Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Enero 2002

Este mes todos los cristianos están invitados a pedir por la unidad y han elegido, para meditar y vivir, una Palabra de Dios tomada del Salmo 36. Ella nos dice algo tan importante y vital que se convierte en un instrumento de reconciliación y comunión.
Antes que nada nos dice que hay una única fuente de la vida, Dios. De él, de su amor creativo, nace el universo que le da acogida al hombre.
Es él el que nos da la vida con todos sus dones. El salmista, que conoce las asperezas y arideces de los desiertos y sabe lo que significa una fuente de agua, y la vida que florece a su alrededor, no podía encontrar una imagen más hermosa para cantar a la creación que nace, como un río, del seno de Dios.
Por eso brota del corazón un himno de alabanza y reconocimiento. Este es el primer paso que debemos dar, la primera enseñanza que debemos recoger de las palabras del Salmo: alabar y agradecer a Dios por su obra, por las maravillas del cosmos y por ese ser viviente que es su gloria y la única criatura que sabe decirle:

«En ti está la fuente de la vida»

Pero al amor del Padre no le bastó pronunciar la Palabra con la cual todo ha sido creado: quiso que su misma Palabra tomara nuestra carne. Dios, el único verdadero Dios, se hizo hombre en Jesús y trajo a la tierra la fuente de la vida.
La fuente de todo bien, de todo ser y de toda felicidad vino a establecerse entre nosotros para que, podríamos decir, la tuviéramos al alcance de la mano. “Yo he venido –dice Jesús– para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. El ha llenado con su presencia todo tiempo y espacio de nuestra existencia; y ha querido permanecer con nosotros para siempre, de modo que lo podamos reconocer y amar bajo los más variados ropajes.
A veces uno podría pensar: “¡Qué hermoso habría sido vivir en los tiempos de Jesús!”. Pues bien, su amor ha inventado un modo para permanecer no en un rincón perdido de Palestina, sino en todos los puntos de la tierra: él se hace presente en la Eucaristía, como lo ha prometido. Y nosotros podemos acudir allí para alimentar y renovar nuestra vida.

«En ti está la fuente de la vida»

Otra fuente en la cual obtener el agua viva de la presencia de Dios es el hermano, la hermana. Todo prójimo que pasa a nuestro lado, especialmente el necesitado, si lo amamos no lo podemos considerar como alguien que es beneficiado por nosotros, sino como nuestro benefactor, porque nos da Dios. En efecto, amando a Jesús en él [“Tuve hambre (…), tuve sed (…), estaba de paso (…), estaba preso (…)], recibimos como retribución su amor, su vida, porque él mismo, presente en nuestros hermanos y hermanas, es la fuente.

Otra fuente de agua abundante es la presencia de Dios en nuestro interior. El siempre nos habla y a nosotros nos corresponde escuchar su voz, que es la de la conciencia. Cuanto más nos esforcemos por amar a Dios y al prójimo, con más fuerza se hará oír su voz por encima de todas las otras. Pero hay un momento privilegiado en el cual podemos, como nunca, nutrirnos de su presencia dentro de nosotros: es cuando oramos y tratamos de ir en profundidad en la relación directa con él, que habita en el fondo de nuestra alma. Es como una vena de agua profunda que no se agota nunca, que está siempre a nuestra disposición y donde podemos aplacar nuestra sed en cualquier momento. Basta cerrar por un momento los postigos del alma y recogernos, para encontrar esa fuente, aún en medio del desierto más árido. Hasta alcanzar esa unión con él donde se siente que ya no estamos más solos, sino que somos dos: él en mí y yo en él. Y sin embargo somos – por su gracia – uno como el agua y la fuente, como la flor y su semilla.

En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, la Palabra del Salmo nos recuerda, por eso, que sólo Dios es la fuente de la vida y, por lo tanto, de la comunión plena, de la paz y de la alegría. Cuanto más acudamos a esa fuente, cuanto más vivamos del agua viva que es su Palabra, tanto más nos acercaremos los unos a los otros y viviremos como hermanos y hermanas. Entonces se verificará lo que el Salmo dice luego: “Y por tu luz, vemos la luz”, esa luz que la humanidad espera.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Diciembre 2001

He aquí una palabra decisiva para nuestra vida y nuestro testimonio en el mundo.
Muchas veces a Pablo le gusta usar, para explicar la conducta de un cristiano, el ejemplo del ropaje que debe endosar el que sigue a Cristo. También aquí, en la carta a los Colosenses, habla de las virtudes que debe poseer nuestro corazón, como de otras tantas piezas del vestuario. Estas son: la misericordia, la bondad, la humildad, la mansedumbre, la paciencia, la tolerancia, el perdón.
Pero “sobre todo – dice, casi imaginando un cinturón que ata todo y da perfección a lo que se viste – revístanse de la caridad”.
Sí, la caridad; porque para un cristiano no basta con ser bueno, misericordioso, humilde, manso, paciente… Tiene que tener, para con los hermanos y hermanas, caridad.
Pero la caridad – podría objetar alguno – ¿no es acaso ser buenos, misericordiosos, pacientes, saber perdonar? Sí, pero no sólo eso.
La caridad nos la ha enseñado Jesús. Ella consiste en dar la vida por los demás.
El odio le quita la vida a los demás (“el que odia es homicida”), el amor les da la vida. El cristiano tiene caridad sólo si muere a sí mismo por los demás. Pero si tiene caridad –dice Pablo– será perfecto y cualquier otra virtud que tenga se perfeccionará.

«Sobre todo revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección»

Algunos de nosotros pueden tener ciertamente buena disposición hacia los hermanos y hermanas, perdonando y soportando. Pero, si lo observamos bien, no pocas veces nos puede faltar la caridad. Aún con las más sanas intenciones, la naturaleza nos lleva a replegarnos sobre nosotros mismos y, en consecuencia, a quedarnos a medias en el amar a los demás.
Ahora bien, con eso solo no alcanza para considerarse cristianos.
Es necesario poner nuestro corazón en la máxima tensión. Tenemos que decirnos a nosotros mismos, ante cada prójimo que encontramos durante el día (en familia, en el trabajo, en cualquier parte): “Vamos, arriba, respóndele a Dios, es el momento de amar, con un amor tan grande que se juegue incluso la vida”.

