28 Ago 2016 | Palabra de vida, Sin categorizar
Estamos en la comunidad de los cristianos de Corinto, muy dinámica, llena de iniciativa, animada desde dentro por grupos vinculados a diferentes líderes carismáticos. De ahí las tensiones entre personas y grupos, divisiones, culto a la personalidad, deseo de sobresalir. Pablo interviene con decisión recordando a todos que, en la riqueza y en la variedad de dones y líderes que la comunidad posee, hay algo mucho más profundo que los vincula en unidad: la pertenencia a Dios. Una vez más resuena el gran anuncio cristiano: Dios está con nosotros, y nosotros no estamos sin rumbo, abandonados a nuestra suerte, no somos huérfanos; somos hijos suyos, somos suyos. Como un verdadero padre, Él se preocupa de cada uno sin dejar que nos falte nada de lo necesario para nuestro bien. Incluso es sobreabundante en el amor y en sus dones: «Todo es vuestro –como afirma Pablo–: el mundo, la vida, la muerte, el presente, el futuro, todo es vuestro». Nos ha dado incluso a su Hijo, Jesús. ¡Qué inmensa confianza por parte de Dios en poner todo en nuestras manos! Y sin embargo, cuántas veces hemos abusado de sus dones: nos hemos creído dueños de la creación hasta saquearla y arruinarla; dueños de nuestros hermanos y hermanas hasta esclavizarlos y masacrarlos; dueños de nuestras vidas hasta malgastarlas a base de narcisismo y degradación. El don inmenso de Dios –«Todo es vuestro»– requiere gratitud. Con frecuencia nos lamentamos por lo que no tenemos o nos dirigimos a Dios solo para pedir. ¿Por qué no mirar a nuestro alrededor y descubrir el bien y la belleza que nos rodean? ¿Por qué no dar las gracias a Dios por todo lo que nos da cada día? «Todo es vuestro» es también una responsabilidad. Reclama nuestros desvelos, ternura y cuidado por todo lo que se nos encomienda: el mundo entero y cada ser humano; el mismo cuidado que Jesús tiene con nosotros («vosotros sois de Cristo»), el mismo que el Padre tiene por Jesús («Cristo es de Dios»). Deberíamos saber gozar con quien está en la alegría y llorar con quien está en el llanto, dispuestos a recoger cualquier lamento, división, dolor o violencia como algo que nos pertenece, y compartirlo hasta transformarlo en amor. Todo se nos da para que lo llevemos a Cristo, o sea, a la plenitud de vida, y a Dios, o sea, a su meta final, devolviendo a cada cosa y a cada persona su dignidad y su significado más profundo. Un día, en el verano de 1949, Chiara Lubich percibió una unidad tan grande con Cristo que se sintió unida a Él como una esposa a su Esposo. Entonces se le ocurrió pensar en la dote que debería llevar como regalo, y comprendió que debía ser ¡toda la creación! Por su parte, Él le daría en herencia todo el Paraíso. Recordó entonces las palabras del salmo: «Pídeme, y te daré en herencia las naciones, en propiedad los confines de la tierra» (Sal 2, 8). «Creímos y pedimos, y nos dio todo para llevárselo a Él, y Él nos dará el Cielo: nosotros la creación, Él lo Increado». Hacia el final de su vida, hablando del Movimiento al que había dado vida y en el cual se veía a sí misma, Chiara Lubich escribió: «Y ¿cuál es mi último deseo ahora y para ahora? Quisiera que la Obra de María [el Movimiento de los Focolares], al final de los tiempos, cuando, compacta, esté a la espera de comparecer ante Jesús abandonado-resucitado, pueda repetirle – suscribiendo las palabras que siempre me conmueven del teólogo belga Jacques Leclercq: “…En tu día, Dios mío, yo iré hacia ti… Iré hacia ti, Dios mío […] y con mi sueño más loco: llevarte el mundo entre los brazos”»1. FABIO CIARDI 1 C. LUBICH, El grito, Ciudad Nueva, Madrid 2000, 20022, pp. 137-138. Cf. también ed. en catalán: El crit, Madrid 2010, pp. 152-153.
