[:it]Carismi antichi e nuovi in comunione
[:it]«A macchia d’olio»
[:it]Verso una nuova pedagogia[:en]A New Pedagogy
[:it]Le grandi Religioni in dialogo[:en]Dialogue between believers of different faiths
[:it]Comunità di fedi diverse, insieme verso una convivenza armoniosa della famiglia umana
[:it]Laurea h.c. in Pedagogia a Chiara Lubich dall’Università Cattolica d’America
[:it]Il messaggio della conferenza[:en]First World Conference of Children for the Future
[:it]Conferenza dei ragazzi per il futuro
[:it]Chiara Lubich, fiorentina ad honorem[:en]Chiara Lubich, honorary citizen of Florence
[:it]«Ero ricca delle mie ragioni…»
Palabra de vida Septiembre 2000
Jesús dirige estas palabras al gentío que lo escucha y que conocía muy bien esas normas, que el Antiguo Testamento y la enseñanza rabínica habían establecido como condición para acercarse al área sagrada del templo. En el Evangelio de Marcos se las describe, más arriba, como un ritual complejo de abluciones y lavado de objetos. Esa purificación exterior no tenía que ser más que expresión de una pureza interior, espiritual, pero en la realidad se terminaba por olvidar el verdadero significado de las prácticas rituales, concentrándose en una observancia escrupulosa y formal de un sinnúmero de reglas.
«Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre».
Si bien esta observación era perfectamente compatible con la legislación judaica, igualmente, en esa épóca, la toma de posición de Jesús requería valentía porque iba contracorriente. Jesús se remontaba a la gran tradición de los profetas que siempre habían llamado al pueblo a un culto auténtico, es decir, practicado en lo íntimo de las conciencias y no sólo exteriormente, preocupados sólo de evitar un contacto físico con alimentos y objetos declarados impuros.
Por eso aquí Jesús, como en toda su predicación y su comportamiento, no quiere abolir la Ley, sino llevarla a cumplimiento, es decir, devolverle su significado y fin profundo, que es el de acercar el hombre a Dios.
«Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre».
«… lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre».
Esta segunda parte de la frase de Jesús se refiere, en cambio, a la verdadera contaminación: el hombre es contaminado no por lo que entra en él, sino por lo que sale de él. Y de su interioridad, de su corazón, surgen los pensamientos y las «malas intenciones» que luego originan «las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino».
Jesús, aun evaluando positivamente la creación, aun sabiendo que el hombre ha sido creado a imagen de Dios, conoce al ser humano y su inclinación al mal. Por eso exige la conversión.
Resulta evidente y neta, por las palabras que estamos considerando, su severidad moral. El quiere crear en nosotros un corazón puro y sincero del cual broten, como de un manantial límpido, buenos pensamiento y acciones irreprensibles.
«Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre».
¿Cómo vivimos, entonces, esta Palabra?
Si no son las cosas, los objetos, los alimentos, y todo lo que viene de afuera lo que nos hace impuros, lo que nos aleja de la amistad con Dios, sino el propio yo del hombre, su corazón, sus decisiones, es evidente que, concretamente, Jesús quiere que reflexionemos sobre la motivación profunda de nuestros actos y de nuestro comportamiento.
Para Jesús -como sabemos- hay una sola motivación que hace puro todo lo que hacemos: el amor.
El que ama no peca, no mata, no denigra, no roba, no traiciona…
Pues bien, ¿entonces? Dejémonos guiar, las veinticuatro horas del día, por el amor; por el amor a Dios y a nuestros hermanos y hermanas. Seremos cristianos al ciento por ciento.
Chiara Lubich
[:it]Esperienze GENFEST 2000
[:it]Il progetto Africa[:en]World Youth Day
[:it]Intervento di Chiara Lubich al Genfest 2000[:en]World Youth Day
[:it]Genfest 2000 nel contesto della Giornata Mondiale della Gioventù
Palabra de vida Julio 2000
San Pablo escribe que tuvo grandes revelaciones. Pero también que Dios permitió que le tocara soportar grandes pruebas y, entre ellas, una muy particular que lo acompañaba y lo atormentaba continuamente. A lo mejor se trataba de una enfermedad, de un malestar físico permanente que, además de ser particularmente fastidioso, se transformaba en un obstáculo para su actividad y le daba la neta sensación de su límite humano.
Pablo suplicaba repetidamente al Señor que lo liberara de ese sufrimiento, hasta que le fue revelada la razón de la prueba, es decir, que la potencia de Dios se manifiesta plenamente en nuestra debilidad, que la única finalidad de ésta es darle espacio a la fuerza de Dios.
Es por eso que Pablo puede decir:
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Nuestra razón se rebela ante una afirmación semejante, porque ve en ello una evidente contradicción o, simplemente, una arriesgada paradoja. En cambio, expresa una de las verdades más altas de la fe cristiana. Jesús nos la explica con su vida y, sobre todo, con su muerte.
¿Cuándo cumplió Jesús la obra que el Padre le había confiado? ¿Cuándo redimió a la humanidad? ¿Cuándo venció al pecado? Cuando moría en la cruz, anonadado, después de haber gritado: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”.
Jesús fue más fuerte precisamente cuando fue más débil.
Jesús habría podido dar origen al nuevo pueblo de Dios sólo con su predicación, con algún milagro más o con algún gesto extraordinario.
En cambio, no. No, porque la Iglesia es obra de Dios y en el dolor, sólo en el dolor, florecen las obras de Dios.
Por lo tanto nuestra debilidad, la experiencia de nuestra fragilidad encierra una ocasión única: la de experimentar la fuerza de Cristo muerto y resucitado y poder afirmar con Pablo:
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Todos pasamos por momentos de debilidad, de frustración, de desaliento. Muchas veces tenemos que soportar dolores de todo tipo: adversidades, situaciones dolorosas, enfermedades, fallecimientos pruebas interiores, incomprensiones, tentaciones, fracasos… ¿Qué hacer? Para ser coherentes con el cristianismo, y si queremos vivirlo con radicalidad, tenemos que creer que estos son momentos preciosos.
¿Por qué? Porque precisamente quien se siente incapaz de superar ciertas pruebas que se abaten sobre su físico o su alma y, por lo tanto, no puede contar con sus propias fuerzas, se ve en condiciones de depositar su confianza en Dios.
