Movimiento de los Focolares
Evangelio vivido: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Juan 21, 17)

Evangelio vivido: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te quiero” (Juan 21, 17)

Un mensaje

Era el cumpleaños de un amigo muy querido con quien hemos compartido ideales, alegrías y dolores. Pero hacía mucho que no le escribía y que no nos veíamos. Yo estaba un poco en duda: podría mandarle un mensaje, pero no sabía cómo iba a reaccionar. La Palabra de Vida me animó a hacerlo: “Señor, tú lo sabes todo; sabes que te amo” (Juan 21,17). Poco después me llegó su respuesta: “¡Qué alegría recibir tu saludo!”. Allí empezó un diálogo; y los mensajes iban y venían. Me contó cómo andaban sus cosas. Su trabajo le daba satisfacción, con un excelente sueldo y me confiesa que desea venir a verme. Lo alenté a hacerlo y me puse a su disposición para recibirlo y organizar su estancia. Es un motivo más para tenerlo presente… y no esperar otro año para mandarle un mensaje.

(C. A.- Italia)

Agobiada por el orgullo

Conseguía perdonarle a Miguel que pasara largas noches en la hostería, pero no podía hacer lo mismo con su infidelidad, que me había confesado un día. Yo era la esposa y madre perfecta, yo era la víctima. Pero desde cuando él se veía con el Padre Venancio y otras personas de la parroquia, mi esposo parecía otro. Estaba más presente en casa, más afectuoso conmigo, que por el contrario seguía mostrándome distante todas las veces que me proponía que leyéramos juntos el Evangelio para intentar ponerlo en práctica. De todos modos, una vez, como era su cumpleaños, acepté la idea de acompañarlo a un encuentro de familias. Fue el primero de otros. Un día, una frase me hizo reflexionar: «Construir la paz». ¿Cómo podía yo hacerlo, ya que en todo ese tiempo me había dado cuenta de que era una egoísta, de que estaba llena de miserias y rencores? El orgullo me impedía pedirle perdón a Miguel, mientras él en estos 28 años de matrimonio me lo había pedido varias veces. Sin embargo, yo buscaba el momento más adecuado para hacerlo. Hasta que, durante un encuentro con el grupo de familias, le pedí ayuda a Dios y logré contar nuestra experiencia de pareja y le pedí perdón a Miguel. Ese día sentí que nacía un amor nuevo, verdadero, por él.

(R. – México)

Atender al prójimo

Desde cuando transcurro un período de tiempo en La Habana –inmerso hasta el cuello en los problemas de supervivencia de los habitantes de nuestro barrio, y lidiando con la grave crisis económica del país– no me he acostumbrado aún a las puntuales intervenciones de la Providencia. Entre las muchas, ésta es la última. Una persona que forma parte de nuestra comunidad me había avisado que iba a llegar una consistente donación de fármacos válidos, todos correspondientes a tratamientos para enfermedades nerviosas. Fui a retirarlos con gran perplejidad ya que no entraban en la categoría de fármacos que los pobres que asisto nos piden. Pero luego me acordé de que una vez al mes, los lunes por la mañana, hay un psiquiatra que viene a atender gratis a las personas del barrio que necesitan ese tipo de tratamientos. Entonces, a la primera ocasión, me puse en contacto con él, llevándole la lista de los medicamentos. A medida que la iba leyendo, su rostro se iluminaba: «¡Son exactamente los medicamentos que estaba buscando!», exclamó sorprendido.

(R.Z. – Cuba)

Editado por Maria Grazia Berretta
(tratto da Il Vangelo del Giorno, Città Nuova, anno X– n.1° maggio-giugno 2025)

Fotos: ©Mohamed Hassan – Wälz / Pixabay

10 años de Laudato Si’: el «proyecto Amazonia

10 años de Laudato Si’: el «proyecto Amazonia

Soy Letícia Alves y vivo en Pará en el norte de Brasil.

En 2019 participé en el Proyecto Amazonia, y durante 15 días con un grupo de voluntarios dedicamos nuestras vacaciones a convivir con la gente de la baja Amazonia, en la ciudad de Óbidos, Brasil.

