Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Octubre 2002

La discusión sobre cuál era el primero, entre los muchos mandamientos de las Escrituras, era un tema clásico que se planteaban las escuelas rabínicas en los tiempos de Jesús. Por eso él, considerado un maestro, no elude la pregunta que se le hace al respecto “¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Pero responde de un modo original, uniendo el amor a Dios con el amor al prójimo. Sus discípulos no pueden separar nunca estos dos amores, como en un árbol no se pueden separar las raíces de la copa: cuanto más aman a Dios, más intensifican el amor a los hermanos y hermanas; cuanto más aman a los hermanos y hermanas, tanto más hondo van en el amor a Dios.

Jesús sabe, como ninguno, quién es el Dios al que verdaderamente debemos amar y sabe cómo tiene que ser amado: es su Padre, y Padre nuestro, su Dios y nuestro Dios (cf Jn 20, 17). Es un Dios que ama a cada uno personalmente; me ama, te ama: es mi Dios, tu Dios (“Amarás al Señor tu Dios”).

Y nosotros podemos amarlo porque él nos amó primero: el amor que nos ha . ordenado es, por eso, una respuesta al Amor. Podemos dirigirnos a él con la misma familiaridad y confianza que tenía Jesús cuando lo llamaba Abba, Padre. También nosotros, como Jesús, podemos hablar a menudo con él, presentándole todas nuestras necesidades, propósitos, proyectos, diciéndole una y otra vez nuestro amor exclusivo. También nosotros queremos esperar con impaciencia que llegue el momento de ponernos en contacto profundo con él mediante la oración, que es diálogo, comunión, intensa relación de amistad. En esos momentos podemos dar rienda suelta a nuestro amor: adorarlo más allá de la creación, adorarlo presente por todas partes en el universo entero, alabarlo en el fondo de nuestro corazón o, vivo, en los tabernáculos, imaginarlo allí donde estamos, en la habitación, en el trabajo, en la oficina, mientras nos encontramos con los demás…

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu»

Jesús también nos enseña otro modo de amar al Señor. Para Jesús amar significó realizar la voluntad del Padre poniendo a disposición la mente, el corazón, las energías, la vida misma; se dio por completo al proyecto que el Padre tenía para él. El Evangelio nos lo muestra siempre y totalmente orientado hacia el Padre (cf Jn 1, 18), siempre en el Padre, siempre tendiendo a decir sólo lo que había oído del Padre, a realizar sólo lo que el Padre le había dicho que hiciera. A nosotros también nos pide lo mismo: amar significa hacer la voluntad del Amado, sin medias tintas, con todo nuestro ser: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Porque el amor no es sólo un sentimiento. “¿Por qué ustedes me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que les digo?” (Lc 6, 46), pregunta Jesús a quien ama solamente de palabra.

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu»

¿Cómo vivir, entonces, este mandamiento de Jesús? Sin duda estableciendo con Dios una relación filial y de amistad, pero sobre todo haciendo lo que él quiere. Nuestra actitud para con Dios, como la de Jesús, será estar siempre orientados hacia el Padre, a su escucha, en obediencia, para realizar su obra, sólo esa y no otra cosa.
En esto se nos pide la mayor radicalidad, porque a Dios no se le puede dar menos que todo: todo el corazón, toda el alma, toda la mente. Esto significa hacer bien, por completo, esa acción que él nos pide.
Para vivir su voluntad y adecuarse a ella hará falta, muchas veces, quemar la nuestra, sacrificando todo lo que tenemos en el corazón o en la mente que no tenga que ver con el presente. Puede ser una idea, un sentimiento, un pensamiento, un deseo, un recuerdo, una cosa, una persona…
Estemos volcados, entonces, en lo que se nos pide en el momento presente. Hablar, llamar por teléfono, escuchar, ayudar, estudiar, rezar, comer, dormir, vivir su voluntad sin divagar; hacer acciones enteras, limpias, perfectas, con todo el corazón, el alma, la mente; tener al amor como único motivo que impulsa cada una de nuestras acciones, al punto de poder decir, en cada momento del día: “Sí, mi Dios, en este instante, en esta acción te he amado con todo el corazón, con todo mi ser”. Sólo entonces podremos decir que amamos a Dios, que le retribuimos el amor que nos tiene.