28 Ago 2016 | Sin categorizar
«Durante un momento de descanso […] contemplando la inmensidad del universo, la extraordinaria belleza de la naturaleza y su potencia, me remonté espontáneamente al Creador de todo y adquirí una nueva comprensión de la inmensidad de Dios. […] Lo vi tan grande, tan grande, tan grande que me parecía imposible que hubiera pensado en nosotros. Esta impresión de su inmensidad ha permanecido en mi corazón durante algunos días. Ahora, el rezar: «Santificado sea tu nombre» o «Gloria al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo» es otra cosa para mí: es una necesidad del corazón. […] Nosotros estamos en camino. Y cuando alguien viaja, ya piensa en el ambiente que lo acogerá a su llegada, en el paisaje, en la ciudad, ya se prepara. Esto es lo que tenemos que hacer también nosotros. ¿Allá arriba se alabará a Dios? Alabémosle, por tanto, desde este momento. Dejemos que nuestro corazón le grite todo nuestro amor […]. Expresémosle nuestra alabanza con la boca y con el corazón. Aprovechemos para reavivar algunas de nuestras oraciones diarias que tienen esta finalidad. Y démosle gloria también con todo nuestro ser. Sabemos que cuanto más nos anulamos a nosotros mismos (según el modelo de Jesús Abandonado que se redujo a la nada), más gritamos con nuestra vida que Dios es todo, y, por tanto, se le alaba, se le glorifica, se le adora […]. Busquemos muchos momentos durante el día para adorar a Dios, para alabarlo. Hagámoslo durante la meditación, o en alguna visita a la iglesia, o en la Santa Misa. Alabémosle más allá de la naturaleza o en lo más profundo de nuestro corazón. Vivamos, sobre todo, muertos a nosotros mismos y vivos a la voluntad de Dios, al amor hacia los hermanos. Seamos también nosotros, como decía Isabel de la Trinidad, una «alabanza de su gloria». Así anticiparemos algo del Paraíso, y Dios será compensado a cambio de la indiferencia de innumerables corazones que viven hoy en el mundo». Chiara Lubich (Chiara Lubich, Buscando las cosas de arriba, Madrid 1993, p. 18-20)
26 Ago 2016 | Sin categorizar
Apartamento para estudiantes “Vivo con otros seis estudiantes en un apartamento que alquilamos. Nos hemos dividido las tareas y los turnos de limpieza. Franz, sin embargo, no colaboraba, creando de este modo tensiones entre todos. Tratábamos de recordárselo, pero era en vano. Un día nos venían a visitar precisamente sus familiares, y yo antes que los demás – por un acto de amor hacia ellos- me puse a limpiar los baños y también el dormitorio de Franz. Los padres y la hermana apreciaron tanto el orden que encontraron que antes de irse fueron a comprar alimentos para llenar la heladera. Desde ese momento es Franz el que se preocupa por atender las necesidades de los demás”. (F.F. – Austria) Pobres que se ayudan “Son pobrísimos y tímidos. Es una pareja a la que le faltaba de todo, y su preocupación estaba llegando al máximo cuando estaba por nacer el primer hijo. El amor de otras personas amigas los confortó. Quedaron impresionados cuando conocieron la historia de una familia tan pobre como la de ellos, pero que creía en Dios, Padre que no abandona a sus hijos. Pensaron entonces compartir parte de su comida con otra familia necesitada. Y al día siguiente, inesperadamente, vieron que les llegaba todo tipo de alimentos. ¡Y no sólo! Les llegó también todo lo que precisaban para su bebé: la cuna, ropa, la bañera…” (J.E. – Brasil)
La lluvia “Esa noche me sentía muy cansada. Hubiera querido decirle a los niños que se fueran a sus respectivos dormitorios y que dijeran las oraciones de la noche ellos solos para poderme ir pronto a la cama. Pero John, nuestro hijo mayor, me pidió que rezáramos el rosario y que pidiéramos la lluvia: es cierto que hace tiempo que no llueve, y el maíz y los boniatos que habíamos plantado precisaban con urgencia el agua. Para que él quedara contento rezamos el rosario. Es muy lindo rezar juntos en familia. Y, con sorpresa, esa misma noche comenzó a llover y siguió lloviendo hasta la tarde del día siguiente” (B. M. – Uganda) Los sillones “Con frecuencia en nuestro país los padres se endeudan para pagar la boda de sus hijas y después deben trabajar toda la vida para pagar esas deudas. Para mi casamiento traté de que mis padres gastaran lo menos posible, confiándome en la Providencia. Un día fui con mi mamá a la mueblería. «Por lo general –me dijo al final el dueño de la mueblería – las otras chicas nunca están contentas con lo que encuentran…. pero tú eres diferente. Quisiera pedirte que reces por mi hijo que está muy enfermo». Le aseguré que sí, que iba a rezar. Y él como regalo de bodas, me regaló dos sillones; justo los que me venían bien”. (C. J. – Pakistan).
