Movimiento de los Focolares

Enero 1999

En enero, en muchas partes del mundo, los cristianos celebran juntos su fe común con oraciones y encuentros especiales. El tema elegido para esa Semana de Oración por la unidad de los cristianos está tomado del Apocalipsis. Leámoslo íntegro:

«Esta es la morada de Dios entre los hombres:
él habitará con ellos,
ellos serán su pueblo,
y el mismo Dios estará con ellos.
El secará todas sus lágrimas,
y no habrá más muerte,
ni pena, ni queja, ni dolor,
porque todo lo de antes pasó» (Ap 21, 3)

La Palabra de Dios de este mes nos interpela. Si queremos formar parte de su pueblo tendremos que dejarlo vivir entre nosotros.
Pero ¿cómo es posible?, y ¿cómo hacer para gustar un poco por anticipado, ya desde esta tierra, ese gozo sin fin que provocará en nosotros la visión de Dios?
esto es precisamente lo que Jesús nos ha revelado, éste es precisamente el sentido de su venida: comunicarnos su vida de amor con el Padre, para que también nosotros la vivamos.
Ya desde ahora los cristianos podríamos vivir esta frase y tener a Dios entre nosotros. Tenerlo entre nosotros requiere, como afirman los Padre de la Iglesia, ciertas condiciones. Para Basilio, es vivir de acuerdo a la voluntad de Dios; para san Juan Crisóstomo, es amar como amó Jesús; para Teodoro Studita, es el amor recíproco y, para Orígenes, es el acuerdo de pensamiento y de sentimientos para llegar a la concordia que «une y contiene al Hijo de Dios».
La clave para hacer que Dios habite entre nosotros se encuentra en la enseñanza de Jesús: «Amense los unos a los otros, así como yo los he amado» (Cf Jn 13, 34). La clave de la presencia de Dios es el amor recíproco. «Si nos amamos los unos a los otros, Dios permanece en nosotros (1Jn 4, 12), porque: «Porque donde hay dos o tres reunidos en mi Nombre, yo estoy presente en medio de ellos (Mt 18, 20), dice Jesús.

«El habitará con ellos, ellos serán su pueblo»

Por consiguiente, no está tan lejano e inalcanzable el día que marcará el cumplimiento de todas las promesas de la Antigua Alianza: «Mi morada estará junto a ellos: yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo» (Ez 37,27).
Todo esto se verifica ya en Jesús que, más allá de su existencia histórica, sigue estando presente entre aquellos que viven de acuerdo a su nueva ley del amor mutuo, es decir, esa norma que los constituye como pueblo, el pueblo de Dios.
Esta Palabra de Vida es, por eso, un reclamo apremiante, especialmente para los cristianos, a dar testimonio con el amor de la presencia de Dios: «En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros» (Jn 13, 35). El mandamiento, vivido de esta manera, pone las premisas para que se actualice la presencia de Jesús entre los hombres.
Si la garantía de esta presencia, que da sentido a la fraternidad sobrenatural que Jesús trajo a la tierra para toda la humanidad, no podemos hacer nada.

«El habitará con ellos, ellos serán su pueblo»

Nos corresponde sobre todo a nosotros, los cristianos, aun perteneciendo a distintas comunidades eclesiales, ofrecer al mundo el espectáculo de un solo pueblo integrado por cada etnia, raza, cultura, por grandes y pequeños, por enfermos y sanos. Un único pueblo, del cual se pueda decir, como de los primeros cristianos: «Mira cómo se aman y están dispuestos a dar la vida el uno por el otro».
Este es el milagro que la humanidad aguarda, para poder esperar todavía, una contribución necesaria para el progreso ecuménico, para el camino hacia la unidad plena y visible de los cristianos. es un «milagro» a nuestro alcance, o mejor dicho, de aquel que, habitando entre los suyos unidos por el amor, puede cambiar la suerte del mundo, llevando a la humanidad entera hacia la unidad.

