«La guerra es un homicidio en grande «
«La guerra es un homicidio en grande» Reeditado, después de 50 años de su primera edición, el volumen “La inutilidad de la guerra” de Igino Giordani GIAMPAOLO MATTEI
Un puñetazo en el estómago. Es lo que te deja la lectura de un libro con el título “La inutilidad de la guerra” – tiene una elocuencia tan fuerte que te deja con la espalda en la pared. Hace todavía más significativa la experiencia de tener que ver con estas páginas, la constatación de que han sido escritas exactamente hace 50 años. Llevan la firma de Igino Giordani (1894-1980), político, periodista, escritor, gran protagonista de la vida eclesial y de la vida italiana. La editorial Città Nuova ha decidido volver a proponer el libro de Giordani (Roma 2003, 116 páginas – euro 6,50) en un período histórico que demuestra tener más que nunca necesidad de palabras veraces, claras, esenciales. Existen obras –se lee en el prefacio- que tienen el sabor de una perenne actualidad. Nacen seguramente por el empuje de problemas contingentes, pero producen una enseñanza que traspasa la condición histórica y se pone al servicio de todos los hombres, en todos los tiempos, en cualquier lugar. Es precisamente de esta constatación que ha surgido la idea de reeditar el libro escrito por Igino Giordani en 1953, cuando la “guerra fría” estaba congelando las posiciones geopolíticas y cristalizando la división de las conciencias. Hoy el texto no sólo permite respirar ese clima de “ya para que”, teniendo entre manos, se podría decir, los pedazos del muro de Berlín: es realmente una experiencia de enorme trascendencia histórica y política. Pero en estas horas tan difíciles nos cae como gran puñetazo en el estómago, porque demuestra, con cifras en mano, la inutilidad de la guerra, su intrínseca y evidente estupidez. Y –atención- Giordani sabe exactamente de lo qué está hablando porque él estuvo en el frente, mereciendo además, durante la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, una alta condecoración. No es alguien desprovisto, no habla por “bellaquería” según la habitual, ridícula, acusación que se le hace a cuantos se alinean de parte de la paz: además los verdaderos valientes son los constructores de paz y no los que se esconden detrás de misiles, cañones, fusiles o cualquier otra cosa. Giordani afirma con claridad, agotando todos sus razonamientos, que la paz es el resultado de un proyecto que se ha de realizar con paciencia y con seriedad y no una linda palabra sólo para llenarse la boca, no es una mampara para esconder quien sabe cuáles intereses. Leer las cien páginas del libro es desconcertante precisamente porque parece escrito esta mañana y no hace 50 años. Realmente la historia es “maestra de vida” según el antiguo proverbio. Lástima que a menudo los hombres sean pésimos estudiantes. Ya la primera frase del libro de Giordani te deja clavado y te obliga enseguida a subrayarla con el lápiz: “La guerra es un homicidio en grande”. Y es así que señala la retórica, la mentira, los intereses que acompañan a todo conflicto dondequiera que se combata: “Como la peste sirve para apestar, así la guerra sirve para matar”. Punto y basta. Levantas los ojos y sientes una sensación de orgullo. Sí, joven católico, te sientes orgulloso de pertenecer a una cultura que ha sido entretejida por personas de este espesor. Giordani no era el único, desatinado y contra la corriente. Giordani es uno de los tantos protagonistas del mundo católico que han contribuido en forma decidida, y hoy quizás olvidada, al desarrollo del pueblo italiano con proyectos de vida y de esperanza. Es un hecho que entusiasma, todavía antes que un deber, conocer los pensamientos de estos hombres tan cercanos a nosotros y tan espiritualmente ricos como para no pasar nunca de moda. Como excombatiente de trinchera demuestra que la guerra es inútil La lectura del libro de Giordani apasiona y es difícil incluso interrumpirla. Después de un puñado de páginas debes volver a sacarle punta al lápiz porque la has gastado haciendo marcas en cada línea. El autor es polémico y polemista de raza, pero sin dejar de ser hermano de cada persona, también de quien piensa en un modo diametralmente opuesto. No ofende a los hombres, pero como incansable luchador, como excombatiente de trinchera, se lanza contra la guerra y demuestra, precisamente, que es inútil. No afloja la presa. Giordani tiene una forma muy personal de expresarse, arrastrante, apasionado, evidentemente impulsado por el deseo de comunicar ideas. Es un estado de misión permanente. Está en el corazón de la Iglesia. Él no es un escritor puro, está “más allá”, es “más”. Sabe elegir las palabras apropiadas y, si es necesario, inventa expresiones fascinantes. Tiene el lenguaje típico de los místicos y se reconoce en sus palabras el eco de los Padres de la Iglesia. Es un libro de historia, es un libro de vida, es un libro de oración. Es un libro que se alinea contra la tentación de la resignación ante las decisiones de los potentes de turno. Giordani sostiene que toda persona es protagonista de la paz. “Si quieres la paz, prepara la paz” es su gran mensaje que involucra a todas las categorías humanas. “Sólo los locos y los incurables pueden desear la muerte –escribe-. La muerte es la guerra. La misma no es querida por el pueblo; es querida por las minorías a las cuales la violencia física les sirve para asegurarse ventajas económicas o, también, para satisfacer pasiones deterioradas. Sobre todo hoy, con el costo, las muertes y las ruinas, la guerra se manifiesta como una “matanza inútil””. “Matanza, y además inútil”. Estas palabras pertenecen a Benito XV. Giordani respira con ambos pulmones el magisterio de los papas y en el recorrido del libro nunca pierde de vista los pasos de los Sucesores de Pedro. “La guerra – afirma- es siempre una derrota también para quien vence en el campo de batalla. Con el dinero invertido en esta “inútil matanza” se podrían afrontar, finalmente, y con decisión, problemas dramáticos como el hambre y la pobreza, tantas enfermedades podrían ser finalmente erradicadas. Es un hecho de justicia. De este modo no valen de nada los mil pretextos, siempre los mismos, usados para justificar la guerra. Y no es una buena “excusa” la “rapidez” de las operaciones militares: aquí Giordani es despreciador y recuerda que, en el juicio de Hitler, la Segunda Guerra Mundial habría debido ser “la guerra relámpago” y que, según Salandra, la Primera tenía que ser “un paseo”. Agrega con ímpetu: “No creo que exista ningún Jefe de Estado que haya admitido haber hecho una guerra con el fin de robar; siempre ha declarado hacerla con fines más nobles, uno más altruista, más ideal que el otro. Y –puerilidad del odio- siempre la rapacidad se le achaca al enemigo y la idealidad al amigo”. Volcar una macabra perspectiva de la historiografía La lógica dice que quien hace la guerra se equivoca, no resuelve nada y de todas formas sale perdiendo. El pueblo no la quiere. Y se comente un gran error engañándose con las biografías de personajes que han desencadenado matanzas indecibles –desde Hitler hasta Stalin- ignorando a los verdaderos conductores de la humanidad como -escribe Giordani- por ejemplo un Cottolengo o un don Orione. Es un hecho cultural lograr volcar esta macabra perspectiva de la historiografía. Giordani indica el camino del diálogo para buscar una solución siempre y de todas formas, sin dejar paso al cansancio. Afirma que la miseria y la avaricia son las primeras causas de las guerras cuya raíz es el miedo. Pero existe una esperanza, una alternativa: se llama caridad y la encarnó Cristo quien quiso redimir también a la política para llevarla a una función de paz, de vida. “Los enemigos se aman. Ésta es la posición del cristianismo -escribe Giordani-. Si se empezara una política de la caridad, se descubriría que la misma coincide con la más iluminada racionalidad, y se revelaría, también económicamente y socialmente, como un buen negocio”. Define como crimen toda guerra, agresiva o preventiva que sea. De hecho es una acción contra la justicia, porque la verdadera justicia hace surgir la paz. Las referencias que Giordani dedica a San Francisco y a Dante son de una solicitud espiritual muy elevada. Afirma. “Para merecerse el nombre de hijos de Dios los cristianos deben trabajar por la paz”. Sin timidez y con valentía, viviendo el ministerio de la reconciliación, abatiendo todo muro de separación, perdonando a cuantos nos hacen daño, reconduciendo a la unidad a quien está lejos. Cita al alemán Max Josef Metzger, asesinado por los nacistas en 1944: “Nosotros debemos organizar la paz así como otros han organizado la guerra”. No es serio, no es creíble hablar de paz mientras se prepara la guerra. “La obra pacificadora empieza por mí y por tí…” concluye Giordani. Para remover la guerra no basta eliminar las armas, es necesario sobre todo reconstruir una conciencia, una cultura de paz. Es una obra urgentísima que los hombres de fe acompañan con la estrategia de la oración. He aquí la misión de los cristianos de hoy en la historia: realizar el Evangelio de la Paz”.
«La guerra es un homicidio en grande»
Un puñetazo en el estómago. Es lo que te deja la lectura de un libro con el título “La inutilidad de la guerra” – tiene una elocuencia tan fuerte que te deja con la espalda en la pared. Hace todavía más significativa la experiencia de tener que ver con estas páginas, la constatación de que han sido escritas exactamente hace 50 años. Llevan la firma de Igino Giordani (1894-1980), político, periodista, escritor, gran protagonista de la vida eclesial y de la vida italiana.
La editorial Città Nuova ha decidido volver a proponer el libro de Giordani (Roma 2003, 116 páginas – euro 6,50) en un período histórico que demuestra tener más que nunca necesidad de palabras veraces, claras, esenciales. Existen obras –se lee en el prefacio- que tienen el sabor de una perenne actualidad. Nacen seguramente por el empuje de problemas contingentes, pero producen una enseñanza que traspasa la condición histórica y se pone al servicio de todos los hombres, en todos los tiempos, en cualquier lugar. Es precisamente de esta constatación que ha surgido la idea de reeditar el libro escrito por Igino Giordani en 1953, cuando la “guerra fría” estaba congelando las posiciones geopolíticas y cristalizando la división de las conciencias.
Hoy el texto no sólo permite respirar ese clima de “ya para que”, teniendo entre manos, se podría decir, los pedazos del muro de Berlín: es realmente una experiencia de enorme trascendencia histórica y política. Pero en estas horas tan difíciles nos cae como gran puñetazo en el estómago, porque demuestra, con cifras en mano, la inutilidad de la guerra, su intrínseca y evidente estupidez.
Y –atención- Giordani sabe exactamente de lo qué está hablando porque él estuvo en el frente, mereciendo además, durante la catástrofe de la Primera Guerra Mundial, una alta condecoración. No es alguien desprovisto, no habla por “bellaquería” según la habitual, ridícula, acusación que se le hace a cuantos se alinean de parte de la paz: además los verdaderos valientes son los constructores de paz y no los que se esconden detrás de misiles, cañones, fusiles o cualquier otra cosa. Giordani afirma con claridad, agotando todos sus razonamientos, que la paz es el resultado de un proyecto que se ha de realizar con paciencia y con seriedad y no una linda palabra sólo para llenarse la boca, no es una mampara para esconder quien sabe cuáles intereses.
Leer las cien páginas del libro es desconcertante precisamente porque parece escrito esta mañana y no hace 50 años. Realmente la historia es “maestra de vida” según el antiguo proverbio. Lástima que a menudo los hombres sean pésimos estudiantes. Ya la primera frase del libro de Giordani te deja clavado y te obliga enseguida a subrayarla con el lápiz: “La guerra es un homicidio en grande”. Y es así que señala la retórica, la mentira, los intereses que acompañan a todo conflicto dondequiera que se combata: “Como la peste sirve para apestar, así la guerra sirve para matar”. Punto y basta.
Levantas los ojos y sientes una sensación de orgullo. Sí, joven católico, te sientes orgulloso de pertenecer a una cultura que ha sido entretejida por personas de este espesor. Giordani no era el único, desatinado y contra la corriente. Giordani es uno de los tantos protagonistas del mundo católico que han contribuido en forma decidida, y hoy quizás olvidada, al desarrollo del pueblo italiano con proyectos de vida y de esperanza. Es un hecho que entusiasma, todavía antes que un deber, conocer los pensamientos de estos hombres tan cercanos a nosotros y tan espiritualmente ricos como para no pasar nunca de moda.
Como excombatiente de trinchera demuestra que la guerra es inútil
La lectura del libro de Giordani apasiona y es difícil incluso interrumpirla. Después de un puñado de páginas debes volver a sacarle punta al lápiz porque la has gastado haciendo marcas en cada línea. El autor es polémico y polemista de raza, pero sin dejar de ser hermano de cada persona, también de quien piensa en un modo diametralmente opuesto. No ofende a los hombres, pero como incansable luchador, como excombatiente de trinchera, se lanza contra la guerra y demuestra, precisamente, que es inútil. No afloja la presa.
Giordani tiene una forma muy personal de expresarse, arrastrante, apasionado, evidentemente impulsado por el deseo de comunicar ideas. Es un estado de misión permanente. Está en el corazón de la Iglesia. Él no es un escritor puro, está “más allá”, es “más”. Sabe elegir las palabras apropiadas y, si es necesario, inventa expresiones fascinantes. Tiene el lenguaje típico de los místicos y se reconoce en sus palabras el eco de los Padres de la Iglesia. Es un libro de historia, es un libro de vida, es un libro de oración.
Es un libro que se alinea contra la tentación de la resignación ante las decisiones de los potentes de turno. Giordani sostiene que toda persona es protagonista de la paz. “Si quieres la paz, prepara la paz” es su gran mensaje que involucra a todas las categorías humanas. “Sólo los locos y los incurables pueden desear la muerte –escribe-. La muerte es la guerra. La misma no es querida por el pueblo; es querida por las minorías a las cuales la violencia física les sirve para asegurarse ventajas económicas o, también, para satisfacer pasiones deterioradas. Sobre todo hoy, con el costo, las muertes y las ruinas, la guerra se manifiesta como una “matanza inútil””. “Matanza, y además inútil”. Estas palabras pertenecen a Benito XV. Giordani respira con ambos pulmones el magisterio de los papas y en el recorrido del libro nunca pierde de vista los pasos de los Sucesores de Pedro.
“La guerra – afirma- es siempre una derrota también para quien vence en el campo de batalla. Con el dinero invertido en esta “inútil matanza” se podrían afrontar, finalmente, y con decisión, problemas dramáticos como el hambre y la pobreza, tantas enfermedades podrían ser finalmente erradicadas. Es un hecho de justicia. De este modo no valen de nada los mil pretextos, siempre los mismos, usados para justificar la guerra. Y no es una buena “excusa” la “rapidez” de las operaciones militares: aquí Giordani es despreciador y recuerda que, en el juicio de Hitler, la Segunda Guerra Mundial habría debido ser “la guerra relámpago” y que, según Salandra, la Primera tenía que ser “un paseo”. Agrega con ímpetu: “No creo que exista ningún Jefe de Estado que haya admitido haber hecho una guerra con el fin de robar; siempre ha declarado hacerla con fines más nobles, uno más altruista, más ideal que el otro. Y –puerilidad del odio- siempre la rapacidad se le achaca al enemigo y la idealidad al amigo”.
Volcar una macabra perspectiva de la historiografía
La lógica dice que quien hace la guerra se equivoca, no resuelve nada y de todas formas sale perdiendo. El pueblo no la quiere. Y se comente un gran error engañándose con las biografías de personajes que han desencadenado matanzas indecibles –desde Hitler hasta Stalin- ignorando a los verdaderos conductores de la humanidad como -escribe Giordani- por ejemplo un Cottolengo o un don Orione. Es un hecho cultural lograr volcar esta macabra perspectiva de la historiografía.
Giordani indica el camino del diálogo para buscar una solución siempre y de todas formas, sin dejar paso al cansancio. Afirma que la miseria y la avaricia son las primeras causas de las guerras cuya raíz es el miedo. Pero existe una esperanza, una alternativa: se llama caridad y la encarnó Cristo quien quiso redimir también a la política para llevarla a una función de paz, de vida. “Los enemigos se aman. Ésta es la posición del cristianismo -escribe Giordani-. Si se empezara una política de la caridad, se descubriría que la misma coincide con la más iluminada racionalidad, y se revelaría, también económicamente y socialmente, como un buen negocio”.
Define como crimen toda guerra, agresiva o preventiva que sea. De hecho es una acción contra la justicia, porque la verdadera justicia hace surgir la paz. Las referencias que Giordani dedica a San Francisco y a Dante son de una solicitud espiritual muy elevada. Afirma. “Para merecerse el nombre de hijos de Dios los cristianos deben trabajar por la paz”. Sin timidez y con valentía, viviendo el ministerio de la reconciliación, abatiendo todo muro de separación, perdonando a cuantos nos hacen daño, reconduciendo a la unidad a quien está lejos. Cita al alemán Max Josef Metzger, asesinado por los nacistas en 1944: “Nosotros debemos organizar la paz así como otros han organizado la guerra”. No es serio, no es creíble hablar de paz mientras se prepara la guerra.
“La obra pacificadora empieza por mí y por tí…” concluye Giordani. Para remover la guerra no basta eliminar las armas, es necesario sobre todo reconstruir una conciencia, una cultura de paz. Es una obra urgentísima que los hombres de fe acompañan con la estrategia de la oración. He aquí la misión de los cristianos de hoy en la historia: realizar el Evangelio de la Paz”.
GIAMPAOLO MATTEI
El valor de la coherencia, a costa de arriesgar el trabajo
Soy estudiante de Derecho y al mismo tiempo trabajo en un ministerio de Paraguay. A menudo me encuentro en la situación de tener que ir contra la corriente y contra una mentalidad que se opone al proyecto de Dios, y de tener que defender mis principios hasta las últimas consecuencias. Una persona importante en mi ambiente de trabajo, que gozaba de ciertos privilegios, tenía un comportamiento claramente deshonesto. Y para justificarse solía argumentar: “Si has decidido ser abogado y no cometer ninguna ilegalidad, pierdes tu tiempo y terminarás tranquilamente muerta de hambre”. Yo en cambio sentía que eso no era verdad. Tenía la prueba de que muchas otras personas vivían con coherencia. Tenía que decírselo, ciertamente con caridad, pero tenía que hacerlo, a pesar de que me daba cuenta de que era un riesgo. Pero más fuerte era “esa” voz interior, que me daba la certeza de que también es “amor” decirle al otro lo que no está bien. Como temía, por haber manifestado mis convicciones pierdo el trabajo. Sufrí terriblemente, pero al mismo tiempo me sentía tranquila porque sabía que había actuado correctamente. Era más fuerte en mí la conciencia de tener un Padre para quien todo es posible y que me ama sin medida. �No está escrito en el Evangelio que el Padre que cuida las aves del cielo, todavía más, se habría ocupado de nosotros? Ciertamente parecía humanamente imposible en la situación económica y laboral que vive Paraguay, sin embargo esa misma noche me llegaron dos propuestas de empleo y para el día siguiente tenía la cita para la primera entrevista de trabajo. Además el nuevo trabajo está más directamente relacionado con mis estudios y por lo tanto es más interesante y formativo. En mi corazón es infinita la gratitud al Padre. Es un nuevo reto que se abre ante mí y me ofrece miles de oportunidades de amar y servir. P.C. – Paraguay Da “I Fioretti di Chiara e dei Focolari” – San Paolo Editrice
Oración Planetaria
«Las dificultades que el horizonte mundial presenta nos inducen a pensar que sólo una intervención desde lo Alto, capaz de orientar los corazones de cuantos viven situaciones conflictivas y de cuantos rigen las suertes de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro”. Así dijo el Papa, durante el Angelus del 9 de febrero, refiriéndose a una frase de la Carta Apostólica, en la que vuelve a lanzar la antigua oración mariana del Rosario.
La respuesta de los jóvenes: el Rosario Planetario por la Paz. La adhesión ha sido entusiasta: en cada momento de las 24 horas (gracias a la diversidad de horario) hay jóvenes que rezan el Rosario con la intención especial de la paz, dondequiera que esté amenazada o exista ya un conflicto en acto, como en Tierra Santa, Costa de Marfil, el Congo… Para quien quiera unirse a esta iniciativa de los Jóvenes por un Mundo Unido, he aquí los grupos según el horario: Horario italiano – Horario local – Lugares 1 —-> 18 México, América Central 2 —-> 20 Chile, Perú, Colombia 3 —-> 22 Argentina, Uruguay, Venezuela 4 —-> 8 India 5 —-> 8,10 Paquistán, Tailandia 6 —-> 12 Singapur, Vietnam 7 —-> 14 Filipinas, Hong Kong, Australia (Perth) 8 —-> 8 Alemania 8 —-> 16 Corea, Japón 9 —-> 9 Bélgica, Holanda 9 —-> 8 Gran Bretaña, Irlanda, Costa de Marfil 9 —-> 18 Australia 10 —> 10 Italia: Emilia Romagna, Lazio, Sicilia, Toscana 11 —> 11 Italia: Lombardia, Campania, Roma; Medio Oriente 12 —> 12 Austria, Suiza 12 —> 11 Portugal 13 —> 13 Francia 14 —> 14,15 Polonia, Rusia 15 —> 15 Rep. Checa, Eslovaquia 15 —> 17 Kenia 16 —> 16,15 Croacia 16 —> 18 Madagascar 17 —> 17 Eslovenia 18 —> 18 Congo 18 —> 14 Brasil 19 —> 19 Camerún 20 —> 20 Sudáfrica; Italia: Abruzzo 21 —> 21 Hungría; Italia: Cerdeña 22 —> 22 Madrid; Barcelona; Italia: Triveneto, Piemonte 23 —> 14 USA: San Antonio, Los Angeles; Canadá Oeste 24 —> 16 USA: Nueva York, Chicago; Canadá: Toronto
El secreto de la paz
Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro.
El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y “nuestra paz” (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21).
Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. �Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? �Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y �cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus “cireneos” en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? �Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios?
En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una ’batalla’ tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, “que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14).
(Parágrafo n. 40)
No había lugar para otro hijo… pero el amor va más allá
Vivo en Río Grande, una ciudad del Estado de Río Grande do Sud, y estoy casada desde hace 25 años. Cuando quedé embarazada de la cuarta hija, teníamos una pequeña casa que no tenía espacio para otra camita. Sentía una gran aprensión y temor por el futuro, también porque nuestra situación económica era muy precaria. Pero no podía dejar de escuchar “aquella voz” que sentía en lo más íntimo: me decía que no me inquietara, que lanzara toda preocupación en el corazón del Padre, es más que me dejara llevar de la mano y guiar por Él como un niño que se abandona en sus brazos.
Con mi esposo, recordando el Evangelio donde Jesús dice que todo lo que pidamos unidos al Padre en Su nombre Él lo concede, lo hicimos.
Algunos días después, una vecina, que había sabido de mi embarazo, llegó trayéndome el ajuar de una de sus sobrinas e incluso la cuna y el colchón. Era la respuesta.
Seguidamente, permaneciendo fieles a Su voluntad y sabiendo soportar con paciencia la desaprobación de nuestros familiares y amigos por cada niño que nacía, hemos siempre experimentado la paternidad de Dios, que de mil modos ha proveído a nuestras necesidades. Fue así tanto para el nacimiento de los otros tres hijos, como para la reestructuración de nuestra casa… Hoy día los hijos más grandes han empezado a trabajar y verdaderamente nunca nos ha faltado nada.
L.F. – Río Grande (Brasil)
De “I Fioretti di Chiara e dei Focolari” – San Paolo Editrice
[:it]Igino Giordani nell’Italia del Novecento. Novità assoluta: l’analisi della sua produzione letteraria
[:it]La figura e l’opera di Igino Giordani
Sentía que estaba cayendo en la nada….. después la fuerza para llegar al tratamiento
No tenía la capacidad de admitir que estaba enfermo de alcoholismo. Por otro lado sentía vergüenza porque no lograba resistir ante el alcohol, pero rechazaba todo intento de los demás de ayudarme. En esta creciente angustia le imploré a Dios que me concediera la gracia.
Era evidente, yo era frágil como un vaso de arcilla, pero estaba seguro de que Él me podía abrir de par en par una vía de salida.
Una mañana en un almacén de muebles, empecé un coloquio personal, abierto, profundo, con un amigo. No era una simple conversación, sino un intercambio esencial, exigente, con momentos durísimos, pero saludables: el amigo me ofreció cualquier tipo de apoyo, con tal de que yo me decidiera a salir de mi enfermedad.
Este sacar al sol mi situación y admitir por mi parte la debilidad, me liberó. Me sentía profundamente nada, pero al mismo tiempo estaba seguro del amor de Dios, en quien confiaba, y del amor de mi amigo. Y advertí la fuerza de encaminarme hacia un fuerte tratamiento a nivel médico, psíquico y espiritual: un camino exigente y duro.
Poco a poco desapareció la sensación de aislamiento. Experimenté el perdón y empecé a perdonar también yo. Conquisté la sinceridad y también la justa humildad, conociendo mis virtudes y mis defectos. A un cierto punto dejé de lado todas mis metas, abandonándome a los planes de Dios y elegiendo como nunca antes a Jesús Crucificado como mi único bien. Me pareció el boleto de entrada a una nueva vida.
Ahora vivo con una alegría de todo especial, como una persona que ha renacido. A pesar de que en el trabajo el alcohol está siempre a la mano, ya ha pasado un año y medio sin recaídas. Los médicos se maravillan y lo consideran un milagro. Yo veo la gracia recibida.
X.E. Austria
“Mina de oro”: sobre las huellas de los grandes santos españoles
Al encontrar a Ignacio en Manresa, a Teresa en Ávila, a Juan de la Cruz en Segovia, encontré a gigantes de la santidad que alcanzaron gloriosamente la meta, recorriendo un camino espiritual que conduce individualmente a Dios.
