Movimiento de los Focolares

Palabra de vida Enero 2001

Dic 31, 2000

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida» (Jn 14, 6).

Estas son las palabras de la Escritura que han sido propuestas como tema de reflexión para la semana de oración por la unidad de los cristianos de este año. Quizás no se encuentre, en los Evangelios, una forma más alta y completa de definición que Jesús haya hecho de sí mismo. Es una síntesis de su misión y de su identidad. Además, la hace para nosotros, para que podamos encontrar en él ese único y más seguro camino al Padre. El versículo concluye, en efecto, con estas palabras: «Nadie va al Padre, sino por mí».
Con sus palabras Jesús nos revela lo que él es en sí mismo, y lo que es para todo hombre y mujer de esta tierra.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

¿Cómo nos revela Jesús que él es la verdad? Dándonos testimonio con su vida y con su enseñanza.
«Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad» (Jn 18,37). Verdad que, atribuida por Jesús a sí mismo, significa su persona, su Palabra, su obra.
Nosotros vivimos según la verdad, somos verdad en tanto y en cuanto somos la Palabra de Jesús. Pero si Jesús es el camino en cuanto él es la verdad, también es el camino al ser para nosotros vida. «Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia» (Jn 10,10). Alimentándonos de él, que se hizo pan en la Eucaristía, además que con su Palabra, Cristo crece en nosotros.
Por nuestra parte, para que esta vida que está en nosotros no se apague, debemos comunicarla de la única manera que él nos ha enseñado: convirtiéndonos en una ofrenda para nuestros prójimos.

«Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida»

«Preparen el camino del Señor», gritaba el bautista en el desierto de Judá, evocando al profeta Isaías. Y he aquí que Jesús se presenta como el Señor-Camino, como Dios hecho hombre para que nosotros ascendiéramos al Padre a través de su humanidad.
Pero, ¿qué camino tomó Jesús?
Hijo de Dios, que es Amor, vino a esta tierra por amor, vivió por amor, irradiando amor, dando amor, trayendo la ley del amor, y murió por amor. Luego resucitó y subió al Cielo, cumpliendo su designio de amor. Se puede decir que el camino recorrido por Jesús tiene un solo nombre: amor. Y que nosotros, para seguirlo, tenemos que caminar por este camino: el camino del amor.
Pero el amor que Jesús vivió y trajo es un amor especial, único. No es filantropía, ni simplemente solidaridad o benevolencia; ni siquiera pura amistad o afecto; tampoco únicamente no-violencia. Es algo excepcional, divino: es el amor que arde en Dios. Jesús nos dio una llama de ese amor infinito, un rayo de ese inmenso sol: amor divino, encendido en nuestro corazón con el bautismo y con la fe, alimentado por los otros sacramentos, don de Dios, que al mismo tiempo exige toda nuestra parte, nuestra correspondencia.
Tenemos que hacer fructificar este amor. ¿De qué manera? Amando. No somos plenamente cristianos sin esta segura contribución nuestra. Amando seguiremos a Jesús-Camino y seremos, como él, camino al Padre para muchos de nuestros hermanos y hermanas.
Seremos cristianos más convincentes si este mandamiento del amor que nos dio Jesús lo vivimos juntos.
Aunque no haya todavía, entre los que seguimos a Jesús, una unidad plena, podemos demostrar con la vida el amor recíproco. De este modo tenemos la posibilidad de ver verificarse la promesa de Jesús: «Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre -que algunos Padres de la Iglesia interpretan como 'en mi amor'- yo estoy presente en medio de ellos» (Mt 18,20).
Este don de la presencia de Jesús podemos ya gozarlo entre nosotros cristianos, por ejemplo entre un católico y un anglicano, entre una ortodoxa y una metodista, entre un valdense y un armenio. ¡Jesús en medio de los suyos! Entonces será él el que le dirá al mundo que todavía no lo conoce: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida».
En este mes seamos más conscientes de que la unidad de los cristianos es, antes que nada, una gracia y que por lo tanto es necesario pedir este don. Tengamos en cuenta entonces la oración hecha juntos, porque Jesús ha dicho: «Les aseguro que si dos de ustedes se unen en la tierra para pedir algo, mi Padre que está en el cielo se lo concederá» (Mt 18,19).

Chiara Lubich

 

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