«Sobre todo revístanse del amor, que es el vínculo de la perfección»

Esta Palabra del Apóstol nos invita, por lo tanto, a examinar hasta qué punto nuestra vida cristiana está animada por la caridad, la cual, como vínculo de la perfección, es la que nos relaciona y nos lleva a la más alta unidad con Dios y entre nosotros.
Agradezcamos, por lo tanto, al Señor por haber derramado en nuestros corazones su amor que nos hace cada vez más capaces de escuchar, de identificarnos con los problemas y las preocupaciones de nuestros prójimos; de compartir el pan, las alegrías y los dolores; de hacer caer ciertas barreras que todavía nos dividen; de dejar de lado ciertas actitudes de orgullo, de rivalidad, de envidia, de resentimiento por eventuales ofensas recibidas; de superar esa terrible tendencia a la crítica negativa; de salir de nuestro aislamiento egoísta para ponernos a disposición de quien pasa por alguna necesidad o padece soledad; de construir por todas partes la unidad, querida por Jesús.
Esta es la contribución que nosotros los cristianos podemos darle a la paz mundial y a la fraternidad entre los pueblos, especialmente en los momentos más trágicos de la historia.

Chiara Lubich

 

[:it]“1000 città per l’Europa”, per l’Europa dei cittadini, per una cultura di giustizia e fraternita’, in risposta alla drammatica situazione mondiale

[:it]“1000 città per l’Europa”, per l’Europa dei cittadini, per una cultura di giustizia e fraternita’, in risposta alla drammatica situazione mondiale

Intervengono:


Romano Prodi
Presidente della Commissione Europea
Thomas Klestil
Presidente della Repubblica Austriaca
Jos Chabert
Presidente della Camera delle Regioni alla UE
Chiara Lubich
Fondatrice del Movimento dei Focolari

Live internet

E' un avvenimento progettato da tempo. Dopo l'11 settembre rivela una particolare attualità e significato.
La tragedia che ha colpito gli Stati Uniti, ha posto la comunità mondiale di fronte alla necessità di una risposta politica di tipo nuovo. Nell'opinione pubblica mondiale cresce la coscienza di appartenere ad un'unica famiglia umana. L'Europa ha un ruolo importante da giocare nella ricerca di vie e strumenti che possano far crescere una nuova cultura di giustizia sociale e cooperazione su percorsi di pace e di fraternità tra i popoli, uniche vie praticabili nell'attuale drammatica situazione mondiale.

"Ai comuni – ha dichiarato il sindaco van Staa – viene richiesto coraggio, apertura, senso di responsabilità".
I comuni possono contribuire all'unità europea con un processo dal basso: questa prima assemblea dei poteri locali dell'Europa unita mostrerà quanto le amministrazioni locali siano in grado di agire nel "costruire" i cittadini d'Europa, nel contribuire a comporre e ricomporre diversità delle culture e delle religioni, da sempre ricchezza del vecchio continente, nell'aprire sfide di fraternità intrecciando rapporti stretti e diretti con comunità locali dei paesi poveri degli altri continenti.

Il convegno si propone così di "dare un'anima" al processo di integrazione e di allargamento dell'Europa.

Oltre alla presenza del Presidente austriaco Thomas Klestil, spiccano i due interventi centrali: quello del Presidente della Commissione europea Romano Prodi su "le grandi opportunità dell'attuale fase storica dell'Europa" e quello di Chiara Lubich su "la fraternità in politica come chiave dell'unità d'Europa e del mondo".

Hanno confermato la loro adesione sindaci da tutta Europa, dall'Atlantico agli Urali, spalancando i confini dell'Europa unita. Significativa, in questa proiezione al futuro, la partecipazione anche di oltre 200 giovani, studenti in scienze politiche o comunque attenti al futuro politico del continente.
Sindaci e giovani lavoreranno insieme in quattro gruppi tematici di lavoro, finalizzati alla redazione di un "appello per l’unità europea" rivolto ai governi dei paesi rappresentati, per una autentica "Europa – comunità di popoli".

Il Consiglio Europeo, tenutosi a Nizza nel dicembre scorso, aveva chiesto alle istituzioni europee, governi e parlamenti nazionali, di aprire sull'Europa un dibattito ampio ed aperto per una vasta sensibilizzazione dell’opinione pubblica.
Il Convegno di Innsbruck sarà una tappa importante e forse unica per la sua rilevanza in questo progetto: il documento finale sarà consegnato nelle mani del presidente della commissione che sta preparando il prossimo appuntamento del Consiglio, fissato per dicembre a Laeken, in Belgio.

Le premesse ci sono tutte, come lascia presagire la dichiarazione del Presidente Prodi: "Il convegno costituirà un significativo momento, indispensabile per aiutare a creare un Europa in cui tutti i cittadini si sentano protagonisti".
Chiara Lubich, da parte sua, ha affermato: "L’unità d’Europa: un ideale, un impegno, quello di dare al nostro continente un supplemento d’anima che rinnovi i suoi cittadini e le sue grandi o piccole istituzioni".

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Palabra de vida Noviembre 2001

Lucas escribe su Evangelio cuando ya han comenzado las persecuciones contra los primeros cristianos. Sin embargo, como toda palabra de Dios, ésta tiene que ver con los cristianos de todos los tiempos y con su existencia cotidiana. Contiene una advertencia y una promesa. La primera se refiere más a la vida presente y, la otra, más a la futura. Ambas se verifican puntualmente en la historia de la Iglesia y en las vicisitudes personales de quien trata de ser un discípulo fiel de Cristo. Si uno lo sigue a él es normal que sea odiado. Es el destino, en este mundo, del cristiano coherente. No hay que hacerse ilusiones, y Pablo nos lo recuerda: “Los que quieran ser fieles a Dios en Cristo Jesús, tendrán que sufrir persecución”. Jesús explica el motivo: “Si ustedes fueran del mundo el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, el mundo los odia”. Siempre habrá oposición, choque, entre el modo de vivir del cristiano y el de la sociedad que rechaza los valores del Evangelio. Oposición que puede derivar en una persecución más o menos manifiesta o bien en una indiferencia que hace sufrir.

«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.»

Es decir, entonces, que estamos sobre aviso. Cuando, de una manera que nos resulta incomprensible, fuera de toda lógica o sentido común, recibimos odio a cambio del amor que hemos tratado de dar, esto no tendría que desconcertarnos, escandalizarnos o maravillarnos. No sería más que la manifestación de esa oposición que existe entre el hombre egoísta y Dios. Pero es también la garantía de que vamos por el buen camino, el mismo que ha recorrido el Maestro. Por lo tanto es tiempo de alegrarse y dar gracias. Eso es lo que Jesús quiere: “Felices, ustedes, cuando sean insultados y perseguidos (…) a causa de mí. Alégrense y regocíjense”. Sí, lo que en ese momento tiene que dominar en el corazón es la alegría, esa alegría que es la nota característica, el distintivo de los verdaderos cristianos en cualquier circunstancia. Por otra parte no olvidemos que también son muchos los amigos, entre los hermanos y las hermanas de fe, cuyo amor es fuente de consuelo y de fuerza.

