6 Ago 2016 | Sin categorizar
«En principio está la relación», escribía en la primera mitad del pasado siglo el gran Martin Buber, exponente del pensamiento hebreo. Desde entonces, y gracias a los avances realizados por la escuela dialógica, esta categoría ha entrado con autoridad en la escena filosófica contemporánea, lo que ha traído consecuencias en la vida social y en el horizonte del significado de la existencia. Las ciencias humanas, especialmente, la han usado provechosa y fecundamente. Cada vez tendemos más a pensar que la relación sea esa dimensión de la persona que, de alguna manera, la define. La capacidad de entablar una relación se ha vuelto por ello en algo importante en todos los ámbitos del quehacer humano. El fracaso de muchas nobles empresas, por ejemplo, puede remontarse a problemas de relación. Lograr una buena relación resulta, la mayor parte de las veces, un punto de partida positivo y una garantía de continuidad. La relación es realmente esencial. Y a pesar de ello, desde mi punto de vista, me permitiría modificar la frase del gran filósofo austríaco-israelí con esta otra: «En principio está la relacionalidad». Con esto quiero decir que la relación está siempre en segundo lugar, porque hay algo aún más radical: la relacionalidad. Es la estructura relacional de la persona la que permite entrar en relación, pero no exige que necesariamente haya una relación con el otro para existir. La relacionalidad tiene que ver con el ser, la relación, con el hacer. Relacionalidad y relación no se oponen, pero hay que diferenciarlas porque se refieren a diferentes dimensiones de la persona. La conclusión parece paradójica: hay personas pobres de relaciones pero ricas de relacionalidad, y al contrario. Tener muchas relaciones, de hecho, no es necesariamente índice de relacionalidad. Pongo un caso extremo: una religiosa de clausura puede ser más rica de relacionalidad que una estrella cinematográfica, aunque sea infinitamente más pobre de relaciones. Se puede estar abiertos al infinito sin superar el perímetro de la propia habitación, así como se puede estar encerrados en sí mismos mientras se da la vuelta al mundo. Entonces ¿es una cuestión de cantidad y calidad? Sí y no. Lo que es decisivo – como criterio de calidad de las relaciones – es la medida con las que éstas partan o no de la estructura relacional de la persona. No es pues cuestión de cantidad o calidad, sino de profundidad y reciprocidad. La relacionalidad proviene del fondo del ser humano y es siempre abierta. Abierta a la reciprocidad, mientras que no siempre las relaciones evitan la tentación individuo-céntrica. Partir de la estructura relacional de la persona quiere decir entonces ser conscientes de que, en nuestras relaciones, siempre hay algo que las precede y algo que va más allá de ellas. Significa renunciar a dominar las relaciones, incluso a construirlas como si dependieran de nosotros. Las relaciones no se construyen, se buscan. Esto quiere decir que en nuestras relaciones tenemos que estar atentos sobre todo a lo que nos sorprende, a lo imprevisto. La “voluntad de potencia”, que caracteriza a menudo al hombre moderno, tiende muchas veces a imponer las relaciones, incluso por un buen fin. Puede suceder, por ejemplo, en la relación entre padre e hijos o en las relaciones de pareja. Si queremos relaciones cargadas de relacionalidad debemos en cambio cuidar la actitud de espera, de escucha, de paciencia, incluso de ausencia. La relacionalidad requiere amor junto con una cierta pasividad que, si se vive bien, es la única que verdaderamente se abre a lo nuevo. Las consecuencias éticas de esta distinción, que puede parecer solo académica, en ciertos casos son decisivas. Un ejemplo: si la persona fuera primordialmente relación, entendiendo con esto la capacidad de construir relaciones, el aborto sería legítimo porque el embrión no tiene la capacidad de construirlos. Tampoco la persona en coma tendría el derecho a vivir, porque es incapaz de tener relaciones con los demás. Si en cambio lo que define en su raíz a la persona es la relacionalidad, que para existir no necesita tener relaciones porque viene antes de éstas, entonces las cosas cambian sustancialmente. Fuente: Città Nuova (enero 2016, página 67)