Los episodios extraordinarios de sus vidas, las palabras santas que dijeron, esas divinas que escucharon, los diversos ambientes que los recuerdan y que todavía conservan el perfume del amor ardentísimo a Dios de estas almas elegidas, produjeron en mí un notable, fuerte efecto. Excavaron un deseo insaciable: ir a fondo, desarrollar al máximo nuestra relación personal con Dios. Advertí dentro de mí la urgencia, la necesidad y la belleza de revisar los momentos sagrados que la voluntad de Dios sobre nosotros ha reservado para esta finalidad, y de poner en práctica, con un empeño multiplicado, los momentos de oración durante la jornada. Para nosotros son “el vestido” que nos ponemos, la premisa para poder salir a amar a los hermanos.
Sí: �el vestido! Pero �de qué vestido se trata? Es el vestido de oro de la unión con Dios. Es y debe ser oro, oro, oro. Y puede convertirse en una mina de oro si lo mejoramos amando, por Dios, a los hermanos.
Empecé a vivir así, tratando de perfeccionar, casi de esculpir esos momentos.
�Y cuál fue el primer resultado?
Tal vez porque “A quien tiene le será dado”, cada día que pasa experimento el empuje de hacerlo mejor, cada vez mejor, como si nunca fuera suficiente.
Pero el efecto más fuerte, extraordinario yo diría, de todo este empeño ha sido, paradójicamente, ver con mayor claridad y precisión y sentirme atraída por todas esas palabras de la Escritura, del Nuevo Testamento, que mejor corresponden al aspecto típico, sobre todo comunitario de nuestra espiritualidad y permiten su realización. Por ejemplo: “Que todos sean uno” (cf. Jn 17, 21), y aquí son necesarios los hermanos; “Ámense mutuamente como yo los he amado” (cf.Jn 15,12), y aquí se necesita el hermano; “Ámense profundamente los unos a los otros” (cf 1Ped 4,8), etc. Palabras que se refieren a mí con mis hermanos. Palabras que, si bien las ponemos en práctica después de habernos puesto el vestido que les dije, sin duda deben, de algún modo, por una trama divina, precederlo, para que nuestra vida se realice plena y cristianamente.
�Acaso no es necesario dejar la ofrenda en el altar – una de nuestras prácticas – para reconciliarse con el hermano, si hiciera falta?
Pero esto no es todo. Advertí la atracción, la importancia que tienen para nosotros otras Palabras de la Escritura que alcanzan sin duda, la necesaria, cristiana renuncia, la anulación de sí tan admirada por ejemplo en los santos españoles. Anulación que no es perseguida directamente sino por medio de lo que nosotros llamamos la visibilidad de nuestras acciones para la gloria de Dios. Son por ejemplo: “Ustedes son la luz del mundo (…) debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en el cielo” (Mt 5,14-16). “Glorifiquen al Padre que está en el cielo” , y no a nosotros; otra vez la renuncia a sí mismo, a nosotros.
Sentí también la atracción de otras Palabras que piden que mostremos al mundo no tanto las renuncias que el Evangelio requiere a todos los cristianos, cuanto la riqueza y la belleza de los dones de Dios, que como Padre nos da. Como esa referida al “céntuplo” que el Evangelio promete a quien deja todo (y aquí está la pobreza, el desapego); o la que dice ”Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, �cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! ” (Mt 6,28-30). Siempre y cuando tengamos fe en él, renunciando – y aquí está la anulación – a preocuparnos.
Son aspectos que nos parece que pueden mostrar un rostro nuevo de la Iglesia: el del Resucitado.
Tendremos la oportunidad de seguir profundizando estos aspectos de la vida cristiana. Pero es necesario renacer espiritualmente, viviendo este lema: “Oro más oro = mina de oro”. Es decir, oro, ahondando en la unión con Dios, en la oración; más oro, amando, amando a los demás, amando desde la mañana hasta la noche, amando siempre. Si recogemos amor en la unión con Dios, y recogemos amor amando a los hermanos, nuestro corazón se vuelve una mina de oro, y puede derramar este oro sobre el mundo.
Suscitar por doquier fragmentos de fraternidad por la paz entre los pueblos: el compromiso de cristianos e hindúes
Chiara Lubich salió el 4 de enero para un nuevo viaje a India. En programa encuentros de diálogo con hindús y miembros de otras religiones, y con la Iglesia local: Obispos, sacerdotes, religiosos, y adherentes a muevos movimientos y comunidades eclesiales. Etapar previstas: Mumbai (Bombay), Coimbatore (en el Tamil Nadu), Delhi. El viaje apunta a consolidar el diálogo iniciado hace dos años con algunas instituciones gandhianas en el Tamil Nadu y con la Universidad Somaiya de Mumbai, y a profundizar los contactos establecidos con el Movimiento Swadhyàya con ocasión de la Jornada de oración por la paz, de Asís, del 24 de enero de 2002. En especial, en seno a este último, el jueves 16 de enero, en un estadio de Mumbai, encontrará a miles de jóvenes del Movimiento hindú Swadhyàya, difundido en todo el País.
El evento que ha suscitado sorpresa recíproca por los muchos elementos comunes ha sido el encuentro con la Swadhyaya Family, un vasto movimiento hindú con más de 8 millones de adherentes, fundado por Shri Pandurang Shastri Athavale, conocido como Dada-ji (maestro, hermano mayor). Enseña que Dios reside en cada ser humano y que el cumplimiento de la unidad espiritual llevará a la solución de los problemas mundiales. El primer contacto tuvo lugar precisamente con ocasión de la Jornada de la paz de Asís, en la que tomaron la palabra sólo dos mujeres: Didi Talwakar, hija y heredera espiritual del fundador de la Swadhyaya Family y Chiara Lubich. En el primer encuentro, que tuvo lugar en Rocca di Papa, fue común el descubrimiento de la sintonía entre el espíritu de la Swadhyaya Family y del Movimiento de los Focolares. Y esto les hizo experimentar una profunda fraternidad. En Mumbai/Bombay se registraron otros dos importantes encuentros que han señalado una profundización en el diálogo iniciado hace dos años, cuando Chiara Lubich realizó su primer viaje a India: en el Somaiya College, instituto a nivel universitario con 25.000 estudiantes y más de 30 facultades y departamentos, una de las instituciones hindúes más comprometidas en el diálogo interreligioso; y en el Bharatiya Vidya Bhavan, centro cultural parauniversitario que cuenta con un centenar de sedes en India y quince en el extranjero, nacido para el redescubrimiento de las raíces de la cultura hindú y para su desarrollo. Un organismo del que hacen parte hindúes, musulmanes, cristianos, zoroastrianos y budistas. Chiara llegó a India el 4 de enero. El primer encuentro lo tuvo con el Cardenal Dias, arzobispo de Mumbai y con su predecesor el Cardenal Simon Pimenta, para iniciar su viaje en plena comunión con la Iglesia local. El Cardenal Dias la había invitado también a llevar su carisma de unidad al clero, seminaristas, religiosos, y religiosas de la diócesis, con quieres Chiara se encontró el 9 de enero; y a participar, el 12 de enero, en el 3� Encuentro de los Movimientos Eclesiales que han emprendido un camino de comunión: estaban presentes más de 3500 personas, de 16 Movimientos y asociaciones. Chiara Lubich acaba de regresar de India, mientras que sus colaboradores han viajado a Coimbatore, en el Tamil Nadu, y proseguirán después para Delhi. Allí les espera un denso programa de encuentros con el mundo hindú y con las iglesias locales. (27-01-2003)
[:it]Rinascita dopo la crisi degli anni post-conciliari
El Padre M., religioso holandés, misionero del Verbo Divino, se traslada a Brasil en un período difícil para la vida religiosa. Precisamente en esos años entra en contacto con la Espiritualidad de la Unidad. En la comprensión de las palabras de Jesús “Donde dos o más están unidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20), encuentra la llave para responder a esa situación de crisis: será Jesús entre los suyos quien resplandecerá y atraerá a muchos. Poco a poco el seminario se reaviva. Se multiplican las iniciativas sociales. Florecen las vocaciones. Nací en Holanda, pero desde 1958 mi nueva patria es Brasil, tierra a la que llegué como misionero del Verbo Divino, con el deseo profundo de dar mi vida por esta tierra. En los años después del Concilio, en medio de la gran crisis de la vida religiosa, tuve la oportunidad de participar en un curso de formación para religiosos animado por el Movimiento de los Focolares. Un punto fundamental del curso fue la comprensión de la palabra del Evangelio: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt. 18, 20). Descubrí así que Jesús presente en medio nuestro posee en sí todos los dones, todos los carismas, todos los fundadores de las varias familias religiosas. Regresar de aquél curso fue duro: nuestro seminario mayor de San Pablo estaba prácticamente vacío y abandonado después de la crisis vocacional de los años ’70. En aquél ambiente de desazón y abandono general, entendí que tenía que tener confianza en la experiencia hecha: Jesús presente en medio nuestro ciertamente sería capaz de generar una vida nueva, en pleno acuerdo con las exigencias de la vida religiosa renovada propuesta por el Concilio. Y así sucedió: También otro de mis compañeros había descubierto esta vida de unidad y a él el padre provincial lo llamó para que asumiera la dirección del seminario vacío. Ya éramos amigos antes, pero desde ese momento tratamos de que nuestras relaciones se profundizaran. Los otros hermanos de nuestro pequeño grupo empezaron a advertir un interés siempre mayor por esta vida y por la comunidad. También el seminario, antes criticado duramente, empezó a ser bien visto. Misionarios del Verbo Divino La vida de comunión nos lleva a descubrir la experiencia de San Arnaldo Janssen, fundador de la congregación de los Misioneros del Verbo Divino. Los jóvenes religiosos sienten cada vez más vivo el deseo de responder con generosidad al llamado a lanzarse en la aventura misionera. Este redescubrimiento de la identidad misionera nos lleva a dar también un paso bastante significativo a nivel estructural en la evolución del noviciado. Entendemos que “formación” y “misión” son dos realidades inseparables y que, por lo tanto, es bueno trasladar el noviciado a un ambiente de “misión”. Para ello elegimos la diócesis misionera de Registro, región del Brasil extremamente pobre y sin comodidades, donde los Padres viven y trabajan desde hace más de cincuenta años al servicio del pueblo y de la Iglesia. Amar a Jesús en los pobres La experiencia del noviciado en un lugar de gran sufrimiento, donde la muerte parece tener la última palabra, nos hace vivir un aspecto de Jesús que encontramos a menudo en el Evangelio: la compasión, el sufrir con los otros, el participar en el sufrimiento de los hermanos, el compartir el dolor de tanta gente reducida a la miseria. Jesús presente entre nosotros nos enseña a ver su presencia en el pobre y en el rico. Esto nos ayuda a ser una presencia de ese amor que genera fraternidad entorno a sí, un signo visible “de los cielos nuevos y la tierra nueva”.
Palabra de vida Diciembre 2002
Estas palabras marcan el comienzo de la divina aventura de María. El ángel acaba de revelarle el proyecto de Dios sobre ella: ser madre del Mesías. Antes de dar su consentimiento, María ha querido tener constancia de que fuera realmente la voluntad de Dios y, una vez comprendido que era eso lo que él quería, no dudó un momento en adherir plenamente. Desde entonces María ha seguido abandonándose completamente al querer de Dios, aún en los momentos más dolorosos y trágicos.
Precisamente porque cumplió, no su voluntad, sino la voluntad de Dios, porque puso toda su confianza en lo que Dios le pedía, todas las generaciones la llaman feliz (cf. Lc 1,48) y ella se realizó plenamente hasta llegar a ser la Mujer por excelencia.
En efecto, éste es precisamente el fruto de cumplir la voluntad de Dios: se realiza nuestra personalidad, conquistamos nuestra libertad, alcanzamos nuestro verdadero ser. De hecho, Dios nos ha pensado desde siempre a cada uno, nos ha amado desde toda la eternidad; desde siempre tenemos un lugar en su corazón. También a nostros Dios nos quiere revelar, como a María, lo que ha pensado de cada uno, quiere hacernos conocer nuestra verdadera identidad. “¿Quieres que yo haga de ti y de tu vida una obra maestra? – parece decirnos –. Sigue el camino que te indico y llegarás a ser lo que siempre has sido en mi corazón. Yo te he pensado y amado, he pronunciado tu nombre, desde toda la eternidad. Diciéndote mi voluntad te revelo tu verdadero yo”.
Por eso su voluntad no es, entonces, una imposición que coarta, sino la manifestación de su amor por nosotros, de su proyecto sobre nosotros; y es sublime como Dios mismo, fascinante y extasiante como su rostro: es Dios mismo que se da. La voluntad de Dios es un hilo de oro, una trama divina que entreteje toda nuestra vida terrenal y continúa más allá; va de la eternidad a la eternidad; primero en la mente de Dios, luego en esta tierra y, finalmente, en el Paraíso.
Pero, para que el plan de Dios se realice plenamente pide mi consentimiento, tu consentimiento, como se lo pidió a María. Sólo así se realiza la palabra que ha pronunciado sobre mí, sobre ti. También nosotros, como María, estamos llamados a decir, entonces:
«Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho»
Ciertamente no siempre nos resulta claro cuál es su voluntad. También nosotros, como María, tendremos que pedir luces para comprender lo que Dios quiere. Hay que escuchar bien su voz dentro de nosotros, con total sinceridad, buscando el consejo a quien puede ayudarnos, si es necesario. Pero una vez comprendida su voluntad hay que decirle enseguida que sí. Si hemos comprendido, en efecto, que su voluntad es lo más grande y más hermoso que puede darse en nuestra vida, no nos “resignaremos” a tener que hacer la voluntad de Dios, sino que nos alegrará “poder” hacer la voluntad de Dios, poder seguir su proyecto, de modo que suceda lo que él ha pensado para nosotros. Es lo mejor, lo más inteligente que podemos hacer.
Las palabras de María –“Yo soy la servidora del Señor”– son entonces nuestra respuesta de amor al amor de Dios. Ellas nos mantienen siempre con la mirada puesta en él, a la escucha, en obediencia, con el único deseo de realizar lo que él quiere para ser como él nos quiere.
A veces, sin embargo, lo que él nos pide puede parecernos absurdo. Creemos que sería mejor hacer de otra manera, querríamos tomar nosotros en manos nuestra vida. Hasta tendríamos ganas de darle consejos a Dios, de decirle nosotros cómo hacer o no hacer. Pero si creo que Dios es amor pongo mi confianza en él, sé que todo lo que predispone en mi vida y en la vida de todos los que me rodean es por mi bien, por su bien. Entonces me entrego a él, me abandono con plena confianza en su voluntad y la quiero con todo mi ser, hasta ser una misma cosa con ella, sabiendo que dar acogida a su voluntad es recibirlo a él, abrazarlo, alimentarse de él.
Nada, hay que creerlo, sucede por casualidad. Ningún acontecimiento gozoso, indiferente o doloroso, ningún encuentro, ninguna situación de familia, de trabajo, de escuela, ninguna condición de salud física o moral es sin sentido. En cambio todo –acontecimientos, situaciones, personas– trae un mensaje de parte de Dios, todo contribuye a la realización del plan de Dios, que descubriremos poco a poco, día a día, haciendo, como María, la voluntad de Dios.
«Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho»
“Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.
¿Cómo vivir esta Palabra, entonces? Nuestro sí a la Palabra de Dios significa concretamente hacer bien, por completo, en cada momento, la acción que la voluntad de Dios nos pide. Ponerse con todo en esa obra, eliminando cualquier otra cosa, dejando de lado pensamientos, deseos, recuerdos, acciones que no tengan que ver con ello.
Ante cada voluntad de Dios dolorosa, gozosa, indiferente, podemos repetir: “que se cumpla en mí lo que has dicho”, o bien, como nos ha enseñado Jesús en el Padre Nuestro: “hágase tu voluntad”. Digámoslo antes de cada acción que emprendemos: “venga”, “hágase”. Entonces realizaremos momento a momento, piedrita a piedrita, el maravilloso, único e irrepetible mosaico de nuestra vida que el Señor ha pensado desde siempre para cada uno de nosotros.
Chiara Lubich
«El Resucitado»: una confirmación de la fe
Quisiera comunicar una idea, una intuición, quizás una luz que he recibido hace un tiempo. Se podría denominar: “Confirmación de la fe”. Una circunstancia providencial me ha llevado a profundizar la realidad de Jesús que, después del abandono y de la muerte en la cruz, ha resucitado. No sólo: he tenido la ocasión de meditar intensamente, con la mente y con el corazón, muchos detalles de la resurrección de Jesús y de su vida después de las resurrección. Y me he quedado estupefacta (es la palabra exacta) por la majestuosidad, la grandiosidad que emanaba de este acontecimiento divino: por la unicidad del Resucitado, por este hecho sobrenatural que, por lo que sé, es único en el mundo. Por lo tanto no puedo detenerme a ponerlo de relieve. La resurrección de Jesús es lo que principalmente caracteriza el cristianismo, lo que distingue a su Fundador, Jesús. El hecho es que ha resucitado, �Resucitado de la muerte! Pero no del mismo modo que los otros resucitados, como Lázaro por ejemplo, que después, llegado el momento, murió. Jesús ha resucitado para no morir más, para seguir viviendo, también como hombre, en el Paraíso, en el corazón de la Trinidad. �Y lo han visto 500 personas! Y ciertamente no era un fantasma. Era Él, precisamente Él: «Trae aquí tu dedo, aquí están mis manos; extiende tu mano, y métela en mi costado» (Jn. 20,27), dijo a Tomás. Y comió con los suyos y les habló y se quedó con ellos durante 40 días. Había renunciado a su infinita grandeza por amor a nosotros y se había hecho pequeño, como uno de nosotros, hombre entre los hombres, tan pequeños que desde un avión no se pueden ni siquiera ver. Pero, como resucitó, rompió, superó todas las leyes de la naturaleza, del cosmos entero, y se mostró, con ello, más grande que todo lo que existe, que todo lo que había creado, que todo lo que se puede pensar. De modo que también nosotros, sólo con intuir esta verdad, no podamos no verlo como Dios, no podamos no hacer como Tomás y, arrodillándonos delante de Él, en adoración, confesar y decirle con el corazón en la mano: “Señor mío y Dios mío”. Aunque si nunca lo sabré describir bien, es éste el efecto que ha hecho en mí la luz del Resucitado. Ciertamente, lo sabía, seguramente lo creía, �y cómo! Pero aquí he visto. Aquí mi fe se ha convertido en claridad, certeza, razonable, diría. Y he visto con otros ojos lo que ha hecho en aquellos nuevos, fabulosos, días sobre la tierra. Después de que el ángel bajó del Cielo, apartó la piedra de su sepulcro y lo anunció, he aquí el Resucitado que se el aparece primero a la Magdalena, antes pecadora, porque Él se había hecho carne por los pecadores. Lo vemos en el camino de Emaús, grande e inmenso como era, convirtiéndose en el primer exegeta que explica a los dos discípulos la Escritura. Lo vemos como fundador de su Iglesia, que exhala su aliento sobre sus discípulos, para darles el Espíritu Santo; lo vemos decirle palabras extraordinarias a Pedro, a quien pone como jefe de su Iglesia. Lo vemos mandar a los discípulos al mundo a anunciar el Evangelio, el nuevo Reino por Él fundado, en nombre de la Santísima Trinidad desde donde había descendido y a donde regresaría con la ascensión, en cuerpo y alma. Todas cosas que conocía, pero que ahora eran nuevas por ser absolutamente verdaderas para la fe y para la razón. Y porque Resucitado, también las palabras que había dicho anteriormente, antes de la muerte, adquirían una luminosidad única, expresaban verdades irrefutables. Y entre todas en primer lugar aquellas en las que anuncia también nuestra resurrección. Lo sabía y lo creía porque soy cristiana. Pero ahora estoy doblemente segura: resucitaré, resucitaremos. Entonces puedo decir a mis muchos, a nuestros muchos amigos que han ido al Más Allá y, que tal vez, nosotros inconscientemente pensábamos perdidos, no tanto: adiós, sino HASTA PRONTO, HASTA PRONTO para no dejarnos nunca más. Porque hasta aquí llega el amor de Dios por nosotros. No sé si he logrado expresar, al menos en parte, la gracia que he recibido: una confirmación de la fe. Que el Señor haga de modo que la haya podido comunicar.
[:it]Cristiani e musulmani: fratellanza possibile
Palabra de vida Noviembre 2002
Jesús acaba de salir del templo. Los discípulos le hacen notar, con orgullo, la imponencia y la belleza del edificio. Entonces dice: “¿Ven todo esto? Les aseguro que no quedará aquí piedra sobre piedra: todo será destruido”. Luego asciende al monte de los Olivos, se sienta y, mirando a la ciudad de Jerusalén, que tiene al frente, comienza a hablar de su destrucción y del fin del mundo.
¿Cómo será el fin del mundo – le preguntan los discípulos –, y cuándo llegará? Es una pregunta que también se han planteado las sucesivas generaciones cristianas, una pregunta que se plantea todo ser humano. En efecto, el futuro es misterioso y muchas veces despierta temor. También hoy hay quienes preguntan a los magos o averiguan en el horóscopo para saber cómo será el futuro, qué sucederá…
La respuesta de Jesús es cristalina: el fin de los tiempos coincide con su venida. Él, Señor de la historia, volverá. Es él el punto luminoso de nuestro futuro.
Pero, ¿cuándo se dará ese encuentro? Nadie lo sabe, puede suceder en cualquier momento. Nuestra vida, en efecto, está en sus manos. Él nos la dio: él puede volver a tomarla en cualquier momento, sin preaviso. Aunque nos advierte: tendrán ocasión de estar preparados a ese acontecimiento, si vigilan.
«Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora»
Lo que Jesús nos recuerda, antes que nada, con estas palabras, es que él vendrá. Nuestra vida en la tierra concluirá y comenzará una vida nueva, que no tendrá fin. Hoy nadie quiere oír hablar de muerte… A veces se hace de todo para distraerse, sumergiéndose por completo en las ocupaciones cotidianas, al punto de olvidar al mismo que nos ha dado la vida y que nos la volverá a pedir para introducirnos en su plenitud, en la comunión con su Padre, en el Paraíso.
¿Estaremos dispuestos a ese encuentro? ¿Tendremos la lámpara encendida, como las vírgenes prudentes que esperan al esposo? Es decir, ¿estaremos en el amor? ¿O bien nuestra lámpara se habrá apagado porque, tomados por el cúmulo de cosas que hacer, por alegrías efímeras, por la posesión de los bienes materiales, nos hemos olvidado de lo único necesario: amar?
«Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora»
¿Cómo hacer para permanecer vigilantes? Sabemos, antes que nada, que vigila bien el que ama. Lo sabe la esposa que espera al marido que llegará tarde del trabajo o que está regresando de un largo viaje; lo sabe la madre que se preocupa por el hijo que no ha vuelto todavía a casa; lo sabe el enamorado que no ve la hora de encontrarse con su amada… Quien ama sabe esperar, por más que el otro tarde.
A Jesús se lo espera si se lo ama y se desea ardientemente estar con él.
Y se lo espera amando concretamente, sirviéndolo, por ejemplo, en quien tenemos al lado, o comprometiéndonos en la edificación de una sociedad más justa. Cuando cuenta la parábola del siervo fiel que, esperando el regreso del patrón, se ocupa de sus servidores y de las cuestiones de la casa, es el mismo Jesús quien nos invita a vivir de esta manera; o la de los siervos que, a la espera del regreso del patrón, no se quedan inactivos, sino que hacen fructificar los talentos recibidos.
«Estén prevenidos, porque no saben el día ni la hora»
Precisamente porque no sabemos el día ni la hora de su venida, podemos concentrarnos más fácilmente en el hoy que se nos da, en el afán de cada día, en el presente que la Providencia nos ofrece vivir.
Recuerdo ahora una oración que me nació espontáneo, en una ocasión, dirigirle a Dios. Decía así:
“Jesús,
hazme hablar siempre
como si fuera la última
palabra que pronuncio.
Hazme actuar siempre
como si fuera la última
acción que realizo.
Hazme sufrir siempre
como si fuera el último
dolor que he de ofrecerte.
Hazme rezar siempre
como si fuera la última
posibilidad,
que tengo aquí en la tierra,
de hablar a solas contigo”.
Chiara Lubich
[:it]Il mistero di Gesù crocefisso e abbandonato, chiave per l’unità tra le Chiese[:en]The mystery of Jesus crucified and forsaken key to unity among the Churches
“El espíritu que anima el Movimiento es en cierto sentido el mismo espíritu que anima nuestro Consejo, nacido con la intención de formar una fraternidad de Iglesias”, dijo el Secretario General del Consejo ecuménico de las Iglesias, el pastor luterano Konrad Raiser, motivando la invitación a la fundadora del Movimiento de los Focolares a la Sesión Plenaria de los miembros del Consejo. Y agrega: “Es el compromiso de Chiara Lubich y de sus amigos, de traducir la espiritualidad de la unidad en formas nuevas de convivencia, lo que nos acerca, especialmente en un momento en el que el Consejo Ecuménico está en búsqueda de una nueva expresión”.