Antes de embarcarme en esta aventura, me preguntaba si sería capaz de entregarme por completo a esta experiencia, ambientada en una realidad tan diferente a la mía. Durante el proyecto visitamos algunas comunidades ribereñas que viven a orillas del río Amazonas, y todos nos acogieron con un cariño sin igual.

Prestábamos servicios sanitarios, jurídicos y de apoyo familiar, pero lo más importante era escuchar profundamente y participar de las vidas, de las historias y de las dificultades de quienes encontrábamos. Las historias eran de lo más diversas: la falta de agua potable, la del niño que tenía un cepillo de dientes para toda la familia, o incluso el hijo que quería matar a su madre… Cuanto más escuchábamos, más comprendíamos el sentido de nuestra presencia allí.

Y entre tantas historias, pude comprobar hasta qué punto podemos marcar la diferencia en la vida de las personas: hasta qué punto una simple escucha marca la diferencia, hasta qué punto una botella de agua potable marca la diferencia.

El proyecto fue más que especial. Pudimos plantar una semilla de amor en medio de tanto dolor y «construir juntos» nos hizo crecer. Cuando Jesús está presente entre nosotros, todo se hace inspirador, lleno de luz y de alegría.

No fue algo que viví durante 15 días y se acabó, sino que fue una experiencia que realmente transformó mi vida, sentí una fuerte presencia de Dios y eso me dio las fuerzas para abrazar el dolor de la humanidad que tengo a mi alrededor y en esta construcción diaria de un mundo unido.

Me llamo Francisco. Nací en Juruti, en el Amazonas, en un pueblo cerca de Óbidos. Me quedé sorprendido cuando supe que personas de varias partes de Brasil atravesaban todo el país para donarse, para cuidar de mi pueblo y quise unirme a ellos.

Lo que más me impresionó fue la felicidad de todos, de los voluntarios y de la población local, que aun viviendo con tan pocos bienes materiales experimentaban la grandeza del amor de Dios.

Después de vivir el proyecto Amazonia en Óbidos, volví a Juruti con una nueva perspectiva y el deseo de continuar esta misión, pero en mi propia ciudad. Allí vi las mismas necesidades que había encontrado en Óbidos. Este deseo se convirtió no sólo en el mío, sino en el de toda nuestra comunidad, que abrazó la causa. Juntos pensamos y dimos vida al proyecto Amazonia en la comunidad de São Pedro con el objetivo de escuchar y responder al «grito» de los que más lo necesitan, que a menudo no son escuchados. Elegimos una comunidad del continente, empezamos a hacer un seguimiento de sus necesidades y después fuimos en busca de profesionales voluntarios.

Con la colaboración de varias personas, llevamos a toda la comunidad la vida del Evangelio, asistencia médica, asesoramiento psicológico, medicamentos y atención odontológica. Sobre todo, tratamos de detenernos para escuchar las dificultades y las alegrías de aquellos con los que nos encontrábamos.

Tengo una certeza: para construir un mundo más fraterno y unido, estamos llamados a escuchar el grito de los que sufren a nuestro alrededor y a actuar, con la seguridad que ¡nada es pequeño de lo que hacemos con amor y puede cambiar el mundo!

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Luciana Scalacci, un testimonio del diálogo

Luciana Scalacci, un testimonio del diálogo

El 18 de marzo de 2025 nos ha dejado Luciana Scalacci, una mujer extraordinaria, testimonio vivo de compromiso concreto y eficaz en el diálogo a 360°. Luciana, casada con Nicola, ambos de convicciones no religiosas, siempre consideraron que el diálogo es un aspecto fundamental en la sociedad contemporánea caracterizada por tantas formas de división y de conflicto. “Mi esposo y yo somos no creyentes –contó algunos años atrás Luciana durante un encuentro de los Focolares–, o mejor dicho no creyentes en Dios, porque nosotros creemos en el hombre y en sus potencialidades”.

Luciana nació en Abbadia San Salvatore, un pueblo italiano de la provincia de Siena. Desde niña siempre trabajó por los últimos, los más débiles, transmitiendo a todos valores de honradez, integración e igualdad. Con su marido, se dedicaron a la política y a los sindicatos en una militancia de izquierdas siempre centrada en los valores de justicia, diálogo y libertad. El encuentro con el Movimiento de los Focolares se produjo gracias a su hija Mascia.