4 Ago 2016 | Sin categorizar
Después de participar en la memorable JMJ de Cracovia, 67 cardenales y obispos amigos del Movimiento de los Focolares, de 27 países de 4 continentes, se reúnen en Braga, en el norte de Portugal, del 2 al 10 de agosto de 2016. Un encuentro que se repite desde 1977 y que por primera vez se realiza en la tierra lusa, cerca del Santuario de Nuestra Señora de Sameiro, por invitación de Mons. Jorge Ortiga, arzobispo de Braga. Moderado por el cardenal Francis Kriengsak, arzobispo de Bangkok, Tailandia, el encuentro tiene como fin profundizar en la comunión fraterna entre los obispos presentes a la luz de la espiritualidad de la unidad que anima a los Focolares. El tema central del encuentro será el misterio de Jesús en la cruz que grita: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15,34), llave para encontrar y abrazar las heridas del mundo de hoy y que será también el tema para todo el Movimiento durante 2016/2017. Maria Voce, presidente de los Focolares, presente en el encuentro, ofrecerá algunos aspectos sobre el tema. También estará presente el co-presidente Jesús Morán y algunos consejeros centrales para un intercambio sobre la vida del Movimiento de los Focolares. Otros temas de reflexión y de trabajo – con los aportes específicos de teólogos, políticos y otros miembros de los Focolares – sobre la actual situación mundial, la reforma de la Iglesia en la huella del papa Francisco, el ecumenismo. Una invitación a los obispos de la Conferencia Episcopal Portuguesa para el día 9 de agosto será, para los que puedan asistir, la ocasión para un intercambio fraternal de experiencias y de conocimiento recíproco, enriquecida por la presencia de obispos de las diócesis de muchas partes del mundo Una peregrinación a Fátima con el fin de encomendar a María la propia vida y misión, en aquella que se conoce como la tierra de Santa María, sellará el encuentro. Los congresos de los obispos amigos del Movimiento de los Focolares comenzaron en 1977 por iniciativa de Mons. Klaus Hemmerle, obispo de Aquisgrán, Alemania. Fueron aprobados y apoyados desde el principio por la Santa Sede para promover la colegialidad «efectiva y afectiva» entre los obispos en un espíritu de comunión y fraternidad. Fuente: Nota de Prensa
28 Jul 2016 | Palabra de vida, Sin categorizar
Hace ya más de 70 años que se vive la Palabra de vida. Llega esta hojita a nuestras manos y leemos su comentario, pero lo que quisiéramos que permaneciese es la frase que se propone, una palabra de la Escritura, en muchos casos de Jesús. La «Palabra de vida» no es una simple meditación, sino que en ella es Jesús quien nos habla, nos invita a vivir, llevándonos siempre a amar, a hacer de nuestra vida un don. Es una «invención» de Chiara Lubich, que contó así su origen: «Tenía hambre de la verdad, y de ahí que estudiase filosofía. Es más, como muchos otros jóvenes, buscaba la verdad y creía que la encontraría estudiando. Pero he aquí una de las grandes ideas en los primeros días del Movimiento, y que comuniqué enseguida a mis compañeras: “¿Para qué buscar la verdad, cuando esta vive encarnada en Jesús, el hombre-Dios? Si la verdad nos atrae, dejémoslo todo, busquémoslo a Él y sigámoslo”. Y así lo hicimos». Tomaron el Evangelio y comenzaron a leerlo palabra por palabra. Les pareció completamente nuevo. «Cada palabra de Jesús era un haz de luz incandescente: ¡puramente divino! […] Sus palabras son únicas, eternas […], fascinantes, escritas con divino esplendor, […] eran palabras de vida, para traducir en vida, palabras universales en el espacio y en el tiempo». No les pareció que estuviesen estancadas en el pasado ni que fuesen un simple recuerdo, sino