Movimiento de los Focolares

En el Metro

Son las diez y media cuando bajo de la escalera mecánica del metro de la Estación Central. Abajo de las escaleras hay un hombre que está ondeando un pedazo de papel. Pero todos tienen prisa y no le hacen caso.

 Me detengo. Le hago señas para que me siga. Vamos a la plataforma. Descubro que va en mi misma dirección. Con él están su esposa, dos hijas y un hijo. No están acostumbrados a las bandas móviles y la mujer casi se cae. Cuando descubro que sólo Sabri, el hijo de 10 años, habla sueco, decido acompañarlos hasta el final.

 Pero no es tan fácil, porque cuando bajamos en la estación terminal saca otros papeles… El primero de la estación era para el metro, después tiene otro papel con la dirección del Consejo para la migración que está cinco estaciones atrás. Volvemos allí. En la estación del metro pregunto si pueden pagar el autobús. Todavía otro papel, una carta y un boleto electrónico para el tren. Nada de dinero. La carta explica que su destino no es el servicio de migración, sino una oficina legal que está del otro lado de la ciudad.

 Ya tengo media hora de atraso para la reunión. Llamo a la oficina legal. Decidimos que tienen que tomar un taxi porque después seguramente la oficina legal va a rembolsar el importe. El taxi es demasiado pequeño para llevarnos a todos, así que me despido. Cinco personas agradecidas me saludan cordialmente.

 Me quedo sorprendido, cuando algunos amigos me dicen que fui muy gentil. Llegué incluso a pagar el taxi… Ciertamente, tuve que superarme para hacer todo el viaje con ellos, perdí buena parte de la clase que habría tenido, y no estoy seguro que me devuelvan el dinero. ¿Pero no me habría sentido feliz de haber sido ayudado si me hubiese sucedido algo similar en un país extranjero? La alegría que sentí después, y cada vez que lo cuento, es un regalo más grande.

