Movimiento de los Focolares
Franco Fortuna, un santo de la puerta de al lado

Franco Fortuna, un santo de la puerta de al lado

Franco y Anna estaban casados desde el año 1991 y habían tenido tres hijos: Benedetta, Francesca y Federico. En agosto de 2025 Franco partió de improviso al Cielo, a la edad de 63 años. Esta noticia conmovió a muchas personas, no solamente en su ciudad, Poggio Mirteto (Italia), sino también a los muchos amigos del Movimiento de los Focolares que lo habían conocido. Había sido un gen (jóvenes de los Focolares) y luego, siempre encendido por el Ideal de la Unidad, había dicho su sí al llamado a vivir por Jesús, tanto en su trabajo (durante años trabajó en la Casa Editorial Città Nuova – Ciudad Nueva italiana). Allí había tenido contacto con gran cantidad de personas.

Junto a Anna, ese “sí” inicial que había pronunciado, a formar una familia fiel al “donde dos o más…”, se enriqueció con un compromiso en la comunidad local, a lo largo del itinerario de vida que recorrieron juntos. De una manera particular fueron muy activos en el Movimiento Familias Nuevas (rama de los Focolares, compuesta por familias que se proponen vivir la espiritualidad de la unidad) y con el acompañamiento a parejas en su proceso de preparación al matrimonio y al bautismo de los hijos.

Tras un largo período en la Casa Editorial, Franco empezó una nueva experiencia laboral como docente de religión en un Instituto técnico, dedicándose completamente y con pasión para tratar de ayudar a sus alumnos en un crecimiento sereno, aun en medio de las dificultades y dolores personales que los mismos chicos le contaban. El recuerdo que todos conservan más vivamente son las clases al aire libre, a la sombra de los árboles, en el jardín externo del colegio; su profunda capacidad de escucha y su sonrisa. Esa sonrisa la habían conocido también sus compañeros de trabajo, sus colegas, juntamente con su compromiso a crear en la escuela un clima de familia, con paseos por las montañas y momentos de convivencia.

En el último período de vida Franco respondió a un llamado que sintió: el de ser Diácono al servicio de la Iglesia. Lo hizo con humildad, en silencio pero estando siempre presente, dispuesto a ayudar a todo aquel que lo estuviera necesitando ante un problema. Todos los que se cruzaron con él recuerdan su gran sonrisa y que lograba transformar el humor de los que se le acercaban.

En las fotos: Franco con toda su familia; una excursión a la montaña; durante su servicio como diácono

Su casa estaba siempre abierta a todos y lo sigue estando, pues muchos amigos son un apoyo para Anna y sus hijos, gracias al amor que él sembró en estos años.

Incluso durante la internación de Franco en el hospital, la última semana antes del fallecimiento, los médicos quedaron impresionados por las continuas visitas de jóvenes que iban a verlo para despedirse de él, para darle un abrazo a la familia, o simplemente para estar allí presentes a su lado, y rezar juntos.

Un colega suyo, que se manifestaba como no creyente, lo saludó diciéndole que había sido “la persona más cercana al Evangelio” que hubiera conocido.

En la misa de despedida, su funeral, había muchísima gente, y numerosos los jóvenes que ocupaban incluso el atrio. Uno de los carteles que habían colgado decía: “Nos hablaste de fe pero nos ensañaste el amor”. Alrededor del altar un nutrido grupo de sacerdotes y diáconos junto al obispo, Monseñor Ernesto Mandara.

Durante la homilía, el padre Mauro Guida, párroco de la Catedral de la Asunción de Poggio Mirteto, citando a los Santos Lorenzo, Clara, Juana, Ponciano e Hipólito, recordados en los días anteriores, dijo: “Cada vez, cada nombre, cada palabra, cada rostro de santidad, parecía el retrato de nuestro querido Franco. Como hacían antes los niños, que se mostraban las figuritas y repetían el estribillo “la tengo, la tengo…”, de la misma manera Franco se había vuelto de golpe la imagen del que tuviera cualquier cualidad que se describiera, o que uno pudiera imaginar; ‘santidad de la puerta de al lado’, la llamó el Papa Francisco”.