Y él interviene, atraído por esta confianza. Donde él obra, realiza cosas grandes, que parecen más grandes precisamente porque parten de nuestra pequeñez.
Bendigamos entonces esta pequeñez nuestra, esta debilidad nuestra, porque gracias a ella podemos darle espacio a Dios y tener de él la fuerza de seguir “creyendo contra toda esperanza” y de amar concretamente hasta el final.
Es lo que le sucedió a los padres de un toxicodependiente que no se dieron por vencidos y trataron de curarlo por todos los medios. Pero era en vano. Un día este hijo ya no volvió a casa. Sentimientos de culpa, miedo, impotencia, vergüenza en los padres. Sin embargo, fue este encuentro con una llaga típica de nuestra sociedad, en la cual reconocer el rostro de Jesús crucificado, lo que les hizo encontrar nueva fuerza para seguir esperando y amando.
Yendo más allá del desfallecimiento y la impotencia, sintieron en el corazón una energía que nunca habían probado y se abrieron a la solidaridad. Organizaron un grupo de familias con las cuales afrontar la situación, ayudando y llevando de comer a los jóvenes de la plaza Plazpitz, que era entonces el infierno de la droga en Zurich, Suiza. Así fue como un día encontraron allí a su hijo, harapiento y extenuado. Fue entonces que, con la ayuda de otras familias, pudieron comenzar a recorrer hasta el final el largo camino de su liberación.
Chiara Lubich
[:it]Buddisti per l’unità[:en]Buddhists for Unity
Palabra de vida Julio 2000
San Pablo escribe que tuvo grandes revelaciones. Pero también que Dios permitió que le tocara soportar grandes pruebas y, entre ellas, una muy particular que lo acompañaba y lo atormentaba continuamente. A lo mejor se trataba de una enfermedad, de un malestar físico permanente que, además de ser particularmente fastidioso, se transformaba en un obstáculo para su actividad y le daba la neta sensación de su límite humano.
Pablo suplicaba repetidamente al Señor que lo liberara de ese sufrimiento, hasta que le fue revelada la razón de la prueba, es decir, que la potencia de Dios se manifiesta plenamente en nuestra debilidad, que la única finalidad de ésta es darle espacio a la fuerza de Dios.
Es por eso que Pablo puede decir:
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Nuestra razón se rebela ante una afirmación semejante, porque ve en ello una evidente contradicción o, simplemente, una arriesgada paradoja. En cambio, expresa una de las verdades más altas de la fe cristiana. Jesús nos la explica con su vida y, sobre todo, con su muerte.
¿Cuándo cumplió Jesús la obra que el Padre le había confiado? ¿Cuándo redimió a la humanidad? ¿Cuándo venció al pecado? Cuando moría en la cruz, anonadado, después de haber gritado: “¡Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado!”.
Jesús fue más fuerte precisamente cuando fue más débil.
Jesús habría podido dar origen al nuevo pueblo de Dios sólo con su predicación, con algún milagro más o con algún gesto extraordinario.
En cambio, no. No, porque la Iglesia es obra de Dios y en el dolor, sólo en el dolor, florecen las obras de Dios.
Por lo tanto nuestra debilidad, la experiencia de nuestra fragilidad encierra una ocasión única: la de experimentar la fuerza de Cristo muerto y resucitado y poder afirmar con Pablo:
«Cuando soy débil, entonces soy fuerte».
Todos pasamos por momentos de debilidad, de frustración, de desaliento. Muchas veces tenemos que soportar dolores de todo tipo: adversidades, situaciones dolorosas, enfermedades, fallecimientos pruebas interiores, incomprensiones, tentaciones, fracasos… ¿Qué hacer? Para ser coherentes con el cristianismo, y si queremos vivirlo con radicalidad, tenemos que creer que estos son momentos preciosos.
¿Por qué? Porque precisamente quien se siente incapaz de superar ciertas pruebas que se abaten sobre su físico o su alma y, por lo tanto, no puede contar con sus propias fuerzas, se ve en condiciones de depositar su confianza en Dios.
Y él interviene, atraído por esta confianza. Donde él obra, realiza cosas grandes, que parecen más grandes precisamente porque parten de nuestra pequeñez.
Bendigamos entonces esta pequeñez nuestra, esta debilidad nuestra, porque gracias a ella podemos darle espacio a Dios y tener de él la fuerza de seguir “creyendo contra toda esperanza” y de amar concretamente hasta el final.
Es lo que le sucedió a los padres de un toxicodependiente que no se dieron por vencidos y trataron de curarlo por todos los medios. Pero era en vano. Un día este hijo ya no volvió a casa. Sentimientos de culpa, miedo, impotencia, vergüenza en los padres. Sin embargo, fue este encuentro con una llaga típica de nuestra sociedad, en la cual reconocer el rostro de Jesús crucificado, lo que les hizo encontrar nueva fuerza para seguir esperando y amando.
Yendo más allá del desfallecimiento y la impotencia, sintieron en el corazón una energía que nunca habían probado y se abrieron a la solidaridad. Organizaron un grupo de familias con las cuales afrontar la situación, ayudando y llevando de comer a los jóvenes de la plaza Plazpitz, que era entonces el infierno de la droga en Zurich, Suiza. Así fue como un día encontraron allí a su hijo, harapiento y extenuado. Fue entonces que, con la ayuda de otras familias, pudieron comenzar a recorrer hasta el final el largo camino de su liberación.