«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.»

Por otra parte, está también la promesa de Jesús: “Ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza”. ¿Qué significan estas palabras? Jesús repite un proverbio de Samuel4 y lo aplica al destino final de sus discípulos para asegurarles que, aún teniendo verdaderos sufrimientos, dificultades reales a causa de las persecuciones, tenemos que sentirnos completamente en las manos de Dios que es un Padre para nosotros, conoce todas nuestras cosas y no nos abandona nunca. Si dice que no caerá ningún cabello de nuestra cabeza, quiere darnos la seguridad de que él mismo se ocupará de cada preocupación, por mínima que sea, de nuestra vida, de nuestras personas queridas y de todo lo que llevamos en el corazón. ¡Cuántos mártires, conocidos y desconocidos, han encontrado en esas palabras de Jesús la fuerza y la valentía para afrontar privaciones de derechos, divisiones, marginaciones, desprecio, hasta la muerte violenta, a veces, con la certeza de que el amor de Dios ha permitido cada cosa por el bien de sus hijos!

«Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza.»

Si sentimos que somos blanco del odio y de la violencia, que estamos a merced de la prepotencia, ya sabemos cuál es la actitud que Jesús nos ha indicado: tenemos que amar a los enemigos, hacer el bien a quien nos odia, bendecir a quien nos maldice, rezar por quien nos maltrata. Es necesario ir al contraataque y vencer al odio con el amor. ¿Cómo? Amando primero nosotros. Y estando atentos de no “odiar” a nadie, ni siquiera de manera oculta o sutil. Porque, en el fondo, este mundo que rechaza a Dios, tiene necesidad de él, de su amor, y es capaz de responder a su llamado. En conclusión, ¿cómo vivir esta Palabra de vida? Alegrándonos cuando descubrimos que somos dignos del odio del mundo, garantía de que seguimos de cerca a Jesús, y poner amor, con hechos, allí, precisamente allí donde está la fuente del odio.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Octubre 2001

Muchas veces Israel, en su historia jalonada de largos exilios, hacía la experiencia de una impotencia radical ante acontecimientos que ninguna fuerza humana hubiera podido cambiar. Entonces aprendía la humildad, es decir, una actitud de dependencia total y de confianza plena en Dios. Por eso, precisamente en su condición de pueblo humilde y pobre, una y otra vez Israel encontraba refugio y escucha sólo en aquél que había establecido con él una alianza eterna.
Luego, en la perspectiva mesiánica, el esperado es un rey humilde que entra en Sión montado en un asno, porque el Dios de Israel es sobre todo el «Dios de los humildes».
Dado que en Jesús han llegado a cumplimiento todas las expectativas, será entonces de su vida y de sus enseñanzas de donde podremos aprender la verdadera humildad, la que hace que nuestra oración sea aceptada con agrado por el Señor.

«La súplica del humilde atraviesa las nubes».

Toda la vida de Jesús es una lección de humildad. De ser Dios, primero pasó a hacerse hombre en el seno de la virgen María, luego pan, en la eucaristía y, finalmente, «nada» sobre la cruz.
Había dicho: «Aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón» (Mt 11, 29) y luego, con el lavatorio de los pies, aun siendo el Maestro se había inclinado a hacer el más humilde de los servicios. Había propuesto como modelo a los pequeños y había entrado en Jerusalén llevado por un asno. Al final se dejó crucificar, anonadándose en cuerpo y alma, para obtenernos el paraíso.
¿Por qué todo esto? ¿Qué es lo que impulsaba al Hijo de Dios?
Jesús no hacía otra cosa que revelarnos su relación con el Padre, el modo de amar de la Trinidad, que es un recíproco «hacerse nada» por amor, un eterno donarse el uno al otro.
El, entonces, vuelca sobre la humanidad este amor trinitario que alcanza su punto culminante precisamente en el acto de entregarse completamente en su pasión y muerte.
Dios muestra así su potencia en la debilidad. El suyo es un amor que sostiene al mundo, precisamente porque se ubica en el último lugar, en el escalón más bajo de la creación.

«La súplica del humilde atraviesa las nubes».

Por consiguiente es verdaderamente humilde quien, a ejemplo de Jesús, sabe hacerse nada por amor a los demás, quien se pone delante de Dios en una actitud de disponibilidad total para lo que él quiera, quien está tan vacío de sí mismo que se deja vivir por Jesús.
Su oración, por eso mismo, será escuchada, porque cuando pronuncia la palabra Abba-Padre, ya no es él quien ora; es una oración que obtiene lo que pide porque es puesta en los labios por el Espíritu Santo.
El punto culminante de la vida de Jesús fue cuando «él dirigió, durante su vida terrena, súplicas y plegarias, con fuertes gritos y lágrimas a aquel que podía salvarlo de la muerte, y fue escuchado por su humilde sumisión» (Heb 5, 7-8), es decir, por su oración inspirada en la obediencia total a la voluntad del Padre, a su pleno abandono en él.
Esta es, entonces, la oración que atraviesa las nubes y llega al corazón de Dios, la de un hijo que se levanta de su miseria para echarse con confianza en los brazos del Padre.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Septiembre 2001

Aquí la enseñanza de Jesús se refiere al uso de la riqueza, y Lucas, el evangelista de los pobres, se hace su portavoz. El término que usa en arameo significa los bienes materiales, pero aquí es usado por Jesús en sentido negativo, es decir, como el conjunto de tesoros que pueden ocupar el lugar de Dios en le corazón del hombre.
El peligro de la riqueza es que uno se pueda enamorar de ella a tal punto que necesite emplear todas sus fuerzas y todo el tiempo a disposición para mantenerla y acrecentarla. Se convierte en un ídolo al cual se le sacrifica todo. Por eso Jesús la compara a un patrón tan exigente que excluye a cualquier otro. Por eso la exigencia de una opción bien definida.

«Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se pude servir a Dios y al dinero».

Estas palabras de Jesús no tienen que sonar como una condena de la riqueza en sí misma, sino del lugar exclusivo que puede tener en el corazón humano.
No les exige a todos la pobreza absoluta, también externa; tanto es así que entre sus discípulos hay ricos, como José de Arimatea. Lo que él exige es el desapego de los propios bienes. Exige que el rico no se considere dueño, sino administrador de los bienes que posee, los cuales en primer lugar son de Dios y están destinados a todos, y no sólo a algunos privilegiados.
La riqueza es un medio óptimo si sirve al que tiene necesidad, si ayuda a hacer el bien, si se usa con fines sociales, no sólo con obras de caridad sino también en la gestión de una empresa. Sólo así uno se puede servir de los propios bienes sin quedar sometido al servicio de ellos.
Es grande el peligro de acumular riquezas para uno mismo. Por experiencia, y por la historia, sabemos cómo y cuánto el apego a los bienes de esta tierra puede corromper y alejar de Dios. Por lo tanto no tiene que sorprender el llamado de atención tan decidido de Jesús: o Dios, o las riquezas.

Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se pude servir a Dios y al dinero».

¿Cómo poner en práctica, entonces, esta palabra?
Además de aclararnos la relación con la riqueza, esta frase, como toda palabra de Dios, nos dice muchas otras cosas.
Jesús no nos plantea la alternativa de elegir entre Dios o la riqueza. Dice claramente que, en nuestra vida, tenemos que elegir a Dios.
Tal vez, hasta hoy, esto no lo hayamos hecho todavía. Tal vez hemos mezclado un poco de fe en él, alguna práctica religiosa, un poco de amor por el prójimo, con tantas otras pequeñas grandes riquezas, que ocupan nuestro corazón.
Analizándonos bien, podemos ver si lo que más nos importa es el trabajo o la familia, el estudio, el bienestar, la salud o tantas otras cosas humanas que amamos por sí mismas o por nosotros, sin ninguna referencia a Dios.
De ser así, quiere decir que nuestro corazón ya es esclavo: se apoya en ídolos, pequeños ídolos, incompatibles con Dios.
¿Qué hacer? Decidirse. Decirle que no deseamos otra cosa que amarlo con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas. Y luego, esforzarse por poner en práctica este propósito, que no es difícil si lo vivimos en cada momento, ahora, en el presente de nuestra vida, amando todo y a todos solamente por Dios.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Agosto 2001

En el Antiguo Testamento el fuego simboliza la palabra de Dios pronunciada por el profeta. Pero también el juicio divino que purifica a su pueblo, al pasar por en medio de él.
Así es la palabra de Jesús: construye, pero al mismo tiempo destruye lo que no tiene consistencia, lo que tiene que caer, lo que es vanidad y deja en pié sólo la verdad.
Juan Bautista había dicho: «él los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego», preanunciando el bautismo cristiano inaugurado el día de Pentecostés con la efusión del Espíritu santo y la aparición de las lenguas de fuego.
Esa es, por lo tanto, la misión de Jesús: arrojar fuego a la tierra, traer al Espíritu Santo con su fuerza renovadora y purificadora.

«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!»

Jesús nos da el Espíritu, pero el Espíritu, ¿cómo actúa?
Lo hace difundiendo en nosotros el amor. Ese amor que, por deseo suyo, tenemos que mantener encendido en nuestros corazones.
¿Cómo es este amor?
No es terrenal, limitado; es amor evangélico. Es universal, como el del Padre celestial que envía lluvia y sol a todos, tanto a los buenos como a los malos, incluso a los enemigos.
Es un amor que no espera nada de los demás, sino que siempre tiene la iniciativa, ama primero.
Es un amor que se hace uno con cualquier persona: sufre con ella, goza con ella, se preocupa con ella, espera con ella. Y, cuando es necesario, lo hace con hechos, concretamente. Un amor, por lo tanto, no simplemente sentimental, no sólo de palabras.
Un amor por el cual se ama a Cristo en el hermano, en la hermana, recordando su: «lo hicieron conmigo».
Es un amor que, además, tiende a la reciprocidad, a realizar con los demás el amor recíproco.
Es ese amor que, por ser expresión visible, concreta, de nuestra vida evangélica, subraya y da valor a la palabra que luego nosotros podremos y deberemos ofrecer para evangelizar.

«Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!»

Lo importante en el amor, como en el fuego, es que se mantenga encendido. Para lograrlo hace falta quemar siempre algo. Antes que nada nuestro yo egoísta, lo cual que se logra amando, porque entonces se está completamente volcado en el otro: volcado en Dios, haciendo su voluntad, o volcado en el prójimo, ayudándolo.
Un fuego encendido, aunque sea pequeño, si se alimenta, puede convertirse en un gran incendio. Ese incendio de amor, de paz, de fraternidad universal que Jesús ha traído a la tierra.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Julio 2001

Santa Teresa de Lisieux decía que mejor que hablar de Dios es hablar con Dios, porque en las conversaciones con los demás siempre se puede introducir el amor propio. Tiene razón. Aunque, para dar testimonio a los demás, también tenemos que hablar.
De cualquier manera, sin duda antes que nada tenemos que amar a Dios con ese amor que es la base de la vida cristiana y que se expresa en la oración, en la realización de su voluntad.
Hablar, por lo tanto, con los prójimos, pero hablar antes que nada con Dios. Hablar, ¿cómo!
Con la simple oración de todo cristiano; pero también verificando, durante la jornada, a través de alguna oración muy breve, si nuestro corazón está verdaderamente en él, si es él el Ideal de nuestra vida; si verdaderamente lo ponemos en el primer lugar en nuestro corazón; si lo amamos sinceramente con todo nuestro ser.
Me refiero a esas oraciones instantáneas que se le aconsejan sobre todo a quien se encuentra en medio del mundo y no tiene tiempo de orar largamente. Son como flechas de amor que parten de nuestro corazón hacia Dios, como dardos de fuego; son las que llamamos jaculatorias, que etimológicamente significan precisamente dardos, flechas. Constituyen una magnífica manera de orientar el corazón hacia Dios.
En la liturgia eucarística de este mes, en la Iglesia católica, se encuentra un versículo que se puede considerar como una jaculatoria, hermosísimo, y que viene al caso. Dice así:

«Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti».

«Señor, tu eres mi único bien», podemos decir. Tratemos de repetirlo durante el día, especialmente cuando los distintos apegos querrían arrastrar nuestro corazón a las cosas, a las personas, o a nosotros mismos. «Señor, tu eres mi único bien» -digamos entonces-, no esa cosa, no esa persona, no yo mismo; tú eres mi único bien, y nada más».
Tratemos de repetirlo cuando la ansiedad, o el apuro, nos llevarían a hacer mal la voluntad de Dios del presente: «¡'Eres tú, Señor, mi único bien', y no aquello en lo que mi avidez, mi orgullo, quisieran saciarse!».
Hagamos la prueba de repetirlo a menudo. Repitámoslo cuando alguna sombra ofusca nuestra alma o cuando el dolor llama a la puerta. Será una forma de prepararnos al encuentro con él.

«Señor, tú eres mi bien, no hay nada superior a ti».

