Conexión CH
En el sitio de la Conexión CH, los días previos a la cita, estará disponible el resumen de las noticias. En el mismo sitio es también posible acceder a las ediciones íntegras y a las noticias particulares de las Conexiones CH anteriores.
Palabra de vida – Abril 2016
¿Por qué estas palabras de Jesús nos son tan queridas y resuenan a menudo en las palabras de vida que elegimos para cada mes? Quizá porque forman el núcleo del Evangelio. Son las que el Señor nos dirigirá cuando al final nos encontremos delante de Él. Sobre ellas versará el examen más importante de la vida, para el cual podemos prepararnos día a día. Jesús nos preguntará si hemos dado de comer y de beber a quien estaba hambriento y sediento, si hemos acogido al forastero, si hemos vestido al desnudo, visitado al enfermo y al preso… Se trata de pequeños gestos que, sin embargo, valen la eternidad. Nada es pequeño si se hace por amor, si se lo hacemos a Él. Pues Jesús no solo se acercó a los pobres y marginados, curó a los enfermos y consoló a los que sufren, sino que los amó con predilección, hasta llamarlos hermanos e identificarse con ellos con una misteriosa solidaridad. Hoy Jesús sigue estando presente en quien sufre injusticias y violencia, en quien busca trabajo o vive en situación precaria, en quien se ve obligado a salir de su patria a causa de las guerras. ¡Cuántas personas sufren a nuestro alrededor por muchas causas e imploran, aun sin palabras, nuestra ayuda! Son Jesús, que nos pide un amor concreto, capaz de inventar nuevas «obras de misericordia» que respondan a las nuevas necesidades. Nadie está excluido. Si una persona anciana y enferma es Jesús, ¿cómo no procurarle el alivio necesario? Si le enseño el idioma a un niño inmigrante, se lo enseño a Jesús. Si ayudo a mi madre a limpiar la casa, ayudo a Jesús. Si llevo esperanza a un preso, si consuelo a quien está afligido o perdono a quien me ha herido, me relaciono con Jesús. Y, cada vez, el fruto será no solo dar alegría al otro, sino sentir nosotros mismos una alegría aún mayor. Cuando damos, recibimos, sentimos una plenitud interior, nos sentimos felices porque, aunque no lo sepamos, nos encontramos con Jesús: el otro, como escribió Chiara Lubich, es el arco bajo el que hay que pasar para llegar a Dios. Así evocaba ella el impacto de esta palabra de vida desde el inicio de su experiencia: «Todo nuestro antiguo modo de concebir y de amar al prójimo se derrumbó. Si Cristo estaba en cierto modo en todos, no podíamos hacer discriminaciones, no podíamos tener preferencias. Se hicieron añicos los conceptos humanos que clasifican a las personas: compatriota o extranjero, viejo o joven, guapo o feo, antipático o simpático, rico o pobre. Cristo estaba detrás de cada uno, Cristo estaba en cada uno. Y cada hermano era realmente “otro Cristo” […]. Al vivir así nos dimos cuenta de que el prójimo era para nosotros el camino para llegar a Dios. Es más, el hermano se nos presentó como un arco bajo el cual era preciso pasar para encontrar a Dios. Así lo experimentamos ya desde los primeros días. ¡Cuánta unión con Dios sentíamos por la noche, en la oración o en el recogimiento, después de haberlo amado todo el día en los hermanos! Y, ¿quién nos daba ese consuelo, esa unión interior tan nueva, tan celestial, sino Cristo que vivía el “den y se les dará” (Lc 6, 38) de su Evangelio? Lo habíamos amado todo el día en los hermanos y ahora Él nos amaba a nosotros»[1].
Fabio Ciardi
[1] C. Lubich, Escritos espirituales/4, Ciudad Nueva, Madrid 1997, pp. 206-207.