Chiara Lubich
«Parece que el mundo se nos cae encima…»
«Casados desde hace 20 años, tenemos 5 hijos: hace ocho años nuestra familia atravesó una grave dificultad. La pobreza nos obligaba a vivir siempre en modo precario y la guerra impedía toda iniciativa, pero la cosa más grave era nuestra relación de pareja que parecía haber terminado. No nos habíamos casado por la Iglesia y si bien no rechazábamos la religión, no podíamos llamarnos verdaderamente cristianos. Pronto se sumó el vicio del alcohol que nos impedía también el diálogo. Estábamos en esta situación –cuenta E.- cuando me invitaron a la Mariápolis, un encuentro de algunos dias organizado por el Movimiento de los Focolares. ¡Cómo era distinta la vida allí! Enseguida me sentí acogida y amada así como era y nació en mí el deseo de imitar a esas personas. Regresando a casa comencé a amar a los míos, especialmente a mi esposo, que, dándose cuenta de la alegría que había en mí, quizo acompañarme al siguiente encuentro… Nació así, poco a poco, en ambos el deseo de regularizar nuestra unión con el Sacramento del Matrimonio, y fue una gran fiesta el día que pudimos realizar este sueño, junto a otras dos parejas en las mismas condiciones. Recibiendo a Jesús Eucaristía, advertimos una gracia especial para nosotros y nuestra familia. Siguieron años muy bellos: ahora afrontamos todos juntos las dificultades de la vida, en lugar de soportarlas como nos sucedía anteriormente. Y también cuando el dolor toca a nuestra puerta experimentamos el amor de Dios. De repente nuestro primogénito sintió un malestar y, después de una serie de exámenes cada vez más específicos, se le diagnosticó un SIDA. Es un dolor inmenso, ¡parece que el mundo se nos cae encima…! Pero no estamos solos. El amor de las personas que comparten con nosotros la nueva vida nos hace descubrir en esta tragedia el rostro de Jesús en la cruz que grita por el abandono del Padre. Con su ayuda encontramos la fuerza para decir nuestro ‘sí’ a Dios. Nuestro hijo, como por milagro, ayudado por el amor de todos, acepta esta gran prueba: vive los dos años de enfermedad como una continua, fatigosa pero extraordinaria subida hacia el Cielo. Mi esposo siente el peso de la vida pasada y piensa que nuestro hijo está pagando el precio de ésta. A menudo no logra atravesar la puerta de su habitación. Pero una vez más el amor vence. Cuando un día se encuentra a solas con él, lo escucha decir con un hilo de voz: «Papá, promete, no a mí sino a Dios, que cuidarás mucho de mamá y de mis hermanos». Es el testamento de nuestro hijo: él paga para que esta nueva vida esté siempre entre nosotros. Cerca del final sigue repitiendo a cada uno: «El amor, el amor, ¡es la única cosa que vale!». Ahora que físicamente él no está más entre nosotros, lo sentimos aun más presente: este dolor vivido juntos nos ha purificado, nos ha unido más a Dios y entre nosotros, y nos ha abierto la puerta hacia la vida que no muere». E. L. – America Central
[:it]Esce a vita pubblica un nuovo soggetto politico: il Movimento dell’unità per una politica di comunione[:en]A new political entity makes its public debut: The Movement for Unity works for a politics of communion
[:it]L’audience più alta, senza rinunciare ai valori
[:it]Alla ricerca di una nuova comunicazione
[:it]“Pensavo di trovare l’inferno e ho trovato un pezzo di umanità”
[:it]Radio San Gabriel, una radio nel cuore del popolo Aymara
Palabra de vida Junio 2000
Esta Palabra se halla en el centro del himno que Pablo canta a la belleza de la vida cristiana, a su novedad y libertad, fruto del bautismo y de la fe en Jesús que nos ha injertado plenamente en él y, por él, en el dinamismo de la vida trinitaria. Al volverse una misma persona con Cristo, compartimos con él el Espíritu y todos sus frutos: primero de todos el de la filiación, el ser hijos de Dios.
Aunque Pablo habla de «adopción»1, lo hace sólo para distinguirla de la posición del hijo natural que le cabe sólo al único Hijo de Dios.
Nuestra relación con el Padre, en efecto, no es puramente jurídica, como sería la de los hijos adoptivos, sino sustancial, que cambia nuestra misma naturaleza como por un nuevo nacimiento. Toda nuestra vida es animada por un principio nuevo, por un espíritu nuevo que es el mismo Espíritu de Dios.
Por eso, no se terminaría nunca de cantar, con Pablo, el milagro de muerte y resurrección que realiza en nosotros la gracia del bautismo.
«Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios».
Esta Palabra nos dice algo que tiene que ver con nuestra vida de cristianos, en la cual el Espíritu de Jesús introduce un dinamismo, una tensión que Pablo condensa en la contraposición entre carne y espíritu, entendiendo por carne al hombre entero (cuerpo y alma) con toda su constitucional fragilidad y su egoísmo continuamente en lucha con la ley del amor, es más, con el Amor mismo que ha sido derramado en nuestros corazones2.
Aquellos que son guiados por el Espíritu, en efecto, deben afrontar cada día «el buen combate de la fe»3, para poder rechazar todas las inclinaciones al mal y vivir de acuerdo a la fe profesada en el bautismo.
¿Cómo?
Sabemos que, para que el Espíritu Santo actúe, se necesita nuestra correspondencia y San Pablo, al escribir esta Palabra, pensaba sobre todo en ese deber de los seguidores de Cristo que es precisamente la negación del propio yo, la lucha contra el egoísmo en todas sus distintas formas.
Es esta muerte a nosotros mismos la que, sin embargo, produce vida, de manera que cada corte, cada poda, cada no a nuestro yo egoísta es origen de luz nueva, de paz, de amor, de libertad interior: es puerta abierta al Espíritu.
Al dejar más libre al Espíritu Santo que está en nuestros corazones, él podrá ofrecernos con más abundancia sus dones, podrá guiarnos por el camino de la vida.
«Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios».
¿Cómo vivir, entonces, esta Palabra?
Antes que nada tenemos que volvernos cada vez más conscientes de la presencia del Espíritu Santo en nosotros: llevamos en nuestro interior un tesoro inmenso, pero no nos damos cuenta lo suficiente. Poseemos una riqueza extraordinaria, pero que por lo general queda inutilizada.
Además, para que su voz sea escuchada y seguida por nosotros, tenemos que decir que no a todo lo que va contra la voluntad de Dios y decir que sí a todo lo que él quiere: no a las tentaciones, cortando enseguida con las consiguientes insinuaciones; sí a las tareas que Dios nos ha confiado; sí al amor a todos los prójimos; sí a las pruebas y a las dificultades que encontramos…
Al hacer esto el Espíritu Santo nos guiará dándole a nuestra vida cristiana ese sabor, es vigor, esa incidencia y luminosidad que la caracteriza cuando es auténtica.
Entonces, también quien está a nuestro lado advertirá que no somos sólo hijos de nuestra familia humana, sino hijos de Dios.
Chiara Lubich
[:it]«Dalla Sierra Leone paese dei bambini soldato, l’esempio di Patrick di 4 anni»
[:it]Chiara Lubich torna a Fontem (Camerun) dopo 30 anni[:en]Thirty years after her last visit to Fontem (Cameroon)
Palabra de vida Mayo 2000
El discurso de despedida, después de la última cena, está cargado de enseñanzas y recomendaciones que, con sentimientos de hermano y de padre, Jesús le da a los suyos de todos los siglos.