“Hemos quedado profundamente conmovidos con la noticia de la partida al Cielo de Franco y encantados conociendo los detalles de su vida –afirmaron en una carta, Margaret Karram e Jesús Morán, Presidente y Copresidente (en 2025) de los Focolares–. Oraciones y profunda gratitud por su vida tan bella y luminosa. En la certeza de que ya ha sido recibido por Jesús, lo sentimos protector de Familias Nuevas y de las Nuevas Generaciones. Unidos de una manera muy especial a Anna e hijos”.

En las fotos: inauguración del aula al aire libre en el colegio donde daba clase

El colegio en el que Franco trabajó, el Instituto Gregorio da Catino de Poggio Mirteto, quiso dar su nombre a un aula al aire libre. El siguiente es el post publicado en la página del Facebook de la escuela: “Hay profesores que dejan una marca indeleble por su forma de mirar el mundo: Franco Fortuna era uno de ellos. Para recordar el amor que tenía por las clases al aire libre, hoy (5 de junio de 2026) hemos inaugurado una verdadera aula externa (…). Nuestro deseo es que pueda ser un lugar en donde los estudiantes sigan aprendiendo, dialogando y soñando, justamente como lo habría querido el profesor Fortuna”.

Lorenzo Russo
Fotos: por cortesía de la familia Fortuna

Una amistad verdadera vale más que un riñón

Una amistad verdadera vale más que un riñón

Este vídeo forma parte de la serie On Point producido por Focolare Media. Esta serie web explora los puntos clave de la espiritualidad del Movimiento de los Focolares a través de reflexiones y experiencias de vida. Visita Focolare Media o su canal YouTube para acceder a más recursos de este tipo, disponibles con subtítulos y doblaje en varios idiomas.

De ateo a presidente del consejo parroquial

De ateo a presidente del consejo parroquial

Hace algunos años, lejos de mi familia, tuve que compartir vivienda por un tiempo con un colega de trabajo. Alberto, mi colega, era ateo. Hablábamos de deportes, cultura, religiones, etc. Yo le compartí un par de veces lo que había sido para mí la conversión, el encuentro con Dios, en Jesús. Me agradecía cortésmente, aunque, por supuesto, permanecía en sus convicciones.

Por otro lado, yo sabía que poner en práctica la palabra de Dios significaba amar concretamente a esta persona. Comencé, entonces, a interesarme de su vida, de su familia, de lo que le gustaba, de lo que le molestaba o lo que lo hacía sufrir.

Viendo que Alberto estaba muy ocupado, me ofrecí a cocinar más de lo que me correspondía y también hasta lavarle la ropa. A él le gustaba salir a correr y, aunque no era mi deporte favorito, empecé a salir a correr con él para conectar más con sus intereses.

Un día me propuso salir «a mujeres». Cortésmente le dije que no y le expliqué que para mí el sexo era algo muy profundo. Me miró medio incrédulo y, me dijo: «tengo que pensar en lo que me dices».

Nuestros caminos se separaron. Volví a encontrarlo años después en un aeropuerto. Nos abrazamos y me dijo: “¿sabes de dónde vengo? De una junta. Soy el presidente del consejo parroquial”. ¡Sorpresa! Yo no podía creerlo.

Alberto agregó: «Miguel, ¿recuerdas hace tantos años, cuando tú cocinabas en días en los que yo tendría que haberlo hecho, o cuando me lavabas la ropa y salías a correr conmigo? Yo te observaba, y veía que tú tenías algo dentro de ti, una luz, una fuerza para tu vida que a mí me faltaba. Pues bien, fue eso lo que me tocó y empezó, poco a poco, a sacudir mi corazón y mi mente. ¿Cuál fue el resultado? Una profunda conversación interior con Dios. Empecé a leer el Evangelio y a cambiar mi estilo de vida. Llegó el bautismo y, heme aquí: de ateo a presidente del consejo parroquial. ¡Gracias por aquellos meses que vivimos juntos!”

