Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Abril 2000

Esta palabra de Jesús es estupenda. En ella está la clave del cristianismo.
Se acercaba la Pascua de los judíos y, entre la multitud de peregrinos llegados a Jerusalén, había algunos griegos que querían «ver a Jesús». Los discípulos se lo hacen saber. Jesús entonces responde hablando de su muerte inminente. Además agrega que ésta, en lugar de provocar la dispersión de los discípulos -como hubiera podido suceder- atraerá «a todos» hacia él: por lo tanto, no sólo los que lo siguen, sino que cualquiera, judío o griego, creerá en él, todos, sin discriminación de raza, de condición social, de sexo.
La obra de salvación de Jesús es, en efecto, universal y la presencia de los griegos es un signo de esa universalidad.

«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

¿Qué quiere decir «cuando sea levantado en alto sobre la tierra»?
Para el evangelista Juan esta expresión significa, al mismo tiempo, «ser levantado en la cruz» y «ser glorificado». En efecto, Juan ve en la pasión de Cristo la gran demostración del amor de Dios por la humanidad. Pero este amor es tan potente que merece la resurrección y provoca la atracción de todos hacia él. En torno a Cristo elevado se construirá la unidad del nuevo pueblo de Dios.
Pero no se puede separar la cruz de la gloria, no se puede separar al Crucificado del Resucitado. Son dos aspectos del mismo misterio de Dios que es Amor.
Es este Amor el que atrae. El Crucificado-Resucitado ejerce una atracción profunda y personal en el corazón del hombre, que se da en dos sentidos: por ella Jesús convoca a los suyos a compartir su gloria; y también por ella los lleva a amar a todos como él, hasta dar la vida.

«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

¿Cómo vivir nosotros esta Palabra? ¿Cómo responder a tanto amor?
Si Jesús murió por todos, todos son candidatos a seguirlo y, es más, todos son candidatos a ser otros él. Miremos por lo tanto a cada criatura humana con estos ojos, es decir, con una mirada de amor que va más allá de todas las apariencias.
Ya sea que se trate de cristianos, musulmanes, budistas, o de otras convicciones, todos tienen que ser objeto de nuestro amor. Un amor que está dispuesto a dar la vida. Y aunque no se nos exija dar la vida física, lo que muchas veces se nos pide es hacer morir nuestro amor propio.
Cuando levantemos en la cruz nuestro «yo», cuando muramos a nosotros mismos para dejar vivir a Cristo, entonces podremos ver también nosotros dilatarse alrededor el Reino de Dios.
Se ha dicho que el mundo es de quien lo ama y mejor sabe demostrárselo. ¿Quién ha amado mejor que Jesús? Así es como, los que tratan de imitar a Jesús, podrán amar al mundo, donándose totalmente al prójimo, con un amor desinteresado y universal.

«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

En este mes trataremos de custodiar en el corazón y llevar a la práctica la preciosa enseñanza del Crucificado-Resucitado. Esto nos aclarará el papel que juega el dolor que nos pueda sobrevenir en nuestra vida y su extraordinaria fecundidad.
Día a día, cuando nos afectan pequeños o grandes sufrimientos: una duda, un fracaso, una incomprensión, una relación tensa, una dificultad en el trabajo, una enfermedad, incluso una desgracia o preocupaciones serias, hagamos el esfuerzo de aceptarlas y de ofrecerlas a Jesús como expresión de nuestro amor.
Unamos nuestra gota al mar de su pasión para que redunde en bien de muchos. Y una vez hecha la ofrenda, tratemos de no pensar más en ello, sino de hacer lo que Dios quiere de nosotros, en donde estemos: en familia, en la fábrica, en la oficina, en la escuela… y sobre todo tratemos de amar a los demás, a los prójimos que están a nuestro alrededor.
Y dado que Jesús murió por todos y todos están llamados a seguirlo, hagamos de manera que la mayor cantidad posible de personas puedan encontrar en nuestro amor el amor de Cristo. Entonces será él el que los atraerá a todos, haciendo de manera que nos amemos entre nosotros y florezca entre todos la fraternidad universal.