“Un día –cuenta Luciana– nuestra hija nos escribió una carta, en la que decía, en síntesis: ‘queridos padres, he encontrado un lugar en donde puedo poner en práctica los valores que ustedes siempre me han enseñado’. Había conocido el Movimiento de los Focolares”. Por ello, para entender mejor la decisión de la hija, Luciana y Nicola decidieron participar en una Jornada organizada por los Focolares. “Era un encuentro de personas con convicciones diferentes, pero nosotros no lo sabíamos. Por lo tanto y para no crear equívocos, quisimos dejar en claro enseguida nuestra postura política y religiosa. La respuesta fue: ‘¿y quién les preguntó algo al respecto?’ Enseguida tuvimos la impresión que nos estábamos encontrando en un ambiente en donde existía un gran respeto por las ideas de los demás, percibimos una apertura que nunca habíamos visto en otras asociaciones o movimientos religiosos”.

Desde ese momento y en los años que siguieron, el aporte de Luciana Scalacci al Movimiento de los Focolares fue esencial. Era el año 1995 cuando se encontró por primera vez con Chiara Lubich, fundadora de los Focolares. Junto a ella se esforzó siempre para que naciera y se profundizara el diálogo con personas de convicciones no religiosas, que adquirió fuerza justamente gracias también a la inteligencia iluminada de Luciana.

A partir del año 2000 formó parte de la Comisión interenacional del diáologo con personas de convicciones no religiosas contribuyendo así a la organización de congresos como En diálogo por la paz, Conciencia y pobreza, Mujeres y hombres hacia una sociedad solidaria y muchos otros. Luciana había encontrado una sintonía plena con el Ideal de la unidad, en el encuentro personal con Chiara y con la comunidad de los Focolares. Le contaba a una amiga: “Este diálogo (entre personas de diferentes convicciones) no nació para convertir a los no creyentes, sino que nació porque con Chiara hemos entendido que el mundo unido se hace con todos. Que todos sean uno. Si excluimos a uno solo, ya no somos todos”.

El 26 de septiembre de 2014 durante una audiencia concedida a los Focolares, saluda al papa Francisco. “En esa día extraodinario, tuve el privilegio de intercambiar con Usted algunas palabras que nunca olvidaré”, contó este año en una carta que dirigió al papa mientras él estaba hospitalizado en el Policlínico Gemelli. “Ahora, querido papa Francisco, Usted está en una cama de hospital, y yo también estoy en la misma condición. Ambos delante de la fragilidad de nuestra humanidad. Quería asegurarle que no dejo de pensar en Usted y rezar por Usted. Rece Usted por mí”.

Muchas fueron las lágrimas y profundísimas las palabras de agradecimiento en el día de su funeral. Una de ellas fue la de Vita Zanolini, focolarina y amiga de Luciana y Nicola. “Luciana, maestra de vida y de mucho más –dijo Vita recordándola–. Pensando en ella, en su libertad, vienen a mi mente cielos luminosos y tersos, de colores intensos; una fuente límpida que en el dulce y silenciosos fluir, se vuelve también una catarata tumultuosa. Un fuego encendido en una casa acogedora que habla de un corazón siempre abierto. Pero también es un menú refinado y abundante, con recetas exquisitas y siempre creativas. Resiliencia, respeto, escucha y tenacidad en todos sus matices”.

“Hace unos años – sigue narrando Vita – en uno de los congresos sobre el diálogo alguien presentó una pregunta un tanto original: ‘¿Cuál es la diferencia entre un creyente y un no creyente?’ La respuesta de Luciana, acaso inesperada para muchos: ‘Los creyentes creen en Dios, los no creyentes… Dios cree en ellos’. Pues bien, creo que podemos decir que Luciana ¡no ha desilusionado ni desatendido esa fe de Dios en ella!”

Los últimos días de la vida terrena Luciana los transcurrió en un hospicio en donde estaba internada. Siempre estaba vigilante y activa para comunicar lo que tenía en su corazón, con una fuerza extraordinaria que contrastaba con el poco aliento que tenía. Dejaba recomendaciones y pedidos (incluso, en forma jocosa, hacía amenazas) intercalados a la narración y el recuerdo de tantas experiencias vividas con los demás. “Era como si nos estuviera pasando la tarea de ser un testimonio – cuenta Vita–. Antes de despedirse el abrazo fue apretado pero al mismo tiempo lleno de serenidad, con el sabor de la eternidad”.