M. N. – México
(de focolaresciudadnueva.com)

Foto: © Kampus by Pexels

A un paso de la rendición

A un paso de la rendición

Sucedió algo que me recordó por qué, hace años, decidimos ser “hombres nuevos” por un Mundo Unido.

Estoy en un hospital. Veo a un joven llorando solo, lejos de su grupo. Está estudiando para ser enfermero instrumentista. Está en su último año. Le faltan tres meses para graduarse.

Me acerco. Me cuenta que su padre perdió el trabajo. Solía ​​ir a la universidad en la vieja bicicleta de su hermano, que al final se rompió. Tenía que tomar cuatro ómnibus al día y ya no tenía dinero para los boletos.. “Voy a renunciar. No aguanto más ”, me dice.

Quería darle dinero para que recargara su abono de ómnibus y se fuera a casa. No quiso aceptarlo. Lo hizo con una condición: que le diera mi número para que me lo devolviera. Y cumplió su promesa. Tres días después, me devolvió el dinero, pero al mismo tiempo, me confirmó lo peor: interrumpiría sus estudios hasta que se dieran las condiciones para retomarlos.

Esa noche no pude dormir. Su rostro estaba en mi cabeza. Pensé en cuántos jóvenes como él estaban a punto de rendirse, listos para hacerlo.

Dos días después, recibí un trabajo extra inesperado. El sueldo era justo. Y entonces me vino a la mente una idea clara, una que no cabe duda: “¿Y si Dios me lo hubiera enviado específicamente para él?”.

No lo dudé. Le pagué lo que necesitaba para los boletos de tres meses y para que terminara sus estudios. Ese día no supe nada de él.

Me llamó 48 horas después. No podía hablar. Estaba llorando. Lloraba como se llora cuando se recupera la esperanza.

Pasaron dos años sin tener noticias suyas. Hasta que un día recibí un mensaje de texto de un número desconocido. Era una foto: su título de enfermero instrumentista.

Junto con la frase: “Le debo este diploma en parte a un desconocido que me ayudó sin siquiera conocerme”.

Me emocioné. Lloré de alegría. Lloré porque comprendí algo:

Un mundo unido no se construye con discursos. Se construye con un boleto de autobús. Con una bicicleta reparada. Con una mano tendida sin preguntar el apellido.

De hecho, ese joven, el mío, nunca lo supo.

Lo importante es que, durante 90 días, pudo continuar sus estudios. Y que hoy hay un enfermero instrumentista más en los hospitales, salvando vidas, porque alguien creyó en él cuando él mismo ya no podía hacerlo.

A veces pensamos que, para cambiar el mundo, tenemos que hacer quién sabe qué.

Mientras el mundo cambia porque alguien puede tomar cuatro autobuses.

Comparto esto no por mí, sino porque necesitamos recordar que lo que hacemos, tal vez no lo vemos, y tal vez florece solo dos años después en forma de un título, una vida, una esperanza.

Seguimos siendo esos “desconocidos” que echan una mano.

Tito Ruiz Diaz (Paraguay)

Foto © Alialcantara-Pexels

Evangelio vivido: De la semilla al fruto

Evangelio vivido: De la semilla al fruto

La llamada

Tenía 16 años cuando comencé a vivir las palabras de Jesús: “Ama a tu prójimo como a ti mismo… Todo lo que hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”. Comencé con quien me estaba cerca: cediendo mi asiento a quien no tenía, haciendo las camas de las chicas con las que compartía la habitación, escuchando a alguien… e incluso dentro de mi familia, donde a veces resultaba más difícil. La alegría creció en mí y muchas preguntas encontraron respuesta. Cuando algunos amigos quisieron saber el motivo de mi cambio, también les sugerí que experimentaran la aventura de amar a todos, sin distinción. Así comenzamos a compartir nuestras pocas cosas, nuestro tiempo y nuestros talentos; tratando de ayudar a los pobres, nos dedicamos especialmente a recaudar fondos para la construcción de un hospital y una escuela en Camerún. Nos pareció lo correcto, considerando la gran deuda que Occidente tenía con África. Esta vida plena y hermosa, dedicada a Dios y a mis hermanos y hermanas, me preparó para escuchar más tarde otras palabras de Jesús dirigidas a mí: “Ven y sígueme”.