Si todas sus palabras son divinas, éstas ciertamente tienen acentos particulares, dado que con ellas el Maestro y Señor condensa su doctrina de vida en un testamento que luego será la carta magna de las comunidades cristianas.
Acerquémonos entonces a la Palabra de vida de este mes, que precisamente forma parte del testamento de Jesús, con el deseo de descubrir su sentido profundo y escondido, para poder darle ese sentido a toda nuestra vida.
Lo primero que salta a la vista, al leer este capítulo de Juan, es la imagen de la vid y los sarmientos, tan familiares a un pueblo que por siglos cultivaba y cultiva viñedos. Sabían perfectamente que sólo una rama bien adherida al tronco podía cargarse de pámpanos verdes y de racimos jugosos. En cambio, la que se cortaba, terminaba por secarse y morir. No había una imagen más fuerte para ilustrar la naturaleza de nuestro vínculo con Cristo.
Pero en esta página del Evangelio hay también otra palabra que resuena con insistencia: «permanecer», es decir, estar sólidamente vinculados e íntimamente injertados en él, como condición para recibir la savia vital que nos hace vivir de su misma vida. «Permanezcan en mí y yo en ustedes», «Quien permanece en mí y yo en él, da mucho fruto». «Quien no permanece en mí, será desechado» (Cf Jn 15, 14 y ss). Este verbo «permanecer» debe tener, por lo tanto, un significado y un valor esenciales para la vida cristiana»
«Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán».
«Si». Este «si» indica una condición que a nadie le sería posible observar si antes Dios no hubiera salido a su encuentro. Es más: si no hubiera descendido en la humanidad al punto de hacerse una sola cosa con ella. Se podría decir que es él el que primero se injerta en nuestra carne con el bautismo y la vivifica con su gracia. Depende de nosotros, después, que realicemos en nuestra vida lo que ha obrado el bautismo y descubramos las inagotables riquezas que nos ha traído.
¿Cómo? Viviendo la Palabra, haciéndola fructificar y haciendo que resida en forma estable en nuestra existencia. Permanecer en él significa hacer que sus palabras permanezcan en nosotros, no como piedras en el fondo de un pozo, sino como semillas en la tierra, para que a su tiempo germinen y den fruto. Pero permanecer en él significa, sobre todo -como el mismo Jesús lo explica en este pasaje del Evangelio- permanecer en su Amor (Cf Jn 15, 9). Esta es la savia vital que asciende desde las raíces, por el tronco, hasta las ramas más distantes. Es el Amor lo que nos une vitalmente a Jesús, lo que nos hace una misma cosa con él, como miembros -diríamos hoy- «transplantados» en su cuerpo; y el amor consiste en vivir sus mandamientos, que se resumen todos en ese nuevo y gran mandamiento del amor recíproco.
Además, casi como para darnos una seguridad, para que podamos tener una prueba de que estamos injertados en él, nos promete que cualquier pedido nuestro será escuchado.
«Si ustedes permanecen en mí y mis palabras permanecen en ustedes, pidan lo que quieran y lo obtendrán».
Si es él el que pide, no puede dejar de obtener. Y si nosotros somos una misma cosa con él, será él mismo el que estará pidiendo en nosotros. Por lo tanto, si nos ponemos a rezar y a pedirle algo a Dios, preguntémonos primero «si» hemos vivido la Palabra, si nos hemos mantenido siempre en el amor. Preguntémonos si somos sus palabras vivas, si somos un signo concreto de su amor por todos y por cada uno de los que encontramos. Puede ser también que se pidan gracias, pero sin ninguna intención de adecuar nuestra vida a lo que Dios pide.
¿Sería justo, entonces, que Dios nos escuchase? Esta oración, ¿no sería quizás distinta si brotara de nuestra unión con Jesús, y si fuese él mismo en nosotros el que sugiriera los pedidos a su Padre?
Por lo tanto, pidamos también cualquier cosa, pero antes que nada preocupémonos de vivir su voluntad, para que no seamos ya nosotros los que vivimos, sino él en nosotros.
Chiara Lubich
[:it]«Dal dolore e dalla morte una nuova vita»
Palabra de vida Abril 2000
Esta palabra de Jesús es estupenda. En ella está la clave del cristianismo.
Se acercaba la Pascua de los judíos y, entre la multitud de peregrinos llegados a Jerusalén, había algunos griegos que querían «ver a Jesús». Los discípulos se lo hacen saber. Jesús entonces responde hablando de su muerte inminente. Además agrega que ésta, en lugar de provocar la dispersión de los discípulos -como hubiera podido suceder- atraerá «a todos» hacia él: por lo tanto, no sólo los que lo siguen, sino que cualquiera, judío o griego, creerá en él, todos, sin discriminación de raza, de condición social, de sexo.
La obra de salvación de Jesús es, en efecto, universal y la presencia de los griegos es un signo de esa universalidad.
«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
¿Qué quiere decir «cuando sea levantado en alto sobre la tierra»?
Para el evangelista Juan esta expresión significa, al mismo tiempo, «ser levantado en la cruz» y «ser glorificado». En efecto, Juan ve en la pasión de Cristo la gran demostración del amor de Dios por la humanidad. Pero este amor es tan potente que merece la resurrección y provoca la atracción de todos hacia él. En torno a Cristo elevado se construirá la unidad del nuevo pueblo de Dios.
Pero no se puede separar la cruz de la gloria, no se puede separar al Crucificado del Resucitado. Son dos aspectos del mismo misterio de Dios que es Amor.
Es este Amor el que atrae. El Crucificado-Resucitado ejerce una atracción profunda y personal en el corazón del hombre, que se da en dos sentidos: por ella Jesús convoca a los suyos a compartir su gloria; y también por ella los lleva a amar a todos como él, hasta dar la vida.
«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
¿Cómo vivir nosotros esta Palabra? ¿Cómo responder a tanto amor?
Si Jesús murió por todos, todos son candidatos a seguirlo y, es más, todos son candidatos a ser otros él. Miremos por lo tanto a cada criatura humana con estos ojos, es decir, con una mirada de amor que va más allá de todas las apariencias.
