Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Junio 2000

Esta Palabra se halla en el centro del himno que Pablo canta a la belleza de la vida cristiana, a su novedad y libertad, fruto del bautismo y de la fe en Jesús que nos ha injertado plenamente en él y, por él, en el dinamismo de la vida trinitaria. Al volverse una misma persona con Cristo, compartimos con él el Espíritu y todos sus frutos: primero de todos el de la filiación, el ser hijos de Dios.
Aunque Pablo habla de «adopción»1, lo hace sólo para distinguirla de la posición del hijo natural que le cabe sólo al único Hijo de Dios.
Nuestra relación con el Padre, en efecto, no es puramente jurídica, como sería la de los hijos adoptivos, sino sustancial, que cambia nuestra misma naturaleza como por un nuevo nacimiento. Toda nuestra vida es animada por un principio nuevo, por un espíritu nuevo que es el mismo Espíritu de Dios.
Por eso, no se terminaría nunca de cantar, con Pablo, el milagro de muerte y resurrección que realiza en nosotros la gracia del bautismo.

«Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios».

Esta Palabra nos dice algo que tiene que ver con nuestra vida de cristianos, en la cual el Espíritu de Jesús introduce un dinamismo, una tensión que Pablo condensa en la contraposición entre carne y espíritu, entendiendo por carne al hombre entero (cuerpo y alma) con toda su constitucional fragilidad y su egoísmo continuamente en lucha con la ley del amor, es más, con el Amor mismo que ha sido derramado en nuestros corazones2.
Aquellos que son guiados por el Espíritu, en efecto, deben afrontar cada día «el buen combate de la fe»3, para poder rechazar todas las inclinaciones al mal y vivir de acuerdo a la fe profesada en el bautismo.
¿Cómo?
Sabemos que, para que el Espíritu Santo actúe, se necesita nuestra correspondencia y San Pablo, al escribir esta Palabra, pensaba sobre todo en ese deber de los seguidores de Cristo que es precisamente la negación del propio yo, la lucha contra el egoísmo en todas sus distintas formas.
Es esta muerte a nosotros mismos la que, sin embargo, produce vida, de manera que cada corte, cada poda, cada no a nuestro yo egoísta es origen de luz nueva, de paz, de amor, de libertad interior: es puerta abierta al Espíritu.
Al dejar más libre al Espíritu Santo que está en nuestros corazones, él podrá ofrecernos con más abundancia sus dones, podrá guiarnos por el camino de la vida.

«Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios».

¿Cómo vivir, entonces, esta Palabra?
Antes que nada tenemos que volvernos cada vez más conscientes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros: llevamos en nuestro interior un tesoro inmenso, pero no nos damos cuenta lo suficiente. Poseemos una riqueza extraordinaria, pero que por lo general queda inutilizada.
Además, para que su voz sea escuchada y seguida por nosotros, tenemos que decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y decir que sí a todo lo que él quiere: no a las tentaciones, cortando enseguida con las consiguientes insinuaciones; sí a las tareas que Dios nos ha confiado; sí al amor a todos los prójimos; sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos…
Al hacer esto el Espíritu Santo nos guiará dándole a nuestra vida cristiana ese sabor, es vigor, esa incidencia y luminosidad que la caracteriza cuando es auténtica.
Entonces, también quien está a nuestro lado advertirá que no somos sólo hijos de nuestra familia humana, sino hijos de Dios.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Mayo 2000

El discurso de despedida, después de la última cena, está cargado de enseñanzas y recomendaciones que, con sentimientos de hermano y de padre, Jesús le da a los suyos de todos los siglos.
Si todas sus palabras son divinas, éstas ciertamente tienen acentos particulares, dado que con ellas el Maestro y Señor condensa su doctrina de vida en un testamento que luego será la carta magna de las comunidades cristianas.
Acerquémonos entonces a la Palabra de vida de este mes, que precisamente forma parte del testamento de Jesús, con el deseo de descubrir su sentido profundo y escondido, para poder darle ese sentido a toda nuestra vida.
Lo primero que salta a la vista, al leer este capítulo de Juan, es la imagen de la vid y los sarmientos, tan familiares a un pueblo que por siglos cultivaba y cultiva viñedos. Sabían perfectamente que sólo una rama bien adherida al tronco podía cargarse de pámpanos verdes y de racimos jugosos. En cambio, la que se cortaba, terminaba por secarse y morir. No había una imagen más fuerte para ilustrar la naturaleza de nuestro vínculo con Cristo.
Pero en esta página del Evangelio hay también otra palabra que resuena con insistencia: «permanecer», es decir, estar sólidamente vinculados e íntimamente injertados en él, como condición para recibir la savia vital que nos hace vivir de su misma vida. «Permanezcan en mí y yo en ustedes», «Quien permanece en mí y yo en él, da mucho fruto». «Quien no permanece en mí, será desechado» (Cf Jn 15, 14 y ss). Este verbo «permanecer» debe tener, por lo tanto, un significado y un valor esenciales para la vida cristiana»

«Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán».

«Si». Este «si» indica una condición que a nadie le sería posible observar si antes Dios no hubiera salido a su encuentro. Es más: si no hubiera descendido en la humanidad al punto de hacerse una sola cosa con ella. Se podría decir que es él el que primero se injerta en nuestra carne con el bautismo y la vivifica con su gracia. Depende de nosotros, después, que realicemos en nuestra vida lo que ha obrado el bautismo y descubramos las inagotables riquezas que nos ha traído.
¿Cómo? Viviendo la Palabra, haciéndola fructificar y haciendo que resida en forma estable en nuestra existencia. Permanecer en él significa hacer que sus palabras permanezcan en nosotros, no como piedras en el fondo de un pozo, sino como semillas en la tierra, para que a su tiempo germinen y den fruto. Pero permanecer en él significa, sobre todo -como el mismo Jesús lo explica en este pasaje del Evangelio- permanecer en su Amor (Cf Jn 15, 9). Esta es la savia vital que asciende desde las raíces, por el tronco, hasta las ramas más distantes. Es el Amor lo que nos une vitalmente a Jesús, lo que nos hace una misma cosa con él, como miembros -diríamos hoy- «transplantados» en su cuerpo; y el amor consiste en vivir sus mandamientos, que se resumen todos en ese nuevo y gran mandamiento del amor recíproco.
Además, casi como para darnos una seguridad, para que podamos tener una prueba de que estamos injertados en él, nos promete que cualquier pedido nuestro será escuchado.

«Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán».

Si es él el que pide, no puede dejar de obtener. Y si nosotros somos una misma cosa con él, será él mismo el que estará pidiendo en nosotros. Por lo tanto, si nos ponemos a rezar y a pedirle algo a Dios, preguntémonos primero «si» hemos vivido la Palabra, si nos hemos mantenido siempre en el amor. Preguntémonos si somos sus palabras vivas, si somos un signo concreto de su amor por todos y por cada uno de los que encontramos. Puede ser también que se pidan gracias, pero sin ninguna intención de adecuar nuestra vida a lo que Dios pide.
¿Sería justo, entonces, que Dios nos escuchase? Esta oración, ¿no sería quizás distinta si brotara de nuestra unión con Jesús, y si fuese él mismo en nosotros el que sugiriera los pedidos a su Padre?
Por lo tanto, pidamos también cualquier cosa, pero antes que nada preocupémonos de vivir su voluntad, para que no seamos ya nosotros los que vivimos, sino él en nosotros.

Chiara Lubich