15 Ago 2016 | Sin categorizar
Después de la muerte de Jesús, después de la aparición del Espíritu Santo, María desaparece, oculta: lejana. Ha cumplido con su misión y se retira en su elemento: el silencio, el servicio. Resuelve, refugiándose en Dios, el problema de la vejez que así resulta nueva infancia del espíritu. Enseña a morir. Esta operación, que nos da miedo, en María madre se convierte en un regreso a los orígenes, mediante un incansable proceso de perderse en Dios: vida que nunca acaba. Y ese perderse en la Eternidad fue la muerte de María. Sucedió el día en que los apóstoles ya podían valerse por sí mismos. Pero no fue una muerte como nosotros la imaginamos y la soportamos. Fue más bien algo dulce y rápido que los teólogos expresan veladamente de varias formas: pausa, translación, tránsito, sueño, muerte vivificada. Aquel cuerpo virgen se hubiera contaminado por el proceso de descomposición mientras que, habiendo sufrido con Cristo, no podía dejar de subir inmediatamente a la gloria con Cristo. Así, lo que para Cristo fue la resurrección, fue para María la asunción: doble victoria — del cuerpo y del espíritu — sobre la muerte. En nuestra época se nos ha presentado el espectro aterrador de la desintegración física de millones de seres humanos y quizás de la humanidad entera, bajo la amenaza atómica o la contaminación ecológica. No hay manera de escapar de este destino si no es replicando la victoria de Jesús y María: llegando a ser también nosotros espiritualmente Jesús y María, agentes de vida. Es lo que sucede cuando insertamos la nulidad humana en la omnipotencia divina. Si, todos juntos, viviendo el Evangelio, somos Cristo místico; si, hechos otras María, damos Jesús a la sociedad, la guerra no tiene sentido y la bomba atómica se convierte en un pedazo de museo. Reina la paz: un solo corazón y un alma sola, la de la comunidad reunida alrededor de María; y su fruto es la unidad. La unidad de los vivientes. Subiendo desde este pantano sanguinoso, que es la tierra, al cielo de María, la totalmente hermosa, la estrella del mar, se comprende mejor el significado de su Asunción, que fue el sello supremo del privilegio único de haber sido Virgen Madre de Dios. Un hecho que tendría que conmover incluso a los materialistas, pues representa la exaltación del cuerpo físico por parte del Supremo Espíritu. En ella se celebra la materia redimida y se exalta el universo material, transfigurado en templo del Altísimo. Basta meditar por un momento, con la inteligencia que da el amor, sobre la posición de María que sube de la tierra al cielo atravesando el cosmos, para entender su envergadura y su función. Ella es la obra maestra de la creación. En Ella Dios ha querido mostrar toda su omnipotencia, su infinita originalidad. Son admirables las estructuras de las estrellas y los átomos; y henchidos de belleza inagotable están los cielos y los mares, los hombres y los ángeles… Pero Ella es todavía más bella: reúne y funde en sí todas sus maravillas, de tal manera que toda la naturaleza resulta un pedestal bajo sus pies. María: humilde, ningún factor externo pareció exaltarla; silenciosa, porque ninguna voz humana pareció lograr definirla; pobre, porque ningún ornato de la tierra pareció recubrirla. Ella habla únicamente sirviéndose de la palabra de Dios, su