Chiara Lubich

 

Chiara Luce Badano, «Santidad con 18 años»

 «He descubierto el Evangelio bajo una luz nueva. He descubierto que no era una cristiana auténtica porque no lo vivía profundamente. Ahora quiero hacer de este magnífico libro mi único objetivo.  No quiero y no me puedo quedar analfabeta ante un mensaje tan extraordinario. Como para mí es fácil aprender el alfabeto, así también debe ser vivir el Evangelio”. (Chiara Luce Badano)   «¡Chiara Luce! ¡Cuánta luz se lee en tu rostro, cuánta luz en tus palabras, en tus cartas, en tu vida toda propensa a amar concretamente a tantos!… La suya es una elección radical de Jesús crucificado y abandonado, elección de lo que hace daño y que, si no se ama, puede arrastrar el espíritu en una galería oscura. Con Él ha vivido, con Él ha transformado su pasión en un canto nupcial «. (Chiara Lubich)       «El suyo es un testimonio significativo en especial para los jóvenes. Basta considerar cómo vivió la enfermedad, ver el eco de su muerte. No se podía dejar pasar por alto un ejemplo de este calibre. Hay necesidad de santidad también hoy. Hay necesidad de encontrar una orientación, una finalidad a la vida, de ayudar a los jóvenes a superar su inseguridad, su soledad, sus enigmas ante el fracaso, ante el dolor y la muerte. Los discursos teóricos no los conquistan, es necesario el testimonio”. «En los coloquios con ella notaba una madurez muy superior a la de los jóvenes de su edad. Había captado lo esencial del cristianismo: Dios en el primer lugar. Jesús, con quien tenía una relación espontánea, fraterna; María como ejemplo; la centralidad del amor; la responsabilidad de anunciar el Evangelio. Todo esto, avalado por la experiencia del sufrimiento y de la muerte, no temida sino esperada, ha hecho su experiencia algo realmente singular».

Palabra de vida Marzo 2000

El Evangelista Marcos -como también Mateo y Lucas- nos refieren que Jesús un día llamó aparte a Pedro, Santiago y Juan y los condujo a un monte alto. En determinado momento, se produjo allí un hecho extraordinario: Jesús se transfiguró delante de ellos, sus ropas se volvieron blanquísimas y se vio a Moisés y Elías que conversaban con él. Una nube envolvió a los tres apóstoles y desde la nube se oyó una voz, la voz del Padre celestial, que justamente se dirigía a ellos con estas palabras:

«Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

Ya al comienzo de su misión, durante el bautismo en el Jordán, se había hecho oír esa misma voz misteriosa: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
En esta ocasión el Padre se dirige a los discípulos de Jesús, y a todos nosotros, para invitarnos a escuchar al Hijo. La palabra clave de este mes es, entonces: escuchar.
Pero, ¿cuándo habló el Hijo? ¿Dónde encontramos su Palabra? En los Evangelios. Abrámoslos y leámoslos con amor. El Evangelio de la Palabra de Jesús.
Pero él también nos habla de otras maneras.
¿Cómo hacer entonces para oír su voz, a distinguirla entre tantas y a sintonizarnos en su longitud de onda?
Hay un momento fuerte en el cual él habla a nuestra alma: es en la oración, y cuanto más tratamos de amar a Dios en nuestro corazón tanto más se hace sentir su voz y nos guía desde lo más profundo de nuestro ser.
Pero también a lo largo del día cada encuentro puede ser una ocasión de escucha: si nos ponemos, ante cada prójimo, en un silencio de amor que acoge al otro, cualquiera que sea, porque -como Jesús nos lo ha revelado- es él mismo el que se oculta detrás de cada ser humano.
¡Cómo cambiarían nuestras relaciones si se cultivara más esta rara cualidad de la escucha, que a veces puede ser la única manera de demostrar nuestra atención hacia el que está a nuestro lado, aún del desconocido!
El secreto, entonces, radica en esto: para disponernos a escuchar la voz de Dios, ponernos a la escucha de la hermana, del hermano.

«Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».

La voz de Jesús tiene además un timbre claro e inconfundible, habla fuerte y su voz se reconoce distinta, cuando está presente entre nosotros, por el amor recíproco. Su presencia entre dos o más reunidos en su nombre hace las veces de altoparlante de la voz de Dios en nuestro corazón.
Por eso, al estar sintonizados con sus pensamientos, sus enseñanzas, será más fácil escucharlo.

En el Evangelio de Lucas hay además una frase de Jesús sobre la escucha a aquellos que él envía: «El que los escucha a ustedes, me escucha a mí». Se trataba de los 72. Hoy en la Iglesia católica esta frase se refiere a aquellos a los que ha confiado de manera particular su mensaje: sus ministros, por los cuales es anunciada la Palabra.
Pero hay también quienes son «testigos» de Jesús y que, escuchando su Palabra y poniéndola en práctica de la manera más radical, la hacen resonar siempre de nuevo en el mundo y abren los corazones a la escucha.
Por eso, aunque la voz es una sola, son muchos los modos con los cuales se dirige a nosotros: en lo íntimo del corazón y por boca de los hermanos y de las hermanas, desde el púlpito de una iglesia, desde páginas de su Evangelio o en los carismas de los «testigos».
La Palabra de este mes nos ayudará a escuchar -y a vivir- lo que Jesús quiera decirnos.

Chiara Lubich