Movimiento de los Focolares

Evangelio vivido. Ir al encuentro de los otros

Sep 16, 2015

Servir, honrar a cada persona, amigo o desconocido, de nuestro pueblo o de otros pueblos, sobre todo de los “pequeños”, de los más necesitados. Este es el mejor modo para demostrar con los hechos el amor que tenemos a Dios, Padre de todos.

20150916-01«Me acogió llorando “Era un mito para mí. Estaba orgulloso de tener un padre así, pero un día nos dejó. Mi madre no nos explicó nunca el por qué, debía crecer para saberlo: había formado otra familia. No quise verlo más, ni aun cuando nos venía a buscar. Un día una compañera de escuela en una situación similar a la mía me dijo que, como cristiana, había perdonado a su padre y había obtenido gran alegría. Para hacer concretamente este acto, que me costó mucho, fui a visitar a mi padre. Él me recibió llorando. No fueron necesarias las explicaciones. Habíamos vuelto a ser amigos». (R.S. – Venezuela) El alumno “incómodo” “Un día un muchacho de la clase un poco rebelde tuvo una crisis, tirando al aire un pupitre, por fortuna sin graves consecuencias. Un colega, que desde siempre quería liberarse de ese alumno “incómodo”, pensó encarar la vía legal, haciendo un severo informe al director. ¿Qué hacer? Por un lado quería evitar una rebelión ulterior del muchacho con el empeoramiento de su situación psicológica; pero también quería tener en cuenta la opinión del colega y respetar su sufrimiento. Al final decidimos escribir el informe, pero lo hicimos juntos buscando las palabras justas, evitando empeorar la situación. Pudimos evidenciar las causas de su comportamiento y logramos una mayor comprensión del problema. Ahora con el colega hay un entendimiento nuevo: ha decidido colaborar conmigo en los proyectos de recuperación de los alumnos en riesgo». (R.R. – Italia) La abuelita 20150916-aEn nuestro barrio vivía una anciana. Estaba sola. De tanto en tanto venía a visitarnos para que le leyésemos las cartas que recibía o para que la acompañásemos a cobrar la pensión. En alguna fecha especial la invitábamos a nuestra casa, donde ella se sentía siempre a gusto. También nuestros hijos la querían, y siempre la recibían con alegría: para ellos era la “abuelita”, para todos era la más “pequeña” de la que habla el Evangelio. Un día tuvo un ictus y los vecinos nos llamaron enseguida, casi como si fuésemos de su familia natural. Permaneció en el hospital durante dos meses, siempre asistida por nosotros. Cuando se recuperó, aceptó ir a vivir en una casa para ancianos. Pero continuamos ocupándonos de ella, con la colaboración de otras personas. Gracias a la abuelita, en el hospital y en el barrio se ha puesto en marcha una gran solidaridad”.   (M. S. C. – España)

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