Ya sea que se trate de cristianos, musulmanes, budistas, o de otras convicciones, todos tienen que ser objeto de nuestro amor. Un amor que está dispuesto a dar la vida. Y aunque no se nos exija dar la vida física, lo que muchas veces se nos pide es hacer morir nuestro amor propio.
Cuando levantemos en la cruz nuestro «yo», cuando muramos a nosotros mismos para dejar vivir a Cristo, entonces podremos ver también nosotros dilatarse alrededor el Reino de Dios.
Se ha dicho que el mundo es de quien lo ama y mejor sabe demostrárselo. ¿Quién ha amado mejor que Jesús? Así es como, los que tratan de imitar a Jesús, podrán amar al mundo, donándose totalmente al prójimo, con un amor desinteresado y universal.
«Cuando yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».
En este mes trataremos de custodiar en el corazón y llevar a la práctica la preciosa enseñanza del Crucificado-Resucitado. Esto nos aclarará el papel que juega el dolor que nos pueda sobrevenir en nuestra vida y su extraordinaria fecundidad.
Día a día, cuando nos afectan pequeños o grandes sufrimientos: una duda, un fracaso, una incomprensión, una relación tensa, una dificultad en el trabajo, una enfermedad, incluso una desgracia o preocupaciones serias, hagamos el esfuerzo de aceptarlas y de ofrecerlas a Jesús como expresión de nuestro amor.
Unamos nuestra gota al mar de su pasión para que redunde en bien de muchos. Y una vez hecha la ofrenda, tratemos de no pensar más en ello, sino de hacer lo que Dios quiere de nosotros, en donde estemos: en familia, en la fábrica, en la oficina, en la escuela… y sobre todo tratemos de amar a los demás, a los prójimos que están a nuestro alrededor.
Y dado que Jesús murió por todos y todos están llamados a seguirlo, hagamos de manera que la mayor cantidad posible de personas puedan encontrar en nuestro amor el amor de Cristo. Entonces será él el que los atraerá a todos, haciendo de manera que nos amemos entre nosotros y florezca entre todos la fraternidad universal.
Chiara Lubich
[:it]Oltre le etnie
Chiara Luce Badano, «Santidad con 18 años»
«He descubierto el Evangelio bajo una luz nueva. He descubierto que no era una cristiana auténtica porque no lo vivía profundamente. Ahora quiero hacer de este magnífico libro mi único objetivo. No quiero y no me puedo quedar analfabeta ante un mensaje tan extraordinario. Como para mí es fácil aprender el alfabeto, así también debe ser vivir el Evangelio”. (Chiara Luce Badano) «¡Chiara Luce! ¡Cuánta luz se lee en tu rostro, cuánta luz en tus palabras, en tus cartas, en tu vida toda propensa a amar concretamente a tantos!… La suya es una elección radical de Jesús crucificado y abandonado, elección de lo que hace daño y que, si no se ama, puede arrastrar el espíritu en una galería oscura. Con Él ha vivido, con Él ha transformado su pasión en un canto nupcial «. (Chiara Lubich) «El suyo es un testimonio significativo en especial para los jóvenes. Basta considerar cómo vivió la enfermedad, ver el eco de su muerte. No se podía dejar pasar por alto un ejemplo de este calibre. Hay necesidad de santidad también hoy. Hay necesidad de encontrar una orientación, una finalidad a la vida, de ayudar a los jóvenes a superar su inseguridad, su soledad, sus enigmas ante el fracaso, ante el dolor y la muerte. Los discursos teóricos no los conquistan, es necesario el testimonio”. «En los coloquios con ella notaba una madurez muy superior a la de los jóvenes de su edad. Había captado lo esencial del cristianismo: Dios en el primer lugar. Jesús, con quien tenía una relación espontánea, fraterna; María como ejemplo; la centralidad del amor; la responsabilidad de anunciar el Evangelio. Todo esto, avalado por la experiencia del sufrimiento y de la muerte, no temida sino esperada, ha hecho su experiencia algo realmente singular».
Palabra de vida Marzo 2000
El Evangelista Marcos -como también Mateo y Lucas- nos refieren que Jesús un día llamó aparte a Pedro, Santiago y Juan y los condujo a un monte alto. En determinado momento, se produjo allí un hecho extraordinario: Jesús se transfiguró delante de ellos, sus ropas se volvieron blanquísimas y se vio a Moisés y Elías que conversaban con él. Una nube envolvió a los tres apóstoles y desde la nube se oyó una voz, la voz del Padre celestial, que justamente se dirigía a ellos con estas palabras:
«Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
Ya al comienzo de su misión, durante el bautismo en el Jordán, se había hecho oír esa misma voz misteriosa: «Tú eres mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta toda mi predilección».
En esta ocasión el Padre se dirige a los discípulos de Jesús, y a todos nosotros, para invitarnos a escuchar al Hijo. La palabra clave de este mes es, entonces: escuchar.
Pero, ¿cuándo habló el Hijo? ¿Dónde encontramos su Palabra? En los Evangelios. Abrámoslos y leámoslos con amor. El Evangelio de la Palabra de Jesús.
Pero él también nos habla de otras maneras.
¿Cómo hacer entonces para oír su voz, a distinguirla entre tantas y a sintonizarnos en su longitud de onda?
Hay un momento fuerte en el cual él habla a nuestra alma: es en la oración, y cuanto más tratamos de amar a Dios en nuestro corazón tanto más se hace sentir su voz y nos guía desde lo más profundo de nuestro ser.
Pero también a lo largo del día cada encuentro puede ser una ocasión de escucha: si nos ponemos, ante cada prójimo, en un silencio de amor que acoge al otro, cualquiera que sea, porque -como Jesús nos lo ha revelado- es él mismo el que se oculta detrás de cada ser humano.
¡Cómo cambiarían nuestras relaciones si se cultivara más esta rara cualidad de la escucha, que a veces puede ser la única manera de demostrar nuestra atención hacia el que está a nuestro lado, aún del desconocido!
El secreto, entonces, radica en esto: para disponernos a escuchar la voz de Dios, ponernos a la escucha de la hermana, del hermano.
«Este es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
La voz de Jesús tiene además un timbre claro e inconfundible, habla fuerte y su voz se reconoce distinta, cuando está presente entre nosotros, por el amor recíproco. Su presencia entre dos o más reunidos en su nombre hace las veces de altoparlante de la voz de Dios en nuestro corazón.
