Movimiento de los Focolares
La aventura de la unidad/Construyendo la Obra de María

La aventura de la unidad/Construyendo la Obra de María

El 7 de diciembre de 1943 se considera la fecha de nacimiento del Movimiento de los Focolares, porque ese día, con un voto perpetuo de castidad, Chiara Lubich se “casó con Dios”.

Pero la Fundadora de los Focolares también ha afirmado que una fecha de inicio podría ser su viaje, ocurrido en octubre de 1939, a Loreto, donde se custodia, según la tradición, la casa de Nazaret. La atmósfera de la familia que vivía en esa casita fue, para Chiara, un “llamado”: repetir en el silencio, como en la familia de Nazaret, el más grande misterio de la historia, la vida de Dios entre los hombres.

A partir de ese momento todo fue siempre un estupendo descubrimiento. Pero ella no fue la única en sorprenderse: con ella Natalia Dallapiccola, Giosi Guella, Marilen Holzhauser, Graziella De Luca, Vale y Angelella Ronchetti, Dori Zamboni, Gis y Ginetta Calliari, Silvana Veronesi, Lia Brunet, Palmira Frizzera, Bruna Tomasi… y, algunos años después:  Marco Tecilla, Aldo Stedile, Antonio Petrilli, Enzo M. Fondi, Pasquale Foresi, Giulio Marchesi, Piero Pasolini, Oreste Basso, Vittorio Sabbione… los primeros entre muchos que compondrán el escuadrón que Chiara previó en Loretoproféticamente, cuando intuyó que otros la seguirían. Los caminos que condujeron a las primeras y los primeros a emprender el camino abierto por Chiara, – ahora que en el Movimiento se han definido sus estructuras – , evidencian que cada uno de ellos era necesario para el proyecto de Dios, para el carisma que estaba “encarnándose”. No podía ser de otra forma en un carisma cuya característica es la unidad, expresión de la vida trinitaria. Personas de las más variadas profesiones guiadas poruna misma voz que, en el amor recíproco, ponían al servicio de los demás sus talentos que florecían  por el amor que circulaba entre ellos.

Después de setenta años, el desarrollo del Movimiento de los Focolares parece explicar la afirmación de Gregorio Magno, cuando dice que la Sagrada Escritura “crece con quien la lee” y “al igual que el mundo, la Escritura no fue creada de una vez para siempre: el Espíritu la ‘crea’ todavía hoy, se puede decir, cada día, cada vez que la ‘abre’. Por una relación maravillosa Él la ‘dilata’ en la medida que se dilata la inteligencia de quien la acoge” (*). Y en el caso del Movimiento ha sido la comunicación sobre la forma en que cada uno vivía el Evangelio lo  que nutría la comprensión de las mismas palabras de Jesús. Palabra vivida y comunicada, una práctica que trazará una línea ascética y colectiva.

La vida vivida por Chiara y por muchos que con ella acogieron y acogen la Palabra, en esta época de fundamentales transformaciones culturales, demuestra cuál es su tarea: “… participar de los designios de Dios sobre la humanidad, trazar sobre la multitud un bordado de luz y, al mismo tiempo, compartir con el prójimo la deshonra, el hambre, los golpes, las breves alegrías. Porque hoy, más que nunca, el atractivo es vivir la más alta contemplación y permanecer mezclados entre todos, hombre junto al hombre”.

Los primeros compañeros de Chiara experimentaron lo que el Concilio Vaticano II expresará posteriormente con respecto a la Iglesia: “[El Espíritu Santo] con la fuerza del Evangelio la rejuvenece, la renueva continuamente y la conduce a la perfecta unión con su Esposo” (LG,4).

* Guido I. Gargano, Il libro, la parola e la vita,  La exegesis bíblica de Gregorio Magno, Ediciones San Paolo, 2013

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Costa de Marfil: en la ciudad de las 18 montañas

Man, Costa de Marfil: la “ciudad de las 18 montañas”, cuenta con casi 100 mil habitantes de diversas etnias, dedicados en su mayor parte a la agricultura. Es una ciudad abrumada por una gran pobreza tanto material como humana, pobreza que se agravó por la guerra que afectó el país en el año 2002 y que tomó completamente a la ciudad. En este contexto social se encuentra la “Mariápolis Victoria”, ciudadela del Movimiento de los Focolares en el oeste de África. Eran más de 3000 los refugiados en los momentos candentes de la guerra. Más de 100.000 lo pacientes atendidos en su “Centro médico social”. Es importante además, el programa elaborado para reducir la desnutrición infantil. Un programa que trabaja con éxito tanto en la ciudad como en los pueblos vecinos.

También la Navidad –cuentan algunos habitantes de la ciudadela-, se celebró en función de las personas que estaban más solas, los marginados, especialmente los más necesitados de amor: “Una jornada de fiesta con los niños cristianos y musulmanes de los alrededores, en la parroquia cercana. Fue un momento de alegría con canciones, bailes, representaciones teatrales y finalmente, ¡un almuerzo para todos!”.  Cada niño –eran casi 1000-, con el propio plato y el vaso en la mano, estaban en fila para recibir la comida. “Era muy lindo mirar en a los ojos a cada uno de ellos, -continúa el relato-, desearles buen apetito y agradecerles por la paciente espera!”