riqueza es solamente la sabiduría de Dios, su grandeza estriba en la grandeza de Dios. Y así, identificada con el Señor, María es la expresión humana de la grandeza, de la mente y del amor de la Trinidad. La reina — sierva y señora — de la morada de Dios, que abre las puertas y hace entrar a los hijos, afanándose para recogerlos a todos en el palacio del Padre, para gloria del Hijo, en el circuito vital del Espíritu Santo. Para dar a los mortales una idea de Dios que, infinito, está por encima y colma la inteligencia del hombre; queriendo casi mediar entre la potencia, la sabiduría y el amor de la Trinidad inefable, a la que jamás se hubiera acercado la humanidad, el Creador creó a María, en cuyo seno el Verbo se hizo carne, en cuya persona Dios se hace accesible y el amor divino se hace casa. María entre nosotros trae a Dios en medio nuestro. Es la puerta del cielo; ha subido a la morada de Dios, para acoger a los hijos en la casa del Padre. Por eso ellos la invocan, incluso centenares de veces al día, para que ruegue por ellos ahora y en la hora de la muerte. (Tomado de: Igino Giordani, Maria modello perfetto, Città Nuova, Roma 2012 (1967), pp. 157 – 163)
13 Ago 2016 | Sin categorizar
La primera reacción ha sido la gratitud. En la Iuvenescit Ecclesia, el Movimiento de los Focolares ve una invitación a seguir por el camino que ha estado recorriendo hasta hoy. En especial al referirse a la «reciprocidad entre los dones jerárquicos y los dones carismáticos», es decir a su «coesencialidad», parece que la carta interprete plenamente la experiencia madurada, día tras día, en la nueva realidad eclesial fundada por Chiara Lubich. La entrevista a María Voce, presidente del Movimiento de los Focolares, se coloca en el ciclo dedicado a la profundización de la carta de la Congregación para la doctrina de la fe, sobre la cual las pasadas semanas han intervenido Salvatore Martínez, presidente nacional de la Renovación Carismática en el Espíritu Santo, y el Padre Julián Carrón, presidente de la Fraternidad de Comunión y Liberación. «El documento – subraya María Voce – habla claro: la Iglesia es una, es “un cuerpo” llamado a encarnar el misterio de comunión de la vida trinitaria. El protagonista del rejuvenecimiento de la Iglesia es el Espíritu Santo que actúa, en especial, por medio de los carismas. El documento reconoce pues a los movimientos eclesiales algo importante: la capacidad, si correspondemos a la gracia, de revitalizar a la Iglesia. Con un objetivo claro: contribuir a poner la vida de Dios en los engranajes de la vida social, hacer que los hombres y mujeres, sumergidos como están en la complejidad de nuestro mundo, la “toquen”». El punto central del documento es la reciprocidad, la coesencialidad en la vida de la Iglesia de los dones jerárquicos y de los dones carismáticos. Esto hace referencia explícita a la enseñanza conciliar. Sí, me parece que la carta pone un punto de referencia de notable alcance doctrinal ya sea cuando se refiere al Concilio Vaticano II, ya sea al reconocer una “convergencia del reciente magisterio eclesial” sobre la coesencialidad. Esta nos dice que los dones jerárquicos y los dones carismáticos poseen un mismo origen y un mismo fin; este tema no había sido tratado suficientemente en estos años y esperaba ser profundizado.