 Patrick – Suecia

Fuente: www.focolare.se

Juan Pablo II en el Centro Mariápolis internacional

Durante las distintas fases de nuestro encuentro he hecho muchas reflexiones. Intento ahora resumirlo todo en una constatación y en un deseo. La constatación atañe al núcleo central de vuestro Movimiento: el amor. Ciertamente el amor es el inicio de muchas instituciones y estructuras de todo el apostolado, de todas las familias religiosas. El amor es rico, lleva en sí distintas potencialidades y difunde en los corazones humanos los distintos carismas. Con este encuentro he podido acercarme un poco más a lo que forma el carisma propio de vuestro Movimiento o, por decirlo de otro modo, comprender mejor que el amor –que es un don del Espíritu Santo, por él difundido en nuestros corazones, su virtud más grande– constituye el camino más excelente, la animación principal de vuestro Movimiento. Es bueno que hayáis encontrado tal camino, esa vocación al amor. Escuchando los testimonios, me he convencido aún mayormente de algo que desde hace muchos años y cada día me doy cuenta: en el mundo de hoy, en la vida de las naciones, de las sociedades, de los distintos ámbitos, de las personas, el odio y la lucha son muy fuertes. Son programáticos. Por eso se requiere el amor. Se puede decir que el amor no tiene programa, mas los crea hermosísimos y riquísimos, como el vuestro. Se requiere la presencia del amor en el mundo para afrontar el gran peligro que acecha a la humanidad, que amenaza al hombre: el de encontrarse sin amor, con el odio, con la lucha, con varias guerras, con varias opresiones, con varias torturas, como hemos oído. El amor es más fuerte que todo y ésta es vuestra fe, la chispa inspiradora de todo lo que se hace bajo el nombre Focolares, de todo lo que sois, de todo lo que hacéis en el mundo. El amor es más fuerte. Es una revolución. En este mundo tan trabajado por las revoluciones, cuyos principios constitutivos son el odio y la lucha, se requiere la revolución del amor; es necesario que tal revolución demuestre ser más fuerte. Esto es también el radicalismo del amor. Ha habido en la historia de la Iglesia muchos radicalismo del amor, casi todos contenidos en el supremo radicalismo de Cristo Jesús. Hubo el radicalismo de san Francisco, el de San Ignacio de Loyola, el de Carlos de Foucauld y tantos otros hasta nuestros días. También hay un radicalismo del amor vuestro, de Chiara, de los focolarinos: un radicalismo que descubre la profundidad del amor y su simplicidad, todas las exigencias del amor en las distintas situaciones, y procura que siempre venza este amor en cualquier circunstancia, en cualquier dificultad; y donde el hombre –humanamente hablando– podría ser superado por el odio, no le permite tanto a este hombre, a este corazón humano, y hace que venza el amor. Bien, pues éste el radicalismo evangélico del amor que vosotros procuráis llevar a la vida de los hombres de hoy, a los ambientes de hoy, por todo el mundo. Y con esta certeza de que el amor debe ser siempre más fuerte, en cualquier circunstancia, ante cualquier dificultad, dais un testimonio de Dios que es amor. Podemos decir que vuestra obra de evangelización comienza por el amor para llegar a Dios. Muchas veces se empieza por Dios para llegar, quizás, al amor. Vosotros habéis acentuado esta fórmula de san Juan: Dios es amor. Esto quiere decir que, cuando se vive el amor, cuando se realiza el amor, cuando se hace que el amor venza en cualquier circunstancia, entonces dejamos que se vea a Dios. Esto no es sólo un programa abstracto, es un programa vivido. Está bien que atribuyáis mucha importancia a los testimonios, porque cada uno de estos testimonios conlleva la confirmación de este programa. Está bien que el programa se escriba más en los testimonios, en las experiencias vividas, que en el papel o las teorías. En todo esto he pensado durante mis visita a vuestro centro internacional, y os agradezco pro la oportunidad que me habéis dado de vivir todo esto, de reflexionar, de ver lo que constituye la vida de vuestro gran Movimiento de más de un millón de personas en todo el mundo, y lo que constituye la experiencia de cada uno de vosotros: la revelación de que Dios es amor, y además una solución personal para cada unos de vosotros. Esto hemos percibido profundamente en los testimonios. Si falta esta consciencia y esta experiencia, si falta esta gracia, hay un vacío. Y ahí, otra amenaza; aparte de la de la lucha y el odio, la de las varias guerras, la de la autodestrucción nuclear: el peligro del vacío en el corazón humano. Vosotros queréis poner remedio directamente este vacío con vuestra experiencia personal, una experiencia vivida que luego se transmite a los demás. Os deseo, pues, que sigáis por el mismo camino. Ya tenéis una orientación bien clara, una característica profundamente marcada, un carisma en la riqueza del amor, cuya fuente es Dios mismo, el Espíritu Santo. Habéis hallado vuestro campo, vuestra morada. Os deseo Que desarrolléis cada vez más esta realidad, propia de vuestra vocación, y que llevéis al mundo de hoy el amor, que tanta falta le hace, y que por medio del amor, llevéis a Dios. Éste es mi deseo. Os encomiendo de modo especial a la Virgen santísima, Madre de Cristo y de la Iglesia, Madre nuestra, de los apóstoles, de todas las Mariápolis del mundo. Os encomiendo a ella, porque ella, más que todos los hombres, ha sabido vivir el amor, el radicalismo del amor, y de la manera más simple, maravillosa y absolutamente original. Vosotros estáis fascinados por la Virgen, por su santidad, por ese amor que late en su corazón, y queréis imitarla. Os deseo que obtengáis esto cada vez más. Es más, os deseo que a través de María os acerquéis a Jesús, el cual nos ha mostrado que Dios es amor, al Espíritu Santo, que es quien elabora el amor en nuestros corazones, gracias a la cruz y la resurrección de Jesús. Os doy las gracias de nuevo por haberme recibido en vuestra casa, en vuestra familia. Quiero hacer extensivo estos deseos a todos los focolarinos del mundo, porque estáis muy unidos entre vosotros y procuráis formar una gran familia cristiana, evangélica, en todo el mundo. Me encomiendo a esta familia. Y tengo que agradeceros por vuestro apostolado, porque estoy aquí en cuanto sucesor de Pedro, preocupado por el apostolado de la Iglesia. Es más, estoy convencido, lo veo, lo experimento, cuál es el aspecto del apostolado de la Iglesia contemporánea propio de vosotros. Os deseo que seáis un fermento en la masa de la humanidad  y del pueblo de Dios. Os deseo que seáis un fermento evangélico en la Iglesia, que ha reconocido su dimensión con el Concilio Vaticano II en la constitución Lumen Gentium, en la constitución pastoral Gaudium et Spes. Veo que vosotros tenéis la intención de seguir auténticamente esa visión de la Iglesia, esa autodefinición que la Iglesia ha dado de sí misma en el Concilio Vaticano II. Por eso veo vuestros contactos tan fructíferos en la dimensión ecuménica, o con nuestros hermanos no cristianos, que poseen sus riquezas religiosas, tal y como he podido constatar, por ejemplo, durante una breve visita a Corea y a Tailandia, y luego los contactos con el mundo secularizado, con los no creyentes, con los ateos y los agnósticos. Por todas partes está la Iglesia y, como decía san Juan de la Cruz, donde no hay amor, lleva amor y encontrarás amor. Pienso que esto se puede aplicar muy bien a vuestro apostolado en todos los ámbitos, no solamente en los de la Iglesia, en su cuerpo católico, sino también en su dimensión ecuménica y en los contactos de diálogo con los no cristianos y con los no creyentes. El amor abre el camino. Espero que, gracias a vosotros, este camino esté cada vez más abierto para la Iglesia. © Copyright 1984 –  Libreria Editrice Vaticana

