Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Diciembre 1999

La pregunta de María, ante el anuncio del ángel: «¿Cómo puede ser eso?» (1), tuvo como respuesta: «No hay nada imposible a Dios» y, como garantía de ello, le propuso el ejemplo de Isabel que, en su vejez, había concebido un hijo. María creyó y se convirtió en la Madre del Señor.
Dios es omnipotente: esta forma de denominarlo se encuentra con frecuencia en la Sagrada Escritura y se la usa cuando se quiere expresar la potencia de Dios al bendecir, al juzgar, al dirigir el curso de los acontecimientos, al realizar sus planes.
Hay un solo límite para la omnipotencia de Dios: la libertad humana, que se puede oponer a ella volviendo al hombre impotente, cuando estaría llamado a compartir la misma fuerza de Dios.

«No hay nada imposible para Dios»

Esta es una Palabra que llega oportunamente a concluir, para la Iglesia católica, el año del Padre antes del Jubileo del 2000. En efecto, es una Palabra que nos abre a una confianza ilimitada en el amor de Dios-Padre porque, si Dios existe y su ser es Amor, la confianza completa en él no es más que la lógica consecuencia.
Todas las gracias están en su poder: temporales y espirituales, posibles e imposibles. Y él las otorga a quien las pide y a quien no las pide porque, como dice el Evangelio, el Padre «hace salir el sol sobre malos y buenos» (2) y nos pide a todos que actuemos como él, con el mismo amor universal, sostenido por la fe en que:
«No hay nada imposible para Dios»

¿Cómo poner en práctica esta Palabra de vida en lo cotidiano?
Todos tenemos que afrontar, cada tanto, situaciones difíciles, dolorosas, tanto en nuestra vida personal, como en la relación con los demás. En esos casos, a veces, experimentamos toda nuestra impotencia al advertir, en nosotros, apegos a cosas y personas que nos vuelven esclavos de vínculos de los cuales quisiéramos liberarnos. A menudo nos encontramos frente a los muros de la indiferencia o del egoísmo y sentimos que se nos caen los brazos ante acontecimientos que parecen superarnos.
Pues bien, en esos momentos la Palabra de vida nos puede ayudar. Jesús nos deja hacer la experiencia de nuestra incapacidad, no para que nos desalentemos, sino para ayudarnos a comprender mejor que «no hay nada imposible para Dios»; para disponernos a experimentar la extraordinaria potencia de su gracia, que se manifiesta precisamente cuando vemos que con nuestras fuerzas no alcanza.

«No hay nada imposible para Dios»

Al repetirlo en los momentos más críticos nos llegará, de la Palabra de Dios, esa energía que le es propia, haciéndonos participar, de alguna manera, de la misma omnipotencia de Dios. Pero, con una condición, es decir, que vivamos su voluntad tratando de irradiar a nuestro alrededor ese amor que depuso en nuestros corazones. De esta manera actuaremos al unísono con el Amor omnipotente de Dios por sus criaturas, al cual todo le es posible, todo lo que contribuye a realizar sus planes sobre los individuos y sobre la humanidad.
Pero hay un momento especial para vivir esta Palabra y para la experiencia de toda su eficacia: la oración.
Jesús dijo que cualquier cosa pidamos al Padre en su nombre, él nos lo concederá. Hagamos entonces la prueba de pedirle aquello que más nos interesa con la fe cierta de que a él nada le es imposible: desde la solución de casos desesperantes, hasta la paz del mundo; desde la curación de enfermedades graves, hasta la resolución de conflictos familiares y sociales.
Si, además, somos varios los que pedimos la misma cosa, en pleno acuerdo por el amor recíproco, entonces es Jesús mismo, en medio nuestro, el que le pide al Padre y, de acuerdo a su promesa, lo obtendremos.
Con esta fe en la omnipotencia de Dios y en su Amor, también nosotros pedimos un día por N. para que ese tumor, aparecido en la radiografía, «desapareciera», casi como si se hubiera tratado de un error o de un fantasma. Y eso es lo que sucedió.
Esta confianza ilimitada que nos hace sentir en los brazos de un Padre al que todo le es posible, tiene que acompañar siempre las vicisitudes de nuestra vida. Aunque nadie dice que obtendremos siempre lo que pedimos. Su omnipotencia es la de un Padre y la usa siempre y sólo por el bien de sus hijos, más allá de que ellos lo sepan o no lo sepan. Lo importante es vivir cultivando la certeza de que no hay nada imposible para Dios, lo cual nos hará encontrar una paz nunca antes experimentada.

