio, para un grupo de jóvenes que quieren compartir nuestra actividad caritativa. Algunos se acercan a Dios haciendo la experiencia de la Palabra: “Hemos pasado de la muerte a la vida porque hemos amado a los hermanos”. Y algunos entienden que Dios los llama a seguirLo. Durante el invierno nuestra casa se abre también a los emigrantes que de lo contrario vivirían a la intemperie; algunos son musulmanes. Se quedan estupefactos ante el desinterés, el amor concreto y el respeto con el que nos acercamos a ellos. Chiara Lubich nos enseña a amar “haciéndonos uno”. Durante el período del Ramadán les hacemos encontrar un paquetito de comida, para que después del ocaso tengan algo para comer. También los gitanos se vuelven amigos nuestros; nos encontramos con los niños de las caravanas para prepararlos a los sacramentos y con los adultos para darles a conocer que Dios los ama. El año pasado la redimensión de nuestra Congregación me lleva a transferirme a otra parte, pero la experiencia de unidad vivida sigue abriendo otros ambientes. Regreso a Milán y experimento el dolor de dejar el grito de tantos pobres con quienes he compartido mi vida en estos años. Experimento así la frase de Chiara: “Todo desapego del bien que he hecho es un aporte para edificar a María” y repito: “por ti, Jesús”, que ahora sigo descubriendo en el rostro de los nuevos hermanos que me pone al lado. De este modo comprometiéndome a encarnar con la vida el carisma que San Vicente dejó a la Iglesia, trato, en unidad con toda la Obra de María, de realizar el testamento de Jesús: “Que todos sean uno”. Esto me da un nuevo ardor y la aventura continúa con nuevos hermanos en quienes redescubro Su Rostro”. (Hna. R.R.)
El mosaico se recompone
Desde hace meses, quizás años, no logro tomarme una hora de distracción. Una tarde me dejo convencer por mi hermana de ir al cine. Entrando en la sala mi mirada se cruza con dos ojos que me fijan con insistencia. Un muchacho de poco más de 18 años se me acerca, diciendo que quiere hablarme en el intervalo de la película. En ese momento no lo reconozco, pero después me empiezan a darme vuelta en la cabeza recuerdos e imágenes. �Cómo hice para no darme cuenta enseguida? Es Román, mi hijo, a quien no veo desde hace ocho años, cuando se fue a vivir con su padre, después de nuestra separación. Tenía apenas 10 años entonces, y ahora lo encuentro hecho un hombre. Nos abrazamos en silencio. Después me dice: “�Mamá puedo venir a vivir contigo?”. Después de las lágrimas de ambos, volvemos juntos a casa. Esa noche, por primera vez, mis 4 hijos duermen bajo el mismo techo: él y su hermano, nacidos de mi primer matrimonio, y los otros dos más pequeños, nacidos del segundo matrimonio.
Una vida en mil pedazos
A menudo he tenido la impresión de que mi vida fuese como un vaso roto en mil pedazos, y que más yo trataba de ponerlos juntos, más el vaso se rompía. Después de una infancia difícil y de relaciones tensas en mi familia, el día que cumplía diecisiete años me casé. Era un paso algo precipitado, pero estaba convencida de que el matrimonio me habría dado esa felicidad que esperaba. En cambio no tuve un sólo momento de tranquilidad. A pesar de que habían nacido dos hijos la situación había llegado, en poco tiempo, al punto de la ruptura, y después de 10 años de matrimonio nos separamos. Con 27 años, un niños pequeño (Román se había quedado con el padre), y un matrimonio fracasado a las espaldas, no era fácil volver a empezar.
No tenía a nadie a mi lado, e incluso aquél Dios que había encontrado de niña parecía haber desaparecido. En aquella soledad, cuando otro hombre me demostró un poco de afecto, en el deseo de ofrecerle al niño el calor de una familia, acepté casarme con él. Nacieron otros dos hijos y viví un período feliz. Después se presenta otra durísima prueba: mi compañero se ve afectado por un tumor. Se alternan momentos de esperanza y de desilusión, hasta cuando, por los dolores agudísimos, en un momento de crisis no logra más y se quita la vida.
�Es posible volver a empezar!
Quedo sola nuevamente, con tres hijos por mantener. Esa muerte trágica me zumba en la desesperación, también yo quisiera terminar con todo. Un día, no sé por qué, entro en una iglesia, donde no ponía un pie desde que era un jovencita. No logro decir nada, solamente lloro. Saliendo siento dentro una gran paz: era Él, Dios… me daba la posibilidad de volver a empezar. Vuelvo a frecuentar la iglesia, superando la vergüenza inicial. Allí encuentro una comunidad parroquial viva, encuentro calor, acogida. Poco a poco descubro que detrás de esta vida hay una elección radical del Evangelio. Su estilo de vida es el amor recíproco, que está en el mandamiento nuevo de Jesús. Descubro un cristianismo vivo. Empieza en mi una verdadera y profunda conversión. En las palabras de Jesús encuentro la luz y la fuerza para superar los momentos difíciles. Entiendo que el pasado ya no existe, y el encuentro con Dios hace todo nuevo y luminoso. Pero ahora con cuatro hijos por mantener los problemas económicos no faltan; sin embargo, en el momento oportuno, siempre llega lo que necesitamos: un vestido, una reparación gratuita, una suma para los gastos imprevistos.