Mayo 2011

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia».

Jesús nos enseña también otro modo de amar al Señor. Para Jesús, amar significó hacer la voluntad de su Padre, poniendo a su disposición inteligencia, corazón, energías, la misma vida: se entregó completamente al proyecto que el Padre tenía para Él. El Evangelio nos lo muestra orientado siempre y totalmente al Padre (cf. Jn 1, 18), siempre en el Padre, anhelando siempre decir sólo lo que había oído a su Padre, llevar a cabo sólo lo que el Padre le había dicho que hiciera. A nosotros nos pide lo mismo: amar significa hacer la voluntad del Amado sin medias tintas, con todo nuestro ser: «con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia». Porque el amor no es sólo un sentimiento: «¿Por qué me llamáis Señor, Señor, y no hacéis lo que os digo?» (Lc 6, 46), les pregunta Jesús a quienes aman sólo con palabras.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia».

¿Cómo vivir este mandamiento de Jesús? Manteniendo, desde luego, una relación filial y de amistad con Dios, pero sobre todo haciendo lo que Él quiere. Nuestra actitud con Dios será, como la de Jesús, estar siempre orientados hacia el Padre, atentos a Él, obedeciendo, para llevar a cabo su obra, sólo ésa y nada más.

En esto se nos pide la mayor radicalidad, porque a Dios hay que dárselo todo: todo el corazón, toda el alma, toda la inteligencia. Y esto significa hacer bien, por completo, esa acción que Él nos pide.

Para vivir su voluntad y conformarse a ella, a menudo será necesario quemar la nuestra y sacrificar todo lo que tenemos en el corazón o en la mente que no se refiera al presente. Puede ser una idea, un sentimiento, un pensamiento, un deseo, un recuerdo, una cosa, una persona…

Y así estaremos plenamente en lo que se nos pide en el momento presente. Hablar, llamar por teléfono, escuchar, ayudar, estudiar, rezar, comer, dormir, vivir su voluntad sin divagar; realizar acciones completas, limpias, perfectas, con todo el corazón, el alma, la inteligencia; tener como único móvil de cada acción el amor para poder decir en cada momento del día: «Sí, Dios mío, en este momento, en esta acción te he amado con todo mi corazón, con todo mi ser». Sólo así podemos decir que amamos a Dios, que correspondemos a su amor para con nosotros.

«Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu inteligencia».

Para vivir esta Palabra de vida será útil analizarnos de vez en cuando para ver si Dios está en el primer lugar de nuestra alma.

Y entonces, como conclusión, ¿qué debemos hacer este mes? Elegir nuevamente a Dios como único ideal, como el todo de nuestra vida, volverlo a poner en el primer lugar y vivir con perfección su voluntad en el momento presente. Debemos poder decirle con sinceridad: «Mi Dios y mi todo», «Te amo», «Soy toda tuya», «¡Eres Dios, eres mi Dios, nuestro Dios de amor infinito!».


[1] Palabra de vida, octubre 2002, publicada en Ciudad Nueva, nº 392, pág. 24.