palabras que Él seguía dirigiéndonos a nosotros y a cualquier persona de todo tiempo y latitud»[1]. Pero ¿de verdad Jesús es nuestro Maestro? Estamos rodeados de muchas opciones de vida, de muchos maestros de pensamiento, algunos aberrantes, que inducen incluso a la violencia, y otros rectos e inspirados. Pero las palabras de Jesús poseen una profundidad y una capacidad envolvente que otras palabras –sean de filósofos, políticos o poetas– no tienen. Son «palabras de vida», se pueden vivir y dan la plenitud de la vida, comunican la vida misma de Dios. Cada mes destacamos una, y así, lentamente, el Evangelio penetra en nuestro ánimo, nos transforma, nos lleva a adquirir el pensamiento mismo de Jesús, lo que nos hace capaces de responder a las situaciones más variadas. Jesús se convierte en nuestro Maestro. A veces podemos leerla con otros. Quisiéramos que el propio Jesús, el Resucitado, vivo en medio de quienes estamos reunidos en su nombre, nos la explicase, nos la actualizase, nos sugiriese cómo ponerla en práctica. Pero la gran novedad de la «Palabra de vida» consiste en que podemos compartir la experiencia y la gracia que nacen de vivirla, tal como Chiara explica refiriéndose a lo que sucedía al inicio y sigue vigente hoy: «Sentíamos el deber de comunicar a los demás lo que experimentábamos, pues éramos conscientes de que, al comunicarla, la experiencia permanecía para edificación de nuestra vida interior; mientras que, si no la comunicábamos, el alma se empobrecía lentamente. Así pues, vivíamos con intensidad la palabra durante todo el día y nos comunicábamos los resultados no solo entre nosotros, sino también a las personas que iban añadiéndose al primer grupo. […] Cuando la vivíamos, ya no era yo o nosotros los que vivíamos, sino la palabra en mí, la palabra en el grupo. Y esto era una revolución cristiana con todas sus consecuencias»[2]. Lo mismo puede sucedernos a nosotros hoy. FABIO CIARDI [1] Cf. C. Lubich, La palabra de vida (1975): Escritos espirituales/3. Todos uno, Ciudad Nueva, Madrid 1998, p. 124. [2] Ibid., pp. 129-130.
23 Jul 2016 | Sin categorizar

(C) CSC Audiovisuales
Al joven filipino que le preguntaba: “Con el corazón en la mano, ¿qué quisieras decirnos a todos nosotros, que estamos aquí en el Genfest, y a los jóvenes del mundo que nos siguen por televisión?”, Chiara Lubich respondió: «Les repito lo que dijo una vez santa Catalina de Siena, una gran santa, una mujer maravillosa, hablando a sus discípulos: “No se contenten con cosas pequeñas porque Él, Dios las quiere grandes”. Yo les digo: gen, jóvenes, no se contenten con las migajas. Tienen una única vida. Aspiren a lo más alto. No se contenten con las pequeñas alegrías, busquen las grandes, busquen la plenitud de la alegría. Me podrán preguntar: “¿Dónde la encontramos, Chiara?”. Bien, acabo mi discurso nombrando una vez más a Jesús. Él dijo que quien vive la unidad tendrá la plenitud de la alegría. Por tanto la herencia que recibirán, si viven este ideal, será la plenitud de la alegría. Esto es lo que anhelo para ustedes y la última palabra que les dejo». Roma, Palaeur, Genfest 20 de mayo de 1995 Fuente: Cercate la pienezza della gioia. 50 risposte ai giovani, Città Nuova 2012
20 Jul 2016 | Sin categorizar
«Carmen, ¡qué gran ayuda para el Camino! ¡Qué mujer fuerte! Nunca conocí a nadie como ella». Con estas palabras Kiko Argüello comunica la muerte de Carmen Hernández en una carta dirigida a todos los caminantes, los que adhieren a la propuesta del Camino Neocatecumenal. Kiko Argüello escribe también que Carmen fue para él «un ser maravilloso» y recuerda «a la mujer, su gran genialidad, su carisma, su amor por el Papa y, sobre todo su amor a la Iglesia» Carmen Hernández era la responsable junto con Kiko Argüello y el Padre Mario Pezzi del Camino a nivel internacional. Los funerales se realizarán el 21 de julio en la Catedral de Madrid y los presidirá el Arzobispo Carlos Osoro Sierra. La recuerdan las más de 30 mil