Chiara Lubich

Intervención de Chiara Lubich en el encuentro del Santo Padre con los Movimientos eclesiales

  Intervención de Chiara Lubich Plaza San Pedro, 30 de mayo de 1998 Beatísimo Padre, tengo que exponerle mi testimonio sobre el Movimiento de los Focolares u Obra de María. Pero ya que usted conoce muy bien y desde hace décadas esta realidad eclesial, permita que la considere como lo haría su corazón, y la mire con sus ojos. Usted ha identificado en el amor la “chispa inspiradora” de todo lo que se hace con el nombre de Focolar. Es realmente así Santo Padre. El amor es la fuerza de nuestro Movimiento. Ser y difundir el amor es el objetivo general de la Obra de María. Está llamada a suscitar una invasión de amor en el mundo. Es más, Santidad, usted ha afirmado que en ella distinguió, recordando a otros Movimientos espirituales de la historia, un “radicalismo del amor”. ¿No podría ser de otra manera cuando la mirada de todos los que forman parte del Movimiento está siempre orientada hacia Jesús crucificado, cuando grita su abandono, viendo en él su modelo? El amor más radical está precisamente allí, donde está el punto más alto de su sufrimiento. Es Él –que abandonado por el Padre se vuelve a abandonar en Él, que sintiéndose desunido del Padre, a Él se vuelve a unir- nuestro secreto para recomponer la unidad ante cada división, cada separación, en todas partes. En otra circunstancia me tomé la libertad de preguntarle, Santo Padre, como ve a nuestro Movimiento, cuál es su finalidad. Y usted me respondió sin dudar (subrayando nuestro objetivo específico “ut omes unum sint”): “Ecuménico”, dando a este objetivo el sentido más amplio. Y es cierto. Para poder lograr nuestro objetivo: “Que todos sean uno”, son típicos nuestros 4 diálogos: El diálogo dentro de nuestra Iglesia entre las personas, los grupos, los Movimientos, etc. Ese diálogo refuerza también la unidad de los fieles con los Pastores y entre ellos. Luego el diálogo con los cristianos no católicos, que quiere contribuir a la completa comunión entre las distintas Iglesias. El diálogo interreligioso, que entabla relaciones con fieles de las diferentes religiones. Y, por último, el diálogo con los hombres sin un referente religioso preciso, pero de buena voluntad. Además, Santo Padre, nadie podrá borrar de nuestro corazón su visión de nuestro Movimiento expresado en aquella memorable visita a nuestro Centro de Rocca di Papa, en agosto de 1984. Después de que los miembros del Consejo de la Obra expusieron cuál era su función al servicio de las 17 ramas del Movimiento, que comprende todo tipo de vocación laica y religiosa, después de describir los distintos aspectos de esta Obra (espiritual, apostólico, cultural y otros) y de haber hablado de las 4 secretarías para los diálogos, usted afirmó que en este Movimiento se veía la fisonomía de la Iglesia post-conciliar: “Ustedes –dijo- desean seguir de una manera auténtica esa visión de la Iglesia, la definición que la Iglesia da de sí misma en el Concilio Vaticano II”. Y nuestra alegría fue inmensa. Varias veces, conociendo la consistencia y la difusión mundial de este Movimiento, usted ha exclamado: “Son un pueblo”. Sí, Santo Padre, somos un pueblo, un pequeño pueblo, una porción del gran pueblo de Dios. Y cuando, sobre todo nuestros jóvenes, le han comunicado el deseo de contribuir a que la humanidad sea una única familia, es más que soñaban y trabajaban a favor de un mundo unido, usted los ha comprendido siempre y apoyado en este ideal, que para muchos parecía utópico. Más de una vez nos habló de María. Una de ellas, inolvidable, fue cuando quiso explicarme el “principio mariano” de la Iglesia, en relación al principio petrino. También nuestro Movimiento puede ser una expresión del “principio mariano”. Ese día usted seguramente no sabía que en nuestros Estatutos está escrito que la Obra de María “desea ser una presencia de María en la tierra y casi una continuación suya”. Gracias, Santo Padre, por todas las confirmaciones que nos ha dado a lo largo del tiempo. Y para concluir, una promesa. Sabemos que la Iglesia desea la comunión plena entre los Movimientos, su unidad, que, por otra parte, ya se está verificando. Pero nosotros queremos asegurarle, Santidad, que siendo nuestro carisma específico la unidad, nos comprometemos con todas nuestras fuerzas para contribuir a realizarla plenamente. Que María, tan amada por usted, lo recompense adecuadamente por todo lo que ha hecho por los Movimientos: es una de las obras maestras de su Pontificado.