Lorenzo Russo

En la misma barca: un viaje hacia la paz

En la misma barca: un viaje hacia la paz

Hace unas semanas, participé en el proyecto MED25, una nave escuela para la paz. Éramos 20 jóvenes de todo el Mediterráneo (norte, sur, este y oeste) a bordo de un barco llamado “Bel Espoir”. Salimos de Barcelona y el tiempo no fue el esperado, así que hicimos escala en Ibiza antes de llegar a Ceuta. Desde allí viajamos por tierra a Tetuán y luego de regreso a Málaga. No fue solo un viaje, fue un viaje a través de nuestras vidas, mentes y culturas.

Vivir en un barco con tanta gente diferente fue genial, pero no siempre fácil. Cada día teníamos que dividirnos las tareas: cocinar, servir la comida, limpiar, lavar los platos. Nos turnábamos en equipos para que todos experimentáramos el ritmo de vida a bordo. También aprendimos a navegar, lo cual fue un poco loco al principio. Ojalá pudiera decir que al final todo se volvió natural, pero la verdad es que fue más difícil de lo que esperaba. Empiezas a comprender cuánto trabajo en equipo se necesita para salir adelante.

Pero no estábamos allí solo para cocinar y navegar. Estábamos allí para hablar, para hablar de verdad. Abordamos ocho grandes temas: cultura, educación, el papel de la mujer, religión, medio ambiente, migración, tradiciones cristianas y, por supuesto, la paz. No eran discusiones teóricas. Eran temas profundamente personales. Compartimos nuestras opiniones y a veces chocamos. En ocasiones, las discusiones se acaloraron. Hubo momentos de frustración. Algunas conversaciones se convirtieron en discusiones acaloradas.

Pero la verdad es esta: no puedes simplemente irte de un barco. No puedes volver a casa y dormir. Vives junto con los demás. Comemos juntos. Navegamos juntos. Literalmente, estamos en la misma barca. Esto lo cambia todo. Hace que sea imposible seguir enojado por mucho tiempo. Tuvimos que hablarlo. Tuvimos que escucharnos, y a veces tuvimos que admitir nuestros errores.

Para mí, esto fue lo más impactante de esta experiencia. Me di cuenta de que la mayoría de los conflictos, ya sean entre personas o entre países, no surgen del odio. Provienen de la falta de conocimiento, de los estereotipos, de la desinformación. Y así como nosotros tuvimos la oportunidad de conocernos en ese barco, el mundo también puede. Si pudimos superar años de malentendidos en tan solo dos semanas juntos, imagínense lo que sería posible si la gente estuviera realmente dispuesta a escucharse.

También he descubierto muchas cosas inesperadas. Como que la Cuaresma se celebra de forma diferente en Europa y en Oriente Medio. O cómo la religión juega un papel completamente distinto en la política y la vida pública, según dónde vivas. En Europa, suele ser un asunto privado, mientras que, en muchos países de Medio Oriente, la religión influye en las leyes, las políticas y la vida cotidiana. No eran solo nociones: sentí la diferencia a través de la gente con la que convivía.

Lo que más me impactó fue que, a pesar de todas nuestras diferencias, teníamos mucho en común. Hemos reído mucho. Bailamos. Sentimos el mal de mar juntos. Incluso tuvimos la oportunidad de ayunar juntos, ya que estuvimos en tiempos de Cuaresma y Ramadán. Hicimos arte, leímos libros, hacíamos bromas, rezábamos en muchos idiomas diferentes al mismo tiempo, descubrimos religiones como el cristianismo, el islam, el hinduismo y el judaísmo, dormimos al aire libre y compartimos momentos de silencio y sagrados. Y a través de todo esto, aprendí que la paz no es algo lejano ni inalcanzable. Es algo muy humano. Es confusa y requiere esfuerzo. Pero es posible.

Regresé transformada. No porque crea que ya hemos resuelto todos nuestros problemas, sino porque ahora creo que la paz no es un sueño, es una elección. Una elección que realmente empieza por ver y escuchar al otro.