Estas simples palabras nos ayudarán a tener confianza en él, nos entrenarán a convivir con el Amor y así, cada vez más unidos a Dios y llenos de él, pondremos y volveremos a poner las bases de nuestro ser verdadero, hecho a su imagen.
De este modo todo fluirá bien en la vida, en el sentido justo. Entonces sí que cuando abramos la boca lo nuestro no serán palabras, o peor, charlatanería, sino dardos también ellas, capaces de abrir los corazones para que reciban a Jesús.
Tratemos entonces de aprovechar cada ocasión que se nos presente para pronunciar esas simples palabras y, al final del día, podremos tener la confirmación de que han sido una medicina para el alma, un tónico, y habrán hecho – como diría Santa Catalalina – que nuestro corazón sea lámpara encendida.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Junio 2001

No creas que, porque andas por las calles del mundo, puedes mirar tranquilamente cuanto afiche se te presente o comprarte en el kiosco o la librería cualquier publicación indiscriminadamente. No creas que, porque estás en el mundo, cualquier estilo de vida del mundo pueda ir contigo: las experiencias facilistas, la inmoralidad, el aborto, el divorcio, el odio, la violencia, el robo… No, no. Estás en el mundo. ¿Quién no lo advierte? Pero eres un cristiano, por lo tanto no eres «del mundo».
Y esto implica una gran diferencia. Esto te ubica entre aquellos que se alimentan no de las cosas que son del mundo, sino que las que te va expresando la voz de Dios dentro de ti. Esa voz que está en el corazón de todo hombre y que te hace entrar -si la escuchas- en un reino que no es de este mundo, donde se vive el amor verdadero, la justicia, la pureza, la mansedumbre, la pobreza, donde está vigente el dominio de uno mismo.
¿Por qué tantos jóvenes se sienten atraídos por religiones orientales para encontrar un poco de silencio y captar el secreto de ciertos grandes espirituales que, por la larga purificación de su yo inferior, traslucen un amor que impresiona a todos los que se les acercan?
Es la reacción natural al bullicio del mundo, al estrépito que vive fuera y dentro de nosotros, que no deja espacio al silencio para oír a Dios. ¿Pero acaso es realmente necesario ir a Oriente, cuando hace dos mil años Cristo te ha dicho: «Renuncia a ti mismo…, renuncia a ti mismo»? El mundo te lleva por delante como un río torrentoso y tienes que caminar contra corriente. El mundo es para el cristiano como una selva espesa en la cual hay que mirar dónde se ponen los pies. Y ¿dónde hay que ponerlos? En esas huellas que Cristo mismo te ha marcado al pasar por esta tierra: sus palabras. Hoy él te vuelve a decir:

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo…»

Esto tal vez te exponga a que los demás te desprecien, no te comprendan, se burlen, te calumnien; esto te aislará, te invitará a perder la cara, a dejar un cristianismo acomodaticio. Pero además:

«… que cargue con su cruz cada día y que me siga».

Lo quieras o no, el dolor amarga la existencia de cualquiera. También la tuya. Y los pequeños y grandes dolores sobrevienen todos los días.
¿Quieres escaparles? ¿Te rebelas? ¿Te llevan a maldecir? Entonces, no eres cristiano, no eres cristiana.
El cristiano ama la cruz, ama el dolor, aún en medio de las lágrimas, porque sabe que tienen valor. No por nada, entre los innumerables medios que Dios tenía a su alcance para salvar a la humanidad, eligió el dolor. Pero él – recuérdalo – después de haber cargado la cruz y haber sido clavado en ella, resucitó. La resurrección es también tu destino, si en lugar de despreciar el dolor que te acarrea tu coherencia cristiana y todo lo que la vida te manda, sabes aceptarlo con amor. Verás entonces que la cruz es camino, ya desde esta tierra, hacia una dicha como nunca has probado; la vida de tu alma comenzará a crecer; el reino de Dios en ti adquirirá consistencia y poco a poco el mundo, afuera, desaparecerá de tu vista o te parecerá de cartón. Y ya no envidiarás a nadie. Entonces te podrás llamar, verdaderamente, seguidor de Cristo.

«El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y que me siga».

Entonces, como ese Cristo al cual has seguido, serás luz y amor para las innumerables llagas que hieren hoy a la humanidad.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Mayo 2001

Jesús le está dirigiendo a los apóstoles sus grandes e intensos discursos de despedida y les asegura que, entre otras cosas, ellos lo volverán a ver, porque él se manifestará a aquellos que lo aman. Judas, no el Iscariote, le pregunta entonces por qué se habría de manifestar a ellos y no en público. El discípulo deseaba una gran manifestación externa de Jesús que, a su criterio, habría podido cambiar la historia y ser más útil para la salvación del mundo. Los apóstoles pensaban, en efecto, que Jesús era el profeta tan esperado de los últimos tiempos, el cual habría hecho su aparición revelándose ante todos como el Rey de Israel y que, poniéndose a la cabeza de su pueblo, instauraría definitivamente el Reino del Señor. Jesús, en cambio, le contesta que su manifestación no se daría de modo espectacular ni exterior. Habría sido, en cambio, una simple y extraordinaria «venida» de la Trinidad al corazón del fiel, que se realiza allí donde hay fe y amor. Con esta respuesta Jesús aclaraba de qué modo permanecería presente en medio de los suyos después de su muerte explicando, además, cómo se podría estar en contacto con él.

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él».

Su presencia en los cristianos y en medio de la comunidad se puede realizar ya desde ahora; no es necesario esperar al futuro. El templo que le da cabida no es tanto el de material, con sus paredes, sino el propio corazón del cristiano que así se convierte en el nuevo tabernáculo, morada viviente de la Trinidad.

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él».

Pero ¿cómo hace el cristiano para llegar a tanto? ¿Cómo puede tener a Dios en sí mismo? ¿Cuál es el camino para llegar a esta profunda comunión con él? Es el amor a Jesús. Un amor que no es mero sentimentalismo, sino que se traduce en vida concreta y, más precisamente, en observar su Palabra. A este amor del cristiano, verificado en los hechos, Dios le responde con su amor: la Trinidad viene a habitar en él.

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él».

«… será fiel a mi palabra». ¿A qué palabras está llamado a ser fiel el cristiano? En el Evangelio de Juan «mis palabras» son a menudo sinónimo de «mis mandamientos». El cristiano está llamado, entonces, a ser fiel a los mandamientos de Jesús. Estos, sin embargo, no deben ser entendidos tanto como un catálogo de leyes. Más bien hay que verlos todos sintetizados en ése que Jesús ilustró con el lavado de los pies: el mandamiento del amor recíproco. Dios ordena a cada cristiano amar al otro hasta la entrega completa de sí mismo, como Jesús enseñó e hizo.