El encuentro tuvo lugar en el auditorium de la moderna construcción que acoge, en Ginebra, a la mayor organización ecuménica mundial. Abraza 342 Iglesias, de 157 Países. Cuenta con más de 50 años de vida. A Chiara Lubich habían pedido que hablara del corazón de su carisma, de la “llave” que abre a la unidad: Jesús crucificado y abandonado. Sus palabras hacen penetrar en el misterio de amor de un Dios que llega a gritar el abandono del Padre, para reunirnos nuevamente con Él y entre nosotros. Un Dios que asume todos los rostros del dolor, de los traumas de las divisiones, para devolver “al ciego la luz, al desesperado la esperanza, al fracasado la victoria, al separado la unidad”. Chiara muestra que en Jesús abandonado “está también ‘la luz para recomponer la plena comunión visible de la única Iglesia de Cristo’”. “Podemos verlo -dice- como ‘el crucificado ecuménico’.” “He sentido en su discurso –dijo enseguida después el Pastor Raiser- el eco de una intuición que ha sido el fundamento de la búsqueda de unidad que había sido fijada como programa desde 1925: ‘más nos acercamos a la cruz de Cristo, más nos acercamos los unos a los otros. Es bajo la cruz que podemos tender nuestros brazos unos hacia otros’.” En una entrevista el Obispo de Basilea, Kurt Koch, vice-presidente de la Conferencia Episcopal Suiza, da a la crisis del movimiento ecuménico una interpretación positiva: “Se puede hablar de crisis en el sentido que es hora de encontrar nuevos caminos. Sólo si reconocemos a Jesús abandonado en este cuerpo desgarrado de Cristo y asumimos este dolor, podremos encontrar nuevos caminos para llegar a la unidad”. Servicio de la Radio Vaticana
«Espiritualidad de la unidad»
La Dra. Chiara Lubich, fundadora y presidente del Movimiento de los Focolares para la renovación espiritual y social, ha visitado el Consejo Ecuménico de las Iglesias el 28 de octubre, para una celebración ecuménica y para un diálogo sobre la “espiritualidad de la unidad” que toca todos los campos de la vida y de la sociedad. Después de un rico intercambio, la Dra. Lubich y el Rev. Dr. Konrad Raiser, Secretario General de la CEC, han formulado un mensaje común en el que ponen en evidencia una «renovada esperanza para el camino ecuménico común».
Texto integral del mensaje común presentado el 28 de octubre del 2002:
Es con un sentimiento de profunda gratitud que les escribimos, considerando que la tarea del consejo Ecuménico de las Iglesias es la de trabajar en favor de la unidad cristiana. Hoy aquí en el CEC de Ginebra, ha florecido en nuestros corazones una nueva confianza. Han tenido lugar encuentros y coloquios que nos hacen mirar al futuro más serenamente y nos abren nuevas perspectivas. La conferencia en el Instituto Ecuménico de Bossey, el culto en la Catedral protestante de St. Pierre en Ginebra y el encuentro de hoy, que constituye un evento importante durante el cual los participantes –Obispos de varias Iglesias reunidos en estos días para un congreso ecuménico en las cercanías de Ginebra, representantes del Movimiento de los Focolares y la directiva del Consejo Ecuménico de las Iglesias –han compartido oraciones y han intercambiado pensamientos y experiencias que nos inspiran a nosotros y a nuestras Iglesias a corresponder a nuestro llamado y finalidad comunes. Estábamos bien al corriente de cómo las Iglesias miembros del CEC desde hace varias décadas se han dedicado a una continua búsqueda, con un esfuerzo incansable, a favor de la unidad, y se habían notado las conquistas alcanzadas. Al mismo tiempo teníamos presentes las dificultades surgidas en este último período, en el cual se habla de estancamiento, de un período invernal para el ecumenismo. Y bien, con una y otra cosa en el corazón, durante esta jornada, nos parece que con la ayuda del Señor, hemos renovado la esperanza en nuestro camino ecuménico común a través de una espiritualidad de vida que podría llamarse “espiritualidad de la unidad”, que es un camino a la conversión del corazón. Si las Iglesias se reúnen para hacer visible la unidad buscada sinceramente, convendría cambiar la actitud hacia Dios y entre ellas. Ellas están llamadas a la metanoia y a la kenosis, en las cuales encontramos el modo de poner en práctica la más genuina penitencia y de vivir la más auténtica humildad. Lo importante ciertamente es no menospreciar la oración. Si no nos aferramos a seguridades falsas, si encontramos en Dios nuestra verdadera y única identidad, si tenemos el valor de ser abiertos y vulnerables recíprocamente, entonces empezaremos a vivir como peregrinos en camino. Descubriremos el Dios de las sorpresas que nos guía por caminos nunca antes recorridos, descubriremos al uno y al otro como verdaderos compañeros de viaje. Esta espiritualidad exige que nos despojemos de nosotros mismos, como Cristo (cfr. Fil. 2,6) Ella conduce a la conversión del corazón de cristianos aislados, que de este modo se encuentran codo a codo y aprenden de las experiencias espirituales, de la teología y de las tradiciones de los demás, que también anhelan ser fieles a Cristo. Será Él quien nos ayudará a amar la Iglesia del otro como la propia, premisa necesaria para una unidad visible. Tal espiritualidad debe penetrar en nuestras Iglesias mientras tratan de dar testimonio de esa unidad por la cual ha rogado el Señor: “que todos sean uno”. Esto es posible gracias al Espíritu Santo que –porque somos bautizados en Jesús, muerto y resucitado- nos hace capaces de vivir más allá de nosotros mismos, entrando en la realidad del otro. Con estos pensamientos, con esta esperanza y esta disposición, en los días pasados, hemos podido experimentar, nosotros -laicos, pastores, sacerdotes, obispos, responsables de Iglesias- que significa ser ya, en cierto modo, por la presencia del Resucitado entre nosotros, (“Donde dos o tres están reunidos en Mí nombre, yo estoy en medio de ellos” – Mt. 18, 20), un sólo pueblo cristiano. Hemos vivido un nuevo diálogo, el de la vida, un diálogo del pueblo que es necesario promover aún más. Un diálogo complementario al teológico y a otras formas de diálogo tradicional entre las distintas Iglesias; que las favorece y acelera hacia la plena realización del Testamento de Jesús: “Que todos sean uno para que el mundo crea” (cfr. Jn. 17,21). Con el deseo de continuar, también con todos ustedes, este camino, aseguramos y pedimos su oración a Aquél que todo lo puede. Konrad Raiser Secretario General del Consejo Ecuménico de las Iglesias Chiara Lubich Presidente e Fundadora del Movimiento de los Focolares
La radicalidad del amor para renovar las Iglesias y responder a la situación mundial actual
Un testimonio ecuménico sorprendente y rico de esperanza en la ciudad de Calvino: fue la expresión de el más importante periódico de Ginebra que presentaba ayer la celebración ecuménica de esta mañana, que tuvo lugar en el marco solemne y austero de la antigua Catedral de San Pedro de Ginebra, centro de irradiación de la Reforma protestante. Y así fue. La Catedral repleta con más de mil quinientas personas; en el centro de la Mesa de la Santa Cena, al lado del Presidente de la Iglesia protestante de Ginebra, una mujer católica: Chiara Lubich. “Nosotros, hoy –dijo el Pastor protestante Joel Stroudinsky delante de obispos de varias Iglesias y de diversos Países, representantes de organismos ecuménicos, entre los cuales el cardenal Miloslav Vlk- debemos ser testigos de la pasión del Evangelio, de la fuerza de la Palabra que transforma el mundo en sus múltiples aspectos: social, económico y político”. Y aquí, presentando a Chiara Lubich, habló de su potente testimonio, de la acción del Espíritu de Dios en el mundo. “La acogemos hoy –dijo- en esta comunión especial, que nace de la común pasión por el Evangelio”. La palabra de Chiara se injertó en el culto dominical, en un clima de intensa oración. Era el misterio del amor, típico de la vocación de la mujer, que resaltaba en su fuerte mensaje. Chiara empezó su discurso haciendo referencia a una importante festividad de esta Iglesia: que se celebra el 3 de noviembre, la fiesta misma de la Reforma. “Recuerda a todas las Iglesias –dijo- la urgencia de esa continua reforma auspiciada por el Concilio”. Y aquí habló de la acción del Espíritu que a lo largo de la historia ha suscitado siempre nuevas corrientes espirituales para hacer renacer un vida evangélica radical, hasta hoy, con el florecimiento de nuevos carismas. Refiriéndose a temas de candente actualidad precisamente en estos momentos, como la opresión de los pueblos, la pobreza y el terrorismo, lanzó un fuerte llamado a la radicalidad de ese amor que sabe dar la vida y suscita la reciprocidad. “Sólo este testimonio entre las Iglesias nos hace visibles –dijo- y portadores de ese amor del cual el mundo tiene necesidad. Es ésta -concluyó- la reforma de las reformas que el Cielo nos pide; lo repite y lo grita con las presentes circunstancias que permite”. Servicio de la Radio Vaticana
«Sin espiritualidad, el ecumenismo no sobrevivirà»
En el mundo ecuménico está emergiendo con fuerza una exigencia de espiritualidad. Dijo ayer el teólogo ortodoxo rumeno Ioan Sauca, rector del Instituto ecuménico de Bossey, presentando a Chiara Lubich y motivando así la invitación a exponer su típica “espiritualidad de comunión”, ante el cuerpo docente y los estudiantes, futuros teólogos y ministros, que de todo el mundo son enviados por sus Iglesias para especializarse en este “laboratorio ecuménico”, como lo definió. «Sin una espiritualidad ecuménica –había dicho el Prof. Sauca- tendremos sólo un ecumenismo de eslogan. Si no vivimos la caridad, el ecumenismo no florecerá».
Chiara Lubich, tomando la palabra, dio testimonio de la acción del Espíritu Santo que, con el don de un carisma para la unidad, ha suscitado una nueva espiritualidad. Puso en evidencia el corazón de este carisma que ha provocado desde los primeros días un “salto en la calidad de vida”: la presencia vital de Jesús, con sus dones de “alegría, paz, abundancia de luz”, por Él prometida “a dos o más reunidos en Su nombre”, es decir en Su amor, ese amor recíproco exigente que pide la medida de la vida.
«El hecho es –dice Chiara- que el Espíritu Santo, en este tiempo de transición, ofrece de este modo a los diálogos ecuménicos en todos los niveles, la posibilidad de ser ya “uno” en Jesús, de sentirnos ya una sola familia cristiana, porque es Cristo quien nos une». Es la experiencia de ese “diálogo del pueblo” que da origen a una «vida nueva para la plena y visible comunión a la que deseamos contribuir». La presencia, en la sala de Bossey, de los obispos de varias Iglesias amigos de los Focolares, reunidos en las cercanías de Ginebra para su congreso anual, promovido por el Card. Miloslav Vlk, arzobispo de Praga, era un testimonio visible.
La aventura ecuménica de los Focolares, empezó precisamente por este testimonio de vida evangélica que impresionó a algunos pastores luteranos en Alemania, todavía en 1960. Y es por este testimonio dado el año pasado en un encuentro ecuménico en la Suiza alemana que se deben las citas de estos días.
[:it]’La spiritualità dell’unità’ al centro della visita di Chiara Lubich a Ginevra[:en]Chiara Lubich’s visit to Geneva
Del comunicado del Consejo mundial de las Iglesias (traducción propia) El tema de la “espiritualidad de la unidad”, que abraza todos los ámbitos de la vida, está en el centro del mensaje de Chiara Lubich y es de gran interés para los organismos que la invitaron a Ginebra: el Consejo Mundial de las Iglesias, la Iglesia Protestante de Ginebra y el Instituto Ecuménico de Bossey. El reverendo Dr. Konrad Raiser, secretario general del Consejo Mundial de las Iglesias, dirigiendo la invitación a Chiara Lubich, subrayaba su “contribución vital al movimiento ecuménico”. Afirmaba que “sus numerosas iniciativas no solo en el campo espiritual y religioso, sino también en el ámbito político, económico y social, demuestran la potencialidad del testimonio en comun y la necesidad del compromiso para recomponer la comunión”. “Todo esto – agregaba – pone en evidencia la importancia de la espiritualidad en el contexto actual y su preciosa y decisiva contribución no sólo para la unidad de las Iglesias, sino de la entera familia humana” . El programa de la visita de Chiara Lubich comprende: un seminario para estudiantes y cuerpo de profesores del Instituto Ecuménico de Bossey, sábadp 26 de octubre; la celebración ecuménica en la Catedral reformada de San Pedro, domingo 27 de octubre 10 hs. Lunes 28 de octubre, en el Consejo mundial de las Iglesias se sostendrá un debate público sobre el tema: “Espiritualidad y comunión” y un intercambio de puntos de vista sobre espiritualidad y procesos socio-económicos y políticos. Esta visita coincide con el encuentro anual ecuménico internacional de los obispos amigos del Movimiento, promovido por el cardenal Miloslav Vlk, arzobispo de Praga. Los obispos estarán presentes en los varios acontecimientos previstos durante la visita de Chiara Lubich a Ginebra. Esta es la tercer visita de Chiara Lubich al Consejo Mundial de las Iglesias. Las visitas precedentes tuvieron lugar en 1967 y 1982.
Nuestra vocación es poner de relieve a María
P. Esta mañana en la plaza San Pedro estaban presentes un nutrido grupo de focolarinos, de adherentes al Movimiento fundado por Chiara Lubich. El Papa les entregó una carta, es un Movimiento que sin ninguna duda, más que los demás…, está fundado sobre un carisma mariano. Hemos entrevistado a Chiara Lubich. Escuchemos lo que nos dijo acerca del rosario y de su experiencia personal de rezarle a María. R. A mí me parece que el Espíritu Santo en el Papa va al mismo paso que el Espíritu Santo en el mundo. Ahora se habla mucho del perfil mariano de la Iglesia, es decir, ese perfil al que se refirió von Balthasar, que abraza al perfil petrino y a los demás perfiles. Y el Papa, en sintonía con esto, vuelve a proponer esta oración maravillosa que ahora realmente se volvió un esplendor. P. El Papa agrega cinco nuevos misterios al rosario, los “misterios de la luz”. �Qué significa? R. Yo creo que es algo importantísimo, porque después de la tradición que tenemos, de recitar el rosario en una determinada manera, ahora se agregan otros cinco misterios, que son muy necesarios porque completan a los demás. Antes se llegaba hasta el bautismo, y desde allí hasta el comienzo de la pasión no había nada en el rosario, faltaba la vida pública de Jesús, llena de luz, donde él se manifiesta hijo de Dios. Entonces me alegró mucho. El rosario es una síntesis de todo el Evangelio, por eso –como dice el Papa- es una oración contemplativa. Recitándolo, y pensando en cada misterio, se puede revivir toda la vida de Jesús, naturalmente junto a María. Y esto es importante, porque no es una oración para recitar de cualquier manera, un Ave María después de otro. Es una contemplación. Es un resumen de toda la verdad cristiana. Y después del trágico atentado del 11 de setiembre, en el cual el Papa mismo dijo que intervinieron las fuerzas del Mal con la M mayúscula, había que oponer las fuerzas del Bien con la B mayúscula. Es decir, �no tanto las guerras, cuanto la oración! Nosotros, además, sentimos que en el mundo es urgente la distribución de los bienes, para poder acallar el terrorismo. Por eso el rosario, que ahora resulta tan nuevo, es lo que se necesita en este momento. P. Chiara, hoy el Papa le entregó una carta en la cual encomienda al Movimiento de los Focolares el rezo del rosario. R. Nuestro Movimiento, en realidad, se llama “Obra de María”, aunque se lo conozca más por “Movimiento de los Focolares”. Nuestra norma es esta: tratar de repetir a María y de ser una continuación suya, así como nos es posible. Ahora, el hecho que a nosotros nos haya confiado … mientras tanto es un gran honor, también un compromiso, y es una gran alegría, porque nuestra vocación -quisiera decir- es poner de relieve a María. P. María, como figura que nos ayuda a encarnar a Cristo, también nos ayuda a comprenderlo, es una mediadora. R. �Sin ninguna duda, sin ninguna duda! Ella es el fondo blanco sobre el cual brilla Jesús. Yo creo que no se puede llegar a Cristo sin María. Es el camino que el Espíritu Santo, que la Trinidad encontró para traer a Cristo a la tierra. P. �Quién es María para usted? R. Para mí María es algo muy grande. Ella es el concentrado de todos los carismas, sobre todo del carisma de los carismas, que es el amor, que es la caridad. Para mí María es la figura del cristiano, particularmente de la mujer. Ahora, que tratan de que la mujer imite al hombre, que se ponga a la par suya, con medios que nosotros no podemos compartir, por ejemplo haciéndola sacerdote… Yo creo en cambio que la vocación de la mujer es imitar a María. Ella es portadora del amor, lo único que quedará en la otra vida; porque muchas cosas que aquí existen, por ejemplo la jerarquía y los sacramentos, en el más allá no existirán, quedará sólo el amor. Y ella es el testimonio de lo que quedará. P. �Qué puede decirle a alguien que considera el rosario como una simple oración repetitiva, que no logra intuir su gran espiritualidad. �Cómo se puede encontrar a María en el rosario? R. Recuerdo que una vez me encontraba en Asís acompañando a un grupo de evangélicos, y sobre unas piedras encontramos un rosario. Un Pastor tomó este rosario y me preguntó: �Para qué sirve? �Para qué repiten siempre Dios te salve María, Dios te salve María…?”. Yo contesté: Cuando se ama a una persona, se le quiere decir mil veces ‘te amo’, ‘te amo’, ‘te amo’. No es una repetición, es una exigencia del corazón. Y como Ella es nuestra madre, nuestro modelo, es la que nos ha dado lo más precioso que tenemos, Jesús, por eso hay que decírselo mil veces. Las 150 veces que repetimos cada día “Dios te salve María”, tienen este significado.
Carta del Santo Padre a Chiara Lubich
A la estimada señorita CHIARA LUBICH Presidenta de la Obra de María (Movimiento de los Focolares) 1. Con alegría y afecto dirijo mi cordial saludo a usted y a los participantes en la Asamblea General de la Obra de María, que se desarrolla en Castel Gandolfo. Agradezco las expresiones de felicitación que quisieron hacerme llegar por el aniversario de hoy, que da comienzo al XXV año de mi ministerio en la Sede de Pedro. Siempre sentí la cercanía espiritual de los adherentes al Movimiento de los Focolares, y admiré su activa acción apostólica en la Iglesia y en el mundo. De un modo especial, aprecio a la Obra de María por el válido aporte que ofrece en procurar alcanzar su fin específico, es decir, la promoción de la comunión mediante la búsqueda y la práctica del diálogo, ya sea dentro de la Iglesia católica, como con las otras Iglesias y comunidades eclesiales, así como con las diferentes religiones y con los non creyentes. 2. Mientras en estos días están verificando y proyectando la vida y la actividad del Movimiento, me es grato renovarles mi estima y gratitud por el apostolado que desarrollan y por las múltiples iniciativas que promueven, para que la Iglesia sea cada vez más «la casa y la escuela de la comunión» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 43). Ustedes son conscientes – y vuestra actividad lo tiene en cuenta constantemente – de que las acciones concretas deben ser precedidas y animadas por una robusta espiritualidad de comunión, como principio educativo en los espacios en los que se plasma el hombre y el cristiano (cfr. Ibíd.). Con respecto a esto pienso en las múltiples ramas del Movimiento de los Focolares: los adolescentes y los jóvenes, las familias, los sacerdotes y religiosos; pienso en vuestra presencia en las comunidades parroquiales y diocesanas, en los distintos ámbitos de la sociedad y de la cultura. Les agradezco, queridos todos, y los aliento a que sigan dando testimonio en todas partes de Dios Amor, Uno y Trino, que resplandece en Cristo y en su Iglesia. 3. Ahonden cada vez más en el peculiar vínculo espiritual que los une a María Santísima: a Ella, de hecho, está dedicada vuestra Obra. Cultiven una fiel devoción por la Virgen Madre de la Iglesia una y santa, la Madre de la unidad en el amor. En esta fiesta especial, quisiera entregar idealmente a los Focolarinos la oración del santo Rosario, que quise volver a proponer a toda la Iglesia, como vía privilegiada de contemplación y asimilación del misterio de Cristo. Estoy seguro que la devoción a la Virgen Santa los ayudará a dar el necesario relieve a la iniciativa de un año dedicado al Rosario. Ofrezcan su aporte, para que estos meses sean una ocasión de renovación interior para cada Comunidad cristiana. 4. El Año del Rosario para ustedes también será un estímulo para intensificar la contemplación de Cristo con los ojos de María, para modelarse en Él e irradiar su benéfica presencia en los ambientes en los que viven. De un modo especial sé que puedo confiarles el rezo del misterio de Jesús crucificado y abandonado como camino para contribuir a la realización de su supremo deseo de unidad entre todos sus discípulos. Con la certeza del constante recuerdo que tienen por el Sucesor de Pedro, les aseguro mi oración y, deseándoles éxito en vuestra Asamblea, con mucho gusto imparto la Bendición Apostólica a cada uno de ustedes y a todo el Movimiento. Del Vaticano, 16 de Octubre de 2002 IOANNES PAULUS II
Rosarium Virginis Mariae
ITRODUCCIÓN 1. El Rosario de la Virgen María, difundido gradualmente en el segundo Milenio bajo el soplo del Espíritu de Dios, es una oración apreciada por numerosos Santos y fomentada por el Magisterio. En su sencillez y profundidad, sigue siendo también en este tercer Milenio apenas iniciado una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad. Se encuadra bien en el camino espiritual de un cristianismo que, después de dos mil años, no ha perdido nada de la novedad de los orígenes, y se siente empujado por el Espíritu de Dios a “remar mar adentro” (duc in altum!), para anunciar, más aún, ’proclamar’ a Cristo al mundo como Señor y Salvador, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn14, 6), el “fin de la historia humana, el punto en el que convergen los deseos de la historia y de la civilización”.1 El Rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio.2 En él resuena la oración de María, su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el Rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor. Los Romanos Pontífices y el Rosario 2. A esta oración le han atribuido gran importancia muchos de mis Predecesores. Un mérito particular a este respecto corresponde a León XIII que, el 1 de septiembre de 1883, promulgó la Encíclica Supremi apostolatus officio,3 importante declaración con la cual inauguró otras muchas intervenciones sobre esta oración, indicándola como instrumento espiritual eficaz ante los males de la sociedad. Entre los Papas más recientes que, en la época conciliar, se han distinguido por la promoción del Rosario, deseo recordar al Beato Juan XXIII4 y, sobre todo, a PabloVI, que en la Exhortación apostólica Marialis cultus, en consonancia con la inspiración del Concilio Vaticano II, subrayó el carácter evangélico del Rosario y su orientación cristológica. Yo mismo, después, no he dejado pasar ocasión de exhortar a rezar con frecuencia el Rosario. Esta oración ha tenido un puesto importante en mi vida espiritual desde mis años jóvenes. Me lo ha recordado mucho mi reciente viaje a Polonia, especialmente la visita al Santuario de Kalwaria. El Rosario me ha acompañado en los momentos de alegría y en los de tribulación. A él he confiado tantas preocupaciones y en él siempre he encontrado consuelo. Hace veinticuatro años, el 29 de octubre de 1978, dos semanas después de la elección a la Sede de Pedro, como abriendo mi alma, me expresé así: “El Rosario es mi oración predilecta. �Plegaria maravillosa! Maravillosa en su sencillez y en su profundidad. […] Se puede decir que el Rosario es, en cierto modo, un comentario-oración sobre el capítulo final de la Constitución Lumen gentium del Vaticano II, capítulo que trata de la presencia admirable de la Madre de Dios en el misterio de Cristo y de la Iglesia. En efecto, con el trasfondo de las Avemarías pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre. Al mismo tiempo nuestro corazón puede incluir en estas decenas del Rosario todos los hechos que entraman la vida del individuo, la familia, la nación, la Iglesia y la humanidad. Experiencias personales o del prójimo, sobre todo de las personas más cercanas o que llevamos más en el corazón. De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana ”.5 Con estas palabras, mis queridos Hermanos y Hermanas, introducía mi primer año de Pontificado en el ritmo cotidiano del Rosario. Hoy, al inicio del vigésimo quinto año de servicio como Sucesor de Pedro, quiero hacer lo mismo. Cuántas gracias he recibido de la Santísima Virgen a través del Rosario en estos años: Magnificat anima mea Dominum! Deseo elevar mi agradecimiento al Señor con las palabras de su Madre Santísima, bajo cuya protección he puesto mi ministerio petrino: Totus tuus! Octubre 2002 – Octubre 2003: Año del Rosario 3. Por eso, de acuerdo con las consideraciones hechas en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la que, después de la experiencia jubilar, he invitado al Pueblo de Dios “ a caminar desde Cristo ”,6 he sentido la necesidad de desarrollar una reflexión sobre el Rosario, en cierto modo como coronación mariana de dicha Carta apostólica, para exhortar a la contemplación del rostro de Cristo en compañía y a ejemplo de su Santísima Madre. Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo. Para dar mayor realce a esta invitación, con ocasión del próximo ciento veinte aniversario de la mencionada Encíclica de León XIII, deseo que a lo largo del año se proponga y valore de manera particular esta oración en las diversas comunidades cristianas. Proclamo, por tanto, el año que va de este octubre a octubre de 2003 Año del Rosario. Dejo esta indicación pastoral a la iniciativa de cada comunidad eclesial. Con ella no quiero obstaculizar, sino más bien integrar y consolidar los planes pastorales de las Iglesias particulares. Confío que sea acogida con prontitud y generosidad. El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo del vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización. Me es grato reiterarlo recordando con gozo también otro aniversario: los 40 años del comienzo del Concilio Ecuménico Vaticano II (11 de octubre de 1962), el “gran don de gracia” dispensada por el espíritu de Dios a la Iglesia de nuestro tiempo.7 Objeciones al Rosario 4. La oportunidad de esta iniciativa se basa en diversas consideraciones. La primera se refiere a la urgencia de afrontar una cierta crisis de esta oración que, en el actual contexto histórico y teológico, corre el riesgo de ser infravalorada injustamente y, por tanto, poco propuesta a las nuevas generaciones. Hay quien piensa que la centralidad de la Liturgia, acertadamente subrayada por el Concilio Ecuménico Vaticano II, tenga necesariamente como consecuencia una disminución de la importancia del Rosario. En realidad, como puntualizó Pablo VI, esta oración no sólo no se opone a la Liturgia, sino que le da soporte, ya que la introduce y la recuerda, ayudando a vivirla con plena participación interior, recogiendo así sus frutos en la vida cotidiana. Quizás hay también quien teme que pueda resultar poco ecuménica por su carácter marcadamente mariano. En realidad, se coloca en el más límpido horizonte del culto a la Madre de Dios, tal como el Concilio ha establecido: un culto orientado al centro cristológico de la fe cristiana, de modo que “mientras es honrada la Madre, el Hijo sea debidamente conocido, amado, glorificado”.8 Comprendido adecuadamente, el Rosario es una ayuda, no un obstáculo para el ecumenismo. Vía de contemplación 5. Pero el motivo más importante para volver a proponer con determinación la práctica del Rosario es por ser un medio sumamente válido para favorecer en los fieles la exigencia de contemplación del misterio cristiano, que he propuesto en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte como verdadera y propia ’pedagogía de la santidad’: “es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración”.9 Mientras en la cultura contemporánea, incluso entre tantas contradicciones, aflora una nueva exigencia de espiritualidad, impulsada también por influjo de otras religiones, es más urgente que nunca que nuestras comunidades cristianas se conviertan en “auténticas escuelas de oración”.10 El Rosario forma parte de la mejor y más reconocida tradición de la contemplación cristiana. Iniciado en Occidente, es una oración típicamente meditativa y se corresponde de algún modo con la “oración del corazón”, u “oración de Jesús”, surgida sobre el humus del Oriente cristiano. Oración por la paz y por la familia 6. Algunas circunstancias históricas ayudan a dar un nuevo impulso a la propagación del Rosario. Ante todo, la urgencia de implorar de Dios el don de la paz. El Rosario ha sido propuesto muchas veces por mis Predecesores y por mí mismo como oración por la paz. Al inicio de un milenio que se ha abierto con las horrorosas escenas del atentado del 11 de septiembre de 2001 y que ve cada día en muchas partes del mundo nuevos episodios de sangre y violencia, promover el Rosario significa sumirse en la contemplación del misterio de Aquél que “es nuestra paz: el que de los dos pueblos hizo uno, derribando el muro que los separaba, la enemistad” (Ef 2, 14). No se puede, pues, recitar el Rosario sin sentirse implicados en un compromiso concreto de servir a la paz, con una particular atención a la tierra de Jesús, aún ahora tan atormentada y tan querida por el corazón cristiano. Otro ámbito crucial de nuestro tiempo, que requiere una urgente atención y oración, es el de la familia, célula de la sociedad, amenazada cada vez más por fuerzas disgregadoras, tanto de índole ideológica como práctica, que hacen temer por el futuro de esta fundamental e irrenunciable institución y, con ella, por el destino de toda la sociedad. En el marco de una pastoral familiar más amplia, fomentar el Rosario en las familias cristianas es una ayuda eficaz para contrastar los efectos desoladores de esta crisis actual. “ �Ahí tienes a tu madre! ” (Jn 19, 27) 7. Numerosos signos muestran cómo la Santísima Virgen ejerce también hoy, precisamente a través de esta oración, aquella solicitud materna para con todos los hijos de la Iglesia que el Redentor, poco antes de morir, le confió en la persona del discípulo predilecto: “�Mujer, ahí tienes a tu hijo!” (Jn 19, 26). Son conocidas las distintas circunstancias en las que la Madre de Cristo, entre el siglo XIX y XX, ha hecho de algún modo notar su presencia y su voz para exhortar al Pueblo de Dios a recurrir a esta forma de oración contemplativa. Deseo en particular recordar, por la incisiva influencia que conservan en el vida de los cristianos y por el acreditado reconocimiento recibido de la Iglesia, las apariciones de Lourdes y Fátima,11 cuyos Santuarios son meta de numerosos peregrinos, en busca de consuelo y de esperanza. Tras las huellas de los testigos 8. Sería imposible citar la multitud innumerable de Santos que han encontrado en el Rosario un auténtico camino de santificación. Bastará con recordar a san Luis María Grignion de Montfort, autor de un preciosa obra sobre el Rosario12 y, más cercano a nosotros, al Padre Pío de Pietrelcina, que recientemente he tenido la alegría de canonizar. Un especial carisma como verdadero apóstol del Rosario tuvo también el Beato Bartolomé Longo. Su camino de santidad se apoya sobre una inspiración sentida en lo más hondo de su corazón: “ �Quien propaga el Rosario se salva! ”.13 Basándose en ello, se sintió llamado a construir en Pompeya un templo dedicado a la Virgen del Santo Rosario colindante con los restos de la antigua ciudad, apenas influenciada por el anuncio cristiano antes de quedar cubierta por la erupción del Vesuvio en el año 79 y rescatada de sus cenizas siglos después, como testimonio de las luces y las sombras de la civilización clásica. Con toda su obra y, en particular, a través de los “Quince Sábados”, Bartolomé Longo desarrolló el meollo cristológico y contemplativo del Rosario, que ha contado con un particular aliento y apoyo en León XIII, el “Papa del Rosario”. CAPÍTULO I CONTEMPLAR A CRISTO CON MARÍA Un rostro brillante como el sol 9. “Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol” (Mt 17, 2). La escena evangélica de la transfiguración de Cristo, en la que los tres apóstoles Pedro, Santiago y Juan aparecen como extasiados por la belleza del Redentor, puede ser considerada como icono de la contemplación cristiana. Fijar los ojos en el rostro de Cristo, descubrir su misterio en el camino ordinario y doloroso de su humanidad, hasta percibir su fulgor divino manifestado definitivamente en el Resucitado glorificado a la derecha del Padre, es la tarea de todos los discípulos de Cristo; por lo tanto, es también la nuestra. Contemplando este rostro nos disponemos a acoger el misterio de la vida trinitaria, para experimentar de nuevo el amor del Padre y gozar de la alegría del Espíritu Santo. Se realiza así también en nosotros la palabra de san Pablo: “Reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más: así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Co 3, 18). María modelo de contemplación 10. La contemplación de Cristo tiene en María su modelo insuperable. El rostro del Hijo le pertenece de un modo especial. Ha sido en su vientre donde se ha formado, tomando también de Ella una semejanza humana que evoca una intimidad espiritual ciertamente más grande aún. Nadie se ha dedicado con la asiduidad de María a la contemplación del rostro de Cristo. Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo; en los meses sucesivos empieza a sentir su presencia y a imaginar sus rasgos. Cuando por fin lo da a luz en Belén, sus ojos se vuelven también tiernamente sobre el rostro del Hijo, cuando lo “envolvió en pañales y le acostó en un pesebre” (Lc 2, 7). Desde entonces su mirada, siempre llena de adoración y asombro, no se apartará jamás de Él. Será a veces una mirada interrogadora, como en el episodio de su extravío en el templo: “ Hijo, �por qué nos has hecho esto? ” (Lc 2, 48); será en todo caso una mirada penetrante, capaz de leer en lo íntimo de Jesús, hasta percibir sus sentimientos escondidos y presentir sus decisiones, como en Caná (cf. Jn 2, 5); otras veces será una mirada dolorida, sobre todo bajo la cruz, donde todavía será, en cierto sentido, la mirada de la ’parturienta’, ya que María no se limitará a compartir la pasión y la muerte del Unigénito, sino que acogerá al nuevo hijo en el discípulo predilecto confiado a Ella (cf. Jn 19, 26-27); en la mañana de Pascua será una mirada radiante por la alegría de la resurrección y, por fin, una mirada ardorosa por la efusión del Espíritu en el día de Pentecostés (cf. Hch 1, 14). Los recuerdos de María 11. María vive mirando a Cristo y tiene en cuenta cada una de sus palabras: “ Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón ” (Lc 2, 19; cf. 2, 51). Los recuerdos de Jesús, impresos en su alma, la han acompañado en todo momento, llevándola a recorrer con el pensamiento los distintos episodios de su vida junto al Hijo. Han sido aquellos recuerdos los que han constituido, en cierto sentido, el ’rosario’ que Ella ha recitado constantemente en los días de su vida terrenal. Y también ahora, entre los cantos de alegría de la Jerusalén celestial, permanecen intactos los motivos de su acción de gracias y su alabanza. Ellos inspiran su materna solicitud hacia la Iglesia peregrina, en la que sigue desarrollando la trama de su ’papel’ de evangelizadora. María propone continuamente a los creyentes los ’misterios’ de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María. El Rosario, oración contemplativa 12. El Rosario, precisamente a partir de la experiencia de María, es una oración marcadamente contemplativa. Sin esta dimensión, se desnaturalizaría, como subrayó Pablo VI: “Sin contemplación, el Rosario es un cuerpo sin alma y su rezo corre el peligro de convertirse en mecánica repetición de fórmulas y de contradecir la advertencia de Jesús: «Cuando oréis, no seáis charlatanes como los paganos, que creen ser escuchados en virtud de su locuacidad» (Mt 6, 7). Por su naturaleza el rezo del Rosario exige un ritmo tranquilo y un reflexivo remanso, que favorezca en quien ora la meditación de los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de Aquella que estuvo más cerca del Señor, y que desvelen su insondable riqueza”.14 Es necesario detenernos en este profundo pensamiento de Pablo VI para poner de relieve algunas dimensiones del Rosario que definen mejor su carácter de contemplación cristológica. Recordar a Cristo con María 13. La contemplación de María es ante todo un recordar. Conviene sin embargo entender esta palabra en el sentido bíblico de la memoria (zakar), que actualiza las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación. La Biblia es narración de acontecimientos salvíficos, que tienen su culmen en el propio Cristo. Estos acontecimientos no son solamente un ’ayer’; son también el ’hoy’ de la salvación. Esta actualización se realiza en particular en la Liturgia: lo que Dios ha llevado a cabo hace siglos no concierne solamente a los testigos directos de los acontecimientos, sino que alcanza con su gracia a los hombres de cada época. Esto vale también, en cierto modo, para toda consideración piadosa de aquellos acontecimientos: “hacer memoria” de ellos en actitud de fe y amor significa abrirse a la gracia que Cristo nos ha alcanzado con sus misterios de vida, muerte y resurrección. Por esto, mientras se reafirma con el Concilio Vaticano II que la Liturgia, como ejercicio del oficio sacerdotal de Cristo y culto público, es “la cumbre a la que tiende la acción de la Iglesia y, al mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza”,15 también es necesario recordar que la vida espiritual “ no se agota sólo con la participación en la sagrada Liturgia. El cristiano, llamado a orar en común, debe no obstante, entrar también en su interior para orar al Padre, que ve en lo escondido (cf. Mt 6, 6); más aún: según enseña el Apóstol, debe orar sin interrupción (cf. 1 Ts 5, 17) ”.16 El Rosario, con su carácter específico, pertenece a este variado panorama de la oración ’incesante’, y si la Liturgia, acción de Cristo y de la Iglesia, es acción salvífica por excelencia, el Rosario, en cuanto meditación sobre Cristo con María, es contemplación saludable. En efecto, penetrando, de misterio en misterio, en la vida del Redentor, hace que cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia. Comprender a Cristo desde María 14. Cristo es el Maestro por excelencia, el revelador y la revelación. No se trata sólo de comprender las cosas que Él ha enseñado, sino de ’comprenderle a Él’. Pero en esto, �qué maestra más experta que María? Si en el ámbito divino el Espíritu es el Maestro interior que nos lleva a la plena verdad de Cristo (cf. Jn 14, 26; 15, 26; 16, 13), entre las criaturas nadie mejor que Ella conoce a Cristo, nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio. El primero de los ’signos’ llevado a cabo por Jesús –la transformación del agua en vino en las bodas de Caná– nos muestra a María precisamente como maestra, mientras exhorta a los criados a ejecutar las disposiciones de Cristo (cf. Jn 2, 5). Y podemos imaginar que ha desempeñado esta función con los discípulos después de la Ascensión de Jesús, cuando se quedó con ellos esperando el Espíritu Santo y los confortó en la primera misión. Recorrer con María las escenas del Rosario es como ir a la ’escuela’ de María para leer a Cristo, para penetrar sus secretos, para entender su mensaje. Una escuela, la de María, mucho más eficaz, si se piensa que Ella la ejerce consiguiéndonos abundantes dones del Espíritu Santo y proponiéndonos, al mismo tiempo, el ejemplo de aquella “peregrinación de la fe”,17 en la cual es maestra incomparable. Ante cada misterio del Hijo, Ella nos invita, como en su Anunciación, a presentar con humildad los interrogantes que conducen a la luz, para concluir siempre con la obediencia de la fe: “ He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra ” (Lc 1, 38). Configurarse a Cristo con María 15. La espiritualidad cristiana tiene como característica el deber del discípulo de configurarse cada vez más plenamente con su Maestro (cf. Rm 8, 29; Flp 3, 10. 21). La efusión del Espíritu en el Bautismo une al creyente como el sarmiento a la vid, que es Cristo (cf. Jn 15, 5), lo hace miembro de su Cuerpo místico (cf. 1 Co 12, 12; Rm 12, 5). A esta unidad inicial, sin embargo, ha de corresponder un camino de adhesión creciente a Él, que oriente cada vez más el comportamiento del discípulo según la ’lógica’ de Cristo: “Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo” (Flp 2, 5). Hace falta, según las palabras del Apóstol, “revestirse de Cristo” (cf. Rm 13, 14; Ga 3, 27). En el recorrido espiritual del Rosario, basado en la contemplación incesante del rostro de Cristo –en compañía de María– este exigente ideal de configuración con Él se consigue a través de una asiduidad que pudiéramos decir ’amistosa’. Ésta nos introduce de modo natural en la vida de Cristo y nos hace como ’respirar’ sus sentimientos. Acerca de esto dice el Beato Bartolomé Longo: “Como dos amigos, frecuentándose, suelen parecerse también en las costumbres, así nosotros, conversando familiarmente con Jesús y la Virgen, al meditar los Misterios del Rosario, y formando juntos una misma vida de comunión, podemos llegar a ser, en la medida de nuestra pequeñez, parecidos a ellos, y aprender de estos eminentes ejemplos el vivir humilde, pobre, escondido, paciente y perfecto”.18 Además, mediante este proceso de configuración con Cristo, en el Rosario nos encomendamos en particular a la acción materna de la Virgen Santa. Ella, que es la madre de Cristo y a la vez miembro de la Iglesia como “miembro supereminente y completamente singular”,19 es al mismo tiempo ’Madre de la Iglesia’. Como tal ’engendra’ continuamente hijos para el Cuerpo místico del Hijo. Lo hace mediante su intercesión, implorando para ellos la efusión inagotable del Espíritu. Ella es el icono perfecto de la maternidad de la Iglesia. El Rosario nos transporta místicamente junto a María, dedicada a seguir el crecimiento humano de Cristo en la casa de Nazaret. Eso le permite educarnos y modelarnos con la misma diligencia, hasta que Cristo “sea formado” plenamente en nosotros (cf. Ga 4, 19). Esta acción de María, basada totalmente en la de Cristo y subordinada radicalmente a ella, “favorece, y de ninguna manera impide, la unión inmediata de los creyentes con Cristo”.20 Es el principio iluminador expresado por el Concilio Vaticano II, que tan intensamente he experimentado en mi vida, haciendo de él la base de mi lema episcopal: Totus tuus.21 Un lema, como es sabido, inspirado en la doctrina de san Luis María Grignion de Montfort, que explicó así el papel de María en el proceso de configuración de cada uno de nosotros con Cristo: “Como quiera que toda nuestra perfección consiste en el ser conformes, unidos y consagrados a Jesucristo, la más perfecta de la devociones es, sin duda alguna, la que nos conforma, nos une y nos consagra lo más perfectamente posible a Jesucristo. Ahora bien, siendo María, de todas las criaturas, la más conforme a Jesucristo, se sigue que, de todas las devociones, la que más consagra y conforma un alma a Jesucristo es la devoción a María, su Santísima Madre, y que cuanto más consagrada esté un alma a la Santísima Virgen, tanto más lo estará a Jesucristo”.22 De verdad, en el Rosario el camino de Cristo y el de María se encuentran profundamente unidos. �María no vive más que en Cristo y en función de Cristo! Rogar a Cristo con María 16. Cristo nos ha invitado a dirigirnos a Dios con insistencia y confianza para ser escuchados: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Mt 7, 7). El fundamento de esta eficacia de la oración es la bondad del Padre, pero también la mediación de Cristo ante Él (cf. 1 Jn 2, 1) y la acción del Espíritu Santo, que “intercede por nosotros” (Rm 8, 26-27) según los designios de Dios. En efecto, nosotros “no sabemos cómo pedir” (Rm 8, 26) y a veces no somos escuchados porque pedimos mal (cf. St 4, 2-3). Para apoyar la oración, que Cristo y el Espíritu hacen brotar en nuestro corazón, interviene María con su intercesión materna. “La oración de la Iglesia está como apoyada en la oración de María”.23 Efectivamente, si Jesús, único Mediador, es el Camino de nuestra oración, María, pura transparencia de Él, muestra el Camino, y “a partir de esta cooperación singular de María a la acción del Espíritu Santo, las Iglesias han desarrollado la oración a la santa Madre de Dios, centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios”.24 En las bodas de Caná, el Evangelio muestra precisamente la eficacia de la intercesión de María, que se hace portavoz ante Jesús de las necesidades humanas: “No tienen vino” (Jn 2, 3). El Rosario es a la vez meditación y súplica. La plegaria insistente a la Madre de Dios se apoya en la confianza de que su materna intercesión lo puede todo ante el corazón del Hijo. Ella es “omnipotente por gracia”, como, con audaz expresión que debe entenderse bien, dijo en su Súplica a la Virgen el Beato Bartolomé Longo.25 Basada en el Evangelio, ésta es una certeza que se ha ido consolidando por experiencia propia en el pueblo cristiano. El eminente poeta Dante la interpreta estupendamente, siguiendo a san Bernardo, cuando canta: “Mujer, eres tan grande y tanto vales, que quien desea una gracia y no recurre a ti, quiere que su deseo vuele sin alas”.26 En el Rosario, mientras suplicamos a María, templo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), Ella intercede por nosotros ante el Padre que la ha llenado de gracia y ante el Hijo nacido de su seno, rogando con nosotros y por nosotros. Anunciar a Cristo con María 17. El Rosario es también un itinerario de anuncio y de profundización, en el que el misterio de Cristoes presentado continuamente en los diversos aspectos de la experiencia cristiana. Es una presentación orante y contemplativa, que trata de modelar al cristiano según el corazón de Cristo. Efectivamente, si en el rezo del Rosario se valoran adecuadamente todos sus elementos para una meditación eficaz, se da, especialmente en la celebración comunitaria en las parroquias y los santuarios, una significativa oportunidad catequética que los Pastores deben saber aprovechar. La Virgen del Rosario continúa también de este modo su obra de anunciar a Cristo. La historia del Rosario muestra cómo esta oración ha sido utilizada especialmente por los Dominicos, en un momento difícil para la Iglesia a causa de la difusión de la herejía. Hoy estamos ante nuevos desafíos. �Por qué no volver a tomar en la mano las cuentas del rosario con la fe de quienes nos han precedido? El Rosario conserva toda su fuerza y sigue siendo un recurso importante en el bagaje pastoral de todo buen evangelizador. CAPÍTULO II MISTERIOS DE CRISTO, MISTERIOS DE LA MADRE El Rosario “compendio del Evangelio” 18. A la contemplación del rostro de Cristo sólo se llega escuchando, en el Espíritu, la voz del Padre, pues “nadie conoce bien al Hijo sino el Padre” (Mt 11, 27). Cerca de Cesarea de Felipe, ante la confesión de Pedro, Jesús puntualiza de dónde proviene esta clara intuición sobre su identidad: “No te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos” (Mt 16, 17). Así pues, es necesaria la revelación de lo alto. Pero, para acogerla, es indispensable ponerse a la escucha: “Sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio”.27 El Rosario es una de las modalidades tradicionales de la oración cristiana orientada a la contemplación del rostro de Cristo. Así lo describía el Papa Pablo VI: “ Oración evangélica centrada en el misterio de la Encarnación redentora, el Rosario es, pues, oración de orientación profundamente cristológica. En efecto, su elemento más característico –la repetición litánica del «Dios te salve, María»– se convierte también en alabanza constante a Cristo, término último del anuncio del Ángel y del saludo de la Madre del Bautista: «Bendito el fruto de tu seno» (Lc 1,42). Diremos más: la repetición del Ave Maria constituye el tejido sobre el cual se desarrolla la contemplación de los misterios: el Jesús que toda Ave María recuerda es el mismo que la sucesión de los misterios nos propone una y otra vez como Hijo de Dios y de la Virgen”.28 Una incorporación oportuna 19. De los muchos misterios de la vida de Cristo, el Rosario, tal como se ha consolidado en la práctica más común corroborada por la autoridad eclesial, sólo considera algunos. Dicha selección proviene del contexto original de esta oración, que se organizó teniendo en cuenta el número 150, que es el mismo de los Salmos. No obstante, para resaltar el carácter cristológico del Rosario, considero oportuna una incorporación que, si bien se deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión. En efecto, en estos misterios contemplamos aspectos importantes de la persona de Cristo como revelador definitivo de Dios. Él es quien, declarado Hijo predilecto del Padre en el Bautismo en el Jordán, anuncia la llegada del Reino, dando testimonio de él con sus obras y proclamando sus exigencias. Durante la vida pública es cuando el misterio de Cristo se manifiesta de manera especial como misterio de luz: “Mientras estoy en el mundo, soy luz del mundo” (Jn 9, 5). Para que pueda decirse que el Rosario es más plenamente ’compendio del Evangelio’, es conveniente pues que, tras haber recordado la encarnación y la vida oculta de Cristo (misterios de gozo), y antes de considerar los sufrimientos de la pasión (misterios de dolor) y el triunfo de la resurrección (misterios de gloria), la meditación se centre también en algunos momentos particularmente significativos de la vida pública (misterios de luz). Esta incorporación de nuevos misterios, sin prejuzgar ningún aspecto esencial de la estructura tradicional de esta oración, se orienta a hacerla vivir con renovado interés en la espiritualidad cristiana, como verdadera introducción a la profundidad del Corazón de Cristo, abismo de gozo y de luz, de dolor y de gloria. Misterios de gozo 20. El primer ciclo, el de los “misterios gozosos”, se caracteriza efectivamente por el gozo que produce el acontecimiento de la encarnación. Esto es evidente desde la anunciación, cuando el saludo de Gabriel a la Virgen de Nazaret se une a la invitación a la alegría mesiánica: “Alégrate, María”. A este anuncio apunta toda la historia de la salvación, es más, en cierto modo, la historia misma del mundo. En efecto, si el designio del Padre es de recapitular en Cristo todas las cosas (cf. Ef 1, 10), el don divino con el que el Padre se acerca a María para hacerla Madre de su Hijo alcanza a todo el universo. A su vez, toda la humanidad está como implicada en el fiat con el que Ella responde prontamente a la voluntad de Dios. El regocijo se percibe en la escena del encuentro con Isabel, dónde la voz misma de María y la presencia de Cristo en su seno hacen “saltar de alegría” a Juan (cf. Lc 1, 44). Repleta de gozo es la escena de Belén, donde el nacimiento del divino Niño, el Salvador del mundo, es cantado por los ángeles y anunciado a los pastores como “una gran alegría” (Lc 2, 10). Pero ya los dos últimos misterios, aun conservando el sabor de la alegría, anticipan indicios del drama. En efecto, la presentación en el templo, a la vez que expresa la dicha de la consagración y extasía al viejo Simeón, contiene también la profecía de que el Niño será “señal de contradicción” para Israel y de que una espada traspasará el alma de la Madre (cf. Lc 2, 34-35). Gozoso y dramático al mismo tiempo es también el episodio de Jesús de 12 años en el templo. Aparece con su sabiduría divina mientras escucha y pregunta, y ejerciendo sustancialmente el papel de quien ’enseña’. La revelación de su misterio de Hijo, dedicado enteramente a las cosas del Padre, anuncia aquella radicalidad evangélica que, ante las exigencias absolutas del Reino, cuestiona hasta los más profundos lazos de afecto humano. José y María mismos, sobresaltados y angustiados, “no comprendieron” sus palabras (Lc 2, 50). De este modo, meditar los misterios “gozosos” significa adentrarse en los motivos últimos de la alegría cristiana y en su sentido más profundo. Significa fijar la mirada sobre lo concreto del misterio de la Encarnación y sobre el sombrío preanuncio del misterio del dolor salvífico. María nos ayuda a aprender el secreto de la alegría cristiana, recordándonos que el cristianismo es ante todo evangelion, ’buena noticia’, que tiene su centro o, mejor dicho, su contenido mismo, en la persona de Cristo, el Verbo hecho carne, único Salvador del mundo. Misterios de luz 21. Pasando de la infancia y de la vida de Nazaret a la vida pública de Jesús, la contemplación nos lleva a los misterios que se pueden llamar de manera especial “misterios de luz”. En realidad, todo el misterio de Cristo es luz. Él es “la luz del mundo” (Jn 8, 12). Pero esta dimensión se manifiesta sobre todo en los años de la vida pública, cuando anuncia el evangelio del Reino. Deseando indicar a la comunidad cristiana cinco momentos significativos –misterios “luminosos”– de esta fase de la vida de Cristo, pienso que se pueden señalar: 1. su Bautismo en el Jordán; 2. su autorrevelación en las bodas de Caná; 3. su anuncio del Reino de Dios invitando a la conversión; 4. su Transfiguración; 5. institución de la Eucaristía, expresión sacramental del misterio pascual. Cada uno de estos misterios revela el Reino ya presente en la persona misma de Jesús. Misterio de luz es ante todo el Bautismo en el Jordán. En él, mientras Cristo, como inocente que se hace ’pecado’ por nosotros (cf. 2 Co 5, 21), entra en el agua del río, el cielo se abre y la voz del Padre lo proclama Hijo predilecto (cf. Mt 3, 17 par.), y el Espíritu desciende sobre Él para investirlo de la misión que le espera. Misterio de luz es el comienzo de los signos en Caná (cf. Jn 2, 1-12), cuando Cristo, transformando el agua en vino, abre el corazón de los discípulos a la fe gracias a la intervención de María, la primera creyente. Misterio de luz es la predicación con la cual Jesús anuncia la llegada del Reino de Dios e invita a la conversión (cf. Mc 1, 15), perdonando los pecados de quien se acerca a Él con humilde fe (cf. Mc 2. 