Una coesencialidad que, ustedes afirman, forma parte desde siempre de su experiencia. Desde sus inicios, el Movimiento de los Focolares ha tendido hacia esta íntima relación con aquellos que en la Iglesia tenían el carisma del discernimiento. Esto se puede observar, por ejemplo, en la larga historia de su aprobación, perseguida con una determinación diamantina y con una confianza total, a veces con sufrimiento, por parte de Chiara Lubich y de todos aquellos que generaban con ella a esta nueva creatura. Ella misma lo narra en su libro “El Grito”. Después los reconocimientos públicos, como es sabido, han sido abundantes. También otros representantes de Iglesias cristianas quisieron manifestar su reconocimiento, empezando por el patriarca ecuménico Athenagoras I, por el obispo luterano Hermann Dietzfelbinger, por el primado anglicano Michael Ramsey y por otros muchos. La carta subraya que no puede existir una contraposición entre la Iglesia de las instituciones y la Iglesia de la caridad, lo que significa, por una parte, renunciar a todo tipo de presunción institucional y, por otra, a la autorreferencialidad. ¿Cómo se pueden evitar estos riesgos? Viviendo cada cual por la finalidad por la cual existe la Iglesia: la humanidad entera. Si miramos en lo concreto y localmente sucede que se da un recíproco activarse con la riqueza de cada uno. La fraternidad universal exige el compromiso de todos y pide que se den infinitos pequeños pasos. Desde el 30 de junio al 2 de julio, por ejemplo, 300 movimientos y comunidades nacidos en el seno de la Iglesia católica y en el de otras muchas Iglesias, se han dado cita en Munich, en Alemania. ‘Juntos por Europa’ es un camino iniciado en 1999 y que sigue adelante para el bien de este continente, que debe redescubrirse a sí mismo y tiene graves deberes hacia el resto del mundo. Y para armonizarse, como dice el documento, ¿cómo y dónde hay que actuar? Creo que tenemos que caminar con confianza por la vía que nos indica. Quizás haya que ir más a fondo en considerar las consecuencias que trae el reconocer la coesencialidad de los dones jerárquicos y carismáticos. Hay que pensar en cómo iniciar en la práctica una profunda y concreta participación de los dos aspectos en los diferentes niveles de la Iglesia . No basta constatar esta realidad, me parece que se tienen que encontrar también las formas operativas para proceder juntos. Un eslogan que se desprende del documento podría ser el de “Unirse para una Iglesia en salida”. ¿Cómo interpretar este compromiso? La vía de los diálogos es la que han recorrido los Focolares y la que se ha ido manifestando a lo largo del tiempo con claridad, vinculada a hechos precisos y a encuentros con ciertas personas en concreto. No se trata de estrategia, sino de la sustancia de la relación establecida, basada en el reconocimiento mutuo y en el amor recíproco. De ahí nace la maduración del diálogo dentro de la propia Iglesia, entre las Iglesias cristianas, con las otras religiones, con personas que tienen puntos de referencia no religiosos y con la cultura contemporánea. Algunos intérpretes subrayan que el Papa Francisco es a menudo algo severo con los movimientos. ¿Es así? No lo considero severo. Encuentro que hay sintonía entre sus palabras y gestos y la vida de los movimientos. Es uno de los Papas que más ha entrado en contacto con ellos participando en manifestaciones y en las audiencias. Así ha sucedido con la Renovación Carismática, con el Camino Neocatecumenal, con Comunión y Liberación, con Schoenstatt… Lo ha hecho también con los Focolarinos, recibiendo a los 600 participantes en la Asamblea general del 2014. Ciertas puntualizaciones suyas, que a los observadores externos pueden parecer un reproche, impulsan a los movimientos a vivir su propio carisma, a ser más fieles al Espíritu Santo para contribuir mejor a la Iglesia comunión. Las palabras que pronunció el pasado mes de abril durante su inesperada visita a la Mariápolis de Roma en Villa Borghese, fueron claras. Con una imagen, ha subrayado la importancia y la capacidad de los movimientos de vivificar los ambientes más variados: «transformen los desiertos en una