«El que me ama será fiel a mi palabra, y mi Padre lo amará; iremos a él y habitaremos en él».

¿Cómo vivir bien esta Palabra, entonces? ¿Cómo llegar al punto en el cual el mismo Padre nos ame y la Trinidad establezca su morada en nosotros? Precisamente realizando con todo nuestro corazón, con radicalidad y perseverancia, el amor recíproco entre nosotros. Principalmente en esto el cristiano encuentra también el camino de esa profunda ascética cristiana que el Crucificado espera de él. Es allí, en efecto, en el amor recíproco, que en su corazón florecen las distintas virtudes y es allí que puede corresponder al llamado de la propia santificación

Chiara Lubich

 

April 2001

Estas palabras, dirigidas por San Pablo a la comunidad de Colosas, nos hablan de que existe un mundo en el cual reina el amor verdadero, la comunión plena, la justicia, la paz, la santidad, la alegría; un mundo en el cual el pecado y la corrupción ya no pueden entrar; un mundo donde la voluntad del Padre es perfectamente realizada. Es ese mundo al que pertenece Jesús. Es el mundo que él nos abrió a nosotros con su resurrección, pasando a través de la dura prueba de la pasión. Nosotros no sólo estamos llamados a este mundo de Cristo, sino que ya pertenecemos a él por el bautismo.
Pero Pablo sabe que, a pesar de la condición de bautizados y por lo tanto de resucitados con Jesús, nuestra presencia actual en el mundo nos expone a mil peligros, tentaciones y, sobre todo, a esos «apegos» en los que necesariamente se cae si no se tiene el corazón en Dios y en sus enseñanzas. Apegos que pueden referirse a las cosas, a las criaturas, a sí mismos: las propias ideas, la salud, el propio tiempo, el descanso, el estudio, el trabajo, los parientes, los propios consuelos o satisfacciones… Cosas todas que no son Dios y por lo tanto no pueden ocupar el primer lugar en nuestro corazón. Por eso es que Pablo nos exhorta:

«Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, (…). Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra».

Pero, ¿que son los «bienes del cielo»? Son esos valores que Jesús trajo a la tierra y por los cuales se distingue a sus seguidores. Son el amor, la concordia, la paz, el perdón, la rectitud, la pureza, la honestidad, la justicia, etc.
Son esas virtudes y riquezas que ofrece el Evangelio. Con ellas y por ellas los cristianos se mantienen en su realidad de resucitados con Cristo. Por ellas pueden ser inmunizados de las influencias del mundo, de la concupiscencia de la carne, del demonio.
¿Pero qué significa concretamente «buscar las cosas del cielo» en la vida cotidiana? Además, ¿cómo se hace para mantener el corazón en el cielo, viviendo en medio del mundo?
Dejándonos guiar por el modo de pensar y de sentir de Jesús cuya mirada interior estaba siempre dirigida hacia el Padre y cuya vida reflejaba en cada instante la ley del cielo, que es ley de amor.

«Ya que ustedes han resucitado con Cristo, busquen los bienes del cielo, (…). Tengan el pensamiento puesto en las cosas celestiales y no en las de la tierra».

Una forma práctica de vivir esta Palabra, en este mes que celebramos Pascua, será el poner como motivo de las distintas acciones de la jornada ese arte de amar que las vuelve preciosas y fecundas. Por ejemplo, con los que tenemos al lado nuestro, tratando de por ellos lo que quisiéramos que hicieran por nosotros y de «hacernos uno» con ellos, haciéndonos cargo de los dolores y de las alegrías de todos.
No esperar a que sean los otros los que den el primer paso hacia nosotros cuando está en juego la concordia de la familia y la armonía en el ambiente donde vivimos. Comenzar nosotros.
Y dado que todo esto no es humanamente fácil y que, incluso, a veces parece imposible, será necesario apuntar alto con la mirada y pedirle al Resucitado esa ayuda que él no puede hacernos faltar.
Así, mirando a «las cosas del cielo» para vivirlas en la tierra, podremos llevar el reino de los cielos a ese ámbito, pequeño o grande, que el Señor nos ha confiado.

Chiara Lubich

[:it]“1000 città per l’Europa”, per l’Europa dei cittadini, per una cultura di giustizia e fraternita’, in risposta alla drammatica situazione mondiale

GINETTA CALLIARI

   Después del shock por los graves desequilibrios sociales a su llegada a Brasil, deja ahora la herencia de un pueblo nuevo. El último saludo en la ciudadela Araceli faro de esperanza para todos. «Cuando llegué a Recife, el 5 de noviembre de 1959, para mí fue un shock ver el desequilibrio social, la fractura entre ricos y pobres, la discriminación, el hambre que se leía en los rostros de todos, la miseria, la insensibilidad por parte de los ricos hacia los pobres. Y decía: Aquí no podemos permanecer pasivos! Algo tiene que cambiar. ¿Qué es lo que tiene que cambiar? El hombre. Pensé: son necesarios hombres nuevos para dar origen a estructuras nuevas, a un pueblo nuevo». De una entrevista en la RAI         El 10 de marzo, el último saludo a Ginetta, es «una fiesta», realmente, «fiesta del cielo en la tierra», como testimonia Lia Brunet, que con ella ha vivido la aventura de los primeros tiempos del Movimiento junto a Chiara. «Desde la mañana desfila un río de gente, ‘un pueblo’ de todas las vocaciones: desde los obispos a los niños, todas las categorías sociales: campesinos, diputados, empresarios, periodistas». Y todo tuvo lugar precisamente en una ciudad nueva, la ciudadela Araceli, el corazón del vasto Movimiento que se ha desarrollado en todo Brasil: una ciudadela con casas, escuelas, una zona industrial, donde la diferencia entre ricos y pobres ha sido anulada. Surgió en un terreno – como cuenta la misma Ginetta – donde existía sólo una casucha de barro, sin agua y sin luz, aislada del centro habitado.   Pero la misma certeza – como había sugerido Chiara de que allí tenía que surgir una ciudad le había dado ánimo para ir adelante día tras día, con la ayuda fuertísima de la Providencia que llegaba siempre en el momento justo, haciendo experimentar la paternidad de Dios». Quien la ha visto – como ese periodista de la RAI que entrevistó a Ginetta – tiene la impresión de que la ciudadela es un signo profético de una ciudad futura. Y ella lo confirmaba: Creo que sí, no hay duda. Veo que cuantos vienen aquí – y son muchos los que vienen a visitarnos – quedan impresionados y dicen: «Así debería ser el mundo. Si esta vida pudiera desbordarse, caerían todas las barreras, las divisiones, los conflictos. Aquí está la felicidad. Creíamos que la felicidad no existía. La hemos encontrado en el momento en el que habíamos perdido la esperanza. Aquí hay esperanza para todos». Desde un primer momento, apenas llegamos a Brasil, sentimos claramente que sólo Dios habría podido resolver los problemas sociales. Cuando Su Palabra hubiese transformado el corazón de los hombres: de los ricos, de los jefes, de todos. Porque, tomar de donde hay y poner donde no hay, sólo Él podía hacerlo. ¡Sólo Dios! Pero no un Dios abstracto, relegado a los cielos, sino ese que habíamos aprendido a ‘generar’ entre nosotros, viviendo las palabras de Jesús: «Donde dos o más están unidos en mi nombre, Yo estoy en medio de ellos» (Mt. 18, 20). Entonces, nuestro compromiso era dar testimonio de Dios, presente en una comunidad de personas dispuestas a dar la vida las unas por las otras. Él nos habría enseñado el camino. En el momento de su defunción, es el mismo vicepresidente de la República, Marco Marciel, entre el coro de telegramas que llegan de personalidades civiles y religiosas de todo el país, quien recuerda de Ginetta el 1959, cuando dio inicio a un Movimiento que hoy cuenta con alrededor de 250 mil personas en todo el territorio nacional: «No puedo dejar de dar, en este momento, mi testimonio con referencia a su trabajo admirable de fraternidad y de amor al prójimo, cuyos resultados, en el campo social, han traído tantos beneficios a la población más necesitada de nuestro país».