Lahore
El Resucitado
«Una circunstancia providencial me llevó a profundizar en la realidad de Jesús, el cual después del abandono y de la muerte en la cruz, resucitó. Y no sólo eso, además tuve ocasión de meditar intensamente, con la mente y con el corazón, sobre muchos detalles de la resurrección de Jesús y de su vida después de la resurrección. Y me quedé estupefacta (es la palabra exacta) ante la majestuosidad, la grandiosidad que emanaba de este divino acontecimiento: ante la singularidad del Resucitado, este hecho sobrenatural que, como sabemos, es único en el mundo. Por eso, esta vez no puedo dejar de detenerme para subrayarlo nuevamente. […] La resurrección de Jesús es lo que caracteriza principalmente al cristianismo, lo que distingue a su fundador, Jesús. El hecho de haber resucitado. ¡Resucitó de la muerte! Pero no como resucitaron otros, por ejemplo Lázaro, que más tarde, llegado el momento, murió. Jesús resucitó para no volver a morir nunca, para seguir viviendo, incluso como hombre, en el Paraíso, en el corazón de la Trinidad. ¡Y lo vieron 500 personas! Y está claro que no era un fantasma. Era Él, realmente Él: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado» (Jn 20, 27), le dijo a Tomás. Y comió con los suyos y les habló y se quedó con ellos 40 días… Había renunciado a su infinita grandeza por amor a nosotros y se había hecho pequeño, un hombre entre los hombres, como uno de nosotros. […] Pero, habiendo resucitado, rompió, superó todas las leyes de la naturaleza, del cosmos entero, y de ese modo se mostró más grande que todo lo que existe, que todo lo que había creado, que todo lo que pueda pensarse. Por eso nosotros, con sólo intuir esta verdad, no podemos dejar de considerarlo Dios, no podemos dejar de hacer como Tomás y, arrodillados ante Él en adoración, confesar y decirle de corazón: «Señor mío y Dios mío». […] Y contemplé con otros ojos lo que Jesús hizo durante aquellos extraordinarios días en la Tierra, después que bajase del Cielo un ángel que desplazó la piedra de su sepulcro y lo anunció, el Resucitado se le apareció en primer lugar a la Magdalena, que era una pecadora, porque Él se había encarnado para los pecadores. Lo vemos por el camino de Emaús, grande e inmenso como era, transformado en el primer exegeta y explicando las Escrituras a los dos discípulos. Lo vemos como fundador de su Iglesia, imponiendo las manos a sus discípulos para darles el Espíritu Santo; lo vemos diciendo esas extraordinarias palabras a Pedro, a quien puso como cabeza de su Iglesia. Lo vemos enviando a sus discípulos a todo el mundo para anunciar el Evangelio, el nuevo Reino fundado por Él, en nombre de la Santísima Trinidad, de la cual había descendido a la Tierra y a la cual, después, alcanzaría plenamente con la Ascensión. […] Y por haber resucitado, he aquí que las palabras que había dicho anteriormente, antes de su muerte, adquirían una luminosidad única, expresando verdades irrefutables. Las primeras de todas, aquellas con las que anuncia también nuestra resurrección. Lo sabía y lo creía porque soy cristiana. Pero ahora estoy doblemente segura: resucitaré, resucitaremos. […]». Chiara Lubich, Unidos hacia el Padre, Editorial Ciudad Nueva , Madrid 2005, p.113-116
Bajo la cruz, María
«El trágico misterio de la muerte en la cruz, se volcó sobre las pobres mujeres que se encontraban a los pies del patíbulo cuando también cielo y tierra horrorizados se oscurecieron y temblaron. El Padre había abandonado al Hijo; el Hijo había abandonado a la Madre: todo se derrumbaba en el horror y en la tiniebla: sólo aquella mujer quedaba de pie, y a ella se le confió la humanidad abandonada. Nuestro destino quedó en las manos de ella como en el lejano y tranquilo día cuando dijo su primer fiat. Cuando el Padre dirigió la mirada sobre esa colina horrorosa, que se había convertido en el centro sangriento del universo, vio a la humanidad aferrada a esa mujer, bajo el sacrificio cruento del hombre-Dios.- Mártir, y más que mártir, – dice san Bernardo.
Bajo la cruz, María. Verdaderamente se puede decir, en cierto sentido, que Jesús tuvo necesidad de ella, no sólo para nacer, sino también para morir. Hubo un momento en el cual desde la cruz, abandonado en la tierra por los hombres, se sintió también abandonado por el Padre del Cielo: entonces se dirigió a la madre, a los pies de la cruz: a la madre que no lo había abandonado y vencía la naturaleza para no caer en esa prueba bajo la cual cualquier mujer se habría derrumbado. Como intuyó Goethe, en el Fausto, el padecer de María y de Jesús en el Calvario fueron un «único dolor». Después, habiendo muerto el hijo, la madre siguió sufriendo. Él, muerto, fue depositado en el regazo de ella: más impotente que cuando era niño. Un Dios muerto ¡en el regazo de una madre! Entonces, sí, ella fue reina. Porque Jesús recapitulaba a la humanidad, era la humanidad completa de todos los tiempos, custodiada en el regazo de María, quien en esa desolación se presenta como la madre y la reina de la familia humana que camina por las calles del dolor. Su grandeza fue similar a su angustia. Pero, como se ve, su majestuosidad fue un primado en el sufrimiento: el único modo para ser la más cercana, inmediatamente próxima, al Crucificado. Si pensamos en el desgarro de María bajo la cruz, en el dolor de la madre por el tormento del Hijo, víctima voluntaria de todas las culpas del mundo y de todos los sufrimientos de los hombres, se intuye la inmensidad de la tragedia padecida; una tragedia cósmica. Y es la medida de nuestra pobreza cuando a ella le dedicamos alguna frase de estampita, alguna pobre jaculatoria … Nos parece que perdemos tiempo sólo meditando, o llorando, por ella: y corremos el riesgo de perder la eternidad, Injertarnos en ese dolor significa incluirnos en la redención. Coloquémonos junto a ella al lado del Crucificado, eligiendo el rol de víctimas y no el de verdugos, abrazando el dolor en contra de las insinuaciones que el dinero nos ofrece, la cruz contra el vicio: para estar después con María sosteniendo sobre el regazo, en medio del abandono, el cuerpo exangüe de Jesús, el cuerpo místico que las persecuciones desangran. Siempre, en los momentos en que la Iglesia esdesgarrada y Cristo sufre en los cristianos, se ve nuevamente a María que recoge en su regazo Su cuerpo llagado. Y porque Cristo reasume a la humanidad, se identificó con la humanidad, he aquí que la Iglesia se asemeja a la misma María que acoge a los pueblos en medio de las guerras» (Igino Giordani, Maria modello perfetto, Città Nuova, Roma, 2001, pp.124-129)