3-13; Lc 47-48), iniciando así el ministerio de misericordia que Él continuará ejerciendo hasta el fin del mundo, especialmente a través del sacramento de la Reconciliación confiado a la Iglesia. Misterio de luz por excelencia es la Transfiguración, que según la tradición tuvo lugar en el Monte Tabor. La gloria de la Divinidad resplandece en el rostro de Cristo, mientras el Padre lo acredita ante los apóstoles extasiados para que lo “ escuchen ” (cf. Lc 9, 35 par.) y se dispongan a vivir con Él el momento doloroso de la Pasión, a fin de llegar con Él a la alegría de la Resurrección y a una vida transfigurada por el Espíritu Santo. Misterio de luz es, por fin, la institución de la Eucaristía, en la cual Cristo se hace alimento con su Cuerpo y su Sangre bajo las especies del pan y del vino, dando testimonio de su amor por la humanidad “ hasta el extremo ” (Jn13, 1) y por cuya salvación se ofrecerá en sacrificio. Excepto en el de Caná, en estos misterios la presencia de María queda en el trasfondo. Los Evangelios apenas insinúan su eventual presencia en algún que otro momento de la predicación de Jesús (cf. Mc 3, 31-35; Jn 2, 12) y nada dicen sobre su presencia en el Cenáculo en el momento de la institución de la Eucaristía. Pero, de algún modo, el cometido que desempeña en Caná acompaña toda la misión de Cristo. La revelación, que en el Bautismo en el Jordán proviene directamente del Padre y ha resonado en el Bautista, aparece también en labios de María en Caná y se convierte en su gran invitación materna dirigida a la Iglesia de todos los tiempos: “Haced lo que él os diga” (Jn 2, 5). Es una exhortación que introduce muy bien las palabras y signos de Cristo durante su vida pública, siendo como el telón de fondo mariano de todos los “misterios de luz”. Misterios de dolor 22. Los Evangelios dan gran relieve a los misterios del dolor de Cristo. La piedad cristiana, especialmente en la Cuaresma, con la práctica del Via Crucis, se ha detenido siempre sobre cada uno de los momentos de la Pasión, intuyendo que ellos son el culmen de la revelación del amor y la fuente de nuestra salvación. El Rosario escoge algunos momentos de la Pasión, invitando al orante a fijar en ellos la mirada de su corazón y a revivirlos. El itinerario meditativo se abre con Getsemaní, donde Cristo vive un momento particularmente angustioso frente a la voluntad del Padre, contra la cual la debilidad de la carne se sentiría inclinada a rebelarse. Allí, Cristo se pone en lugar de todas las tentaciones de la humanidad y frente a todos los pecados de los hombres, para decirle al Padre: “no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22, 42 par.). Este “sí” suyo cambia el “no” de los progenitores en el Edén. Y cuánto le costaría esta adhesión a la voluntad del Padre se muestra en los misterios siguientes, en los que, con la flagelación, la coronación de espinas, la subida al Calvario y la muerte en cruz, se ve sumido en la mayor ignominia: Ecce homo! En este oprobio no sólo se revela el amor de Dios, sino el sentido mismo del hombre. Ecce homo: quien quiera conocer al hombre, ha de saber descubrir su sentido, su raíz y su cumplimiento en Cristo, Dios que se humilla por amor “hasta la muerte y muerte de cruz” (Flp 2, 8). Los misterios de dolor llevan el creyente a revivir la muerte de Jesús poniéndose al pie de la cruz junto a María, para penetrar con ella en la inmensidad del amor de Dios al hombre y sentir toda su fuerza regeneradora. Misterios de gloria 23. “La contemplación del rostro de Cristo no puede reducirse a su imagen de crucificado. �Él es el Resucitado!”.29 El Rosario ha expresado siempre esta convicción de fe, invitando al creyente a superar la oscuridad de la Pasión para fijarse en la gloria de Cristo en su Resurrección y en su Ascensión. Contemplando al Resucitado, el cristiano descubre de nuevo las razones de la propia fe (cf. 1 Co 15, 14), y revive la alegría no solamente de aquellos a los que Cristo se manifestó –los Apóstoles, la Magdalena, los discípulos de Emaús–, sino también el gozo de María, que experimentó de modo intenso la nueva vida del Hijo glorificado. A esta gloria, que con la Ascensión pone a Cristo a la derecha del Padre, sería elevada Ella misma con la Asunción, anticipando así, por especialísimo privilegio, el destino reservado a todos los justos con la resurrección de la carne. Al fin, coronada de gloria –como aparece en el último misterio glorioso–, María resplandece como Reina de los Ángeles y los Santos, anticipación y culmen de la condición escatológica del Iglesia. En el centro de este itinerario de gloria del Hijo y de la Madre, el Rosario considera, en el tercer misterio glorioso, Pentecostés, que muestra el rostro de la Iglesia como una familia reunida con María, avivada por la efusión impetuosa del Espíritu y dispuesta para la misión evangelizadora. La contemplación de éste, como de los otros misterios gloriosos, ha de llevar a los creyentes a tomar conciencia cada vez más viva de su nueva vida en Cristo, en el seno de la Iglesia; una vida cuyo gran ’icono’ es la escena de Pentecostés. De este modo, los misterios gloriosos alimentan en los creyentes la esperanza en la meta escatológica, hacia la cual se encaminan como miembros del Pueblo de Dios peregrino en la historia. Esto les impulsará necesariamente a dar un testimonio valiente de aquel “gozoso anuncio” que da sentido a toda su vida. De los ’misterios’ al ’Misterio’: el camino de María 24. Los ciclos de meditaciones propuestos en el Santo Rosario no son ciertamente exhaustivos, pero llaman la atención sobre lo esencial, preparando el ánimo para gustar un conocimiento de Cristo, que se alimenta continuamente del manantial puro del texto evangélico. Cada rasgo de la vida de Cristo, tal como lo narran los Evangelistas, refleja aquel Misterio que supera todo conocimiento (cf. Ef 3, 19). Es el Misterio del Verbo hecho carne, en el cual “reside toda la Plenitud de la Divinidad corporalmente” (Col 2, 9). Por eso el Catecismo de la Iglesia Católica insiste tanto en los misterios de Cristo, recordando que “todo en la vida de Jesús es signo de su Misterio”.30 El “duc in altum” de la Iglesia en el tercer Milenio se basa en la capacidad de los cristianos de alcanzar “en toda su riqueza la plena inteligencia y perfecto conocimiento del Misterio de Dios, en el cual están ocultos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia” (Col 2, 2-3). La Carta a los Efesios desea ardientemente a todos los bautizados: “Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones, para que, arraigados y cimentados en el amor […], podáis conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que os vayáis llenando hasta la total plenitud de Dios” (3, 17-19). El Rosario promueve este ideal, ofreciendo el ’secreto’ para abrirse más fácilmente a un conocimiento profundo y comprometido de Cristo. Podríamos llamarlo el camino de María. Es el camino del ejemplo de la Virgen de Nazaret, mujer de fe, de silencio y de escucha. Es al mismo tiempo el camino de una devoción mariana consciente de la inseparable relación que une Cristo con su Santa Madre: los misterios de Cristo son también, en cierto sentido, los misterios de su Madre, incluso cuando Ella no está implicada directamente, por el hecho mismo de que Ella vive de Él y por Él. Haciendo nuestras en el Ave Maria las palabras del ángel Gabriel y de santa Isabel, nos sentimos impulsados a buscar siempre de nuevo en María, entre sus brazos y en su corazón, el “fruto bendito de su vientre” (cf. Lc 1, 42). Misterio de Cristo, ’misterio’ del hombre 25. En el testimonio ya citado de 1978 sobre el Rosario como mi oración predilecta, expresé un concepto sobre el que deseo volver. Dije entonces que “ el simple rezo del Rosario marca el ritmo de la vida humana ”.31 A la luz de las reflexiones hechas hasta ahora sobre los misterios de Cristo, no es difícil profundizar en esta consideración antropológica del Rosario. Una consideración más radical de lo que puede parecer a primera vista. Quien contempla a Cristo recorriendo las etapas de su vida, descubre también en Él la verdad sobre el hombre. Ésta es la gran afirmación del Concilio Vaticano II, que tantas veces he hecho objeto de mi magisterio, a partir de la Carta Encíclica Redemptor hominis: “Realmente, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado”.32 El Rosario ayuda a abrirse a esta luz. Siguiendo el camino de Cristo, el cual “recapitula” el camino del hombre,33 desvelado y redimido, el creyente se sitúa ante la imagen del verdadero hombre. Contemplando su nacimiento aprende el carácter sagrado de la vida, mirando la casa de Nazaret se percata de la verdad originaria de la familia según el designio de Dios, escuchando al Maestro en los misterios de su vida pública encuentra la luz para entrar en el Reino de Dios y, siguiendo sus pasos hacia el Calvario, comprende el sentido del dolor salvador. Por fin, contemplando a Cristo y a su Madre en la gloria, ve la meta a la que cada uno de nosotros está llamado, si se deja sanar y transfigurar por el Espíritu Santo. De este modo, se puede decir que cada misterio del Rosario, bien meditado, ilumina el misterio del hombre. Al mismo tiempo, resulta natural presentar en este encuentro con la santa humanidad del Redentor tantos problemas, afanes, fatigas y proyectos que marcan nuestra vida. “Descarga en el señor tu peso, y él te sustentará” (Sal 55, 23). Meditar con el Rosario significa poner nuestros afanes en los corazones misericordiosos de Cristo y de su Madre. Después de largos años, recordando los sinsabores, que no han faltado tampoco en el ejercicio del ministerio petrino, deseo repetir, casi como una cordial invitación dirigida a todos para que hagan de ello una experiencia personal: sí, verdaderamente el Rosario “ marca el ritmo de la vida humana ”, para armonizarla con el ritmo de la vida divina, en gozosa comunión con la Santísima Trinidad, destino y anhelo de nuestra existencia. CAPÍTULO III “ PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO ” El Rosario, camino de asimilación del misterio 26. El Rosario propone la meditación de los misterios de Cristo con un método característico, adecuado para favorecer su asimilación. Se trata del método basado en la repetición. Esto vale ante todo para el Ave Maria, que se repite diez veces en cada misterio. Si consideramos superficialmente esta repetición, se podría pensar que el Rosario es una práctica árida y aburrida. En cambio, se puede hacer otra consideración sobre el rosario, si se toma como expresión del amor que no se cansa de dirigirse hacia a la persona amada con manifestaciones que, incluso parecidas en su expresión, son siempre nuevas respecto al sentimiento que las inspira. En Cristo, Dios ha asumido verdaderamente un “corazón de carne”. Cristo no solamente tiene un corazón divino, rico en misericordia y perdón, sino también un corazón humano, capaz de todas las expresiones de afecto. A este respecto, si necesitáramos un testimonio evangélico, no sería difícil encontrarlo en el conmovedor diálogo de Cristo con Pedro después de la Resurrección. “Simón, hijo de Juan, �me quieres?” Tres veces se le hace la pregunta, tres veces Pedro responde: “Señor, tú lo sabes que te quiero” (cf. Jn 21, 15-17). Más allá del sentido específico del pasaje, tan importante para la misión de Pedro, a nadie se le escapa la belleza de esta triple repetición, en la cual la reiterada pregunta y la respuesta se expresan en términos bien conocidos por la experiencia universal del amor humano. Para comprender el Rosario, hace falta entrar en la dinámica psicológica que es propia del amor. Una cosa está clara: si la repetición del Ave Maria se dirige directamente a María, el acto de amor, con Ella y por Ella, se dirige a Jesús. La repetición favorece el deseo de una configuración cada vez más plena con Cristo, verdadero ’programa’ de la vida cristiana. San Pablo lo ha enunciado con palabras ardientes: “Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia” (Flp 1, 21). Y también: “No vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Ga 2, 20). El Rosario nos ayuda a crecer en esta configuración hasta la meta de la santidad. Un método válido… 27. No debe extrañarnos que la relación con Cristo se sirva de la ayuda de un método. Dios se comunica con el hombre respetando nuestra naturaleza y sus ritmos vitales. Por esto la espiritualidad cristiana, incluso conociendo las formas más sublimes del silencio místico, en el que todas las imágenes, palabras y gestos son como superados por la intensidad de una unión inefable del hombre con Dios, se caracteriza normalmente por la implicación de toda la persona, en su compleja realidad psicofísica y relacional. Esto aparece de modo evidente en la Liturgia. Los Sacramentos y los Sacramentales están estructurados con una serie de ritos relacionados con las diversas dimensiones de la persona. También la oración no litúrgica expresa la misma exigencia. Esto se confirma por el hecho de que, en Oriente, la oración más característica de la meditación cristológica, la que está centrada en las palabras “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”,34 está vinculada tradicionalmente con el ritmo de la respiración, que, mientras favorece la perseverancia en la invocación, da como una consistencia física al deseo de que Cristo se convierta en el aliento, el alma y el ’todo’ de la vida. … que, no obstante, se puede mejorar 28. En la Carta apostólica Novo millennio ineunte he recordado que en Occidente existe hoy también una renovada exigencia de meditación, que encuentra a veces en otras religiones modalidades bastante atractivas.35 Hay cristianos que, al conocer poco la tradición contemplativa cristiana, se dejan atraer por tales propuestas. Sin embargo, aunque éstas tengan elementos positivos y a veces compaginables con la experiencia cristiana, a menudo esconden un fondo ideológico inaceptable. En dichas experiencias abunda también una metodología que, pretendiendo alcanzar una alta concentración espiritual, usa técnicas de tipo psicofísico, repetitivas y simbólicas. El Rosario forma parte de este cuadro universal de la fenomenología religiosa, pero tiene características propias, que responden a las exigencias específicas de la vida cristiana. En efecto, el Rosario es un método para contemplar. Como método, debe ser utilizado en relación al fin y no puede ser un fin en sí mismo. Pero tampoco debe infravalorarse, dado que es fruto de una experiencia secular. La experiencia de innumerables Santos aboga en su favor. Lo cual no impide que pueda ser mejorado. Precisamente a esto se orienta la incorporación, en el ciclo de los misterios, de la nueva serie de los mysteria lucis, junto con algunas sugerencias sobre el rezo del Rosario que propongo en esta Carta. Con ello, aunque respetando la estructura firmemente consolidada de esta oración, quiero ayudar a los fieles a comprenderla en sus aspectos simbólicos, en sintonía con las exigencias de la vida cotidiana. De otro modo, existe el riesgo de que esta oración no sólo no produzca los efectos espirituales deseados, sino que el rosario mismo con el que suele recitarse, acabe por considerarse como un amuleto o un objeto mágico, con una radical distorsión de su sentido y su cometido El enunciado del misterio 29. Enunciar el misterio, y tener tal vez la oportunidad de contemplar al mismo tiempo una imagen que lo represente, es como abrir un escenario en el cual concentrar la atención. Las palabras conducen la imaginación y el espíritu a aquel determinado episodio o momento de la vida de Cristo. En la espiritualidad que se ha desarrollado en la Iglesia, tanto a través de la veneración de imágenes que enriquecen muchas devociones con elementos sensibles, como también del método propuesto por san Ignacio de Loyola en los Ejercicios Espirituales, se ha recurrido al elemento visual e imaginativo (la compositio loci) considerándolo de gran ayuda para favorecer la concentración del espíritu en el misterio. Por lo demás, es una metodología que se corresponde con la lógica misma de la Encarnación: Dios ha querido asumir, en Jesús, rasgos humanos. Por medio de su realidad corpórea, entramos en contacto con su misterio divino. El enunciado de los varios misterios del Rosario se corresponde también con esta exigencia de concreción. Es cierto que no sustituyen al Evangelio ni tampoco se refieren a todas sus páginas. El Rosario, por tanto, no reemplaza la lectio divina, sino que, por el contrario, la supone y la promueve. Pero si los misterios considerados en el Rosario, aun con el complemento de los mysteria lucis, se limita a las líneas fundamentales de la vida de Cristo, a partir de ellos la atención se puede extender fácilmente al resto del Evangelio, sobre todo cuando el Rosario se recita en momentos especiales de prolongado recogimiento. La escucha de la Palabra de Dios 30. Para dar fundamento bíblico y mayor profundidad a la meditación, es útil que al enunciado del misterio siga la proclamación del pasaje bíblico correspondiente, que puede ser más o menos largo según las circunstancias. En efecto, otras palabras nunca tienen la eficacia de la palabra inspirada. Ésta debe ser escuchada con la certeza de que es Palabra de Dios, pronunciada para hoy y “para mí”. Acogida de este modo, la Palabra entra en la metodología de la repetición del Rosario sin el aburrimiento que produciría la simple reiteración de una información ya conocida. No, no se trata de recordar una información, sino de dejar ’hablar’ a Dios. En alguna ocasión solemne y comunitaria, esta palabra se puede ilustrar con algún breve comentario. El silencio 31. La escucha y la meditación se alimentan del silencio. Es conveniente que, después de enunciar el misterio y proclamar la Palabra, esperemos unos momentos antes de iniciar la oración vocal, para fijar la atención sobre el misterio meditado. El redescubrimiento del valor del silencio es uno de los secretos para la práctica de la contemplación y la meditación. Uno de los límites de una sociedad tan condicionada por la tecnología y los medios de comunicación social es que el silencio se hace cada vez más difícil. Así como en la Liturgia se recomienda que haya momentos de silencio, en el rezo del Rosario es también oportuno hacer una breve pausa después de escuchar la Palabra de Dios, concentrando el espíritu en el contenido de un determinado misterio. El “Padrenuestro” 32. Después de haber escuchado la Palabra y centrado la atención en el misterio, es natural que el ánimo se eleve hacia el Padre. Jesús, en cada uno de sus misterios, nos lleva siempre al Padre, al cual Él se dirige continuamente, porque descansa en su ’seno’ (cf Jn 1, 18). Él nos quiere introducir en la intimidad del Padre para que digamos con Él: “�Abbá, Padre!” (Rm 8, 15; Ga 4, 6). En esta relación con el Padre nos hace hermanos suyos y entre nosotros, comunicándonos el Espíritu, que es a la vez suyo y del Padre. El “Padrenuestro”, puesto como fundamento de la meditación cristológico-mariana que se desarrolla mediante la repetición del Ave Maria, hace que la meditación del misterio, aun cuando se tenga en soledad, sea una experiencia eclesial. Las diez “Ave Maria” 33. Este es el elemento más extenso del Rosario y que a la vez lo convierte en una oración mariana por excelencia. Pero precisamente a la luz del Ave Maria, bien entendida, es donde se nota con claridad que el carácter mariano no se opone al cristológico, sino que más bien lo subraya y lo exalta. En efecto, la primera parte del Ave Maria, tomada de las palabras dirigidas a María por el ángel Gabriel y por santa Isabel, es contemplación adorante del misterio que se realiza en la Virgen de Nazaret. Expresan, por así decir, la admiración del cielo y de la tierra y, en cierto sentido, dejan entrever la complacencia de Dios mismo al ver su obra maestra –la encarnación del Hijo en el seno virginal de María–, análogamente a la mirada de aprobación del Génesis (cf. Gn 1, 31), aquel “pathos con el que Dios, en el alba de la creación, contempló la obra de sus manos”.36 Repetir en el Rosario el Ave Maria nos acerca a la complacencia de Dios: es júbilo, asombro, reconocimiento del milagro más grande de la historia. Es el cumplimiento dela profecía de María: “Desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc1, 48). El centro del Ave Maria, casi como engarce entre la primera y la segunda parte, es el nombre de Jesús. A veces, en el rezo apresurado, no se percibe este aspecto central y tampoco la relación con el misterio de Cristo que se está contemplando. Pero es precisamente el relieve que se da al nombre de Jesús y a su misterio lo que caracteriza una recitación consciente y fructuosa del Rosario. Ya Pablo VI recordó en la Exhortación apostólica Marialis cultus la costumbre, practicada en algunas regiones, de realzar el nombre de Cristo añadiéndole una cláusula evocadora del misterio que se está meditando.37 Es una costumbre loable, especialmente en la plegaria pública. Expresa con intensidad la fe cristológica, aplicada a los diversos momentos de la vida del Redentor. Es profesión de fe y, al mismo tiempo, ayuda a mantener atenta la meditación, permitiendo vivir la función asimiladora, innata en la repetición del Ave Maria, respecto al misterio de Cristo. Repetir el nombre de Jesús –el único nombre del cual podemos esperar la salvación (cf. Hch 4, 12)– junto con el de su Madre Santísima, y como dejando que Ella misma nos lo sugiera, es un modo de asimilación, que aspira a hacernos entrar cada vez más profundamente en la vida de Cristo. De la especial relación con Cristo, que hace de María la Madre de Dios, la Theotòkos, deriva, además, la fuerza de la súplica con la que nos dirigimos a Ella en la segunda parte de la oración, confiando a su materna intercesión nuestra vida y la hora de nuestra muerte. El “Gloria” 34. La doxología trinitaria es la meta de la contemplación cristiana. En efecto, Cristo es el camino que nos conduce al Padre en el Espíritu. Si recorremos este camino hasta el final, nos encontramos continuamente ante el misterio de las tres Personas divinas que se han de alabar, adorar y agradecer. Es importante que el Gloria, culmen de la contemplación, sea bien resaltado en el Rosario. En el rezo público podría ser cantado, para dar mayor énfasis a esta perspectiva estructural y característica de toda plegaria cristiana. En la medida en que la meditación del misterio haya sido atenta, profunda, fortalecida –de Ave en Ave – por el amor a Cristo y a María, la glorificación trinitaria en cada decena, en vez de reducirse a una rápida conclusión, adquiere su justo tono contemplativo, como para levantar el espíritu a la altura del Paraíso y hacer revivir, de algún modo, la experiencia del Tabor, anticipación de la contemplación futura: “Bueno es estarnos aquí” (Lc 9, 33). La jaculatoria final 35. Habitualmente, en el rezo del Rosario, después de la doxología trinitaria sigue una jaculatoria, que varía según las costumbres. Sin quitar valor a tales invocaciones, parece oportuno señalar que la contemplación de los misterios puede expresar mejor toda su fecundidad si se procura que cada misterio concluya con una oración dirigida a alcanzar los frutos específicos de la meditación del misterio. De este modo, el Rosario puede expresar con mayor eficacia su relación con la vida cristiana. Lo sugiere una bella oración litúrgica, que nos invita a pedir que, meditando los misterios del Rosario, lleguemos a “imitar lo que contienen y a conseguir lo que prometen”.38 Como ya se hace, dicha oración final puede expresarse en varias forma legítimas. El Rosario adquiere así también una fisonomía más adecuada a las diversas tradiciones espirituales y a las distintas comunidades cristianas. En esta perspectiva, es de desear que se difundan, con el debido discernimiento pastoral, las propuestas más significativas, experimentadas tal vez en centros y santuarios marianos que cultivan particularmente la práctica del Rosario, de modo que el Pueblo de Dios pueda acceder a toda auténtica riqueza espiritual, encontrando así una ayuda para la propia contemplación. El ’rosario’ 36. Instrumento tradicional para rezarlo es el rosario. En la práctica más superficial, a menudo termina por ser un simple instrumento para contar la sucesión de las Ave Maria. Pero sirve también para expresar un simbolismo, que puede dar ulterior densidad a la contemplación. A este propósito, lo primero que debe tenerse presente es que el rosario está centrado en el Crucifijo, que abre y cierra el proceso mismo de la oración. En Cristo se centra la vida y la oración de los creyentes. Todo parte de Él, todo tiende hacia Él, todo, a través de Él, en el Espíritu Santo, llega al Padre. En cuanto medio para contar, que marca el avanzar de la oración, el rosario evoca el camino incesante de la contemplación y de la perfección cristiana. El Beato Bartolomé Longo lo consideraba también como una ’cadena’ que nos une a Dios. Cadena, sí, pero cadena dulce; así se manifiesta la relación con Dios, que es Padre. Cadena ’filial’, que nos pone en sintonía con María, la “sierva del Señor” (Lc 1, 38) y, en definitiva, con el propio Cristo, que, aun siendo Dios, se hizo “siervo” por amor nuestro (Flp 2, 7). Es también hermoso ampliar el significado simbólico del rosario a nuestra relación recíproca, recordando de ese modo el vínculo de comunión y fraternidad que nos une a todos en Cristo. Inicio y conclusión 37. En la práctica corriente, hay varios modos de comenzar el Rosario, según los diversos contextos eclesiales. En algunas regiones se suele iniciar con la invocación del Salmo 69: “Dios mío ven en mi auxilio, Señor date prisa en socorrerme”, como para alimentar en el orante la humilde conciencia de su propia indigencia; en otras, se comienza recitando el Credo, como haciendo de la profesión de fe el fundamento del camino contemplativo que se emprende. Éstos y otros modos similares, en la medida que disponen el ánimo para la contemplación, son usos igualmente legítimos. La plegaria se concluye rezando por las intenciones del Papa, para elevar la mirada de quien reza hacia el vasto horizonte de las necesidades eclesiales. Precisamente para fomentar esta proyección eclesial del Rosario, la Iglesia ha querido enriquecerlo con santas indulgencias para quien lo recita con las debidas disposiciones. En efecto, si se hace así, el Rosario es realmente un itinerario espiritual en el que María se hace madre, maestra, guía, y sostiene al fiel con su poderosa intercesión. �Cómo