floresta». La última parte del documento contiene la invitación a mirar a María. Un “llamado” que de alguna manera forma parte del ser mismo del Movimiento. María es la carismática por excelencia y esto la pone en el centro de la Iglesia naciente, guardiana de la presencia del resucitado entre los apóstoles que, en una Iglesia que no sabía todavía que lo era, sólo ella podía interpretar adecuadamente. «La dimensión mariana de la Iglesia precede su dimensión apostólico-petrina», escribe Juan Pablo II en la Mulieris dignitatem: de hecho no somos los cristianos los que “hacemos” la Iglesia, sino el Resucitado que nos precede. De aquí nace la exhortación al Movimiento de los Focolares, llamado por su específico carisma a generar a Jesús espiritualmente allí donde viven sus miembros. Una vocación descrita en los Estatutos con palabras fuertes: ser – en la medida de lo posible – una continuación de María, justamente en su obra específica de dar Cristo al mundo. El objetivo de ustedes – corríjame si me equivoco – es el de edificar todos juntos la nueva civilización del amor. ¿Dónde hay que trabajar sobre todo en estos tiempos?¿Cuáles son las periferias en las que es necesario estar presentes? Las periferias están allá donde sobreabunda el sufrimiento. El Papa Francisco no renuncia a indicarlas. No son solo las miserias materiales sino también las espirituales: la falta del sentido de la vida, la pérdida de las raíces cristianas en una Europa desgastada por el consumismo, por el hedonismo, por el poder económico y tecnológico, la devastación de la creación, los exterminios, el drama humanitario de los refugiados y de las migraciones en masa, los numerosos conflictos armados. Las periferias son infinitas. No se trata de hacer todos juntos lo mismo, sino de trabajar juntos con el mismo objetivo: transformar el desierto en una floresta. Riccardo Maccioni, 7 agosto 2016 Pdf de la entrevista
10 Ago 2016 | Sin categorizar
«Lo lamento…» «Un colega médico, mayor que yo, me llamó la atención frente a los enfermos por un error que no me parecía haber cometido. Herido en lo más profundo, me fui dando un portazo. En casa, no lograba estar tranquilo: tenía que hacer algo para reconstruir aquella relación. Después de varios intentos, pensé en llamarlo a su consultorio. Le dije: «Lamento lo que pasó esta mañana». Se quedó sorprendido y muy contento. Desde entonces nuestra relación crece continuamente y descubrimos que, aún entre muchas dificultades, es posible dar una dimensión humana a nuestro trabajo.» R. S. – Canadá ¿Qué hacer con aquella plata? «Habíamos recibido de un pariente una consistente suma de dinero como regalo. Sorprendidos por un gesto tan inesperado, nos preguntábamos qué hacer con ella. En mi familia somos nueve y cada uno expresó un deseo: uno quería una cosa, otro, otra… Por lo que a mí concierne, hubiera querido reservar al menos una parte de aquel dinero para una finalidad social. Pero nuestros hijos ¿iban a estar de acuerdo? En ese momento, mi mujer y yo nos hemos recordado que teníamos a un hijo en el cielo. Si hubiera estado entre nosotros, seguramente también a él le habría tocado su parte. Nadie nos prohibía pues que destináramos la suma que le hubiera correspondido a él a esta finalidad. Bastó comunicar la idea a los muchachos para que también ellos adhirieran a esta decisión.» C. M. – Argentina
Amar sin esperar nada «Nuestra hija Ana era una muchacha llena de vida y de ideales que quería realizar: licenciarse, ser arqueóloga, formar una hermosa familia. Lamentablemente las cosas no salieron así. Después de licenciarse, atravesó un periodo de intenso estrés; sobre todo el hecho de que su novio la hubiera dejado, la llevó a una crisis profunda. Mi esposa y yo estábamos desalentados. Nos sentíamos impotentes y nos asaltaba la duda de habernos equivocado en algo educándola. Esta dura experiencia nos llevó a encontrar una profunda relación con Dios. Junto con los otros hijos nos pusimos a amar a Ana sin esperar nada de ella y, luego de un tratamiento adecuado, poco a poco ella salió del túnel. Un día nos confió que el amor de la familia había sido determinante en su curación.» E. P. – Austria