Un grupo de chicas jóvenes, en cambio, decidió pasar las fiestas en Blolequin, un pueblo que está a 175 km de Man, junto con los niños huérfanos y las religiosas de la Consolata que se ocupan de ellos.

En Glolé, un pueblo que está a 30 km de Man, otro grupo de la comunidad de los Focolares ayudó en la preparación de la fiesta de Navidad. Para esa ocasión se agregaron personas de los 12 pueblos cercanos, personas mantenidas desde hace años por el Centro nutricional de la ciudadela. Estaban presentes también los jefes y autoridades de cada pueblo, además de los responsables de varias Iglesias. En el clima de reciprocidad que se creó, un dirigente del pueblo afirmó: “Si  cuando presente mi programa de trabajo a mis colaboradores, ocurre que  ellos no están de acuerdo, creo,  que no lo podré llevar adelante solo, sino que trataré de realizar aquello que podremos hacer juntos”.

Una contribución importante de la tarde fue el conocido escrito de Chiara Lubich “Una ciudad no basta”(1958). En este programa Chiara alienta a buscar a los más pobres, a los abandonados, a los huérfanos, a los presos, los que son dejados de lado… y, dar, dar  siempre: una palabra, una sonrisa, el propio tiempo, los propios bienes… amor concreto capaz de transformar una ciudad y mucho más. Luego hubo un intercambio de testimonios, en especial referentes a las actividades que se están realizando a favor de los niños que sufren de hambre y tienen carencias de afecto familiar. Son pasos concretos para transformar las propias ciudades.

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La alegría de descubrirnos hermanos

Tú has mantenido contactos con muchos cristianos no católicos. ¿Cómo veías antes a estos hermanos y cómo los consideras ahora?

«Esto: ante una botella que está llena en sus tres cuartas partes se pueden tener las dos reacciones conocidas: ¡Ah! ¡Todavía me falta un cuarto! O bien: ¡Ya está llena tres cuartos!

La primera expresión dice como anteriormente yo veía a mis hermanos no católicos, es decir hace quince años, antes de empezar a trabajar para el ecumenismo, con todo el Movimiento de los Focolares.

La segunda reacción es la que tengo en mi corazón durante estos últimos años.

De verdad no sé como dar gracias a Dios por haberme dado la oportunidad de relacionarme con cristianos de las más variadas e importantes denominaciones.

Vivir con ellos, tratar con ellos, sobre todo conocerles, desde que se han abierto porque han aceptado el poder establecer con nosotros una relación de caridad recíproca en Cristo, me ha puesto en el corazón un inmenso sentido de asombro y agradecimiento a la Providencia por haber salvaguardado en estas Iglesias o comunidades eclesiales tantas riquezas de fe, a veces de esperanza, en estas otras liturgias, acerca del valor de la Palabra de Dios… (leer más)

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Líbano: una elección valiente

Daisy: Mi marido y yo nacimos en familias cristianas. Conocimos el Movimiento de los Focolares en una Mariápolis, y desde aquel momento la elección de vivir la espiritualidad de la unidad  dio un sentido a nuestra vida.

Samir: En 1989, durante la guerra del Líbano, la situación era dramática: el conflicto provocaba muertes y destrucción en todas partes, por lo tanto: desocupación, cierre de escuelas y oficinas. Nos trasladamos a los Estados Unidos, donde vivía mi  hermano. Como docente universitario podía tomarme un año sabático. En los Estados Unidos, encrucijada de culturas, vivimos la experiencia de pueblos distintos que viven juntos.

Daisy: Fue un año intenso y lleno de pruebas que nos permitieron experimentar el amor de Dios, manteniéndonos siempre unidos. A menudo nos preguntábamos cual era la decisión justa, si volver al Líbano o quedarnos en un país que nos ofrecía tantas oportunidades. Cada uno de nosotros había encontrado un trabajo y teníamos la posibilidad de adquirir la nacionalidad estadounidense. Además, el futuro para nuestros hijos estaba asegurado.

Samir: La decisión no era fácil, pero sentíamos también que no podíamos abandonar nuestro país en la difícil situación que atravesaba. Dialogamos con los hijos y con la familia del Movimiento y decidimos volver al Líbano. Estábamos convencidos de que amar a nuestro pueblo era más importante que la seguridad que los Estados Unidos nos ofrecía.

Daisy: Al volver al Líbano nuestra vida cambió. Comprendimos que la felicidad no depende de las circunstancias externas, sino que es fruto de nuestra relación con Dios y con los hermanos. Efectivamente, en nuestro país convivimos con los musulmanes, y con la espiritualidad de la unidad construimos una real fraternidad con muchos de ellos.

Una vez debíamos asistir a un encuentro del Movimiento que se hacía en Siria, un país que había estado en conflicto con nuestro país. Las relaciones eran todavía difíciles y llenas de desconfianza y prejuicios. Sin embargo, experimentamos que ellos son hermanos nuestros y que debemos dar la vida también por ellos.