Y si 20 desconocidos pudieron hacer eso en una barca en medio del mar, entonces también hay esperanza para el resto del mundo.

Bertha El Hajj, joven embajadora de paz.

Para escuchar esta experiencia u otras haga clic en

Maria Grazia Berretta

Vivir el Evangelio: hacer nuevas todas las cosas

Vivir el Evangelio: hacer nuevas todas las cosas

Aceptar el cambio

Como “distribuidor de tareas”, en diez años había logrado, en colaboración con nuestro párroco, formar el consejo pastoral parroquial y el grupo de sacristanes. A medida que pasaba el tiempo, me di cuenta de que mi papel se estaba redimensionando. Muchas personas, antes menos activas, se han ofrecido a asumir diversos roles y yo he decidido hacerme a un lado para darles espacio. Al principio acepté con calma mi papel más marginal. Pero más tarde, al sentirme excluida, comprendí lo fácil que es apegarse a los propios roles, pero también lo importante que es saber soltar. A veces, el Señor nos invita a dar un paso atrás para prepararnos para algo nuevo. No es fácil, porque implica aceptar el cambio y confiar. Hoy, aunque me siento un poco al margen, sigo disponible para dar mi contribución si me lo piden. Estoy convencida de que cada servicio, incluso el más pequeño, tiene un valor y que cada etapa de la vida es una oportunidad para crecer en la fe y en el amor a los demás.

(Luciana – Italia)

Dios me ve

A veces, cuando vivía en Bruselas, me tocaba ir a misa a la iglesia del Colegio de San Miguel. Para llegar allí, había que recorrer largos pasillos con una interminable serie de aulas a ambos lados. Sobre la puerta de cada uno, había un cartel que decía: Dios te ve. Era una advertencia a los muchachos que reflejaba un pensamiento del pasado, expresado en negativo: “No cometan pecados porque, aunque los hombres no te vean, Dios los ve”. En cambio, para mí, quizás porque nací en otra época o porque creo en su amor, resonaba de manera positiva: “No tengo que hacer el bien delante de los hombres para que me vean, para escuchar decir que bueno eres, o que me den las gracias, sino para vivir en la presencia de Dios”. En el Evangelio de Mateo 23, 1-12, Jesús, dirigiéndose a los escribas y fariseos que aman ostentar, los invita a no dejarse llamar “maestros”, sino a tener una sola preocupación: actuar bajo la mirada de Dios que lee los corazones. Ahora bien, esto es lo que me gusta: Dios me ve, como dicen los carteles en el colegio; Dios lee los corazones y eso debería ser suficiente para mí.

(G.F.- Bélgica)

Dar el primer paso

Debido a un problema de herencia, el silencio se había impuesto entre mi madre y su hermana. Hacía mucho tiempo que no se veían y la brecha que había surgido solo seguía ensanchándose, sobre todo porque vivíamos en la ciudad y mi tía en un pueblo de montaña bastante lejano. Así continuó hasta el día en que tomé valor, provocada por la Palabra de Jesús: «Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja allí tu ofrenda delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y luego vuelve y presenta tu ofrenda». Buscando el momento oportuno, abordé el tema con mi madre y logré convencerla de que me acompañara a casa de mi tía. Estuvimos bastante silenciosas durante el viaje. Yo no hacía más que rezar para que todo saliera bien. En realidad, las cosas sucedieron de la manera más sencilla: tomada por sorpresa, la tía nos recibió con los brazos abiertos. Pero, era necesario que diéramos el primer paso.

(A.G. – Italia)

Maria Grazia Berretta

(tomado de Il Vangelo del Giorno, Città Nuova, año X – n.1 marzo-abril 2025)