«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu»

Resultará útil, para vivir esta Palabra de vida, analizarnos cada tanto a nosotros mismos para ver si Dios está verdaderamente en el primer lugar de nuestra alma.

Entonces, para concluir, ¿qué tenemos que hacer en este mes? Elegir nuevamente a Dios como único Ideal, como el todo de nuestra vida, volviendo a ponerlo en el primer lugar, viviendo con perfección su voluntad en el momento presente. Le tenemos que poder decir con sinceridad: “Mi Dios y mi todo”, “te amo”, “soy todo tuyo, “¡Eres Dios, eres mi Dios, nuestro Dios de amor infinito!”.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Septiembre 2002

Esta Palabra de vida ha sido tomada de uno de los libros del Antiguo Testamento, escrito entre el 170 y l80 antes de Cristo, por Ben Sira, un sabio, un escriba que desarrollaba su misión de maestro en Jerusalén. Enseña un tema muy apreciado por toda la tradición sapiencial bíblica: Dios es misericordioso con los pecadores y nosotros tenemos que imitar su forma de proceder. El Señor perdona todas nuestras culpas porque “el Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia” (Sal 103, 3.8). Cierra los ojos para no ver más nuestros pecados (Sap 11, 23), los olvida echándolos a sus espaldas (Cf Is 38, 17). En efecto, escribe el mismo Ben Sira, conociendo nuestra pequeñez y miseria “multiplica el perdón”. Dios perdona porque, como todo padre, como toda madre, ama a sus hijos y por lo tanto los disculpa siempre, oculta sus errores, les da confianza y los alienta sin cansarse nunca.
Como padre y madre, a Dios no le basta amar y perdonar a sus hijos y a sus hijas. Su mayor deseo es que ellos se traten como hermanos y hermanas, anden de acuerdo, se quieran, se amen. La fraternidad universal, éste es el plan de Dios para la humanidad. Una fraternidad más fuerte que las inevitables divisiones, tensiones, rencores que se insinúan con tanta facilidad por incomprensiones y errores.
Muchas veces las familias se deshacen por no saber perdonar. Viejos odios mantienen divididos a parientes, grupos sociales, pueblos. A veces hasta hay quien enseña a no olvidar las ofensas recibidas, a cultivar sentimientos de venganza… Entonces un sordo rencor envenena el alma y corroe el corazón.
Algunos piensan que el perdón es una debilidad. No, es la expresión de un valor mucho más grande, es amor verdadero, el más auténtico porque es el más desinteresado: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen?” (Cf Mt 5, 42-27).
También a nosotros se nos pide que, aprendiendo de él, tengamos un amor de padre, un amor de madre, un amor de misericordia con todos los que se cruzan en nuestro camino durante el día, especialmente con quien se equivoca. Por otra parte, a los que están llamados a vivir una espiritualidad de comunión, es decir, la espiritualidad cristiana, el Nuevo Testamento le pide más todavía: “perdónense mutuamente” (Cf Col 3, 13: 2). El amor recíproco exige casi un pacto entre nosotros: estar siempre dispuestos a perdonarnos unos a otros. Sólo así podremos contribuir a la realización de la fraternidad universal.

«Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados.»

Estas palabras no sólo nos invitan a perdonar, sino que nos recuerdan que el perdón es la condición necesaria para que también nosotros podamos ser perdonados. Dios nos escucha y nos perdona en la medida que nosotros sepamos perdonar. El mismo Jesús nos advierte, “La medida con que midan se usará con ustedes” (Mt 7, 2). “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5, 7). En efecto, si el corazón está endurecido por el odio ni siquiera está en condiciones de reconocer y de dar cabida al amor misericordioso de Dios.
¿Cómo vivir entonces esta Palabra de vida? Ciertamente perdonando enseguida si hubiera alguien con el cual todavía no nos hemos reconciliado. Pero esto no basta. Habrá que hurgar en los rincones más escondidos de nuestro corazón y eliminar también la simple indiferencia, la falta de benevolencia, toda actitud de superioridad, de descuido por cada uno de los que pasan a nuestro lado.
Se requiere, además, una tarea de prevención. Y así, cada mañana, ver con una mirada nueva a los que voy encontrando en familia, en la escuela, en el trabajo, en el almacén, dispuestos a pasar por alto cosas que no van con nuestro modo de ser, dispuestos a no juzgar, a trasmitir confianza, a esperar siempre, a creer siempre. Acercarme a cada persona con esta amnistía completa en el corazón, con este perdón universal. No recuerdo para nada sus defectos, cubro todo con el amor. Y a lo largo del día trato de reparar un desaire, un estallido de impaciencia, con un pedido de disculpas o un gesto de amistad. Ante una actitud de instintivo rechazo del otro respondo poniendo en juego un gesto de acogida plena, de misericordia sin límites, de perdón completo, de coparticipacion, de atención
a sus necesidades.
Entonces también yo, cuando eleve la oración al Padre, y sobre todo cuando le pida perdón por mis errores, veré que mi pedido es escuchado, podré decir con plena confianza: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6, 12).