asombrarse, pues, si al final de esta oración en la cual se ha experimentado íntimamente la maternidad de María, el espíritu siente necesidad de dedicar una alabanza a la Santísima Virgen, bien con la espléndida oración de la Salve Regina, bien con las Letanías lauretanas? Es como coronar un camino interior, que ha llevado al fiel al contacto vivo con el misterio de Cristo y de su Madre Santísima. La distribución en el tiempo 38. El Rosario puede recitarse entero cada día, y hay quienes así lo hacen de manera laudable. De ese modo, el Rosario impregna de oración los días de muchos contemplativos, o sirve de compañía a enfermos y ancianos que tienen mucho tiempo disponible. Pero es obvio –y eso vale, con mayor razón, si se añade el nuevo ciclo de los mysteria lucis– que muchos no podrán recitar más que una parte, según un determinado orden semanal. Esta distribución semanal da a los días de la semana un cierto ’color’ espiritual, análogamente a lo que hace la Liturgia con las diversas fases del año litúrgico. Según la praxis corriente, el lunes y el jueves están dedicados a los “misterios gozosos”, el martes y el viernes a los “dolorosos”, el miércoles, el sábado y el domingo a los “gloriosos”. �Dónde introducir los “misterios de la luz”? Considerando que los misterios gloriosos se proponen seguidos el sábado y el domingo, y que el sábado es tradicionalmente un día de marcado carácter mariano, parece aconsejable trasladar al sábado la segunda meditación semanal de los misterios gozosos, en los cuales la presencia de María es más destacada. Queda así libre el jueves para la meditación de los misterios de la luz. No obstante, esta indicación no pretende limitar una conveniente libertad en la meditación personal y comunitaria, según las exigencias espirituales y pastorales y, sobre todo, las coincidencias litúrgicas que pueden sugerir oportunas adaptaciones. Lo verdaderamente importante es que el Rosario se comprenda y se experimente cada vez más como un itinerario contemplativo. Por medio de él, de manera complementaria a cuanto se realiza en la Liturgia, la semana del cristiano, centrada en el domingo, día de la resurrección, se convierte en un camino a través de los misterios de la vida de Cristo, y Él se consolida en la vida de sus discípulos como Señor del tiempo y de la historia. CONCLUSIÓN “Rosario bendito de María, cadena dulce que nos unes con Dios” 39. Lo que se ha dicho hasta aquí expresa ampliamente la riqueza de esta oración tradicional, que tiene la sencillez de una oración popular, pero también la profundidad teológica de una oración adecuada para quien siente la exigencia de una contemplación más intensa. La Iglesia ha visto siempre en esta oración una particular eficacia, confiando las causas más difíciles a su recitación comunitaria y a su práctica constante. En momentos en los que la cristiandad misma estaba amenazada, se atribuyó a la fuerza de esta oración la liberación del peligro y la Virgen del Rosario fue considerada como propiciadora de la salvación. Hoy deseo confiar a la eficacia de esta oración –lo he señalado al principio– la causa de la paz en el mundo y la de la familia. La paz 40. Las dificultades que presenta el panorama mundial en este comienzo del nuevo Milenio nos inducen a pensar que sólo una intervención de lo Alto, capaz de orientar los corazones de quienes viven situaciones conflictivas y de quienes dirigen los destinos de las Naciones, puede hacer esperar en un futuro menos oscuro. El Rosario es una oración orientada por su naturaleza hacia la paz, por el hecho mismo de que contempla a Cristo, Príncipe de la paz y “nuestra paz” (Ef 2, 14). Quien interioriza el misterio de Cristo –y el Rosario tiende precisamente a eso– aprende el secreto de la paz y hace de ello un proyecto de vida. Además, debido a su carácter meditativo, con la serena sucesión del Ave Maria, el Rosario ejerce sobre el orante una acción pacificadora que lo dispone a recibir y experimentar en la profundidad de su ser, y a difundir a su alrededor, paz verdadera, que es un don especial del Resucitado (cf. Jn 14, 27; 20, 21). Es además oración por la paz por la caridad que promueve. Si se recita bien, como verdadera oración meditativa, el Rosario, favoreciendo el encuentro con Cristo en sus misterios, muestra también el rostro de Cristo en los hermanos, especialmente en los que más sufren. �Cómo se podría considerar, en los misterios gozosos, el misterio del Niño nacido en Belén sin sentir el deseo de acoger, defender y promover la vida, haciéndose cargo del sufrimiento de los niños en todas las partes del mundo? �Cómo podrían seguirse los pasos del Cristo revelador, en los misterios de la luz, sin proponerse el testimonio de sus bienaventuranzas en la vida de cada día? Y �cómo contemplar a Cristo cargado con la cruz y crucificado, sin sentir la necesidad de hacerse sus “cireneos” en cada hermano aquejado por el dolor u oprimido por la desesperación? �Cómo se podría, en fin, contemplar la gloria de Cristo resucitado y a María coronada como Reina, sin sentir el deseo de hacer este mundo más hermoso, más justo, más cercano al proyecto de Dios? En definitiva, mientras nos hace contemplar a Cristo, el Rosario nos hace también constructores de la paz en el mundo. Por su carácter de petición insistente y comunitaria, en sintonía con la invitación de Cristo a “orar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1), nos permite esperar que hoy se pueda vencer también una ’batalla’ tan difícil como la de la paz. De este modo, el Rosario, en vez de ser una huida de los problemas del mundo, nos impulsa a examinarlos de manera responsable y generosa, y nos concede la fuerza de afrontarlos con la certeza de la ayuda de Dios y con el firme propósito de testimoniar en cada circunstancia la caridad, “que es el vínculo de la perfección” (Col 3, 14). La familia: los padres… 41. Además de oración por la paz, el Rosario es también, desde siempre, una oración de la familia y por la familia. Antes esta oración era apreciada particularmente por las familias cristianas, y ciertamente favorecía su comunión. Conviene no descuidar esta preciosa herencia. Se ha de volver a rezar en familia y a rogar por las familias, utilizando todavía esta forma de plegaria. Si en la Carta apostólica Novo millennio ineunte he alentado la celebración de la Liturgia de las Horas por parte de los laicos en la vida ordinaria de las comunidades parroquiales y de los diversos grupos cristianos,39 deseo hacerlo igualmente con el Rosario. Se trata de dos caminos no alternativos, sino complementarios, de la contemplación cristiana. Pido, por tanto, a cuantos se dedican a la pastoral de las familias que recomienden con convicción el rezo del Rosario. La familia que reza unida, permanece unida. El Santo Rosario, por antigua tradición, es una oración que se presta particularmente para reunir a la familia. Contemplando a Jesús, cada uno de sus miembros recupera también la capacidad de volverse a mirar a los ojos, para comunicar, solidarizarse, perdonarse recíprocamente y comenzar de nuevo con un pacto de amor renovado por el Espíritu de Dios. Muchos problemas de las familias contemporáneas, especialmente en las sociedades económicamente más desarrolladas, derivan de una creciente dificultad comunicarse. No se consigue estar juntos y a veces los raros momentos de reunión quedan absorbidos por las imágenes de un televisor. Volver a rezar el Rosario en familia significa introducir en la vida cotidiana otras imágenes muy distintas, las del misterio que salva: la imagen del Redentor, la imagen de su Madre santísima. La familia que reza unida el Rosario reproduce un poco el clima de la casa de Nazaret: Jesús está en el centro, se comparten con él alegrías y dolores, se ponen en sus manos las necesidades y proyectos, se obtienen de él la esperanza y la fuerza para el camino. … y los hijos 42. Es hermoso y fructuoso confiar también a esta oración el proceso de crecimiento de los hijos. �No es acaso, el Rosario, el itinerario de la vida de Cristo, desde su concepción a la muerte, hasta la resurrección y la gloria? Hoy resulta cada vez más difícil para los padres seguir a los hijos en las diversas etapas de su vida. En la sociedad de la tecnología avanzada, de los medios de comunicación social y de la globalización, todo se ha acelerado, y cada día es mayor la distancia cultural entre las generaciones. Los mensajes de todo tipo y las experiencias más imprevisibles hacen mella pronto en la vida de los chicos y los adolescentes, y a veces es angustioso para los padres afrontar los peligros que corren los hijos. Con frecuencia se encuentran ante desilusiones fuertes, al constatar los fracasos de los hijos ante la seducción de la droga, los atractivos de un hedonismo desenfrenado, las tentaciones de la violencia o las formas tan diferentes del sinsentido y la desesperación. Rezar con el Rosario por los hijos, y mejor aún, con los hijos, educándolos desde su tierna edad para este momento cotidiano de “intervalo de oración” de la familia, no es ciertamente la solución de todos los problemas, pero es una ayuda espiritual que no se debe minimizar. Se puede objetar que el Rosario parece una oración poco adecuada para los gustos de los chicos y los jóvenes de hoy. Pero quizás esta objeción se basa en un modo poco esmerado de rezarlo. Por otra parte, salvando su estructura fundamental, nada impide que, para ellos, el rezo del Rosario –tanto en familia como en los grupos– se enriquezca con oportunas aportaciones simbólicas y prácticas, que favorezcan su comprensión y valorización. �Por qué no probarlo? Una pastoral juvenil no derrotista, apasionada y creativa –�las Jornadas Mundiales de la Juventud han dado buena prueba de ello!– es capaz de dar, con la ayuda de Dios, pasos verdaderamente significativos. Si el Rosario se presenta bien, estoy seguro de que los jóvenes mismos serán capaces de sorprender una vez más a los adultos, haciendo propia esta oración y recitándola con el entusiasmo típico de su edad. El Rosario, un tesoro que recuperar 43. Queridos hermanos y hermanas: Una oración tan fácil, y al mismo tiempo tan rica, merece de veras ser recuperada por la comunidad cristiana. Hagámoslo sobre todo en este año, asumiendo esta propuesta como una consolidación de la línea trazada en la Carta apostólica Novo millennio ineunte, en la cual se han inspirado los planes pastorales de muchas Iglesias particulares al programar los objetivos para el próximo futuro. Me dirijo en particular a vosotros, queridos Hermanos en el Episcopado, sacerdotes y diáconos, y a vosotros, agentes pastorales en los diversos ministerios, para que, teniendo la experiencia personal de la belleza del Rosario, os convirtáis en sus diligentes promotores. Confío también en vosotros, teólogos, para que, realizando una reflexión a la vez rigurosa y sabia, basada en la Palabra de Dios y sensible a la vivencia del pueblo cristiano, ayudéis a descubrir los fundamentos bíblicos, las riquezas espirituales y la validez pastoral de esta oración tradicional. Cuento con vosotros, consagrados y consagradas, llamados de manera particular a contemplar el rostro de Cristo siguiendo el ejemplo de María. Pienso en todos vosotros, hermanos y hermanas de toda condición, en vosotras, familias cristianas, en vosotros, enfermos y ancianos, en vosotros, jóvenes: tomad con confianza entre las manos el rosario, descubriéndolo de nuevo a la luz de la Escritura, en armonía con la Liturgia y en el contexto de la vida cotidiana. �Qué este llamamiento mío no sea en balde! Al inicio del vigésimo quinto año de Pontificado, pongo esta Carta apostólica en las manos de la Virgen María, postrándome espiritualmente ante su imagen en su espléndido Santuario edificado por el Beato Bartolomé Longo, apóstol del Rosario. Hago mías con gusto las palabras conmovedoras con las que él termina la célebre Súplica a la Reina del Santo Rosario: “Oh Rosario bendito de María, dulce cadena que nos une con Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el común naufragio, no te dejaremos jamás. Tú serás nuestro consuelo en la hora de la agonía. Para ti el último beso de la vida que se apaga. Y el último susurro de nuestros labios será tu suave nombre, oh Reina del Rosario de Pompeya, oh Madre nuestra querida, oh Refugio de los pecadores, oh Soberana consoladora de los tristes. Que seas bendita por doquier, hoy y siempre, en la tierra y en el cielo”. Vaticano, 16 octubre del año 2002, inicio del vigésimo quinto de mi Pontificado. JUAN PABLO II Notas 1 Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 45. 2 Pablo VI, Exhort. ap. Marialis cultus, (2 febrero 1974) 42, AAS 66 (1974), 153. 3 Cf. Acta Leonis XIII, 3 (1884), 280-289. 4 En particular, es digna de mención su Carta ap. sobre el Rosario Il religioso convegno del 29 septiembre 1961: AAS 53 (1961), 641-647. 5 Angelus: L’Osservatore Romano ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1. 6 AAS93 (2002), 285. 7 En los años de preparación del Concilio, Juan XXIII invitó a la comunidad cristiana a rezar el Rosario por el éxito de este acontecimiento eclesial; cf. Carta al Cardenal Vicario del 28 de septiembre de 1960: AAS 52 (1960), 814-817. 8 Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 66. 9 N. 32: AAS 93 (2002), 288. 10 Ibíd., 33: l. c., 289. 11 Es sabido y se ha de recordar que las revelaciones privadas no son de la misma naturaleza que la revelación pública, normativa para toda la Iglesia. Es tarea del Magisterio discernir y reconocer la autenticidad y el valor de las revelaciones privadas para la piedad de los fieles. 12 El secreto admirable del santísimo Rosario para convertirse y salvarse,en Obras de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, 313-391. 13 Beato Bartolo Longo, Storia del Santuario di Pompei, Pompei 1990, p.59. 14 Exhort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 47: AAS 66 (1974), 156. 15 Const. sobre Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium,10. 16 Ibíd., 12. 17 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 58. 18 I Quindici Sabati del Santissimo Rosario,27 ed., Pompeya 1916), p. 27. 19 Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 53. 20 Ibíd., 60. 21 Cf. Primer Radiomensaje Urbi et orbi (17 octubre 1978): AAS 70 (1978), 927. 22 Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen, 120, en: Obras. de San Luis María G. de Montfort, Madrid 1954, p.505s. 23 Catecismo de la Iglesia Católica, 2679. 24 Ibíd., 2675. 25 La Suplica a la Reina del Santo Rosario, que se recita solemnemente dos veces al año, en mayo y octubre, fue compuesta por el Beato Batolomé Longo en 1883, como adhesión a la invitaciòn del Papa Leon XIII a los católicos en su primera Encíclica sobre el Rosario a un compromiso espiritual orientado a afrontar los males de la sociedad. 26 Divina Comedia,Par. XXXIII, 13-15. 27 Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 20: AAS 93 (2001), 279. 28 Exort. ap. Marialis cultus (2 febrero 1974), 46: AAS 66 (1974), 155. 29 Carta ap. Novo millennio ineunte (6 enero 2001), 28: AAS 93 (2001), 284. 30 N. 515. 31 Angelus del 29 de octubre 1978: L’Osservatore Romano,ed. semanal en lengua española, 5 noviembre 1978, 1. 32 Const. past. sobre la Iglesia en el mundo actual Gaudium et spes, 22. 33 S. Ireneo de Lyon, Adversus haereses, III, 18,1: PG 7, 932. 34 Catecismo de la Iglesia Católica,2616. 35 Cf. n. 33: AAS 93 (2001), 289. 36 Carta a los artistas(4 abril 1999), 1: AAS 91 (1999), 1155. 37 Cf. n. 46: AAS 66 (1974), 155. Esta costumbre ha sido alabada recientemente por la Congregación para el Culto Divino y la disciplina de los Sacramentos, Directorio sobre la piedad popular y la liturgia. Principios y orientaciones (17 diciembre 2001), n.201. 38 “ …concede, quæsumus, ut hæc mysteria sacratissimo beatæ Mariæ Virginis Rosario recolentes, et imitemur quod continent, et quod promittunt assequamur ”: Missale Romanum (1960) in festo B. M. Virginis a Rosario. 39 Cf. n. 34: AAS 93 (2001), 290.
De todo el mundo, los responsables del Movimiento de los Focolares, reunidos en Castelgandolfo
Una primera fase de la asamblea fue dedicada a una profundización en los desarrollos del Movimiento, difundido actualmente en 182 naciones, especialmente en los frentes de la comunión entre nuevos y antiguos carismas dentro de la Iglesia católica, con cristianos de 350 Iglesias y comunidades eclesiales, y de las relaciones fraternas establecidas con individuos y Movimientos de otras religiones entre ellos judíos, musulmanes, indúes y budistas y con personas de convicciones no religiosas, involucrados en el único objetivo, específico del Movimiento de los Focolares, de contribuir a recomponer en unidad, en la fraternidad, la familia humana. La segunda fase de la asamblea fue dedicada a algunos días de retiro y a las votaciones. Momento culminante, la audiencia con el Papa que entregó a Chiara Lubich un atendido mensaje. Junto a Chiara Lubich se acercaron a saludar al Papa dos representantes del Consejo General. La Asamblea general del Movimiento de los Focolares reune cada seis años a los responsables a nivel central, de las 22 ramas – comprendido el mundo de los jovenes y chicos, de las familias, de los sacerdotes y religiosos, obispos, los distintos ámbitos de la sociedad (economía, política, cultura, comunicaciones, educación, arte, sanidad), las comunidades parroquiales y diocesanas – y a los responsables de las 72 zonas territoriales de los 5 continentes donde está difundido el Movimiento. La Asamblea se convoca para proceder a la elección de la Presidente, del Co-presidente vicario y de los Consejeros generales. Asisten, en calidad de observadores, diez focolarinas y focolarinos de las Iglesias: ortodoxa de Rumania, de Antioquía, sirio-ortodoxa, anglicana, evangélica-luterana y reformada de Holanda y Suiza.
Palabra de vida Octubre 2002
La discusión sobre cuál era el primero, entre los muchos mandamientos de las Escrituras, era un tema clásico que se planteaban las escuelas rabínicas en los tiempos de Jesús. Por eso él, considerado un maestro, no elude la pregunta que se le hace al respecto “¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley?”. Pero responde de un modo original, uniendo el amor a Dios con el amor al prójimo. Sus discípulos no pueden separar nunca estos dos amores, como en un árbol no se pueden separar las raíces de la copa: cuanto más aman a Dios, más intensifican el amor a los hermanos y hermanas; cuanto más aman a los hermanos y hermanas, tanto más hondo van en el amor a Dios.
Jesús sabe, como ninguno, quién es el Dios al que verdaderamente debemos amar y sabe cómo tiene que ser amado: es su Padre, y Padre nuestro, su Dios y nuestro Dios (cf Jn 20, 17). Es un Dios que ama a cada uno personalmente; me ama, te ama: es mi Dios, tu Dios (“Amarás al Señor tu Dios”).
Y nosotros podemos amarlo porque él nos amó primero: el amor que nos ha . ordenado es, por eso, una respuesta al Amor. Podemos dirigirnos a él con la misma familiaridad y confianza que tenía Jesús cuando lo llamaba Abba, Padre. También nosotros, como Jesús, podemos hablar a menudo con él, presentándole todas nuestras necesidades, propósitos, proyectos, diciéndole una y otra vez nuestro amor exclusivo. También nosotros queremos esperar con impaciencia que llegue el momento de ponernos en contacto profundo con él mediante la oración, que es diálogo, comunión, intensa relación de amistad. En esos momentos podemos dar rienda suelta a nuestro amor: adorarlo más allá de la creación, adorarlo presente por todas partes en el universo entero, alabarlo en el fondo de nuestro corazón o, vivo, en los tabernáculos, imaginarlo allí donde estamos, en la habitación, en el trabajo, en la oficina, mientras nos encontramos con los demás…
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu»
Jesús también nos enseña otro modo de amar al Señor. Para Jesús amar significó realizar la voluntad del Padre poniendo a disposición la mente, el corazón, las energías, la vida misma; se dio por completo al proyecto que el Padre tenía para él. El Evangelio nos lo muestra siempre y totalmente orientado hacia el Padre (cf Jn 1, 18), siempre en el Padre, siempre tendiendo a decir sólo lo que había oído del Padre, a realizar sólo lo que el Padre le había dicho que hiciera. A nosotros también nos pide lo mismo: amar significa hacer la voluntad del Amado, sin medias tintas, con todo nuestro ser: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente”. Porque el amor no es sólo un sentimiento. “¿Por qué ustedes me llaman Señor, Señor, y no hacen lo que les digo?” (Lc 6, 46), pregunta Jesús a quien ama solamente de palabra.
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu»
¿Cómo vivir, entonces, este mandamiento de Jesús? Sin duda estableciendo con Dios una relación filial y de amistad, pero sobre todo haciendo lo que él quiere. Nuestra actitud para con Dios, como la de Jesús, será estar siempre orientados hacia el Padre, a su escucha, en obediencia, para realizar su obra, sólo esa y no otra cosa.
En esto se nos pide la mayor radicalidad, porque a Dios no se le puede dar menos que todo: todo el corazón, toda el alma, toda la mente. Esto significa hacer bien, por completo, esa acción que él nos pide.
Para vivir su voluntad y adecuarse a ella hará falta, muchas veces, quemar la nuestra, sacrificando todo lo que tenemos en el corazón o en la mente que no tenga que ver con el presente. Puede ser una idea, un sentimiento, un pensamiento, un deseo, un recuerdo, una cosa, una persona…
Estemos volcados, entonces, en lo que se nos pide en el momento presente. Hablar, llamar por teléfono, escuchar, ayudar, estudiar, rezar, comer, dormir, vivir su voluntad sin divagar; hacer acciones enteras, limpias, perfectas, con todo el corazón, el alma, la mente; tener al amor como único motivo que impulsa cada una de nuestras acciones, al punto de poder decir, en cada momento del día: “Sí, mi Dios, en este instante, en esta acción te he amado con todo el corazón, con todo mi ser”. Sólo entonces podremos decir que amamos a Dios, que le retribuimos el amor que nos tiene.
«Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu»
Resultará útil, para vivir esta Palabra de vida, analizarnos cada tanto a nosotros mismos para ver si Dios está verdaderamente en el primer lugar de nuestra alma.
Entonces, para concluir, ¿qué tenemos que hacer en este mes? Elegir nuevamente a Dios como único Ideal, como el todo de nuestra vida, volviendo a ponerlo en el primer lugar, viviendo con perfección su voluntad en el momento presente. Le tenemos que poder decir con sinceridad: “Mi Dios y mi todo”, “te amo”, “soy todo tuyo, “¡Eres Dios, eres mi Dios, nuestro Dios de amor infinito!”.
Chiara Lubich
Palabra de vida Septiembre 2002
Esta Palabra de vida ha sido tomada de uno de los libros del Antiguo Testamento, escrito entre el 170 y l80 antes de Cristo, por Ben Sira, un sabio, un escriba que desarrollaba su misión de maestro en Jerusalén. Enseña un tema muy apreciado por toda la tradición sapiencial bíblica: Dios es misericordioso con los pecadores y nosotros tenemos que imitar su forma de proceder. El Señor perdona todas nuestras culpas porque “el Señor es bondadoso y compasivo, lento para enojarse y de gran misericordia” (Sal 103, 3.8). Cierra los ojos para no ver más nuestros pecados (Sap 11, 23), los olvida echándolos a sus espaldas (Cf Is 38, 17). En efecto, escribe el mismo Ben Sira, conociendo nuestra pequeñez y miseria “multiplica el perdón”. Dios perdona porque, como todo padre, como toda madre, ama a sus hijos y por lo tanto los disculpa siempre, oculta sus errores, les da confianza y los alienta sin cansarse nunca.
Como padre y madre, a Dios no le basta amar y perdonar a sus hijos y a sus hijas. Su mayor deseo es que ellos se traten como hermanos y hermanas, anden de acuerdo, se quieran, se amen. La fraternidad universal, éste es el plan de Dios para la humanidad. Una fraternidad más fuerte que las inevitables divisiones, tensiones, rencores que se insinúan con tanta facilidad por incomprensiones y errores.
Muchas veces las familias se deshacen por no saber perdonar. Viejos odios mantienen divididos a parientes, grupos sociales, pueblos. A veces hasta hay quien enseña a no olvidar las ofensas recibidas, a cultivar sentimientos de venganza… Entonces un sordo rencor envenena el alma y corroe el corazón.
Algunos piensan que el perdón es una debilidad. No, es la expresión de un valor mucho más grande, es amor verdadero, el más auténtico porque es el más desinteresado: “Si ustedes aman solamente a quienes los aman, ¿qué recompensa merecen?” (Cf Mt 5, 42-27).
También a nosotros se nos pide que, aprendiendo de él, tengamos un amor de padre, un amor de madre, un amor de misericordia con todos los que se cruzan en nuestro camino durante el día, especialmente con quien se equivoca. Por otra parte, a los que están llamados a vivir una espiritualidad de comunión, es decir, la espiritualidad cristiana, el Nuevo Testamento le pide más todavía: “perdónense mutuamente” (Cf Col 3, 13: 2). El amor recíproco exige casi un pacto entre nosotros: estar siempre dispuestos a perdonarnos unos a otros. Sólo así podremos contribuir a la realización de la fraternidad universal.
«Perdona el agravio a tu prójimo y entonces, cuando ores, serán absueltos tus pecados.»
Estas palabras no sólo nos invitan a perdonar, sino que nos recuerdan que el perdón es la condición necesaria para que también nosotros podamos ser perdonados. Dios nos escucha y nos perdona en la medida que nosotros sepamos perdonar. El mismo Jesús nos advierte, “La medida con que midan se usará con ustedes” (Mt 7, 2). “Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia” (Mt 5, 7). En efecto, si el corazón está endurecido por el odio ni siquiera está en condiciones de reconocer y de dar cabida al amor misericordioso de Dios.
¿Cómo vivir entonces esta Palabra de vida? Ciertamente perdonando enseguida si hubiera alguien con el cual todavía no nos hemos reconciliado. Pero esto no basta. Habrá que hurgar en los rincones más escondidos de nuestro corazón y eliminar también la simple indiferencia, la falta de benevolencia, toda actitud de superioridad, de descuido por cada uno de los que pasan a nuestro lado.
Se requiere, además, una tarea de prevención. Y así, cada mañana, ver con una mirada nueva a los que voy encontrando en familia, en la escuela, en el trabajo, en el almacén, dispuestos a pasar por alto cosas que no van con nuestro modo de ser, dispuestos a no juzgar, a trasmitir confianza, a esperar siempre, a creer siempre. Acercarme a cada persona con esta amnistía completa en el corazón, con este perdón universal. No recuerdo para nada sus defectos, cubro todo con el amor. Y a lo largo del día trato de reparar un desaire, un estallido de impaciencia, con un pedido de disculpas o un gesto de amistad. Ante una actitud de instintivo rechazo del otro respondo poniendo en juego un gesto de acogida plena, de misericordia sin límites, de perdón completo, de coparticipacion, de atención
a sus necesidades.