Por eso, al estar sintonizados con sus pensamientos, sus enseñanzas, será más fácil escucharlo.
En el Evangelio de Lucas hay además una frase de Jesús sobre la escucha a aquellos que él envía: «El que los escucha a ustedes, me escucha a mí». Se trataba de los 72. Hoy en la Iglesia católica esta frase se refiere a aquellos a los que ha confiado de manera particular su mensaje: sus ministros, por los cuales es anunciada la Palabra.
Pero hay también quienes son «testigos» de Jesús y que, escuchando su Palabra y poniéndola en práctica de la manera más radical, la hacen resonar siempre de nuevo en el mundo y abren los corazones a la escucha.
Por eso, aunque la voz es una sola, son muchos los modos con los cuales se dirige a nosotros: en lo íntimo del corazón y por boca de los hermanos y de las hermanas, desde el púlpito de una iglesia, desde páginas de su Evangelio o en los carismas de los «testigos».
La Palabra de este mes nos ayudará a escuchar -y a vivir- lo que Jesús quiera decirnos.
Chiara Lubich
[:it]»Costruttori di comunione, fedeli alla spiritualità dell’unità»
[:it]Quello stage al giornale
Palabra de vida Febrero 2000
El apóstol Pablo tiene una manera de comportase, en su extraordinaria misión, que se podría expresar de esta manera: hacerse todo a todos. Pablo, en efecto, trata de comprender a todos, de entrar en la mentalidad de cada uno, por lo que se hace judío con los judíos.
Y con los no judíos -los que no tenían una ley revelada por Dios- se vuelve como uno que no tiene ley.
Adhiere a las usanzas judías toda vez que esto sirve para quitar obstáculos de en medio, para reconciliar amigos y, cuando le toca actuar en el mundo grecorromano, asume las formas de vida y de la cultura que congenian con ese ambiente.
En este caso, dice:
«Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo a todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio».
Pero, ¿quiénes son estos «débiles»?
Son cristianos que, porque tienen una conciencia frágil y poco conocimiento de las cosas, se escandalizan fácilmente.
Es lo que podía suceder, por ejemplo, con la cuestión de las carnes inmoladas a los ídolos. ¿Estaba permitido comerlas o no? Pablo sabe que hay un solo Dios y que los ídolos no existen. Por consiguiente, no existen carnes sacrificadas a los ídolos. Pero los «débiles», acostumbrados a un modo determinado de razonar y de poca instrucción, podían pensar lo contrario y quedar desorientados. Pablo se ubica en la frágil mentalidad de estos cristianos y, para no turbarlos, considera que no es conveniente alimentarse de esas carnes.
«Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo a todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio».
¿Qué es lo que impulsa a Pablo a tomar esta actitud? Aún en la libertad del cristianismo que él anuncia, advierte la exigencia, es más, el imperativo de hacerse esclavo de alguien: de sus hermanos, de cada prójimo, porque su modelo es Jesús crucificado.
Dios, encarnándose, se volvió cercano a todo ser humano pero, en la cruz, se solidarizó con cada uno de nosotros, pecadores, con nuestra debilidad, nuestro sufrimiento, nuestras angustias, nuestra ignorancia, nuestros abandonos, nuestros interrogantes, con nuestras cargas…
También Pablo quiere vivir así y, por eso, afirma:
«Me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles; me hice todo a todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio».
¿Cómo vivir también nosotros esta nueva Palabra de vida?
Sabemos que el sentido de la vida y de sus días es llegar a Dios. Además, no llegar solos, sino con los hermanos y las hermanas. En efecto, también a nosotros, cristianos, nos llegó un llamado de Dios semejante al que le dirigió a Pablo. También nosotros, como el apóstol, tenemos que «ganar» a alguno, «salvar a cualquier precio a alguien».
¿Por qué camino? El de «hacerse uno» con los prójimos, lo mismo da que sean pequeños o adultos, ricos o pobres, hombres o mujeres, connacionales o extranjeros. A algunos los encontramos por la calle, con otros hablamos por teléfono, para otros trabajamos…
Hay que amar a todos. Pero hay que preferir a los más débiles. Hacerse «débil con el débil, para ganar a los débiles». Dirigirse a quienes nos acompañan en la fe, a los indiferentes, al que se profesa ateo, al que denigra la religión.
Si nos hacemos uno con ellos, haremos la experiencia del infalible método de Pablo: daremos testimonio de Dios y esto los fascinará.
Por eso me atrevo a decirte a ti, que lees este comentario: ¿tienes una esposa (o un marido) que no le gusta para nada la Iglesia y, en cambio, pasa horas frente al televisor? Hazle compañía, como puedas, cuanto puedas, interesándote por lo que más le gusta ver.
¿Tienes un hijo que idolatra el fútbol, desinteresándose de cualquier otra cosa, hasta olvidarse de cómo se reza? Apasiónate del deporte más que él.
¿Tienes una amiga a la que le gusta viajar, leer, instruirse, y a tirado por la borda todos los principios religiosos? Trata de comprenderla en sus gustos, en sus exigencias.
Hazte uno, uno con todos, en todo, cuanto puedas, menos en el pecado. Si pecan, aléjate. Verás que el hacerse uno con el prójimo no es tiempo perdido: es todo ganado.
Un día -que no habrá que esperar tanto- ellos querrán saber qué es lo que te interesa a ti. Entonces, agradecidos, descubrirán, adorarán y amarán a ese Dios que te ha movido a tener un comportamiento cristiano.
Chiara Lubich
[:it]La benedizione di Giovanni Paolo II a Chiara Lubich
[:it]Cittadinanza onoraria romana a Chiara Lubich
[:it]Apertura della Porta ‘Ecumenica’
[:it]»Il nascondimento di Dio»
[:it]«Ho scoperto l’Ecumenismo»
[:it]Un sogno per il 2000
Palabra de vida Enero 2000
Es un himno de alabanza y de agradecimiento a Dios. El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob es el Dios, Padre de Jesucristo, que lo ha resucitado de entre los muertos. Jesús “nos resucitó y nos hizo sentar con él en los cielos” (1) también a nosotros, que somos “obra suya” y “su cuerpo” (2).
La bendición de Dios a Abraham (“y por tu descendencia se bendecirán todas las naciones de la tierra” (3) se cumple en Jesús.
