31 Ago 1999 | Palabra de vida, Sin categorizar
Con estas palabras Jesús le responde a Pedro, que después de haber escuchado cosas maravillosas de su boca, le hace esta pregunta: «Señor, ¿cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano las ofensas que me haga? ¿Hasta siete veces?». A lo que replicó Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
Probablemente Pedro, bajo la influencia de la predicación del Maestro, había pensado lanzarse, bueno y generoso como era, en su nueva línea, haciendo algo excepcional: llegando a perdonar hasta siete veces. En el judaísmo, en efecto, se admitía un perdón de dos, tres, a lo más hasta cuatro veces.
Pero al responder: «… hasta setenta veces siete», Jesús dice que para él el perdón tiene que ser ilimitado: hay que perdonar siempre.
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
Esta Palabra trae el recuerdo del canto bíblico de Lamec, un descendiente de Adán: «Caín será vengado siete veces, pero Lamec setenta y siete» (1). Así es como comienza a propagarse el odio entre los hombres en el mundo: sube como un río en creciente.
A este propagarse del mal, Jesús opone el perdón sin límites, incondicional, capaz de romper el círculo de la violencia.
El perdón es la única solución para contener el desorden y abrirle a la humanidad un futuro que no signifique autodestrucción.
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
Perdonar. Perdonar siempre. El perdón no es ese olvido que muchas veces significa no querer mirar de frente la realidad. El perdón no es debilidad, es decir, no tener en cuenta una injusticia por miedo al más fuerte, que la ha cometido. El perdón no consiste en decir que no tiene importancia, lo que en cambio es grave, o decir que está bien lo que está mal.
El perdón no es indiferencia. El perdón es un acto de voluntad y de lucidez, por lo tanto de libertad, que consiste en dar acogida al hermano y la hermana tal como es, a pesar del daño que nos ha hecho, como Dios nos acoge a nosotros, pecadores, a pesar de nuestros defectos. El perdón consiste en no responder a la ofensa con la ofensa, sino en hacer lo que dice Pablo: «No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien» (2).
El perdón consiste en abrir, al que te ha agraviado, la posibilidad de una nueva relación contigo. Es decir, la posibilidad para él y para ti de comenzar de nuevo la vida, de un futuro en el cual el mal no tenga la última palabra.
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».
¿Cómo hacer, entonces, para vivir esta Palabra?
Pedro le había preguntado a Jesús: «¿Cuántas veces tendré que perdonar a mi hermano?», «… a mi hermano».
Jesús, al responder, tenía en mente, por lo tanto, sobre todo las relaciones entre cristianos, entre miembros de la misma comunidad.
Por eso, antes que nada, es con los otros hermanos y hermanas en la fe que debemos comportarnos así: en familia, en el trabajo, en la escuela o comunidad de la cual formamos parte.
Sabemos con cuánta facilidad se quiere responder a una ofensa con una acción o con una palabra equivalente.
Sabemos cuánto, por diversidad de caracteres, o por nerviosismo, o por otras causas, las faltas de amor son frecuentes entre personas que conviven. Pues bien, es necesario recordar que sólo una actitud de perdón, siempre renovada, puede mantener la paz y la unidad entre hermanos.
Siempre existirá la tendencia a ver los defectos de hermanas y hermanos, a recordar el pasado, a querernos distintos de como somos… Es necesario acostumbrarse, con una mirada nueva, a verlos nuevos a ellos mismos, aceptándolos siempre, enseguida y sin retaceos, aunque no se arrepientan.
Se dirá: «Pero esto es difícil». Se comprende. Pero aquí está lo bueno del cristianismo. No por nada seguimos a Cristo que, desde la cruz, pidió al Padre perdón para aquellos que le habían dado muerte, y resucitó.
Anímo. Comencemos una vida así, que nos asegura una paz como ninguna otra y mucha felicidad a nosotros desconocida.