Chiara Lubich

 

El Espejo

El Espejo

Hoy es la fiesta de santa Clara de Asís 2002, que como una tradición siempre hemos celebrado en nuestro Movimiento, desde sus comienzos, y no solamente en el Centro sino en todas partes del mundo donde está difundido. También hoy – como cada año – recordamos a santa Clara y confrontamos algún aspecto particular de su camino hacia Dios con el nuestro.

Mirar a Jesús como a un espejo para imitarlo

Hay un concepto de la santa que todavía no hemos puesto de relieve y que podríamos expresar así: “El espejo, los espejos”. Es la imagen del espejo que se refiere exactamente a lo que dice san Pablo en su carta a los Corintios: “Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (2 Cor.3,18). En las cartas a Inés de Praga, que forman parte de los escritos que hablan de su exigencia de fidelidad radical al Evangelio, Clara invita a las hermanas a mirar a Jesús como a un espejo: un espejo que en su humanidad refleja la divinidad. “Pon tus ojos – escribe – delante del espejo de la eternidad (Jesús); y transfórmate totalmente (…) en la imagen de Su divinidad” (FF 2888). “Y ya que esta imagen Suya es (…) espejo sin mancha, cada día refleja tu alma (…) en este espejo y escruta continuamente tu rostro en él para que puedas adornarte (…) con todas las virtudes, como es conveniente para ti, hija y esposa amadísima del sagrado Rey” (FF 2902). Santa Clara entonces le pide a Inés que mire al Esposo, pero que también lo imite repitiendo las mismas elecciones, los mismos actos, los mismos gestos. “Si con Él sufres – continúa – con Él reinarás; si con Él lloras, con Él gozarás; si junto a Él mueres sobre la cruz de las tribulaciones, poseerás por toda la eternidad y por todos los siglos la gloria del reino celestial (…); participarás de los bienes eternos, (…) y vivirás por todos los siglos” (FF 2880). Imitándolo, Inés se transforma en el Jesús del espejo. Y entonces, siéndolo, puede, a su vez, ser espejo para las hermanas.

Una cadena ininterrumpida de espejos de Jesús en el mundo: el Movimiento franciscano

De este modo se crea – como ella misma dice – una cadena ininterrumpida de espejos de Jesús en el mundo. Jesús es el espejo de Francisco. Jesús y Francisco son los espejos en los que se refleja Clara. Jesús, Francisco y Clara son los espejos de Inés. Jesús, Francisco, Clara e Inés son los espejos para las primeras hermanas, que, a su vez, se vuelven espejos para las futuras. Las futuras hermanas, mirando a las primeras, se convierten en espejos para los que viven en el mundo. Los que viven en el mundo se transforman en espejos de Jesús para todos. De este modo, reflejando perfectamente a Cristo, Francisco y Clara, los primeros frailes y las primeras hermanas dieron origen al Movimiento franciscano: una de esas realidades eclesiales que, en distintas épocas, vivifican el radicalismo del Evangelio en la Iglesia para hacerla renacer, para renovarla y reformarla.