(Aurea – Italia)

Dios, ¿es celoso?

Sabía que la Biblia habla de un Dios celoso cuando, en el Éxodo, relata cómo su pueblo se dirigía a los ídolos. Pero yo también tuve una experiencia similar, aunque a menor escala. Estaba pasando por un período en el que Dios no era precisamente el centro de mi vida; estaba ocupado con tantas cosas, con tantas actividades diferentes, y confieso que lo descuidé. Un día me encontré postrado en cama con un dolor de espalda insoportable. No podía moverme sin sentir un dolor terrible, y este persistió durante varios días debido a una ciática que comenzó en mi espalda y se extendió por toda mi pierna. En esos momentos difíciles, recordé a Jesús crucificado y abandonado, quien sin duda había sufrido más que yo. Lo reconocí y comprendí que esto también era una estrategia para atraerme. Él era celoso, me quería con él; siempre había estado conmigo, como siempre está con todos nosotros. Yo, sin embargo, ya no estaba con él. La experiencia me ayudó a recuperarme, no solo físicamente, sino también espiritualmente.

(F. – Bélgica)

Una empresa EdC

Tengo tanta fe en el amor de Dios que quiero compartir esta certeza con la mayor cantidad de personas posible. Por eso, en mi pueblo y en los valles aledaños, se han formado grupos donde nos ayudamos a vivir la Palabra del Evangelio. Y no solo eso: con el sacrificio mío y de otros amigos, he creado una granja que se adhiere a la Economía de Comunión (EdC), un modelo empresarial y social global que destina una parte de sus ganancias a ayudar a personas necesitadas y crearles nuevos empleos; otra parte a fortalecer la estructura de la empresa, mejorar la calidad del producto y asegurar la sostenibilidad del negocio en el mercado; y una tercera parte a capacitar a las personas con una nueva mentalidad económica basada en la fraternidad y la solidaridad. ¡Cuántas veces a lo largo de los años he experimentado la providencia de Dios! Como cuando la cosecha de calabacines aumentó inesperadamente, o cuando los compradores ofrecieron más de lo que pensaba pedir… Pero, sobre todo, trabajando de esta manera, me siento más cerca de Dios, y esto me motiva a seguir por este camino.

(L.F. – Italia)

Maria Grazia Berretta

Del Vangelo del Giorno, Città Nuova, anno XII – n.4 – julio-agosto de 2026)

Foto © Elisemertens89 – Kevin120415 – Hans – Pixabay

Desde Caracas (Venezuela): la solidaridad se hace tangible

Desde Caracas (Venezuela): la solidaridad se hace tangible

El miércoles 24 de junio de 2026, a las 6:04 de la tarde, Venezuela cambió su rostro en menos de un minuto. Dos terremotos, de magnitud 7.1 y 7.5, separados por apenas 39 segundos, sacudieron el centro-norte del país. El epicentro fue localizado cerca de Morón, en el estado de Carabobo, pero el impacto ha sido devastador, sobre todo en La Guaira, en Caracas y en las zonas limítrofes, en donde numerosos entre casas y edificios se derrumbaron. El balance de las víctimas, de los dispersos y de los heridos sigue subiendo mientras prosiguen las tareas de rescate. Equipos especializados provenientes de varios países están llegando para unirse a la búsqueda de los sobrevivientes, junto a las ayudas humanitarias y bienes de primera necesidad, en una respuesta internacional que crece hora tras hora.

Las réplicas no dan tregua; ya son más de 100. Algunas apenas se advierten, otras nos obligan a escapar de las casas continuamente. Vivimos en un estado de alerta constante. Dormimos poco. El cansancio pesa, pero también el miedo. A todo ello se suman las dificultades de una ciudad que trata de seguir funcionando. Las líneas telefónicas y la señal de internet funcionan en forma intermitente, la electricidad sufre continuas fluctuaciones y, en muchos edificios, la provisión de gas ha sido suspendida por precaución. Incluso las decisiones más simples requieren un gran esfuerzo: organizarse, concretar acciones, coordinar equipos o simplemente comunicarse con las personas queridas para saber si están bien. Todo se vuelve complicado cuando la tierra sigue recordándonos que aún no ha terminado de temblar.