Entonces también yo, cuando eleve la oración al Padre, y sobre todo cuando le pida perdón por mis errores, veré que mi pedido es escuchado, podré decir con plena confianza: “Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido” (Mt 6, 12).
Chiara Lubich
El Espejo
Hoy es la fiesta de santa Clara de Asís 2002, que como una tradición siempre hemos celebrado en nuestro Movimiento, desde sus comienzos, y no solamente en el Centro sino en todas partes del mundo donde está difundido. También hoy – como cada año – recordamos a santa Clara y confrontamos algún aspecto particular de su camino hacia Dios con el nuestro.
Mirar a Jesús como a un espejo para imitarlo
Hay un concepto de la santa que todavía no hemos puesto de relieve y que podríamos expresar así: “El espejo, los espejos”. Es la imagen del espejo que se refiere exactamente a lo que dice san Pablo en su carta a los Corintios: “Nosotros, en cambio, con el rostro descubierto, reflejamos, como en un espejo, la gloria del Señor, y somos transfigurados a su propia imagen con un esplendor cada vez más glorioso, por la acción del Señor, que es Espíritu” (2 Cor.3,18). En las cartas a Inés de Praga, que forman parte de los escritos que hablan de su exigencia de fidelidad radical al Evangelio, Clara invita a las hermanas a mirar a Jesús como a un espejo: un espejo que en su humanidad refleja la divinidad. “Pon tus ojos – escribe – delante del espejo de la eternidad (Jesús); y transfórmate totalmente (…) en la imagen de Su divinidad” (FF 2888). “Y ya que esta imagen Suya es (…) espejo sin mancha, cada día refleja tu alma (…) en este espejo y escruta continuamente tu rostro en él para que puedas adornarte (…) con todas las virtudes, como es conveniente para ti, hija y esposa amadísima del sagrado Rey” (FF 2902). Santa Clara entonces le pide a Inés que mire al Esposo, pero que también lo imite repitiendo las mismas elecciones, los mismos actos, los mismos gestos. “Si con Él sufres – continúa – con Él reinarás; si con Él lloras, con Él gozarás; si junto a Él mueres sobre la cruz de las tribulaciones, poseerás por toda la eternidad y por todos los siglos la gloria del reino celestial (…); participarás de los bienes eternos, (…) y vivirás por todos los siglos” (FF 2880). Imitándolo, Inés se transforma en el Jesús del espejo. Y entonces, siéndolo, puede, a su vez, ser espejo para las hermanas.
Una cadena ininterrumpida de espejos de Jesús en el mundo: el Movimiento franciscano
De este modo se crea – como ella misma dice – una cadena ininterrumpida de espejos de Jesús en el mundo. Jesús es el espejo de Francisco. Jesús y Francisco son los espejos en los que se refleja Clara. Jesús, Francisco y Clara son los espejos de Inés. Jesús, Francisco, Clara e Inés son los espejos para las primeras hermanas, que, a su vez, se vuelven espejos para las futuras. Las futuras hermanas, mirando a las primeras, se convierten en espejos para los que viven en el mundo. Los que viven en el mundo se transforman en espejos de Jesús para todos. De este modo, reflejando perfectamente a Cristo, Francisco y Clara, los primeros frailes y las primeras hermanas dieron origen al Movimiento franciscano: una de esas realidades eclesiales que, en distintas épocas, vivifican el radicalismo del Evangelio en la Iglesia para hacerla renacer, para renovarla y reformarla.
Las exigencias del carisma de la Unidad: vivir la unidad para vivir Jesús
Nosotros también, aun siendo pequeños e indignos, recibimos una tarea semejante: hacer nacer, desarrollar, difundir en el mundo una realidad carismática, y también nos tocó y nos toca la obligación de vivir y hacer vivir íntegra, radicalmente el Evangelio, mirando a Jesús como en un espejo. En los primeros escritos que conservamos, referentes a los comienzos del Ideal, encontramos esta afirmación: “Nosotros debemos ser otro Jesús”. Es decir, nos piden que nos reflejemos en Él. Con esta finalidad, así como a san Francisco y a santa Clara el Espíritu Santo les dio un carisma, el de la Pobreza, a nosotros nos fue dado el carisma de la Unidad. Es justamente por medio de la unidad como podemos ser otro Jesús, ser Jesús. Recuerden la definición de la unidad en una carta del lejano año 47: “�Oh la unidad, la unidad! �Qué belleza divina! �No tenemos palabras para describirla: es Jesús!” Sí, es Jesús. Empezábamos a comprender que, amándonos mutuamente, realizaríamos la unidad y Jesús estaría en medio de nosotros… y en cada uno de nosotros. Vivir la unidad, entonces, era y es sinónimo de vivir a Jesús. Y de ese modo todo el Evangelio.
La unidad: alma y meta del Evangelio
Un día, una luz en nuestro camino, pequeña pero significativa, nos aclaró esta novedad. Las Palabras del Evangelio se nos presentaron como plantitas recién nacidas, esparcidas en un vasto terreno, y comprendimos que cada una hundía su raíz y se vivificaba en el Testamento de Jesús, en la unidad, que estaba debajo de la superficie. Fue una visión plástica de cómo se debe considerar el Testamento de Jesús y su relación con las demás Palabras del Evangelio, y cómo vivir una (la unidad) y otras. Habíamos comprendido mejor que la unidad no es una virtud particular (de hecho no se la nombra entre las virtudes); no es solamente la palabra de Jesús más excelsa, ni siquiera sólo el tema fundamental de su Testamento. La unidad es el alma de todo el Evangelio, de toda la Escritura. Es la meta a la cual tiende el Evangelio. Y ya que es efecto de la caridad, se puede decir también que es el resumen, la esencia del Evangelio. Por eso comprendimos que era necesario vivir todas las palabras de la Escritura en función de la unidad. Sí, porque evangélicamente no es exacto vivir la pobreza por la pobreza en sí, sino por la caridad que lleva a la unidad, ni la obediencia por la obediencia, etc., sino todo en función de la unidad. De la misma manera sucede con cada bienaventuranza, con los 10 mandamientos y con lo que pide el Antiguo Testamento, que Jesús vino a completar y no a abolir. Y ahora se comprende por qué el Espíritu nos impulsó a poner en práctica cada mes una Palabra diferente, para poder, con el tiempo, vivirlas todas. Ellas despliegan la unidad como en un abanico. Y podemos reflejarnos en ellas para ser Jesús, otro Jesús. Y de este modo volvernos espejos Suyos para otros. Pero hoy podemos preguntarnos: nosotros �somos de algún modo espejo de Jesús? �Lo somos para los demás?
Reflejarnos en el Evangelio para ser espejo de Jesús
A propósito de esto quisiera recordar un sueño que teníamos en los primeros tiempos. Decíamos: “Si por una hipótesis absurda todos los Evangelios de la tierra se destruyesen, nosotros quisiéramos vivir de tal modo que los demás, considerando nuestra conducta, viendo en nosotros, de alguna manera, a Jesús, pudieran volver a escribir el Evangelio: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo’ (Mt 19,19), ‘Den y se les dará’ (Lc 6,38), ‘No juzguen…’ (Mt 7,1), ‘Amen a sus enemigos…’ (Mt 5,44), ‘Ámense mutuamente…’(cf Jn 15,12), ‘Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos (Mt 18,20)”. En estos últimos tiempos nos hemos dado cuenta, con reconocimiento hacia Dios, de que si bien no hemos llegado a esa meta, estamos encaminados. Pude constatarlo hacia fines de mayo, colaborando en la composición de las llamadas “Florecillas”, el libro que nos encargó la Editorial San Pablo para presentar las experiencias, los pequeños episodios evangélicos de la vida del Movimiento. Ellos revelan el esfuerzo que pusimos para estar en la línea del Evangelio – hoy diríamos para reflejarnos – y también muestran las correspondientes intervenciones del Señor, de acuerdo con sus promesas. Y ahora, ya que hoy es fiesta, leamos algunas para alabar a Dios y agradecerle a quien, viviéndolas, se reflejó en el Evangelio, en Jesús, y ahora, a través de las “Florecillas”, podrá ser espejo Suyo para muchos. Mientras tanto, que Jesús haga de nosotros espejos suyos y del Evangelio, para que muchos puedan reflejarse. Chiara Lubich
Un bolsón colgado en la puerta
Estamos en Insbruck, en pleno invierno. Son las 22, y afuera hace un frío terrible. Me arrebujo en mi cálido abrigo y trato de llegar velozmente a casa. Un hombre joven me bloquea el paso y me pide que le compre su estufa por 300 chelines. Me explica que si ese día no paga el alquiler, la dueña de casa lo deja en la calle. Mi primera reacción es “lo lamento pero no puedo”. En la billetera tengo exactamente 323 chelines, dinero que debe alcanzarme para cubrir los gastos de la segunda mitad de febrero. Cada chelín está contado para comprar los alimentos de primera necesidad como pan, leche, etc. Mis amigos están de vacaciones, y no tengo a quién pedirle prestado. Mientras me alejo pienso que yo por lo menos tengo una habitación caliente, mientras ese hombre no tiene nada. Recuerdo las palabras del Evangelio “Den y se les dará”. Me doy vuelta y lo llamo; le doy el dinero; la estufa puede quedársela. Volviendo a casa siento que mi angustia crece: no tengo idea de cómo puedo llegar al último día del mes. Pero apenas llego, qué encuentro: un gran bolsón colgado en la puerta de mi habitación. !Sorpresa! Tiene pan, carne, huevos, queso, miel, manteca: todo con lo que sueña un estudiante hambriento. Hasta hoy todavía no descubrí quien colgó ese bolsón en la puerta de mi habitación.
[:it]»… il Padre ha cura di voi»
En Barcelona, en el “Centro Mariápolis Loreto” había que cambiar 47 cubrecamas, pero no teníamos el dinero necesario. Nos acordamos de las palabras de la carta de san Pedro: “Descarguen en él todas sus inquietudes porque él se ocupa de ustedes” (cf. 1Pe 5,7), y pensamos pedirle este regalo al Eterno Padre, confiando en su amor. No fue necesario esperar mucho. Pocos días después una amiga, propietaria de un hotel, nos preguntó si queríamos los cubrecamas que usaban hasta ese momento en su hotel, porque habiendo cambiado las camas con otras de distinta medida, a ella ya no le servían. También, desde hacía un tiempo nos dábamos cuenta de que la pequeña cocina del Centro Mariápolis estaba muy deteriorada, siendo como era tan cómoda para cocinar pequeñas cantidades en lugar de usar la cocina industrial. También esa vez se la pedimos al Eterno Padre. Después de unos días llegó una llamada telefónica de otra amiga, que teniendo que desocupar su departamento, quería ofrecernos una cocina prácticamente nueva.
Por un acto de amor
Mientras doy el paseo cotidiano que me prescribió el médico, trato de ir conociendo la urbanización donde vivo desde hace poco: soy, en efecto, el nuevo obispo del lugar. Algunos días después, tratando de poner en orden la casa episcopal, de modo que exprese del mejor modo a Dios, que es belleza. Encuentro unos candelabros de bronce que no combinan con el resto. Recuerdo entonces un pequeñísimo negocio de compra-venta que descubrí durante mis paseos. Imagino que, dada la difícil situación económica del país, su propietario puede encontrarse en serias dificultades, y veo a Jesús en él. Le pido a la secretaria que haga un paquete con los candelabros y se los entregue a ese señor con una tarjeta que diga: ‘Es un pequeño obsequio del obispo. Si logra venderlos, le pido que dé el dinero a los pobres; pero si usted llegara a necesitarlo, quédese con él’. Por la tarde, inesperadamente, este señor viene a la casa episcopal. Insiste que quiere verme. Cuando lo recibo me dice: ‘Hoy quería suicidarme, pero cuando llegó su secretaria, comprendí que yo todavía le intereso a alguien, y cambié de idea. ¡Mil gracias!”. (Argentina)
Constructores de la nueva Civilización del Amor
En un momento en el cual, el encuentro entre fedes y culturas parece ser el único antídoto ante los conflictos y las tensiones que amenazan al mundo, la J.M.J. de Toronto ha abierto, además, a los jóvenes, el horizonte del diálogo interreligioso. Durante tres días la iglesia de San Patricio se convirtió en teatro de canciones, danzas, “sketchs”, video-clips y verdaderos fuegos artificiales de testimonios de jóvenes de religiones diferentes que comparten el espíritu de unidad de los Focolares, a quienes la Iglesia canadiense había confiado esta iniciativa. Sorprendió mucho a los medios americanos el hecho de que en Toronto estuviesen también jóvenes hebreos, musulmanes, hindúes y budistas.
Los testimonios mostraban con hechos concretos que el arte de amar radica en la así llamada regla de oro: “Haz a los demás lo que quisieras que te hiciésen a tí”, común en todas las religiones, cambia decididamente la vida, alivia llagas, abre nuevos horizontes, une a jóvenes de culturas y religiones distintas respetando plenamente la identidad de cada uno. Metta, budista tailandesa, acusada de haber tenido un lavado de cerebro, por parte de los cristianos, conquista más tarde a toda la escuela budista a sus ideas. Avinash, hindú, habla del encuentro con los “Jóvenes por un mundo unido” de Bombay y del descubrimiento de una vida tan rica de valores. Ya desde niña, Ikram, estudiante musulmana de Marruecos, había aprendido el arte de amar a través de su maestra cristiana. Hoy, en la universidad de Bélgica, donde estudia, este arte es la llave que le abre el diálogo con todos.
Y toman también la palabra una periodista hebrea, un Imam de los Estados Unidos. No falta un testimonio cristiano, como el de Alicia, de Burundi, que logró perdonar a quien había matado a parte de su familia y, junto con colegas pertenecientes a la otra tribu, se convirtió en punto de referencia de la universidad para los jóvenes de las dos étnias combatientes. Con gran alegría se acogió, luego, en San Patricio, al Cardenal Francis Arinze, Presidente del Pontificio Consejo para el diálogo interreligioso. “Se puede decir que el diálogo –afirmó- es una componente irreversible en la Iglesia Católica”.
Palabra de vida Agosto 2002
El lago de Tiberíades, llamado también “mar de Galilea”, tiene 21 kilómetros de largo y 12 de ancho. Cuando el viento baja impetuoso por el valle de la Bekaa llega a provocar miedo, incluso entre los pescadores acostumbrados a navegarlo. Pues bien, esa noche los discípulos sintieron realmente miedo: olas altas y viento contrario. A duras penas lograban dominar la barca.
Sucedió entonces algo inesperado. Jesús, que se había quedado en tierra, solo, para orar, apareció de improviso sobre las aguas. Ya excitados por las condiciones del mar, los discípulos comenzaron a gritar, espantados, creyendo ver un fantasma. Ese que veían delante de ellos no podía ser Jesús. Está escrito en el libro de Job que sólo Dios camina sobre las aguas (Cf Jb 9, 8). Pero Jesús les dice: “Tranquilícense, soy yo; no teman”. Sube a la barca y el mar se calma. Los discípulos no solamente recobran la paz, sino que por primera vez lo reconocen como “hijo de Dios”: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios” (Mt 14, 33).
«Tranquilícense, soy yo; no teman»
Esa barca agitada por el viento y sacudida por las olas se ha convertido en el símbolo de la Iglesia de todos los tiempos. Para todo cristiano que realiza la travesía de la vida, tarde o temprano llega el momento del temor. Imagino que tú también, alguna vez, te habrás encontrado con el corazón agitado por la tempestad; a lo mejor te has sentido arrastrado, por un viento contrario, en dirección opuesta a donde querías llegar; has tenido miedo de que tu vida o la de tu familia naufragara.
¿Quién puede estar exento de pruebas? A veces la prueba asume los rostros del fracaso, de la pobreza, de la depresión, de la duda, de la tentación… A veces lo que más daño nos hace es el dolor de quien tenemos al lado: un hijo drogadicto o incapaz de encontrar su camino, el marido alcohólico o sin trabajo, la separación o el divorcio de personas queridas, los padres ancianos y enfermos… Da miedo también la sociedad materialista e individualista que nos rodea, las guerras, las violencias, las injusticias… Ante estas situaciones también puede insinuarse la duda: ¿Adónde ha ido a parar el amor de Dios? ¿Ha sido todo una ilusión? ¿Es un fantasma?
No hay nada peor que sentirse solos en el momento de la prueba. Cuando no hay nadie con quien poder compartir el dolor, o que esté en condiciones de ayudarnos a resolver las situaciones difíciles, cualquier sufrimiento parece insoportable. Jesús lo sabe, por eso aparece sobre nuestro mar en tempestad, viene junto a nosotros y nos repite nuevamente:
«Tranquilícense, soy yo; no teman»
Soy yo, parece decirnos, en ese miedo tuyo: yo también, en la cruz, cuando grité mi abandono me sentí invadido por el temor de que el Padre me hubiera abandonado. Soy yo, en ese desaliento tuyo: en la cruz también yo tuve la impresión de que me faltaba el aliento del Padre. ¿Estás desorientado? Yo también lo estaba, a tal punto que grité “¿por qué?”. Yo, como y más que tú, me he sentido solo, inseguro, herido… Yo he sentido sobre mí el dolor de la maldad humana…
Jesús ha entrado verdaderamente en cada dolor, ha cargado con cada prueba nuestra, se ha identificado con cada uno de nosotros. El está bajo todo lo que nos hace daño, que nos da miedo. Bajo toda circunstancia dolorosa, temible, hay un rostro suyo. El es el Amor y es propio del amor despejar todo temor.
Cada vez que nos asalta una duda, que somos sofocados por un dolor, podemos reconocer la verdadera realidad que allí se esconde: es Jesús que se hace presente en nuestra vida, es uno de los tantos rostros con los cuales se manifiesta. Llamémoslo por su nombre: eres tú, Jesús abandonado-duda; eres tú, Jesús abandonado-traicionado; eres tú, Jesús abandonado-enfermo. Hagámoslo entonces subir a nuestra barca, démosle buena acogida, dejémoslo entrar en nuestra vida. Y luego sigamos viviendo lo que Dios quiere de nosotros, entregándonos a amar al prójimo. Descubriremos que Jesús es siempre Amor. Entonces podremos decirle, como los discípulos: “Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios”.
Abrazándolo, él se volverá nuestra paz, nuestro consuelo, valor, equilibrio, la salud, la victoria. Será la explicación de todo y la solución de todo.
Chiara Lubich
“La fraternidad como categoría política” lanzada por Chiara Lubich como absoluta necesidad después del 11 de septiembre
La fraternidad como categoría política es la respuesta más innovadora ante las tensiones y conflictos del mundo, así como en cada uno de los Estados y dentro de las administraciones locales”. Es uno de los puntos claves del mensaje que Chiara Lubich lanzó desde Rimini donde había sido invitada por el alcalde, Alberto Ravaioli. La Administración comunal y provincial han querido que precisamente desde esta ciudad, Rimini, capital del turismo y de la hospitalidad, ciudad de tradición cosmopolita, partiera este fuerte mensaje.
Esperanza bien expresada por el mensaje de la fundadora de los Focolares, centrado en la “Fraternidad y la paz para la unidad de los pueblos”. Tres palabras que ella definió como “tremendamente actuales, porque después del fatídico 11 de septiembre, su absoluta necesidad ha emergido paradójicamente de la conciencia de muchos”. Y aquí ha hecho un llamado a las “tantas redes ya en acto que unen a los pueblos, a las culturas y las diversidades” gracias a las decenas y decenas de Movimientos y comunidades eclesiales en expansión no sólo en Europa, sino en todo el mundo. Esperanza bien expresada por el mensaje de la fundadora de los Focolares, centrado en la “Fraternidad y la paz para la unidad de los pueblos”. Tres palabras que ella definió como “tremendamente actuales, porque después del fatídico 11 de septiembre, su absoluta necesidad ha emergido paradójicamente de la conciencia de muchos”. Y aquí ha hecho un llamado a las “tantas redes ya en acto que unen a los pueblos, a las culturas y las diversidades” gracias a las decenas y decenas de Movimientos y comunidades eclesiales en expansión no sólo en Europa, sino en todo el mundo.
Chiara da un ejemplo concreto: el “Movimiento de la unidad”, emanación de los Focolares, surgido en 1996, formado por políticos que asumen la fraternidad como categoría política. “No se trata de un nuevo partido, sino de un Movimiento que es portador de una cultura y de una praxis política nueva”, que hace posible, por ejemplo, el diálogo entre la mayoría y la oposición. “Quien está en el gobierno, reconoce los aportes positivos de la oposición y favorece su papel de contralor. La oposición es conducida a través de una crítica constructiva que no intenta obstaculizar la acción del gobierno, sino corregirlo para mejorarlo. Así se favorece la búsqueda de la solución mejor para la comunidad, la cual se garantiza plenamente sólo si gobierno y oposición ejercitan ambos del mejor modo su propio papel”. Y habló de “resultados políticos de relieve” como “entre fracciones opuestas en Irlanda del Norte”. Yendo a la raíz de las causas del terrorismo, que se han profundizado en los meses sucesivos a los atentados en los Estados Unidos, ha citado como “fundamental” en desequilibrio existente, en nuestro planeta, entre países ricos y países pobres, un desequilibrio que requiere una mayor comunión de bienes. Imposible “hasta que la humanidad no esté guiada por un ardiente deseo y un fuerte compromiso de fraternidad universal”. Seguidamente el Prof. Stefano Zamagni presentó el proyecto Economía de Comunión, lanzado por Chiara Lubich hace 10 años, que inspira la administración de más de 750 empresas en el mundo, definido por él como “un nuevo paradigma económico”. Siguió la presentación del proyecto del Polígono empresarial, que próximamente se realizará en las cercanías de la ciudadela de Loppiano.
[:it]Rimini, citta’ aperta alla “pace nella giustizia”
[:it]Telegramma del Presidente della Camera dei Deputati
[:it]Presentazione dell’ Economia di comunione e del Polo Lionello di Loppiano
Palabra de vida Julio 2002
Estas palabras de Jesús son tan importantes, que el Evangelio de Mateo las cita dos veces (Mt 13, 12; 25, 29). Ellas muestran claramente que la economía de Dios no es como la nuestra. Sus cálculos son siempre distintos de los nuestros, como, por ejemplo, cuando paga lo mismo al obrero de la última hora que al de la primera (Cf Mt 20, 1-16).
Estas palabras Jesús las dijo respondiendo a los discípulos que le preguntaban por qué a ellos les hablaba abiertamente, mientras que a los otros se dirigía con parábolas, de manera velada. A sus discípulos Jesús les daba la plenitud de la verdad, la luz, precisamente porque lo seguían, porque para ellos él era todo. A ellos, que le habían abierto el corazón, que estaban plenamente dispuestos a darle acogida, que ya tenían a Jesús, a ellos Jesús se da en plenitud.
Para comprender esta manera de actuar suya, puede resultar útil recordar otra Palabra semejante, que cita el Evangelio de Lucas: “Den y se les dará. Les volcarán sobre el regazo una buena medida, apretada, sacudida y desbordante” (Lc 6, 38). En las dos frases, según la lógica de Jesús, tener (al que tiene se le dará) equivale a dar (a quien da, será dado).
Estoy segura de que también tú has experimentado esta verdad evangélica. Cuando ayudaste a una persona enferma, cuando consolaste a alguien que estaba triste, cuando estuviste al lado de quien se encontraba solo, ¿no te ha sucedido a veces probar una alegría y una paz que no sabías de dónde venían? Es la lógica del amor. Cuanto más uno se dona, tanto más se enriquece.
Entonces, la Palabra de este mes, la podríamos leer así: a quien tiene amor, a quien vive en el amor, Dios le da la capacidad de amar más todavía, le da la plenitud del amor hasta hacerlo ser como él, que es Amor.
«A quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene.»
Sí, es el amor el que nos hace ser. Nosotros existimos porque amamos. Si no amáramos, o cada vez que no amamos, no somos, no existimos (“se le quitará aún lo que tiene”).
Entonces, no nos queda otra cosa que amar, sin ahorrarnos nada. Sólo así Dios se dará a nosotros y con él llegará la plenitud de sus dones.
Demos concretamente a quien está a nuestro alrededor, seguros de que dándole a él le damos a Dios; demos siempre; demos una sonrisa, un acto de comprensión, un perdón, una escucha; demos nuestra inteligencia, nuestra disponibilidad; demos nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestras ideas, nuestra actividad; demos la experiencia, las capacidades, los bienes para compartir con los demás, de manera que nada se acumule y todo circule. Nuestro dar abre las manos de Dios que, en su providencia, nos llena con sobreabundancia para poder dar más todavía, y mucho, y volver a recibir, y poder así ir al encuentro de las inmensas necesidades de muchos.
«A quien tiene, se le dará más todavía y tendrá en abundancia, pero al que no tiene, se le quitará aún lo que tiene.»
El don más grande que Jesús quiere hacernos es él mismo, que quiere estar siempre presente en medio de nosotros: esta es la plenitud de la vida, la abundancia de la cual quiere colmarnos. Jesús se da a sus discípulos cuando lo siguen unidos. Por lo tanto, esta Palabra de vida nos recuerda también la dimensión comunitaria de nuestra espiritualidad. Podemos leerla de esta manera: a los que tienen el amor recíproco, a los que viven la unidad, se le dará la presencia misma de Jesús en medio de ellos.
Y se le dará más todavía. A quien tiene, a quien ha vivido en el amor y de esta manera se habrá ganado el céntuplo en esta vida, también se le dará, por añadidura, el premio: el Paraíso. Y en abundancia.
En cambio el que no tiene, el que no tendrá el céntuplo porque no ha vivido en el amor, tampoco gozará en el futuro del bien y de los bienes (parientes, cosas) que tuvo en la tierra, porque en el infierno no habrá más que pena.