Las exigencias del carisma de la Unidad: vivir la unidad para vivir Jesús

Nosotros también, aun siendo pequeños e indignos, recibimos una tarea semejante: hacer nacer, desarrollar, difundir en el mundo una realidad carismática, y también nos tocó y nos toca la obligación de vivir y hacer vivir íntegra, radicalmente el Evangelio, mirando a Jesús como en un espejo. En los primeros escritos que conservamos, referentes a los comienzos del Ideal, encontramos esta afirmación: “Nosotros debemos ser otro Jesús”. Es decir, nos piden que nos reflejemos en Él. Con esta finalidad, así como a san Francisco y a santa Clara el Espíritu Santo les dio un carisma, el de la Pobreza, a nosotros nos fue dado el carisma de la Unidad. Es justamente por medio de la unidad como podemos ser otro Jesús, ser Jesús. Recuerden la definición de la unidad en una carta del lejano año 47: “�Oh la unidad, la unidad! �Qué belleza divina! �No tenemos palabras para describirla: es Jesús!” Sí, es Jesús. Empezábamos a comprender que, amándonos mutuamente, realizaríamos la unidad y Jesús estaría en medio de nosotros… y en cada uno de nosotros. Vivir la unidad, entonces, era y es sinónimo de vivir a Jesús. Y de ese modo todo el Evangelio.

La unidad: alma y meta del Evangelio

Un día, una luz en nuestro camino, pequeña pero significativa, nos aclaró esta novedad. Las Palabras del Evangelio se nos presentaron como plantitas recién nacidas, esparcidas en un vasto terreno, y comprendimos que cada una hundía su raíz y se vivificaba en el Testamento de Jesús, en la unidad, que estaba debajo de la superficie. Fue una visión plástica de cómo se debe considerar el Testamento de Jesús y su relación con las demás Palabras del Evangelio, y cómo vivir una (la unidad) y otras. Habíamos comprendido mejor que la unidad no es una virtud particular (de hecho no se la nombra entre las virtudes); no es solamente la palabra de Jesús más excelsa, ni siquiera sólo el tema fundamental de su Testamento. La unidad es el alma de todo el Evangelio, de toda la Escritura. Es la meta a la cual tiende el Evangelio. Y ya que es efecto de la caridad, se puede decir también que es el resumen, la esencia del Evangelio. Por eso comprendimos que era necesario vivir todas las palabras de la Escritura en función de la unidad. Sí, porque evangélicamente no es exacto vivir la pobreza por la pobreza en sí, sino por la caridad que lleva a la unidad, ni la obediencia por la obediencia, etc., sino todo en función de la unidad. De la misma manera sucede con cada bienaventuranza, con los 10 mandamientos y con lo que pide el Antiguo Testamento, que Jesús vino a completar y no a abolir. Y ahora se comprende por qué el Espíritu nos impulsó a poner en práctica cada mes una Palabra diferente, para poder, con el tiempo, vivirlas todas. Ellas despliegan la unidad como en un abanico. Y podemos reflejarnos en ellas para ser Jesús, otro Jesús. Y de este modo volvernos espejos Suyos para otros. Pero hoy podemos preguntarnos: nosotros �somos de algún modo espejo de Jesús? �Lo somos para los demás?

Reflejarnos en el Evangelio para ser espejo de Jesús

A propósito de esto quisiera recordar un sueño que teníamos en los primeros tiempos. Decíamos: “Si por una hipótesis absurda todos los Evangelios de la tierra se destruyesen, nosotros quisiéramos vivir de tal modo que los demás, considerando nuestra conducta, viendo en nosotros, de alguna manera, a Jesús, pudieran volver a escribir el Evangelio: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ (Mt 19,19), ‘Den y se les dará’ (Lc 6,38), ‘No juzguen…’ (Mt 7,1), ‘Amen a sus enemigos…’ (Mt 5,44), ‘Ámense mutuamente…’(cf Jn 15,12), ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos (Mt 18,20)”. En estos últimos tiempos nos hemos dado cuenta, con reconocimiento hacia Dios, de que si bien no hemos llegado a esa meta, estamos encaminados. Pude constatarlo hacia fines de mayo, colaborando en la composición de las llamadas “Florecillas”, el libro que nos encargó la Editorial San Pablo para presentar las experiencias, los pequeños episodios evangélicos de la vida del Movimiento. Ellos revelan el esfuerzo que pusimos para estar en la línea del Evangelio – hoy diríamos para reflejarnos – y también muestran las correspondientes intervenciones del Señor, de acuerdo con sus promesas. Y ahora, ya que hoy es fiesta, leamos algunas para alabar a Dios y agradecerle a quien, viviéndolas, se reflejó en el Evangelio, en Jesús, y ahora, a través de las “Florecillas”, podrá ser espejo Suyo para muchos. Mientras tanto, que Jesús haga de nosotros espejos suyos y del Evangelio, para que muchos puedan reflejarse. Chiara Lubich