Chiara Lubich
1 Gn 4, 24
2 Rm 12, 21
31 Jul 1999 | Palabra de vida, Sin categorizar
Esta Palabra forma parte de un acontecimiento simple y altísimo al mismo tiempo: se trata del encuentro entre dos gestantes, entre dos madres, cuya simbiosis espiritual y física con sus hijos es total. Ellas son su boca, sus sentimientos. Cuando habla María, el niño de Isabel se estremece en su vientre. Cuando habla Isabel pareciera que las palabras le han sido puestas en los labios por el Precursor. Y, aunque las palabras de su himno de alabanza a María están dirigidas personalmente a la madre del Señor, «adquieren carácter de verdad universal: la bienaventuranza vale para todos los creyentes y concierne a aquellos que acogen la Palabra de Dios y la ponen en práctica, y encuentran en María el modelo ideal» (1).
«Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
Es la primera bienaventuranza del Evangelio que se refiere a María, pero también a todos aquellos que la quieren seguir e imitar.
En María hay un vínculo estrecho entre fe y maternidad, como fruto de la escucha de la Palabra. Además Lucas nos refiere algo que tiene que ver también con nosotros. Más adelante, en su Evangelio, Jesús dice: «Mi madre y mis hermanos son los que escuchan la Palabra de Dios y la ponen en práctica» (2).
Casi como anticipando estas palabras, Isabel, movida por el Espíritu Santo, nos anuncia que todo discípulo puede volverse «madre» del Señor. La condición es que crea en la Palabra de Dios y la viva.
«Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
María, después de Jesús, es la que mejor supo decir «sí» a Dios. En esto, sobre todo, radica su santidad y su grandeza. Por eso, si Jesús es el Verbo, la Verdad encarnada, María, por su fe en la Palabra, es la Palabra vivida, aunque sea criatura como nosotros, igual a nosotros.
El rol de María, como madre de Dios, es excelso y grandioso. Pero Dios no llama sólo a la Virgen a gestar a Cristo en sí misma. Si bien de otra manera, todo cristianos está llamado a un rol semejante: el de encarnar a Cristo hasta repetir, como San Pablo: «Y ya no vivo yo,.sino que es Cristo que vive en mí» (3).
Pero, ¿cómo hacerlo realidad?
Con la actitud de María ante la Palabra de Dios, es decir, con total disponibilidad. En creer, con María, que se verificarán todas las promesas encerradas en la Palabra de Jesús y, si fuera necesario, afrontar como María el riesgo del absurdo que comporta a veces su Palabra.
Grandes o pequeñas, pero siempre maravillosas, son las cosas que le suceden a quien cree en la Palabra. Se podrían llenar libros con los hechos que lo prueban.
¿Quién podrá olvidar que, en plena guerra, creyendo en las palabras de Jesús, «pidan y se les dará» (4), pedimos todo lo que muchos pobres necesitaban y vimos llegar bolsas de harina, cajas de leche, latas de mermelada, leña, ropa?
Esas mismas cosas suceden también hoy. «Den y se les dará» (5), y los depósitos de la caridad siempre se llenan, a medida que se van vaciando.
Pero lo que más llama la atención es lo verdaderas que son siempre, y en todas partes, las palabras de Jesús. Y la ayuda de Dios llega puntualmente aún en situaciones imposibles, y en los puntos más aislados de la tierra, como le sucedió hace poco a una madre que vive en una condición de gran pobreza. Un día se sintió impulsada a dar sus últimas monedas a una persona más pobre que ella. Creía en ese «den y se les dará», del Evangelio. Y se sentía con una gran paz en el alma. Poco después llegaba a casa su hija más pequeña y le mostraba el regalo que le había dado un viejo pariente que, por casualidad, había pasado por allí: en su manita mostraba las monedas multiplicadas.
Una «pequeña» experiencia como ésta nos impulsa a creer en el Evangelio; pero cada uno de nosotros puede probar esa alegría, esa dicha que viene de ver realizarse las promesas de Jesús.
Cuando, en la vida de todos los días, en la lectura de las Sagradas Escrituras nos encontremos con la Palabra de Dios, abramos nuestro corazón a la escucha con la fe de que, lo que Jesús nos pide y promete, sucederá. No tardaremos en descubrir, como María y como esa madre, que él mantiene sus promesas.
Chiara Lubich
1) G.Rossé, Il Vangelo di Luca, Roma, 1992.
2) Lc 8, 21.
3) Gal 20, 20.
4) Mt 7, 7.
5) Lc 6, 38
30 Jun 1999 | Palabra de vida, Sin categorizar
En esta brevísima parábola Jesús apunta a la imaginación de quienes le escuchan. Todo conocían el valor de las perlas que, junto al oro, era en ese entonces lo más precioso que se podía concebir.