Samir: Comprendimos aún más nuestro rol de testigos del amor entre musulmanes y cristianos. Un ejemplo de este amor entre nosotros es el de  haber recibido en nuestro Centro Mariápolis a 150 personas que en su mayor parte eran musulmanes. Formamos juntos una familia unida por la fraternidad. Creemos que nuestro rol como cristianos en Medio Oriente no es sólo  el hecho de vivir allí, sino mostrar una presencia activa en la vida política y en las instituciones gubernamentales.

Daisy: En el momento actual en que la mayor parte de los libaneses está angustiados por el futuro y muchos tratan de abandonar el país, nosotros sentimos el amor de Dios que nos acompaña y nos radica día tras día en nuestra tierra ayudándonos a transmitir esperanza.

 

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La aventura de la unidad: Igino Giordani

Defensor de la paz a toda costa, Igino Giordani llegó a ser oficial en la primera guerra mundial, donde quedó herido y fue condecorado. Profesor, antifascista, bibliotecario, casado y padre de cuatro hijos, era un conocido polemista en el ámbito católico, pionero del compromiso de los cristianos en la política, escritor y periodista. Después de la segunda guerra mundial, vivida como antifascista y obligado al exilio, resultó electo para la Constituyente. Fue diputado, laico brillante, pionero del ecumenismo. Y fue todavía él quien llevó la realidad de los laicos casados y de la familia al focolar, abriéndolo –en cierto sentido- a toda la humanidad. Por estos y otros motivos más, Chiara Lubich consideró a Giordani, familiarmente llamado “Foco”, uno de los co-fundadores del Movimiento de los Focolares. El encuentro con Chiara tuvo lugar en su oficina de la Cámara de diputados, en Montecitorio, en septiembre de 1948. Pasaba por un momento particularmente difícil de su vida, tanto espiritual como política: «Estudiaba temas religiosos con pasión – escribe en su último libro Memorias de un cristiano ingenuo-, pero también para no pensar en mi alma, de cuyo aspecto no me sentía edificado: me pesaba el aburrimiento; y para no reconocer esta parálisis, me encerraba en el estudio y me aturdía con el trabajo. Creía que no había nada que hacer; en cierto sentido dominaba todos los ámbitos de la cultura religiosa: la apologética, la ascética, la mística, la dogmática, la moral; pero los dominaba culturalmente. No los vivía interiormente». Ese día a su oficina se presentó una compañía heterogénea, a un hombre como Giordani experto en vida eclesial, enseguida le pareció original por su composición: un conventual, un menor, un capuchino, un terciario y una terciaria franciscana, es decir, la misma Chiara. De hecho, escribirá más tarde, «verlos unidos y concordes ya me pareció un milagro de unidad». Chiara tomó la palabra, acogida por el cortés escepticismo del diputado: «Estaba seguro que escucharía a una sentimental propagandista de alguna utopía asistencial». Y en cambio no fue así. «Había un timbre inusitado en esa voz, -comenta Giordani-: el timbre de una convicción profunda y segura que nacía de un sentimiento sobrenatural. Por lo tanto, de repente mi curiosidad se despertó y el fuego interior empezó a expandirse. Cuando, después de media hora, ella terminó de hablar, yo me sentía dentro una atmósfera encantada: atrapado por la luz y la felicidad; habría deseado que esa voz prosiguiera. Era la voz que, sin darme cuenta, estaba esperando. Ella ponía la santidad al alcance de todos». Giordani le pidió a Chiara que escribiera lo que había dicho, cosa que hizo rápidamente. Pero personalmente el diputado quiso profundizar lo que había conocido. Poco a poco reconoció en la experiencia del focolar la realización de profundo deseo de Juan Crisóstomo: que los laicos vivan como monjes, pero sin el celibato. «Había cultivado por mucho tiempo, dentro de mí, ese deseo –sigue contando-: y por lo tanto, amaba las enseñanzas del franciscanismo en medio del pueblo y la dirección virginal de Catalina de Siena a los caterinatos, y había apoyado iniciativas que parecían querer remover los límites impuestos entre el monaquismo y el laicado, entre los consagrados y la gente común: confines tras los cuales la Iglesia sufría como Cristo en el Getsemaní. Sucedió algo en mí. Sucedió que esos pedazos de cultura, sobrepuestos, empezaron a moverse y animarse, engranado hasta formar un cuerpo vivo, surcado por sangre generosa. Había penetrado el amor y había investido las ideas, llevándolas a una órbita de felicidad». Y, para explicitar este “descubrimiento”, solía repetir una frase que pronunció en los últimos años de su vida, transcurridos, una vez fallecida su amadísima esposa Mya, en ese focolar que tanto amaba, en Rocca di Papa: «Me movía de la biblioteca repleta de libros, hacia la Iglesia habitada por cristianos». Fue una auténtica conversión, una nueva conversión, que «despertándome del estancamiento en el que parecía que estaba amurallado, me inducía a un nuevo paisaje, ilimitado, entre cielo y tierra, invitándome nuevamente a caminar». Está actualmente en curso la causa de canonización de Igino Giordani, conocido como Foco.

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