Palabra de vida Marzo 2001

Esta frase, que ciertamente conocerás, se encuentra al final de la parábola denominada del hijo pródigo y quiere manifestar la grandeza de la misericordia de Dios. Cierra todo un capítulo del Evangelio de Lucas, en el que Jesús narra otras dos parábolas para ilustrar el mismo argumento. ¿Recuerdas el episodio de la oveja descarriada y que el dueño, para encontrarla, deja a las otras noventa y nueve en el campo? (Lc 15, 4-7). ¿Recuerdas el relato de la dracma perdida y de la alegría de esa mujer que, al encontrarla, llama a las amigas y las vecinas para que se alegren con ella? (Lc 15, 8-10).

«Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Estas palabras son una invitación que Dios te dirige a tí, y a todos los cristianos, a gozar junto con él, festejar y participar de su alegría por el regreso del hombre pecador, antes perdido, que ha vuelto a encontrar. Además, en la parábola, el padre dirige estas palabras al hijo mayor, que había compartido su vida pero que, después de un día de duro trabajo, se niega a entrar a la casa donde se festeja el regreso de su hermano. El padre sale al encuentro del hijo fiel, como salió al encuentro del hijo perdido, y trata de convencerlo. Pero es evidente el contraste entre los sentimientos del padre y los del hijo mayor: el padre, con su amor sin medida y su gran alegría, que querría que todos compartieran; el hijo lleno de desprecio y de celos por su hermano que ya no reconoce como tal. Al referirse a él dice, en efecto: «Ese hijo tuyo, que ha gastado tus bienes» (Lc 15, 30). El amor y la alegría del padre por el hijo que ha vuelto ponen más en evidencia el rencor del otro, rencor que revela una relación fría y, hasta se podría decir, falsa, con el mismo padre. A este hijo le interesa el trabajo, el cumplimiento de su deber, pero no ama al padre como hijo. Más bien se diría que le obedece como a un patrón.

«Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Con estas palabras denuncia un peligro en el cual tú también podrías incurrir: una vida vivida para ser una buena persona, basada en la búsqueda de tu perfección, juzgando a tus hermanos como menos meritorios que tú. En efecto, si estás «apegado» a la perfección, te construyes a ti mismo, estás lleno de ti mismo, estás lleno de admiración por ti mismo, haces como el hijo que se quedó en casa, que le enumera al padre todos sus méritos: «Hace tantos años que te sirvo, sin haber desobedecido jamás una sola de tus órdenes» (Lc 15, 29).

«Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Con estas palabras Jesús muestra su oposición a esa actitud que basa la relación con Dios sólo en la observancia de los mandamientos. Eso sólo no basta, y de ello es también muy consciente la tradición hebraica. En esta parábola Jesús resalta el Amor divino haciendo ver cómo Dios, que es Amor, da el primer paso hacia el hombre sin tener en cuenta si lo merece o no, sino porque quiere que el hombre se abra a él para poder establecer una auténtica comunión de vida. Naturalmente, como comprenderás, el mayor obstáculo a Dios-Amor es precisamente la vida de los que acumulan acciones, obras, cuando Dios, en cambio, querría su corazón.

«Es justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado».

Con estas palabras Jesús te invita a tener, frente al pecador, el mismo amor sin límite que el Padre tiene por ti. Jesús te invita a no juzgar con tu medida el amor que el Padre tiene por cualquier persona. Al invitar al hijo mayor a compartir su alegría por el hijo recuperado, el Padre te pide también a ti un cambio de mentalidad: prácticamente tienes que recibir como hermanos y hermanas también a aquellos hombres y mujeres que en ti despiertan solamente sentimientos de desprecio y de superioridad. Esto provocará en ti una verdadera conversión, porque te purifica de la convicción de ser más meritorio, te hace evitar la intolerancia religiosa y te hace recibir la salvación, que Jesús te ha procurado, solamente como un don del amor de Dios.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Febrero 2001

¿No te pasó alguna vez que, al recibir un regalo de un amigo, sentiste la necesidad de retribuírselo, pero no como quien salda una deuda, sino por amor verdadero y agradecido? Estoy segura que sí.
Si esto es lo que te sucede a ti, imagínate lo que sucede a Dios, a Dios que es Amor. El siempre retribuye todo lo que damos a nuestros prójimos en su nombre. Esta es una experiencia que los verdaderos cristianos hacen con frecuencia. Y siempre es una sorpresa. Nunca nos podremos acostumbrar a la inventiva de Dios. Podría darte mil, diez mil ejemplos, podría escribir un libro al respecto. Verías qué cierta es esa imagen de «una buena medida, apretada, sacudida y desbordante», significando la abundancia con la cual Dios retribuye, su magnanimidad.
Ya se había hecho de noche en Roma. En el pequeño departamento donde ese grupo de chicas que se habían propuesto vivir Evangelio, se estaban yendo a dormir, suena el teléfono. ¿Quién podía ser a esa hora? Era un señor que llamaba a la puerta, desesperado: al día siguiente lo echarían de la casa, con toda su familia, porque no podía pagar el alquiler. Las chicas se miraron y, en un acuerdo tácito, abrieron el cajón donde habían guardado el resto de sus sueldos y una suma para gas, teléfono y luz, y se lo dieron todo al hombre sin pensarlo dos veces. Esa noche durmieron felices, Alguien se habría ocupado de ellas. Todavía no había amanecido cuando volvía al llamar aquel señor, esta vez por teléfono. Era para decirles, «tomo un taxi y voy para allá». Intrigadas por el medio que usaba para trasladarse, lo esperaron. Cuando llegó, la cara del hombre sugería que algo había cambiado: «Anoche, ni bien llegué a casa, me encontré con una herencia que no entraba en mis cálculos y sentí muy fuerte que tenía que darles la mitad a ustedes». La suma era exactamente el doble de lo que ellas le habían dado generosamente.