Es más, las Escrituras hablaban de la sabiduría, es decir, el conocimiento de Dios como algo que no se podía comparar ni siquiera «a la piedra más preciosa» (1).
Pero lo que se pone de relieve en la parábola es el hecho excepcional, sorprendente e inesperado que representa para ese comerciante el haber descubierto, a lo mejor en un bazar, una perla que sólo para sus ojos experimentados tenía un valor inestimable y el cual podía, por lo tanto, obtener una excelente ganancia. Esta es la razón por la cual, después de haber hecho sus cálculos, decide que valía la pena vender todo para comprarla. ¿Y quién no habría hecho lo mismo en su lugar?
Este es, entonces, el significado profundo de la parábola: el encuentro con Jesús, y por lo tanto con el Reino de Dios entre nosotros – ¡aquí está la perla! – es esa ocasión única que hay que pescar al vuelo, empeñando a fondo todas las energías que uno tiene, es decir, todo lo que uno posee.
«El Reino de los Cielos se parece a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró».
No era la primera vez que los discípulos se sentían puestos ante una exigencia radical, es decir, a ese todo que es necesario dejar para seguir a Jesús: los bienes más preciosos, como son los afectos familiares, la seguridad económica, las garantías para un futuro.
Pero a su pedido no le falta razón ni es absurdo.
Por un «todo» que se pierde hay un «todo» que se encuentra, inestimablemente más precioso. Siempre que Jesús pide algo, también promete dar mucho, mucho más, en medida desbordante.
Así es como, con esta parábola, nos asegura que tendremos en nuestras manos un tesoro que nos hará ricos para siempre.
Y, si pudiera parecer un error dejar lo cierto por lo incierto, un bien seguro por un bien sólo prometido, pensemos en ese comerciante: él sabe que esa perla es muy valiosa y espera confiado lo que ganará negociándola.
De la misma manera, quien quiere seguir a Jesús sabe, ve, con los ojos de la fe, la inmensa ganancia que será compartir con él la herencia del Reino por haber dejado todo, por lo menos espiritualmente.
A todos los hombres Dios le ofrece en la vida una ocasión semejante para que la sepan aprovechar.
«El Reino de los Cielos se parece a un negociante que se dedicaba a buscar perlas finas; y al encontrar una de gran valor, fue a vender todo lo que tenía y la compró».
Se trata de una invitación concreta a dejar de lado todos esos ídolos que pueden tomar el lugar de Dios en el corazón: carrera, matrimonio, estudios, una hermosa casa, la profesión, el deporte, la diversión.
Es una invitación a poner a Dios en el primer lugar, en la cúspide de cualquier pensamiento nuestro, de cualquier afecto, porque todo en la vida converge en él y todo de él debe descender.
De esta manera, buscando el Reino, según la promesa evangélica el resto se nos dará por añadidura (2). Dejando de lado todo por el Reino de Dios, recibimos el céntuplo en casas, hermanos, hermanas, padres y madres (3), porque el Evangelio tiene una clara dimensión humana: Jesús es hombre-Dios y, junto al alimento espiritual nos asegura el pan, la casa, la vestimenta, la familia.
A lo mejor tenemos que aprender de los «pequeños» a confiar más en la Providencia del Padre, que no le hace faltar nada al que da, por amor, lo poco que tiene.
En el Congo, un grupo de muchachos venía fabricando, desde hace unos meses, postales artísticas con cáscara de banana, que luego eran vendidas en Alemania. Al principio se quedaban con todo lo que ganaban (alguno mantenía con esto toda la familia). Ahora, en cambio, han decidido compartir con otros el 50% y, de esta manera, 35 jóvenes desocupados pudieron recibir una ayuda.
Pero Dios no se deja ganar en generosidad: dos de estos muchachos dieron un testimonio tan valioso en el negocio donde están empleados, que varios comerciantes, cuando necesitan personal, han comenzado a dirigirse a ellos. Es así como hasta el momento han encontrado un trabajo fijo para once.
Chiara Lubich
1) Sab 7, 9; 2) Cf Lc 12, 31; 3) Cf Mt 19, 29.
10 Jun 1999 | Sin categorizar
9 Jun 1999 | Sin categorizar
7 Jun 1999 | Sin categorizar