Amemos, entonces. Amemos a todos. Amemos a tal punto que también el otro ame a su vez, y el amor sea recíproco: tendremos la plenitud de la vida.
Chiara Lubich
“Una experiencia espiritual, no sólo un ejercicio académico”
Este encuentro ha sido una experiencia espiritual, no sólo un ejercicio académico. Todos hemos experimentado la cercanía de Dios. Hemos sido introducidos en la tradición cristiana que ya conocíamos algo, pero en modo especial la experiencia espiritual de Chiara, su experiencia de Dios, nos ha enriquecido, porque es muy similar a la que han experimentado nuestros santos”. Es lo que ha declarado en una entrevista a la Radio Vaticana, la prof. Kala Acharya, directora del Instituto de Cultura Sanskriti Peetham de la Universidad Somaiya de Vidyavihar (Bombay), entre los promotores de este simposio Hindú-cristiano, que en su inauguración contó con la presencia del Card. Iván Díaz, de Bombay, y de Mons. Felix machado, encargado de las relaciones con el Hinduismo en el Pontificio Consejo para el Diálogo Interreligioso. “Los diversos estudiosos han expresado con profundidad sus tradiciones y convicciones, en un clima de gran apertura y fraternidad –dijo el Prof. Giuseppe Zanghì co-responsable del Centro del Diálogo Interreligioso del Movimiento de los Focolares, que ha organizado el simposio con la Prof. Kala Acharya. “Todo se desarrollo a un nivel fuertemente académico, pero impregnado y nutrido por una fortísima espiritualidad. Ha sido un verdadero enriquecimiento recíproco. Por nuestra parte ha sido un entrar en una cultura milenaria que ciertamente tiene riquezas humanas, pero también divinas –no tengo miedo de afirmarlo- que son notables y que debemos hacer nuestras, para que el diálogo sea un diálogo sincero”. �Perspectivas para el futuro? El Prof. Shantilal K. Somaiya, Presidente de la homónima Universidad, hijo del fundador del Ateneo, responde: “Chiara vendrá a visitar la India a partir del 8 de enero. En la relación con nosotros hay un progreso continuo, una profunsa unidad y amor recíproco. El diálogo está a la orden del día en el tercer milenio. Estoy seguro que las Religiones aprenderán a vivir juntas, a comprenderse y a trabajar conjuntamente para el beneficio de la humanidad. Ésta es la finalidad”. La Kala Acharya: “Lo que hemos iniciado ciertamente tendrá una continuidad y estoy segura que florecerá”. Para el Prof. Zanghì se llevará adelante este encuentro: “Se ha abierto una ventana, una realidad que tendrá desarrollos importantes”. Un fruto notable: estaba presente, como observador, un japonés del Movimiento budista Rissho Kosei-kai. Y juntos se ha proyectado para el 2003 un encuentro análogo con los budistas. En audiencia con el Papa Miércoles 19, los participantes en el Simposio estaban presentes en la audiencia general en el Aula Pablo VI, donde el Papa los saludó y se detuvo para hacer una foto de recuerdo. �Quién es el Papa para los hindúes? Prof. Somaiyav: Es un gran jefe espiritual. Prof. Kala Acharya: Para los hindúes, los Santos so los Santos, es algo que va más allá de la religión. Nosotros somos muy abiertos… Y el Papa es el gran Santo que yo respeto. (de una entrevista de la Radio Vaticana)
[:it]Torino, capitale della fraternità
[:it]La politica e l’innocenza
[:it]Torino, capitale della fraternità – Rilancio di una vocazione iscritta nella sua storia
[:it]Il Movimento dell’unità e la fraternità politica
Palabra de vida Junio 2002
El comportamiento de Jesús es tan nuevo con respecto a la mentalidad corriente, que muchas veces escandalizaba a las personas de bien. Como esa vez que llamó a Mateo a seguirlo y fue a almorzar a su casa. Mateo era un recaudador de impuestos. Por su profesión no era querido por la gente, es más, era considerado un pecador público, un enemigo al servicio del Imperio Romano.
Los fariseos se preguntaban porqué Jesús se sentaba a comer con un pecador: ¿no era mejor mantenerse a distancia de cierta gente? Esta pregunta le da pié a Jesús para explicar que él quiere encontrarse justamente con los pecadores, como un medico con los enfermos. Y concluye diciéndoles que vayan a estudiar qué significa la palabra de Dios citada en el Antiguo Testamento por el profeta Oseas: “Porque yo quiero misericordia y no sacrificios” (Cf Os 6, 6).
¿Por qué Dios quiere, de nosotros, la misericordia? Porque nos quiere como él. Tenemos que asemejarnos a él como los hijos se asemejan al padre y a la madre. A lo largo de todo el Evangelio Jesús nos habla del amor del Padre tanto por los buenos como por los malos, por los justos como por los pecadores: por cada uno, sin hacer diferencias ni excluir a nadie. Si tiene preferencias, es por aquellos que parecen no merecer que se los ame, como en la parábola del hijo pródigo.
Jesús afirma: “Sean misericordiosos como el Padre de ustedes es misericordioso” (Lc 6, 36): ésta es la perfección (Mt 5, 48).
«Vayan y aprendan qué significa: Prefiero la misericordia al sacrificio»
Hoy también Jesús dirige esta invitación a cada uno de nosotros: “Vayan y aprendan…”. Pero, ¿adónde ir? ¿Quién nos podrá enseñar lo que quiere decir ser misericordiosos? Uno solo: justamente él, Jesús, que fue en busca de la oveja descarriada, que perdonó a quien lo había traicionado y crucificado, que dio su vida por nuestra salvación. Para aprender a ser misericordiosos como el Padre, perfectos como él, hay que mirar a Jesús, revelación plena del amor del Padre. El dijo: “El que me ha visto, ha visto al Padre” (Jn 14, 9).
«Vayan y aprendan qué significa: Prefiero la misericordia al sacrificio»
¿Por qué la misericordia y no el sacrificio? Porque el amor es el valor absoluto que da sentido a todo el resto, incluso al culto, al sacrificio. En efecto el sacrificio más agradable a los ojos de Dios es el amor concreto por el prójimo, que en la misericordia encuentra su más alta expresión.
Misericordia que ayuda a ver siempre nuevas a las personas con las cuales vivimos cotidianamente en familia, en la escuela, el trabajo, sin detenernos a recordar sus defectos, sus errores; misericordia que nos permite no juzgar, sino perdonar las ofensas recibidas, e incluso olvidarlas.
Nuestro sacrificio no ha de consistir en hacer largas vigilias o ayunos, o dormir en el suelo, sino en dar cabida siempre en nuestro corazón a quien pasa a nuestro lado, sea bueno o malo.
Eso es justamente lo que hizo un señor que trabajaba en la recepción de un hospital. Su aldea había sido totalmente arrasada por sus “enemigos”. Una mañana vio llegar a un hombre con un pariente enfermo. Por el tono de voz comprendió enseguida que se trataba de uno de los del bando “enemigo” que, por miedo, trataba de ocultar su identidad para que no lo rechazaran. Entonces, sin pedirle los documentos, lo ayudó, aunque debía hacer un gran esfuerzo para vencer el odio que sentía por dentro desde hacía tanto tiempo. En los días siguientes tuvo ocasión de asistirlo en varias oportunidades. El último día el “enemigo” pasó por la caja a pagar y le dijo: “Tengo que confesarte algo que no sabes”. “Desde el primer día sé quién eres”, le contestó él. “Entonces, ¿por qué me has ayudado, si soy tu ‘enemigo’?”.
Como para él, también para nosotros la misericordia nace del amor que sabe sacrificarse por cualquier persona, a ejemplo de Jesús, que llegó al punto de dar la vida por todos.
Chiara Lubich
Palabra de vida Mayo 2002
El evangelista Mateo inicia su Evangelio recordando que ese Jesús, del cual está por relatar su historia, es el Dios-con-nosotros, el Emanuel, y la concluye con las palabras que citamos al comienzo, con las cuales Jesús promete que permanecerá siempre con nosotros, también después de haber vuelto al Cielo. Hasta el fin de los tiempos será el Dios-con-nosotros.
Jesús dirige estas palabras a los discípulos después de haberles confiado la misión de ir por todo el mundo llevando su mensaje. Era perfectamente consciente de que los enviaba como ovejas en medio de lobos y que habrían sufrido contrariedades y persecuciones. Por eso, justamente porque no quería dejarlos solos, en el momento en el cual está por ir les promete que ¡va a permanecer! Ya no lo verán con sus ojos, no sentirán más su voz, ya no podrán tocarlo, pero él estará presente en medio de ellos como antes, incluso más que antes. En efecto, si hasta entonces su presencia estaba localizada en un lugar determinado, en Cafarnaún, en el lago, en el monte o en Jerusalén, de ahora en adelante estará en cualquier parte que estén sus discípulos.
Jesús nos tenía presentes también a nosotros, que habríamos tenido que vivir sumergidos en la existencia compleja de cada día. Dado que era Amor encarnado, habrá pensado: quisiera estar siempre con los hombres, quisiera compartir con ellos cualquier preocupación, quisiera aconsejarlos, quisiera caminar con ellos por las calles, entrar en sus casas, renovar con mi presencia su alegría.
Por eso quiso permanecer con nosotros y hacernos sentir su cercanía, su fuerza, su amor.
El Evangelio de Lucas relata que, después de haberlo visto ascender al Cielo, los discípulos “volvieron a Jerusalén con alegría”. ¿Cómo era posible? Habían experimentado la realidad de sus palabras.
También nosotros seremos plenamente felices si creemos de verdad en la promesa de Jesús.
«Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo»
Estas palabras, las últimas que Jesús dirige a sus apóstoles, marcan el final de su vida terrenal y, al mismo tiempo, el comienzo de la vida de la Iglesia, en la cual está presente de diversas maneras: en la Eucaristía, en su Palabra, en los ministros (los obispos, los sacerdotes), en los pobres, en los pequeños, en los marginados…, en todos los prójimos.
A nosotros nos gusta subrayar una presencia particular de Jesús, la que él mismo, siempre en el Evangelio de Mateo, nos ha señalado: “Donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos”. Mediante esta presencia él quiere establecerse en cualquier lugar.
Si vivimos lo que él nos propone, especialmente su mandamiento nuevo, podemos probar esa presencia suya también fuera de los templos, en medio de la gente, en los lugares donde uno vive, por todas partes.
Lo que se nos pide es ese amor recíproco, de servicio, de comprensión, de participación en los dolores, en las preocupaciones y las alegrías de nuestros hermanos; ese amor que todo cubre, que todo perdona, típico del cristianismo.
Vivamos así, para que todos tengan la posibilidad de encontrarse con él ya en esta tierra.
Chiara Lubich
Palabra de vida april 2002
Ver a Jesús es, en el Evangelio de Juan, de capital importancia. Es la prueba evidente de que verdaderamente Dios se ha hecho hombre. Ya en la primera página del Evangelio encontramos el testimonio apasionado del Apóstol: “Y la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros. Y nosotros hemos visto su gloria”.
Se siente cómo circula el grito de cuantos lo han visto, sobre todo después de la resurrección. Lo anuncian María de Magdala: “He visto al Señor”, y los apóstoles: “¡Hemos visto al Señor!”. También el discípulo que Jesús amaba: “vio y creyó”.
El apóstol Tomás era el único que no había visto al Señor resucitado, porque no estaba presente el día de Pascua, cuando se le apareció a los otros discípulos. Todos habían creído porque habían visto. También él –así dijo– habría creído si, como los otros, hubiese visto. Jesús le tomó la palabra y ocho días después de la resurrección se presentó ante él, para que también creyera. Al ver delante suyo a Jesús vivo Tomás estalló en esa profesión de fe que es la más profunda y la más completa nunca antes pronunciada en todo el Nuevo Testamento: “¡Señor mío y Dios mío!”. Entonces Jesús le dijo: “Ahora crees, porque has visto”:
«¡Felices los que creen sin haber visto!»
También nosotros, como Tomás, querríamos ver a Jesús, especialmente cuando nos sentimos solos, en la prueba, bajo el peso de las dificultades… Nos podemos reconocer de alguna manera en esos griegos que se acercaron a Felipe y le dijeron: “Señor, queremos ver a Jesús”. Qué hermoso habría sido, nos decimos, si hubiéramos vivido en el tiempo de Jesús: habríamos podido verlo, tocarlo, escucharlo, hablar con él… Qué hermoso sería que pudiera aparecerse también a nosotros, como se le apareció a María de Magdala, a los doce, a los discípulos…
Dichosos, realmente, los que estaban con él. Lo dijo también Jesús en una bienaventuranza que nos transmite el Evangelio de Mateo y de Lucas: “Felices los ojos de ustedes, porque ven”. Sin embargo ante Tomás Jesús pronuncia otra bienaventuranza:
«¡Felices los que creen sin haber visto!»
Jesús pensaba en nosotros que ya no podemos verlo con nuestros ojos, pero que no obstante podemos verlo con los ojos de la fe. Sin embargo, nuestra situación no es muy distinta a la del tiempo de Jesús. Tampoco entonces bastaba con verlo. Muchos, aún viéndolo, no le creyeron. Los ojos del cuerpo veían a un hombre, hacían falta otros ojos para ver en él al Hijo de Dios.
Por otra parte, ya muchos de los primeros cristianos tampoco habían podido ver a Jesús y vivían esa bienaventuranza que también hoy estamos llamados a vivir nosotros. Por ejemplo, en la primera carta de Pedro leemos: “Porque ustedes lo aman sin haberlo visto, y creyendo en él sin verlo todavía, se alegran con un gozo indecible y lleno de gloria, seguros de alcanzar el término de esa fe, que es la salvación”.
Los primeros cristianos habían comprendido muy bien dónde nace la fe de la que Jesús hablaba a Tomás: del amor. Creer es descubrir que somos amados por Dios, es abrir el corazón a la gracia y dejarse invadir por su amor, es confiarse plenamente a ese amor respondiendo al amor con el amor. Si amas, Dios entra en ti y da testimonio de él mismo dentro de ti. El nos da un modo completamente nuevo de ver la realidad que nos rodea. La fe nos hace ver los acontecimientos con sus mismos ojos, nos hace descubrir el plan que tiene sobre nosotros, sobre los otros, sobre toda la creación.
«¡Felices los que creen sin haber visto!»
Quien nos da un ejemplo luminoso de este nuevo modo de ver las cosas con los ojos de la fe es Teresita del Niño Jesús. Una noche, a causa de la tuberculosis que la habría llevado a la muerte, tuvo un acceso de tos con sangre. Habría podido decir: “tuve un acceso de sangre”. En cambio dijo: “Ha llegado el Esposo”. Creyó aún sin ver. Creyó que, en ese dolor, Jesús venía a visitarla y la amaba: su Señor y su Dios.
La fe, como para Teresita del Niño Jesús, nos ayuda a ver todo con ojos nuevos. Así como ella tradujo este acontecimiento en “Dios me ama”, también nosotros podemos traducir cualquier otro acontecimiento de nuestra vida en “Dios me ama”, o bien: “Eres tú que vienes a visitarme”, o “Mi Señor y mi Dios”.
En el Cielo veremos a Dios tal como él es, pero ya desde ahora la fe abre el corazón a las realidades del Cielo y nos hace entrever todo con la luz del Cielo.
Chiara Lubich
Palabra de vida marzo 2002
En esta perla del Evangelio que es la conversación con la samaritana, junto al pozo de Jacob, Jesús habla del agua como del elemento más simple, pero que evidentemente es el más deseado, más vital para el que está habituado al desierto. No necesita extenderse en explicaciones para hacer entender lo que significa el agua.
El agua de manantial es para nuestra vida natural, mientras que el agua viva, de la que habla Jesús, es para la vida eterna.
Así como el desierto sólo florece luego de una lluvia abundante, del mismo modo las semillas depositadas en nosotros por el bautismo sólo pueden germinar si las riega la Palabra de Dios. Entonces la planta crece, saca nuevos brotes y toma la forma de un árbol o de una hermosa flor. Y todo esto porque recibe el agua viva de la Palabra que suscita la vida y la mantiene por la eternidad.
«El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
Jesús dirige estas palabras a todos nosotros, sedientos de este mundo: a los que son conscientes de su aridez espiritual y sienten que todavía no han apagado su sed, como también a aquellos que ni siquiera advierten la necesidad de beber de la fuente de la vida verdadera y de los grandes valores de la humanidad.
En el fondo, Jesús dirige su invitación a todos los hombres y mujeres de hoy, haciéndonos ver dónde podemos encontrar la respuesta a nuestros porqués, la satisfacción plena de nuestros deseos.
Es nuestra tarea, entonces, abrevar en sus palabras y dejarnos embeber de su mensaje.
¿Cómo?
Reevangelizando nuestra vida, confrontándola con sus palabras, tratando de pensar con la mente de Jesús y de amar con su corazón.
Cada momento en el cual tratamos de vivir el Evangelio es una gota de agua viva que bebemos.
Cada gesto de amor a nuestro prójimo es un sorbo de esa agua.
Sí, porque esa agua tan viva y preciosa tiene la particularidad de que brota de nuestro corazón cada vez que lo abrimos al amor hacia todos. Es una vertiente – la de Dios – que mana agua en la medida en que su vena profunda sirve para saciar la sed de los demás, con pequeños o grandes actos de amor.
«El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que yo le daré nunca más volverá a tener sed. El agua que yo le daré se convertirá en él en manantial que brotará hasta la Vida eterna.»
Se comprende entonces que, para no padecer sed, hay que dar el agua viva que obtenemos de él en nosotros mismos.
A veces bastará una palabra, una sonrisa, un simple gesto de solidaridad, para volver a probar una sensación de plenitud, de satisfacción profunda, un estremecimiento de alegría. Y, si seguimos dando, esta fuente de paz y de vida dará agua cada vez con mayor abundancia, sin agotarse nunca.
Hay además otro secreto que Jesús nos ha revelado, una especie de pozo sin fondo al cual acudir. Cuando dos o tres se unen en su nombre, amándose con su mismo amor, él está en medio de ellos. Entonces nos sentimos libres, uno, plenos de luz y torrentes de agua viva brotan de nuestro seno. Es la promesa de Jesús que se verifica porque es de él mismo, presente en medio nuestro, de donde brota agua que sacia la sed por la eternidad.
Chiara Lubich
Palabra de vida Febrero 2002
Esta es la respuesta de Jesús ante la primera de las tentaciones en el desierto, luego de haber ayunado “cuarenta días y cuarenta noches”. Por otra parte, se trata de lo más elemental, el hambre. Por eso mismo, la propuesta del tentador es la de utilizar sus poderes para convertir las piedras en panes. ¿Qué mal habría en satisfacer una necesidad que es propia de la condición humana?
Sin embargo, Jesús advierte la insidia que se esconde detrás de la propuesta: se trata de la sugerencia de instrumentalizar a Dios, pretendiendo que él se ponga solamente al servicio de nuestras necesidades materiales. En otras palabras, se le pide a Jesús que haga las cosas por su cuenta, en un gesto de autonomía, en lugar de abandonarse como un hijo en el Padre.
Por eso la respuesta de Jesús es también una respuesta a todos nuestros interrogantes ante el hambre del mundo, y a la cada vez más dramática exigencia de alimentos, de casa, de ropa para millones de seres humanos. Sin embargo él, que dará de comer a una multitud con el milagro de la multiplicación de los panes, y que basará el juicio final incluso sobre el dar de comer al hambriento, nos dice que Dios es más grande que nuestra hambre y que su Palabra es el primer alimento esencial para nosotros.
«El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»
Jesús presenta a la Palabra de Dios como alimento. Esta idea, esta comparación de Jesús nos ilumina nuestra relación con la Palabra.
¿Cómo hacer para alimentarnos de la Palabra?
Si el trigo primero es semilla, luego espiga, y finalmente pan, también la Palabra es como una semilla depositada en nosotros que tiene que germinar, es como una porción de pan que se debe comer, asimilar, transformar en vida de nuestra vida.
La Palabra de Dios, el Verbo pronunciado por el Padre que tomó carne en Jesús, es una presencia suya entre nosotros. Cada vez que la acogemos y tratamos de ponerla en práctica es como si nos alimentáramos de Jesús.
Si el pan alimenta y hace crecer, la Palabra alimenta y hace crecer a Cristo en nosotros, nuestra verdadera personalidad.
Habiendo venido Jesús a la tierra y habiéndose hecho nuestro alimento, ya no nos puede bastar un alimento natural como el pan. Para crecer como hijos de Dios tenemos necesidad del alimento sobrenatural que es la Palabra.
«El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios»
Es tal la naturaleza de este alimento que de él se puede decir, como de Jesús en la Eucaristía, que cuando comemos de él no se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que nos transformamos en él porque, de alguna manera, somos asimilados por él.
Por eso el Evangelio no es un libro de consuelo donde uno se refugia únicamente en los momentos dolorosos, sino que es el código que contiene las leyes de la vida, leyes que no sólo hay que leer, sino asimilar, comer con el alma, con lo cual nos hacemos semejantes a Cristo momento a momento.
Por eso se puede ser otros él poniendo en práctica plenamente y al pie de la letra su doctrina. Son Palabras de un Dios, con la carga de una fuerza revolucionaria, insospechada.
Esto es lo que tenemos que hacer: alimentarnos de la Palabra de Dios. Por otra parte, así como hoy el alimento necesario a nuestro cuerpo puede ser concentrado en una píldora, también podemos alimentarnos de Cristo viviendo cada vez aunque sea una sola de sus Palabras, porque él está presente en cada una de ellas.
Hay una Palabra para cada momento, para cada situación de nuestra vida. La lectura del Evangelio nos lo podrá revelar.
Vivamos por de pronto el amor al prójimo por amor a Dios, que es como el concentrado de todas las Palabras.
Chiara Lubich
Palabra de vida Enero 2002
Este mes todos los cristianos están invitados a pedir por la unidad y han elegido, para meditar y vivir, una Palabra de Dios tomada del Salmo 36. Ella nos dice algo tan importante y vital que se convierte en un instrumento de reconciliación y comunión.
Antes que nada nos dice que hay una única fuente de la vida, Dios. De él, de su amor creativo, nace el universo que le da acogida al hombre.
Es él el que nos da la vida con todos sus dones. El salmista, que conoce las asperezas y arideces de los desiertos y sabe lo que significa una fuente de agua, y la vida que florece a su alrededor, no podía encontrar una imagen más hermosa para cantar a la creación que nace, como un río, del seno de Dios.
Por eso brota del corazón un himno de alabanza y reconocimiento. Este es el primer paso que debemos dar, la primera enseñanza que debemos recoger de las palabras del Salmo: alabar y agradecer a Dios por su obra, por las maravillas del cosmos y por ese ser viviente que es su gloria y la única criatura que sabe decirle:
«En ti está la fuente de la vida»
Pero al amor del Padre no le bastó pronunciar la Palabra con la cual todo ha sido creado: quiso que su misma Palabra tomara nuestra carne. Dios, el único verdadero Dios, se hizo hombre en Jesús y trajo a la tierra la fuente de la vida.
La fuente de todo bien, de todo ser y de toda felicidad vino a establecerse entre nosotros para que, podríamos decir, la tuviéramos al alcance de la mano. “Yo he venido –dice Jesús– para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. El ha llenado con su presencia todo tiempo y espacio de nuestra existencia; y ha querido permanecer con nosotros para siempre, de modo que lo podamos reconocer y amar bajo los más variados ropajes.
A veces uno podría pensar: “¡Qué hermoso habría sido vivir en los tiempos de Jesús!”. Pues bien, su amor ha inventado un modo para permanecer no en un rincón perdido de Palestina, sino en todos los puntos de la tierra: él se hace presente en la Eucaristía, como lo ha prometido. Y nosotros podemos acudir allí para alimentar y renovar nuestra vida.
«En ti está la fuente de la vida»
Otra fuente en la cual obtener el agua viva de la presencia de Dios es el hermano, la hermana. Todo prójimo que pasa a nuestro lado, especialmente el necesitado, si lo amamos no lo podemos considerar como alguien que es beneficiado por nosotros, sino como nuestro benefactor, porque nos da Dios. En efecto, amando a Jesús en él [“Tuve hambre (…), tuve sed (…), estaba de paso (…), estaba preso (…)], recibimos como retribución su amor, su vida, porque él mismo, presente en nuestros hermanos y hermanas, es la fuente.
Otra fuente de agua abundante es la presencia de Dios en nuestro interior. El siempre nos habla y a nosotros nos corresponde escuchar su voz, que es la de la conciencia. Cuanto más nos esforcemos por amar a Dios y al prójimo, con más fuerza se hará oír su voz por encima de todas las otras. Pero hay un momento privilegiado en el cual podemos, como nunca, nutrirnos de su presencia dentro de nosotros: es cuando oramos y tratamos de ir en profundidad en la relación directa con él, que habita en el fondo de nuestra alma. Es como una vena de agua profunda que no se agota nunca, que está siempre a nuestra disposición y donde podemos aplacar nuestra sed en cualquier momento. Basta cerrar por un momento los postigos del alma y recogernos, para encontrar esa fuente, aún en medio del desierto más árido. Hasta alcanzar esa unión con él donde se siente que ya no estamos más solos, sino que somos dos: él en mí y yo en él. Y sin embargo somos – por su gracia – uno como el agua y la fuente, como la flor y su semilla.
En esta semana de oración por la unidad de los cristianos, la Palabra del Salmo nos recuerda, por eso, que sólo Dios es la fuente de la vida y, por lo tanto, de la comunión plena, de la paz y de la alegría. Cuanto más acudamos a esa fuente, cuanto más vivamos del agua viva que es su Palabra, tanto más nos acercaremos los unos a los otros y viviremos como hermanos y hermanas. Entonces se verificará lo que el Salmo dice luego: “Y por tu luz, vemos la luz”, esa luz que la humanidad espera.
Chiara Lubich