Un bolsón colgado en la puerta

Estamos en Insbruck, en pleno invierno. Son las 22, y afuera hace un frío terrible. Me arrebujo en mi cálido abrigo y trato de llegar velozmente a casa. Un hombre joven me bloquea el paso y me pide que le compre su estufa por 300 chelines. Me explica que si ese día no paga el alquiler, la dueña de casa lo deja en la calle. Mi primera reacción es “lo lamento pero no puedo”. En la billetera tengo exactamente 323 chelines, dinero que debe alcanzarme para cubrir los gastos de la segunda mitad de febrero. Cada chelín está contado para comprar los alimentos de primera necesidad como pan, leche, etc. Mis amigos están de vacaciones, y no tengo a quién pedirle prestado. Mientras me alejo pienso que yo por lo menos tengo una habitación caliente, mientras ese hombre no tiene nada. Recuerdo las palabras del Evangelio “Den y se les dará”. Me doy vuelta y lo llamo; le doy el dinero; la estufa puede quedársela. Volviendo a casa siento que mi angustia crece: no tengo idea de cómo puedo llegar al último día del mes. Pero apenas llego, qué encuentro: un gran bolsón colgado en la puerta de mi habitación. !Sorpresa! Tiene pan, carne, huevos, queso, miel, manteca: todo con lo que sueña un estudiante hambriento. Hasta hoy todavía no descubrí quien colgó ese bolsón en la puerta de mi habitación.

[:it]»… il Padre ha cura di voi»

En Barcelona, en el “Centro Mariápolis Loreto” había que cambiar 47 cubrecamas, pero no teníamos el dinero necesario. Nos acordamos de las palabras de la carta de san Pedro: “Descarguen en él todas sus inquietudes porque él se ocupa de ustedes” (cf. 1Pe 5,7), y pensamos pedirle este regalo al Eterno Padre, confiando en su amor. No fue necesario esperar mucho. Pocos días después una amiga, propietaria de un hotel, nos preguntó si queríamos los cubrecamas que usaban hasta ese momento en su hotel, porque habiendo cambiado las camas con otras de distinta medida, a ella ya no le servían. También, desde hacía un tiempo nos dábamos cuenta de que la pequeña cocina del Centro Mariápolis estaba muy deteriorada, siendo como era tan cómoda para cocinar pequeñas cantidades en lugar de usar la cocina industrial. También esa vez se la pedimos al Eterno Padre. Después de unos días llegó una llamada telefónica de otra amiga, que teniendo que desocupar su departamento, quería ofrecernos una cocina prácticamente nueva.

Por un acto de amor

Mientras doy el paseo cotidiano que me prescribió el médico, trato de ir conociendo la urbanización donde vivo desde hace poco: soy, en efecto, el nuevo obispo del lugar. Algunos días después, tratando de poner en orden la casa episcopal, de modo que exprese del mejor modo a Dios, que es belleza. Encuentro unos candelabros de bronce que no combinan con el resto. Recuerdo entonces un pequeñísimo negocio de compra-venta que descubrí durante mis paseos. Imagino que, dada la difícil situación económica del país, su propietario puede encontrarse en serias dificultades, y veo a Jesús en él. Le pido a la secretaria que haga un paquete con los candelabros y se los entregue a ese señor con una tarjeta que diga: ‘Es un pequeño obsequio del obispo. Si logra venderlos, le pido que dé el dinero a los pobres; pero si usted llegara a necesitarlo, quédese con él’. Por la tarde, inesperadamente, este señor viene a la casa episcopal. Insiste que quiere verme. Cuando lo recibo me dice: ‘Hoy quería suicidarme, pero cuando llegó su secretaria, comprendí que yo todavía le intereso a alguien, y cambié de idea. ¡Mil gracias!”. (Argentina)