©Fotos: Gerson Rodriguez – Pixabay

El papa Francisco: la Iglesia es el Evangelio

El papa Francisco: la Iglesia es el Evangelio

Un Papa que soñó y que nos hizo soñar… ¿soñar qué? Él mismo lo dijo una vez: que «la Iglesia es el Evangelio». No en el sentido de que el Evangelio sea propiedad exclusiva de la Iglesia; sino en el sentido de que Jesús de Nazaret, aquél que fue crucificado fuera del campamento como si fuera un maldito, en cambio Dios Abba lo resucitó de entre los muertos. Y como Hijo primogénito entre muchos hermanos y hermanas, continúa –aquí y ahora– a través de aquellos que se reconocen en su nombre, llevando la buena noticia del Reino de Dios, que ha llegado y está llegando… para todos; empezando por los «últimos», a los que el Evangelio alcanza y, por ello, son a los ojos de Dios: los «primeros». En verdad y no por un modo de decir. Este es el Evangelio que la Iglesia anuncia y contribuye a hacer la historia, en la medida en que se deja transformar por el Evangelio. Como sucedió, desde el principio, con Pedro y Juan cuando, subiendo al templo, se encontraron en la puerta llamada «Hermosa» con el hombre lisiado de nacimiento. Juntos fijaron su mirada en él, que a su vez los miró a los ojos. Y Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, ¡levántate y anda!».

El Evangelio de Jesús y la misión de la Iglesia. Entregarse para levantarse y caminar. Así nos piensa el Padre, así nos quiere y nos acompaña. Jorge Maria Bergoglio ¬con toda la fuerza y la fragilidad de su humanidad, que nos hizo sentirlo hermano– entregó por esto su vida y su servicio como Obispo de Roma. Desde aquella primera aparición en la logia central de San Pedro, cuando se inclinó pidiendo que el Pueblo de Dios invocara una bendición para él, hasta la última, el Domingo de Pascua, cuando con voz débil impartió la bendición de Cristo resucitado, descendiendo luego a la plaza para cruzar su mirada con la de la gente. Su sueño era el de una Iglesia “pobre y de los pobres”. En el espíritu del Vaticano II, que llamó a la Iglesia a volver a su único modelo, Jesús: que “se despojó de sí mismo, haciéndose siervo”.

El nombre que eligió: Francisco, ya dice el alma de lo que quiso hacer, y ante todo ser: un testigo del Evangelio «sine glossa», es decir, sin excusas ni acomodaciones. Porque el Evangelio no es un adorno, ni un parche, ni un analgésico: es anuncio de la verdad y la vida, de alegría, de justicia, de paz y de fraternidad. He aquí el programa de reforma de la Iglesia en Evangelii gaudium, y he aquí los manifiestos de un nuevo humanismo planetario en Laudato sí y Fratelli tutti. He aquí el Jubileo de la misericordia y he aquí el Jubileo de la esperanza. He aquí el documento sobre la fraternidad universal firmado en Abu Dhabi con el gran Imán de Al Ahzar, y he aquí las innumerables ocasiones de encuentro vividas con miembros de diferentes credos y convicciones. He aquí la incansable labor en defensa de los descartados, de los emigrantes, de las víctimas de abusos. He aquí el rechazo categórico de la guerra.

Francisco tenía muy claro que no basta hacer que el Evangelio vuelva a hablar con toda su carga subversiva, en el complejo e incluso contradictorio areópago de nuestro tiempo. Hace falta algo más: porque no solo nos encontramos en una época de cambios, sino que estamos en medio de un cambio de época. Hay que observar con una mirada nueva. Aquella con la que Jesús nos miró y nos mira, desde el Padre. La mirada que, con acentos tiernos y sentidos, describe en su testamento espiritual y teológico, la encíclica Dilexit nos. Es la mirada –sencilla y radical– de amar al prójimo como a sí mismo y de amarse los unos a los otros en una reciprocidad libre, gratuita, hospitalaria, abierta a todos, todos, todos. El proceso sinodal en el que la Iglesia católica ha sido convocada –y, por su parte, todas las demás Iglesias–, muestra el camino a recorrer en este nuestro tercer milenio: más allá de una figura de Iglesia clerical, jerárquica, al masculino… Un camino nuevo porque antiguo como el Evangelio. Un camino nada fácil, costoso y lleno de obstáculos. Pero una gran profecía, confiada a nuestra creativa y tenaz responsabilidad.

¡Gracias Francisco! Tu cuerpo descansará ahora junto a Ella que, como madre, te acompañó paso a paso, en tu santo viaje. Tú, con Ella, desde el seno de Dios, acompáñanos ahora a todos nosotros, en el camino que nos espera.

Piero Coda

Foto: © CSC Audiovisivi