Enrique Bouza

 
Siembra para la vida eterna (14 de octubre de 1921 - 7 de octubre de 2011)

El 7 de octubre de 2011, Enrique Bouza, primer focolarino de Argentina, llegó al cielo.

Había nacido en Buenos Aires, una semana más tarde habría cumplido 90 años.

La Palabra de Vida que lo había caracterizado era: “El que siembra para agradar al Espíritu, del Espíritu cosechará vida eterna”.

Ya desde joven participaba en la vida de la parroquia de Nuestra Señora de los Buenos Aires. Allí había llegado desde Santa María de Catamarca para realizar una misión, un sacerdote que había conocido a Chiara Lubich y el Movimiento de los Focolares en Italia. Enrique contaba que el párroco les hacia firmar de vez en cuando a todos los del grupo una postal para enviar a Italia.

Estas famosas postales, como Enrique lo supo más tarde, estaban dirigidas a Chiara para pedirle un focolar en Buenos Aires. El fruto fue que en diciembre de 1959, Chiara envió a Ginetta Calliari, una de sus primeras compañeras que en ese momento estaba en Brasil, a la capital argentina donde se quedó por 15 días. Para Enrique y algunos jóvenes fue el encuentro con el Ideal de la unidad: serán los primeros focolarinos de la ciudad.

De temperamento más bien callado, había aprendido a abrirse y a amar a los demás. Su casa había recibido en 1962 a Victorio Sabbione y Carlos Casabeltrame, recién llegados a Argentina para abrir el primer focolar masculino. Años más tarde Enrique también entra en el focolar.

Hacia el final de los años ’70, una grave enfermedad cardiaca lo había llevado casi a la muerte. Le comunicó a Chiara en un telegrama: “consciente de la gravedad de mi estado, renuevo con alegría cada momento la solemne oferta de mi vida. Unido en la realidad de la eucaristía, con pleno afecto filial”.

Luego de una mejoría seguía viviendo con esa tenacidad que le era característica. Algunos meses más tarde escribía: “Ver la íntima belleza de la Obra me hace exultar el corazón, lleno de alegría por el hecho de poder vivir y morir en la Obra y por ella hasta el día que Dios quiera”.

Desde entonces Enrique vivió el momento presente en la fidelidad a Jesús y a María, buscando la relación con Dios y amando a cada prójimo. Como él mismo decía; apuntaba a vivir en lo “sobrenatural” hasta los últimos días en los cuales necesitaba todo. Comenzó una carrera de amor con los focolarinos, tan es así que uno de ellos, luego de su partida, afirmaba: “Realmente ha muerto como un focolarino, con Jesús en medio nuestro”.

Su cuerpo descansa ahora en la Mariápolis Lía.

 

El testimonio de un compañero de focolar

Me tocó compartir 40 años de focolar con él en Buenos Aires.
Su característica era la fidelidad, al detalle, a la Voluntad de Dios significada. Se lo advertía en particular en todo lo que tuviera que ver con la vida espiritual, personal y colectiva, como las prácticas de piedad, los instrumentos de la espiritualidad colectiva, los horarios, los encuentros de focolar.
Tenía una perfección casi monacal, que a algunos, más desprolijos, nos llegaba a poner nerviosos. Él, en cambio, nunca se ponía nervioso, de temperamento calmo, reflexivo, parco y con un humor muy fino y agudo. Entró a vivir en el focolar a los 50 años (porque antes debía estar con su madre, sola y viuda) y poco a poco se fue soltando, en una continua actitud de aprender con gran humildad. En los últimos tiempos se reía incluso de esas características tan marcadas de su manera de ser.
Una vida espiritual muy profunda, de gran unión con Dios, como se evidenciaba en la comunión de alma. La relación con él comenzaba siendo siempre naturalmente sobrenatural, y sobre esa base se podía luego tratar de cualquier cosa. Una frase que gustaba repetir era “no ser, para ser”, que caracterizaban su bajo perfil, que ocultaba una vida particularmente sólida.
Muy probado en la salud, su larga vida se debe si duda a la meticulosidad con que observaba todas las indicaciones médicas y al ejercicio físico metódico y constante, que cumplía casi como una liturgia.
Al mismo tiempo era de una amabilidad exquisita, alegre, atenta, que contrastaba con su tendencia a concentrarse casi severamente en las en las acciones o tareas que realizaba.

                                                                     Honorio

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