Movimiento de los Focolares

Se va a Dios a través del hombre

Nov 2, 2020

Las inseguridades derivadas de los desafíos mundiales como la globalización, el cambio climático y la pandemia del coronavirus parecen despertar en muchas personas una nueva necesidad de vida espiritual. Pero una espiritualidad para hoy -dice Chiara Lubich en el siguiente texto- se caracteriza por una fuerte dimensión comunitaria.  

Las inseguridades derivadas de los desafíos mundiales como la globalización, el cambio climático y la pandemia del coronavirus parecen despertar en muchas personas una nueva necesidad de vida espiritual. Pero una espiritualidad para hoy -dice Chiara Lubich en el siguiente texto- se caracteriza por una fuerte dimensión comunitaria.    Una de las características más originales de la espiritualidad de la unidad reside en su dimensión comunitaria. Sabemos que, en estos dos mil años desde la venida de Jesús, la Iglesia ha visto florecer en su seno, una tras otra y a veces simultáneamente, las más bellas y ricas espiritualidades, de modo que la Esposa de Cristo se ha visto adornada con las perlas más preciosas, con los brillantes más singulares, que han forjado y seguirán forjando muchos santos. En medio de este esplendor, siempre ha habido una nota constante: es sobre todo la persona, individualmente, la que va a Dios. […] Pero hoy los tiempos han cambiado. En esta época el Espíritu Santo llama con fuerza a los hombres a caminar junto a otros hombres, e incluso a ser un solo corazón y una sola alma con todos los que lo deseen. Y el Espíritu Santo impulsó a nuestro Movimiento, desde sus inicios, a dar un decidido viraje hacia los hombres. Según nuestra espiritualidad, vamos a Dios pasando precisamente por el hermano. «Yo-el hermano-Dios», decimos. Vamos a Dios junto con el hombre, junto con los hermanos; es más, vamos a Dios a través del hombre […] Así pues, estamos en una época en la que la realidad de la comunión sale a la luz, en la que se busca, además del Reino de Dios en cada persona, también el Reino de Dios en medio de las personas. Además, las espiritualidades más propiamente individuales manifiestan en general exigencias precisas a los que se comprometen más con ellas: la soledad y la fuga de las criaturas para alcanzar la unión mística con la Trinidad dentro de sí. Para proteger la soledad se exige el silencio. Para mantenerse separados de las personas se emplean el velo y la clausura, además de un hábito determinado. Para imitar la pasión de Cristo se hacen penitencias de todo tipo, a veces durísimas, ayunos, vigilias. También en el camino de la unidad buscamos la soledad y el silencio, por ejemplo, para realizar la invitación de Jesús a encerrarnos en nuestra habitación a rezar y huir de los demás cuando nos inducen al pecado. Pero en general acogemos a los hermanos, amamos a Cristo en el hermano, en cada hermano: a Cristo, que puede estar vivo en él o que puede renacer con la ayuda que le damos. Queremos unirnos a los hermanos en el nombre de Jesús para tener garantizada su presencia en medio de nosotros (Cf. Mt 18,20). En las espiritualidades individuales es como si uno estuviera en un magnífico jardín (la Iglesia) observando y admirando sobre todo una flor: la presencia de Dios dentro de sí. En una espiritualidad colectiva se aman y admiran todas las flores del jardín, cada presencia de Cristo en las personas, y se la ama como a la propia. […]

Chiara Lubich

De: Una espiritualidad de comunión. Cf. Chiara Lubich, La doctrina espiritual, Buenos Aires 2005, pp. 62-65.

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