«Den y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante».

¿También tú has hecho la prueba? Si no la hiciste, recuerda que lo que des tiene que ser desinteresadamente, a quien te pide, sin esperar recompensa. Haz la prueba, pero no para ver el resultado, sino por amor a Dios.
«Pero, si yo no tengo nada…», podrías pensar.
No es cierto. Si queremos tenemos tesoros inagotables: nuestro tiempo libre, nuestro corazón, nuestra sonrisa, nuestro consejo, nuestra cultura, nuestra paz, nuestra palabra convincente al que tiene para que dé al que no tiene…
También podrías decir: no sé a quién dar.
Mira a tu alrededor: ¿te acuerdas de aquel enfermo del hospital, de esa señora viuda que siempre está sola, de ese compañero al que le fue mal en el examen y quedó tan desmoralizado, de ese joven desocupado siempre triste, de tu hermanito que necesita ayuda, del amigo que está en la cárcel, del principiante indeciso? Allí Cristo te está esperando.
Asume el comportamiento nuevo del cristiano que emana de todo el Evangelio y que es el «anti-encierro». Renuncia a basar tu seguridad en los bienes de la tierra y apóyate en Dios. En esto se manifestará tu fe en él, que pronto se verá confirmada por la recompensa que te llegará.
Lógicamente, Dios nos se comporta de esta manera para enriquecerse o enriquecernos. Lo hace para que otros, muchos otros, al ver lo pequeños milagros que provoca nuestro dar, hagan lo mismo.
Lo hace porque, en la medida que tengamos más, podremos dar más y -como verdaderos administradores de los bienes de Dios- hagamos circular todo en la comunidad que nos rodea, hasta que se pueda decir de nosotros, como de la primera comunidad de Jerusalén: «entre ellos no había ningún necesitado». ¿No sientes que con esto tú también estás dando un «alma» segura a la revolución social que el mundo espera?
«Den y se les dará». Seguramente Jesús pensaba, en primer lugar, en la recompensa que tendremos en el Paraíso, pero lo que sucede en esta tierra ya es un preludio y una garantía de ella.

Chiara Lubich

 

Palabra de vida Enero 2001

Estas son las palabras de la Escritura que han sido propuestas como tema de reflexión para la semana de oración por la unidad de los cristianos de este año. Quizás no se encuentre, en los Evangelios, una forma más alta y completa de definición que Jesús haya hecho de sí mismo. Es una síntesis de su misión y de su identidad. Además, la hace para nosotros, para que podamos encontrar en él ese único y más seguro camino al Padre. El versículo concluye, en efecto, con estas palabras: «Nadie va al Padre, sino por mí».
Con sus palabras Jesús nos revela lo que él es en sí mismo, y lo que es para todo hombre y mujer de esta tierra.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

¿Cómo nos revela Jesús que él es la verdad? Dándonos testimonio con su vida y con su enseñanza.
«Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Verdad que, atribuida por Jesús a sí mismo, significa su persona, su Palabra, su obra.
Nosotros vivimos según la verdad, somos verdad en tanto y en cuanto somos la Palabra de Jesús. Pero si Jesús es el camino en cuanto él es la verdad, también es el camino al ser para nosotros vida. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Alimentándonos de él, que se hizo pan en la Eucaristía, además que con su Palabra, Cristo crece en nosotros.
Por nuestra parte, para que esta vida que está en nosotros no se apague, debemos comunicarla de la única manera que él nos ha enseñado: convirtiéndonos en una ofrenda para nuestros prójimos.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

«Preparen el camino del Señor», gritaba el bautista en el desierto de Judá, evocando al profeta Isaías. Y he aquí que Jesús se presenta como el Señor-Camino, como Dios hecho hombre para que nosotros ascendiéramos al Padre a través de su humanidad.
Pero, ¿qué camino tomó Jesús?
Hijo de Dios, que es Amor, vino a esta tierra por amor, vivió por amor, irradiando amor, dando amor, trayendo la ley del amor, y murió por amor. Luego resucitó y subió al Cielo, cumpliendo su designio de amor. Se puede decir que el camino recorrido por Jesús tiene un solo nombre: amor. Y que nosotros, para seguirlo, tenemos que caminar por este camino: el camino del amor.
Pero el amor que Jesús vivió y trajo es un amor especial, único. No es filantropía, ni simplemente solidaridad o benevolencia; ni siquiera pura amistad o afecto; tampoco únicamente no-violencia. Es algo excepcional, divino: es el amor que arde en Dios. Jesús nos dio una llama de ese amor infinito, un rayo de ese inmenso sol: amor divino, encendido en nuestro corazón con el bautismo y con la fe, alimentado por los otros sacramentos, don de Dios, que al mismo tiempo exige toda nuestra parte, nuestra correspondencia.
Tenemos que hacer fructificar este amor. ¿De qué manera? Amando. No somos plenamente cristianos sin esta segura contribución nuestra. Amando seguiremos a Jesús-Camino y seremos, como él, camino al Padre para muchos de nuestros hermanos y hermanas.
Seremos cristianos más convincentes si este mandamiento del amor que nos dio Jesús lo vivimos juntos.
Aunque no haya todavía, entre los que seguimos a Jesús, una unidad plena, podemos demostrar con la vida el amor recíproco. De este modo tenemos la posibilidad de ver verificarse la promesa de Jesús: «Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre -que algunos Padres de la Iglesia interpretan como 'en mi amor'- yo estoy presente en medio de ellos» (Mt 18,20).
Este don de la presencia de Jesús podemos ya gozarlo entre nosotros cristianos, por ejemplo entre un católico y un anglicano, entre una ortodoxa y una metodista, entre un valdense y un armenio. ¡Jesús en medio de los suyos! Entonces será él el que le dirá al mundo que todavía no lo conoce: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».
En este mes seamos más conscientes de que la unidad de los cristianos es, antes que nada, una gracia y que por lo tanto es necesario pedir este don. Tengamos en cuenta entonces la oración hecha juntos, porque Jesús ha dicho: «Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá» (Mt 18,19).

Chiara Lubich