Venezuela afronta este terremoto partiendo de una condición de vulnerabilidad. Muchos edificios se han construido sin criterios antisísmicos, que hoy son la norma en otras regiones, y algunos arrastran consigo años de desgaste y mantenimiento insuficiente. Esta emergencia se suma a una realidad socio-económica ya comprometida. Todo ello vuelve aún más complejo el proceso de respuesta.

Sin embargo, en medio de esta realidad tan frágil, estamos descubriendo también una fuerza inmensa que nace de la comunión.

Como Movimiento de los Focolares hemos abierto nuestras casas –los focolares, que afortunadamente no han sufrido daños estructurales– para acoger a los que han tenido que abandonar su vivienda. Algunas familias ya no pueden volver a sus casas, porque los edificios corren el riesgo de derrumbarse. Otras lo han perdido todo. Hemos ofrecido alojamiento, alimentos, ropa y todo lo que pueda aliviar las necesidades más urgentes e inmediatas.

Lamentablemente, el dolor ha tocado también a nuestra familia muy de cerca. Una voluntaria del Movimiento ha perdido a algunos familiares por el derrumbe de los edificios en donde vivían. Solo una sobrina se ha salvado y ya se ha recuperado tras su paso por el hospital. Como ellos, muchas familias esperan noticias entre los escombros; otras lloran a sus seres queridos y muchas siguen aferrándose a la esperanza de encontrar con vida a los que están dispersos.

La solidaridad forma parte de nuestra identidad y en estos días se hace tangible. Desde las primeras horas después del sismo se han multiplicado los viajes entre Caracas y La Guaira: se trata de autos privados, voluntarios, parroquias, organizaciones y vecinos que llevan agua, comida, medicamentos, ropa y artículos de primera necesidad. Enteras comunidades de otras regiones del país que nada más han advertido el terremoto se han organizado espontáneamente para equipar centros de recolección, distribución de las donaciones y preparar las ayudas que siguen llegando a las zonas más afectadas; a través de la Iglesia. Toda pequeña iniciativa, toda llamada telefónica, cada uno de los paquetes es preparado con cuidado, cada persona que ofrece su propio tiempo, teje una red de fraternidad que sostiene a quien más lo necesita.

Nos conmueve profundamente también la cantidad de personas, dentro y fuera de Venezuela, que desean ayudar. No hemos logrado aún responder a todos los mensajes que nos han llegado. Familiares, amigos, miembros del Movimiento y personas que quieren simplemente saber cómo estamos o preguntar cómo pueden colaborar. Estamos activando todas las sinergias posibles para que esta enorme generosidad encuentre canales concretos y llegue allí donde hay una necesidad mayor.

A todos ellos les queremos expresar un agradecimiento sincero. Gracias por las oraciones, por los mensajes de cercanía y por los gestos concretos de solidaridad que ya están actuando. En momentos como este experimentamos de una manera muy viva lo que Chiara Lubich nos ha dejado como horizonte: “Sean una familia”.

Tal vez el desafío más grande es vivir el momento presente. No anticipar el miedo al próximo temblor ni quedarse paralizados por la enormidad del dolor. Permanecer en el presente es, hoy más que nunca, el camino para descubrir lo que el Amor nos pide en cada momento.

Vivir el carisma de la unidad nos lleva, en este contexto, a dar una respuesta concreta: ser puentes en donde hay aislamiento, ofrecer fraternidad en donde el miedo divide y sembrar esperanza allí donde la incertidumbre parece imponerse.

Hay mucho camino por recorrer aún. La emergencia no ha terminado y la reconstrucción requerirá tiempo. Pero en el medio de tantas pérdidas somos también testigos de una humanidad que no se resigna, que se organiza, que comparte lo poco o lo mucho que tiene y que vuelve a recordarnos que cuando la tierra tiembla, el amor puede seguir siendo el terreno más sólido sobre el que reconstruir la esperanza.

La comunidad de los Focolares de Caracas
Fotos: © fotospublicas.com