comunidades neocatecumenales, que están presentes en 120 países del mundo. Estará presente un numeroso grupo de obispos y cardenales cercanos a la realidad neocatecumenal. Ella nació en Olvega, en España, y vivió una larga vida. Estaba atenta a escuchar al Espíritu que la llevó, después de haber estudiado química, a encontrar la vocación misionera que advirtió en su juventud. Hizo una experiencia en un instituto misionero, realizó estudios de liturgia en el contexto de la profunda renovación conciliar y pasó un período de dos años en Tierra Santa. Finalmente, en 1964 tuvo un encuentro con Kiko entre los marginados de Palomeras Altas, en la periferia de Madrid. Allí el impulso evangelizador de Carmen tomó una forma nueva, junto con la comunidad cristiana que con Kiko iba formándose en medio de los pobres. La presencia de Carmen proporciona una sólida base teológica y litúrgica a la fuerte catequesis de Kiko, y su acción se convierte en una verdadera y justa formación post-bautismal. Fue fundamental su rol en la redacción del Estatuto del Camino que tuvo la aprobación de la Santa Sede en 2011. En el 2015 recibió el Doctorado Honoris Causa en Sagrada Teología de la Catholic University de América de Washington, en reconocimiento a su gran contribución a la formación cristiana en todo el mundo. «Ustedes recibieron un gran carisma, para la renovación bautismal de la vida», dijo el papa Francisco en su discurso a los adherentes al Camino Neocatecumenal el pasado 18 de marzo, la última vez que Carmen Hernández fue vista en público. Pero el Santo Padre habló con ella personalmente por teléfono el 1º de julio pasado durante una audiencia privada que le concedió a Kiko Argüello y al Padre Mario Pezzi. El Movimiento de los Focolares se une a la oración y al agradecimiento, teniendo un vivo recuerdo de la comunión entre los movimientos eclesiales sellada en Pentecostés de 1998 cuando Juan Pablo II se encontró por primera vez con los Movimientos y las Nuevas comunidades, cada uno fruto particular de un carisma donado por el Espíritu Santo a la Iglesia y a la humanidad para responder a las exigencias de nuestro tiempo. Maria Chiara De Lorenzo
10 Jul 2016 | Sin categorizar

Foto: Nitin Dhumal
Unidad: palabra divina. Si en un momento dado fuese pronunciada por el Omnipotente y los hombres la llevasen a la práctica en sus más variadas aplicaciones, veríamos el mundo pararse de golpe en su marcha general y, como en una moviola, reanudar la carrera de la vida en dirección opuesta. Innumerables personas desandarían el ancho camino de la perdición y se convertirían a Dios, encaminándose por la senda estrecha… Familias desmembradas por peleas, heladas por la incomprensión y el odio y como muertas debido a los divorcios, se recompondrían. Y nacerían niños en un ambiente de amor humano y divino y se forjarían como hombres nuevos para un mañana más cristiano. Las fábricas, normalmente llenas de «esclavos» del trabajo en un ambiente de tedio, si no de blasfemia, se convertirían en lugares de paz, donde cada cual trabaja en su parcela para bien de todos. Y las escuelas reventarían los muros de la limitada ciencia para poner conocimientos de todo tipo al servicio de la contemplación eterna, aprendida en los pupitres como en un continuo desvelarse de misterios intuidos a partir de pequeñas fórmulas, de leyes simples, hasta de los números… Y los parlamentos se transformarían en un lugar de encuentro de hombres a los que les apremia, más que la idea que cada uno sostiene, el bien de todos, sin engaños a hermanos ni a patrias. En definitiva, veríamos el mundo hacerse más bueno y el Cielo bajar como por encanto a la Tierra, y la armonía de la creación serviría de marco a la concordia de los corazones. Veríamos… ¡Es un sueño! ¡Parece un sueño! Y sin embargo, Tú no pediste menos cuando rezaste: «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». Chiara Lubich Fuente: Lubich, Chiara Fermentos de unidad, Ed. Ciudad Nueva, 1969.