Jesús atrajo sobre sí la bendición paterna, revestido de ese amor al cual el Padre no puede dejar de responder, porque él es su misma Palabra hecha carne.
Es su Palabra viviente, su Verbo que ha asumido nuestra naturaleza humana para estar entre nosotros y comunicarnos la Vida verdadera. Para hacer de nosotros un solo cuerpo con él y comunicarnos su Espíritu por el cual podemos llamar a Dios, Padre, ¡Abba!
¿Cómo podemos nosotros vivir de manera digna de la bendición del Padre? ¿Cómo atraer sobre nosotros esa bendición que procura alegría y fecundidad a todo lo que pensamos?
Viviendo como hijos, en el Hijo, siendo con él Palabra viva. En efecto, viviendo la Palabra somos transformados en la Palabra, en Cristo.
«Bendito sea Dios…, que nos ha bendecido en Cristo».
El Evangelio no es un libro de consuelo donde uno se refugia en los momentos dolorosos para encontrar una respuesta, sino que es un código que contiene las leyes de la vida; leyes que no sólo se deben leer y observar, sino poner en práctica, es decir, deben ser asimiladas tan profundamente y a tal punto, que vivamos como Cristo, de ser otro Cristo en cada instante.
No podemos concebir entonces a la Palabra como una pura, simple, dulce expresión de sabiduría humana.
La Palabra de Dios es más que un mensaje. Cuando él habla se dice a sí mismo, se da a sí mismo. “Dios nunca da menos que sí mismo”, recuerda Agustín de Hipona (4).
Ahora bien, dado que Dios es Amor, cada Palabra suya es amor. Acoger y vivir la Palabra nos hace ser amor como Dios es Amor.
Por la Palabra, entonces, tendrían que cambiar todas nuestras relaciones, con Dios y con el prójimo, porque tiene en sí una fuerza dinámica, creadora.
Viviendo la Palabra nace y se compone la comunidad cristiana entre personas que se aman y forman un solo pueblo: el pueblo de Dios.
Sobre este pueblo desciende entonces la bendición de Dios, es decir, sobre todos nosotros, en la medida que sepamos tratarnos como hermanos y hermanas en el único Padre, superando todos los individualismos, los prejuicios, las divisiones.
Eso es lo que debemos hacer este mes en que, cristianos de muchas partes del mundo, se unen en la celebración de la Semana de oración por la unidad de los cristianos, formando el único pueblo.
Conscientes de este regalo, por nosotros no merecido, tratemos de vivir juntos como Palabras de Dios vivas, en el inicio del tercer milenio.
Además de dar gloria a Dios, con nuestra vida seremos una fuerte petición de otro don suyo: el de la comunión plena y visible entre las Iglesias.
Chiara Lubich
1) Cf Ef 2, 6;
2) Cf Ef 2, 10;
3) Cf Gen 22, 18;
4) Enchiridion ad Laurentium de fide et spe et caritate, XII, 40, Opera omnia, XIII, 2.
[:it]Incontro di personalità del mondo ecumenico a Gerusalemme[:en]New contribution to ecumenical dialogue in the Holy Land
[:it]"La Presenza di Cristo tra i cristiani e tra le Chiese via alla piena comunione"
[:it]«Amare il nemico del mio popolo»
Palabra de vida Diciembre 1999
La pregunta de María, ante el anuncio del ángel: «¿Cómo puede ser eso?» (1), tuvo como respuesta: «No hay nada imposible a Dios» y, como garantía de ello, le propuso el ejemplo de Isabel que, en su vejez, había concebido un hijo. María creyó y se convirtió en la Madre del Señor.
Dios es omnipotente: esta forma de denominarlo se encuentra con frecuencia en la Sagrada Escritura y se la usa cuando se quiere expresar la potencia de Dios al bendecir, al juzgar, al dirigir el curso de los acontecimientos, al realizar sus planes.
Hay un solo límite para la omnipotencia de Dios: la libertad humana, que se puede oponer a ella volviendo al hombre impotente, cuando estaría llamado a compartir la misma fuerza de Dios.
«No hay nada imposible para Dios»
Esta es una Palabra que llega oportunamente a concluir, para la Iglesia católica, el año del Padre antes del Jubileo del 2000. En efecto, es una Palabra que nos abre a una confianza ilimitada en el amor de Dios-Padre porque, si Dios existe y su ser es Amor, la confianza completa en él no es más que la lógica consecuencia.
Todas las gracias están en su poder: temporales y espirituales, posibles e imposibles. Y él las otorga a quien las pide y a quien no las pide porque, como dice el Evangelio, el Padre «hace salir el sol sobre malos y buenos» (2) y nos pide a todos que actuemos como él, con el mismo amor universal, sostenido por la fe en que:
«No hay nada imposible para Dios»
¿Cómo poner en práctica esta Palabra de vida en lo cotidiano?
Todos tenemos que afrontar, cada tanto, situaciones difíciles, dolorosas, tanto en nuestra vida personal, como en la relación con los demás. En esos casos, a veces, experimentamos toda nuestra impotencia al advertir, en nosotros, apegos a cosas y personas que nos vuelven esclavos de vínculos de los cuales quisiéramos liberarnos. A menudo nos encontramos frente a los muros de la indiferencia o del egoísmo y sentimos que se nos caen los brazos ante acontecimientos que parecen superarnos.
Pues bien, en esos momentos la Palabra de vida nos puede ayudar. Jesús nos deja hacer la experiencia de nuestra incapacidad, no para que nos desalentemos, sino para ayudarnos a comprender mejor que «no hay nada imposible para Dios»; para disponernos a experimentar la extraordinaria potencia de su gracia, que se manifiesta precisamente cuando vemos que con nuestras fuerzas no alcanza.
«No hay nada imposible para Dios»
Al repetirlo en los momentos más críticos nos llegará, de la Palabra de Dios, esa energía que le es propia, haciéndonos participar, de alguna manera, de la misma omnipotencia de Dios. Pero, con una condición, es decir, que vivamos su voluntad tratando de irradiar a nuestro alrededor ese amor que depuso en nuestros corazones. De esta manera actuaremos al unísono con el Amor omnipotente de Dios por sus criaturas, al cual todo le es posible, todo lo que contribuye a realizar sus planes sobre los individuos y sobre la humanidad.