Chiara Lubich

1 Cf. Lc 1, 34.
2 Cf. Mt 5, 45.

 

Noviembre 1999

La predicación de Jesús se inicia con el «sermón de la montaña». Delante del lago de Tiberíades, sobre una colina junto a Cafarnaún, sentado, como era costumbre de los maestros, Jesús anuncia a la multitud el hombre de las bienaventuranzas. La palabra «bienaventurado», feliz, dichoso, es decir, la exaltación de aquel que realizaba, de distintas maneras, la Palabra del Señor, se encuentra más de una vez en el Antiguo Testamento.
Estas bienaventuranzas de Jesús hacían recordar las que los discípulos ya conocían, pero por primera vez escuchaban que los puros de corazón no sólo eran dignos de subir a la montaña del Señor, como cantaba el salmo (1), sino que incluso podían ver a Dios. ¿De qué pureza, tan alta, se trataba, para merecer tanto? Jesús lo explicaría varias veces en el curso de su predicación. Tratemos entonces de seguirlo para comprender, en su origen, la auténtica pureza.

«Felices los que tienen el corazón puro».

Antes que nada, a criterio de Jesús, hay un medio de purificación por excelencia: «Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié» (2). Es decir, no son tanto los ejercicios rituales los que purifican el alma, sino su Palabra. La Palabra de Jesús no es como las palabras humanas. En ella está presente Cristo, tal como, de otra manera, lo está en la Eucaristía. Por ella Cristo entra en nosotros y, en la medida que la dejamos actuar, nos hace libres del pecado y, por lo tanto, puros de corazón.
Por lo tanto la pureza es fruto de la Palabra vivida, de todas esas Palabras de Jesús que nos liberan de los llamados apegos, en los que necesariamente se cae si no se tiene el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Apegos que pueden referirse a las cosas, a las criaturas, a sí mismo. Pero si el corazón se orienta a Dios solamente, todo lo demás cae por su propio peso.
Para triunfar en este propósito puede ser útil, repetirle a Jesús, a Dios, a lo largo del día, esa invocación del salmo que dice: «¡Eres tú, Señor, mi único bien!» (3). Hagamos la prueba de repetirlo a menudo y, sobre todo, cuando los distintos apegos querrían arrastrar nuestro corazón hacia imágenes, sentimientos y pasiones que pueden enturbiar la visión del bien y quitarnos libertad.
¿Nos sentimos inclinados a mirar ciertos afiches publicitarios, a seguir ciertos programas televisivos? No, digámosles: «¡Eres tú, Señor, mi único bien!», y habremos dado el primer paso para salir de nosotros mismos, volviendo a declararle nuestro amor a Dios. Así habremos adquirido la pureza.
¿Advertimos que a veces una persona o una actividad se interponen, como un obstáculo, entre Dios y nosotros, enturbiando nuestra relación con él? Es el momento de repetirle: «¡Eres tú, Señor, mi único bien!». Esto nos ayudará a purificar nuestras intenciones y volver a encontrar la libertad interior.

«Felices los que tienen el corazón puro».

La Palabra vivida nos hace libres y puros porque es amor. Es amor que purifica, con su fuego divino, nuestras intenciones y todo nuestro mundo íntimo porque, según la Biblia, el corazón es la sede más profunda de la inteligencia y de la voluntad.
Pero hay un amor que Jesús nos pide y que nos permite vivir esta felicidad. Es el amor recíproco, de quien está dispuesto a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Este amor crea una corriente, un intercambio, un clima en el que la nota dominante es precisamente la transparencia, la pureza, por la presencia de Dios, que es el único que puede crear en nosotros un corazón puro (4). A través de la vivencia del amor recíproco la Palabra actúa con sus efectos de purificación y de santificación.
El individuo aislado es incapaz de resistir por mucho tiempo a las solicitudes del mundo, mientras que en el amor recíproco encuentra el ambiente sano, capaz de proteger su pureza y toda su auténtica existencia cristiana.

«Felices los que tienen el corazón puro».

Este es el fruto de esa pureza, siempre reconquistada: se puede «ver» a Dios, es decir, comprender su acción en nuestra vida y en la historia, sentir su voz en el corazón, reconocer su presencia allí donde está: en los pobres, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.
Es un empezar a gustar la presencia de Dios que comienza ya en esta vida, mientras «caminamos en la fe y no vemos todavía claramente» (5), hasta que «veamos cara a cara» (6) eternamente.

Chiara Lubich

1 Cf. Sal 24,4;
2 Jn 15,3;
3 Cf. Sal 16,2;
4 Cf. Sal 50,12;
5 2Cor 5,7;
6 1Cor 13,12