Un amor más fuerte que la muerte
Una noche, hacia medianoche, tocan a la puerta. Román estaba fuera por trabajo y tenía que regresar a esa hora. En cambio son dos policías: Román fue atropellado por un carro mientras atravesaba la calle y murió instantáneamente. “Dios mío, esto es demasiado”, grito. Enseguida llegan mis nuevos amigos. Están a mi lado toda la noche, comparten en silencio ese abismo de dolor, me ayudan a no desesperar, transmitiéndome una fuerza no sólo humana. Finalmente he encontrado la familia que siempre busqué, la de los hijos de Dios. Afrontamos juntos los momentos más difíciles: en la funeraria, el sepelio. Poco a poco se abre camino una certeza: también esto es amor de Dios. Le repito mi sí. La vida recomienza. Me encuentro nueva. Ese abismo de dolor ha excavado en mí una nueva capacidad de amar. Ahora es más claro que nunca: sólo el amor permanece.
(L. M.)
abril 2004
No es la primera vez que Lucas cuenta que los discípulos discuten sobre quién es, entre ellos, el más grande. En esta ocasión lo hacen durante la Ultima Cena. Poco antes Jesús ha instituido la Eucaristía, el signo más grande de su amor, de su entrega sin medida, anticipo de lo que vivirá pocas horas más tarde sobre la cruz. El está en medio de ellos “como el que sirve”. El Evangelio de Juan refiere, en efecto, su gesto concreto de lavar los pies a los discípulos. En este mes en el que celebramos la Pascua, la Resurrección de Jesús, es importante recordar esta enseñanza suya.
Los discípulos no lo comprenden, condicionados por la mentalidad corriente del vivir humano que privilegia el prestigio y el honor, los primeros puestos en la escala social, el llegar a ser “alguien”. Pero Jesús vino a la tierra precisamente para crear una sociedad nueva, una nueva comunidad, guiada por una lógica distinta: el amor.
Si él, que es el Señor y el Maestro, ha lavado los pies (una acción considerada de esclavos), también nosotros debemos seguirlo y, sobre todo, si tenemos determinadas responsabilidades, estamos llamados a servir de igual manera a nuestro prójimo con hechos concretos y dedicación.
«El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor»
Es una de las paradojas de Jesús. Se la comprende sólo si se piensa que la actitud típica del cristiano es el amor, ese amor que lo lleva a ponerse en el último lugar, que lo hace pequeño delante del otro, tal como hace un papá cuando juega con su hijo más chico, o ayuda en las tareas de la escuela al mayorcito.
Vicente de Paul llamaba sus “patrones” a los pobres y los amaba y servía como tales, porque en ellos veía a Jesús. Camilo de Lellis se inclinaba sobre los enfermos, lavando sus llagas, acomodando su cama, “con ese afecto – escribe él mismo ”.
¿Y cómo no recordar, más cercana a nosotros, a la beata Teresa de Calcuta, que acudió junto a millares de moribundos, haciéndose “nada” ante cada uno de ellos, los más pobres de los pobres?
“Hacerse pequeños” delante del otro quiere decir tratar de entrar lo más profundamente posible en su alma, hasta compartir los sufrimientos y los intereses, aún cuando a nosotros nos parezcan poca cosa, insignificantes, pero que sin embargo constituyen el todo de su vida.
“Hacerse pequeños” delante de cada uno, no porque nosotros estemos de alguna manera más alto y el otro más bajo, sino porque nuestro yo, si no se lo vigila, es como un globo, siempre dispuesto a elevarse, a ponerse en situación de superioridad con respecto a nuestro prójimo.
«El que es más grande, que se comporte como el menor, y el que gobierna, como un servidor»
“Vivir el otro”, por lo tanto, y no llevar una vida replegada sobre uno mismo, llena de las propias preocupaciones, de las propias cosas, de las propias ideas, de todo lo que se considera nuestro.
Olvidarnos, posponernos a nosotros mismos para tener presente al otro, para hacernos uno con cualquiera hasta descender con él y ayudarlo a elevarse, para hacerlo salir de sus angustias, de sus preocupaciones, de sus dolores, de sus complejos, de sus discapacidades, o simplemente para ayudarlo a salir de sí mismo e ir hacia Dios y hacia los hermanos y encontrar así, juntos, la plenitud de vida, la verdadera felicidad.
También los hombres de gobierno, los administradores públicos (“el que gobierna”), a cualquier nivel en que se encuentren, pueden vivir su responsabilidad como un servicio de amor, para crear y custodiar esas condiciones que permiten que todos los amores puedan florecer: el amor de los jóvenes que quieren casarse y necesitan una casa y un trabajo, el amor del que quiere estudiar y necesita escuelas y libros, el amor de quien se dedica a la propia empresa y necesita caminos y vías, reglas seguras…
Por la mañana, cuando nos levantamos, por la noche cuando vamos a dormir, en casa, en la oficina, en la escuela, por la calle, podemos encontrar siempre ocasiones de servir, y de agradecer cuando, a nuestra vez, somos servidos.
Hagamos todo por Jesús en los hermanos, no dejando de lado a nadie y, más aún, siendo nosotros los primeros en amar, tomando la iniciativa.
¡Sirvamos a todos! Es la única manera de que seamos “grandes”.
Chiara Lubich