Pero hay un momento especial para vivir esta Palabra y para la experiencia de toda su eficacia: la oración.
Jesús dijo que cualquier cosa pidamos al Padre en su nombre, él nos lo concederá. Hagamos entonces la prueba de pedirle aquello que más nos interesa con la fe cierta de que a él nada le es imposible: desde la solución de casos desesperantes, hasta la paz del mundo; desde la curación de enfermedades graves, hasta la resolución de conflictos familiares y sociales.
Si, además, somos varios los que pedimos la misma cosa, en pleno acuerdo por el amor recíproco, entonces es Jesús mismo, en medio nuestro, el que le pide al Padre y, de acuerdo a su promesa, lo obtendremos.
Con esta fe en la omnipotencia de Dios y en su Amor, también nosotros pedimos un día por N. para que ese tumor, aparecido en la radiografía, «desapareciera», casi como si se hubiera tratado de un error o de un fantasma. Y eso es lo que sucedió.
Esta confianza ilimitada que nos hace sentir en los brazos de un Padre al que todo le es posible, tiene que acompañar siempre las vicisitudes de nuestra vida. Aunque nadie dice que obtendremos siempre lo que pedimos. Su omnipotencia es la de un Padre y la usa siempre y sólo por el bien de sus hijos, más allá de que ellos lo sepan o no lo sepan. Lo importante es vivir cultivando la certeza de que no hay nada imposible para Dios, lo cual nos hará encontrar una paz nunca antes experimentada.
Chiara Lubich
1 Cf. Lc 1, 34.
2 Cf. Mt 5, 45.
[:it]Incontro annuale del Comitato esecutivo della Federazione Luterana Mondiale[:en]Joint Declaration on the Doctrine
Noviembre 1999
La predicación de Jesús se inicia con el «sermón de la montaña». Delante del lago de Tiberíades, sobre una colina junto a Cafarnaún, sentado, como era costumbre de los maestros, Jesús anuncia a la multitud el hombre de las bienaventuranzas. La palabra «bienaventurado», feliz, dichoso, es decir, la exaltación de aquel que realizaba, de distintas maneras, la Palabra del Señor, se encuentra más de una vez en el Antiguo Testamento.
Estas bienaventuranzas de Jesús hacían recordar las que los discípulos ya conocían, pero por primera vez escuchaban que los puros de corazón no sólo eran dignos de subir a la montaña del Señor, como cantaba el salmo (1), sino que incluso podían ver a Dios. ¿De qué pureza, tan alta, se trataba, para merecer tanto? Jesús lo explicaría varias veces en el curso de su predicación. Tratemos entonces de seguirlo para comprender, en su origen, la auténtica pureza.
«Felices los que tienen el corazón puro».
Antes que nada, a criterio de Jesús, hay un medio de purificación por excelencia: «Ustedes ya están limpios por la palabra que yo les anuncié» (2). Es decir, no son tanto los ejercicios rituales los que purifican el alma, sino su Palabra. La Palabra de Jesús no es como las palabras humanas. En ella está presente Cristo, tal como, de otra manera, lo está en la Eucaristía. Por ella Cristo entra en nosotros y, en la medida que la dejamos actuar, nos hace libres del pecado y, por lo tanto, puros de corazón.
Por lo tanto la pureza es fruto de la Palabra vivida, de todas esas Palabras de Jesús que nos liberan de los llamados apegos, en los que necesariamente se cae si no se tiene el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Apegos que pueden referirse a las cosas, a las criaturas, a sí mismo. Pero si el corazón se orienta a Dios solamente, todo lo demás cae por su propio peso.
Para triunfar en este propósito puede ser útil, repetirle a Jesús, a Dios, a lo largo del día, esa invocación del salmo que dice: «¡Eres tú, Señor, mi único bien!» (3). Hagamos la prueba de repetirlo a menudo y, sobre todo, cuando los distintos apegos querrían arrastrar nuestro corazón hacia imágenes, sentimientos y pasiones que pueden enturbiar la visión del bien y quitarnos libertad.
¿Nos sentimos inclinados a mirar ciertos afiches publicitarios, a seguir ciertos programas televisivos? No, digámosles: «¡Eres tú, Señor, mi único bien!», y habremos dado el primer paso para salir de nosotros mismos, volviendo a declararle nuestro amor a Dios. Así habremos adquirido la pureza.
¿Advertimos que a veces una persona o una actividad se interponen, como un obstáculo, entre Dios y nosotros, enturbiando nuestra relación con él? Es el momento de repetirle: «¡Eres tú, Señor, mi único bien!». Esto nos ayudará a purificar nuestras intenciones y volver a encontrar la libertad interior.
«Felices los que tienen el corazón puro».
La Palabra vivida nos hace libres y puros porque es amor. Es amor que purifica, con su fuego divino, nuestras intenciones y todo nuestro mundo íntimo porque, según la Biblia, el corazón es la sede más profunda de la inteligencia y de la voluntad.
Pero hay un amor que Jesús nos pide y que nos permite vivir esta felicidad. Es el amor recíproco, de quien está dispuesto a dar la vida por los demás, a ejemplo de Jesús. Este amor crea una corriente, un intercambio, un clima en el que la nota dominante es precisamente la transparencia, la pureza, por la presencia de Dios, que es el único que puede crear en nosotros un corazón puro (4). A través de la vivencia del amor recíproco la Palabra actúa con sus efectos de purificación y de santificación.
El individuo aislado es incapaz de resistir por mucho tiempo a las solicitudes del mundo, mientras que en el amor recíproco encuentra el ambiente sano, capaz de proteger su pureza y toda su auténtica existencia cristiana.
«Felices los que tienen el corazón puro».
Este es el fruto de esa pureza, siempre reconquistada: se puede «ver» a Dios, es decir, comprender su acción en nuestra vida y en la historia, sentir su voz en el corazón, reconocer su presencia allí donde está: en los pobres, en la Eucaristía, en su Palabra, en la comunión fraterna, en la Iglesia.
Es un empezar a gustar la presencia de Dios que comienza ya en esta vida, mientras «caminamos en la fe y no vemos todavía claramente» (5), hasta que «veamos cara a cara» (6) eternamente.
Chiara Lubich
1 Cf. Sal 24,4;
2 Jn 15,3;
3 Cf. Sal 16,2;
4 Cf. Sal 50,12;
5 2Cor 5,7;
6 1Cor 13,12
