«La casa en la que vivimos como comunidad está ubicada muy cerca de la Plaza de S. Pedro, en Roma. Eran casi las nueve de la noche. Poco antes, mi superiora había salido para dar un paseo by night por la columnata de Bernini, junto a algunos compatriotas. En ese momento sonó mi celular. Era ella: «Aquí hay un señor; tendrá unos 35 años. Dice que le robaron los documentos, la plata y el celular en el metro». Bajé para ver qué se podía hacer. Luciano, como dijo llamarse ese hombre, contó que había llegado a Roma precisamente esa tarde, después de veintisiete horas de ómnibus. Había logrado recoger 1300 euros, pensando que con esa cantidad podría cubrir sus gastos mientras encontraba un trabajo en Italia. Le pregunté si quería llamar a alguien y él me dio el número de su madre radicada en su país de origen. Lo marqué y le entregué mi celular. Se estaba haciendo tarde. Llamé a una religiosa que trabaja en la Cáritas de la estación de trenes para ver si conocía algún lugar en el que él pudiera pasar la noche, pero me dijo que sin documentos era imposible. A este punto él me dijo que pasaría la noche al aire libre y que al día siguiente iría a la embajada para volver lo más pronto a su patria. Le pregunté si quería comer o tomar algo, pero tenía el estómago cerrado por el estrés. Me dijo que todavía le quedaban unos emparedados del viaje. Le propuse entonces acompañarlo donde las personas que viven a la intemperie en la Plaza Pio XII, para confiárselo a ellos (había también unos connacionales). Antes de llegar, nos encontramos con B., una indigente que duerme en las entradas de los edificios. A veces le llevamos algo de comer. Le conté la historia de Luciano, pero sin decirle que, con los tiempos que corren, no estaba segura de que al creerle estaba haciendo lo correcto. Y ¿si se tratara de una estafa? Pero era más fuerte la convicción de que era un hermano para amar concretamente. La mujer le dijo: «Ve al basurero, recoge todos los cartones que encuentres, porque aquí de noche hace mucho frío. Puedes dormir aquí cerca. Nadie te hará daño». Dejamos el equipaje y fuimos a buscar los cartones. No era fácil conseguirlos, porque en ese sector son muchos los que duermen en los andenes, cerca de los muros. Mientras tanto llegó mi superiora. Con los cartones volvimos donde B. y dejamos a Luciano bajo su custodia. Sobre todo se lo confiamos a la Virgen y a los Ángeles de la Guarda. Durante la noche no lograba dormir. Afuera hacía mucho frío y estaba muy húmedo. Por la mañana le llevé al menos un poco de leche caliente y café. Dijo que por el frío, la incomodidad y el ruido de los autos, no había podido dormir. Volví a casa para la Misa. Las lecturas hablaban del ayuno, que consiste no sólo en el abstenerse de la comida, sino «en el compartir el pan con el hambriento, en acoger en casa a los necesitados, a los indigentes, en vestir a quien está desnudo…” (Is 58,1-9). No lograba leer; no lograba contestar al sacerdote, un nudo me cerraba la garganta, las lágrimas caían abundantes… Entendí – justamente yo, que nunca lloro – qué significa el ‘don de las lágrimas’ del que habló recientemente el papa Francisco. Terminada la misa le dije a mi superiora: «Tenemos que ocuparnos de él hasta el fondo». Siempre temiendo que fuese una estafa, ella titubeó, pero luego aceptó. Luciano todavía estaba ahí. Se había acordado que en el bolsillo interno de su mochila tenía la cédula de identidad. Echamos uno de sus bolsos en el carrito de las compras, el otro lo llevamos juntos. En la estación de autobuses descubrimos que precisamente ese día salía uno para su país. Compramos el pasaje. La cajera nos avisó que sería mejor esperar que Luciano partiera, porque ya había pasado que personas como él regresan luego a la caja para pedir el reembolso. Teníamos que volver a casa y le pagamos el desayuno. Todavía faltaban dos horas para la salida, pero nosotros seguimos confiando. Le di un fuerte abrazo y le dejé mi número de celular, junto a unas monedas para el viaje y un poco de divisa nacional para llegar en tren a su ciudad. Por la tarde, alguien que se enteró de esta historia, nos donó lo que gastamos. Al día siguiente llegó también un grato SMS de Luciano. “Les agradezco por el boleto del autobús y por todo. Llegué a mi casa sano y salvo».
Audio mp3 en italiano«Pero Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, precisamente cuando estábamos muertos a causa de nuestros pecados, nos hizo revivir con Cristo» (Ef. 2, 4-5)«El comentario de esta Palabra subraya dos características del amor de Dios con respecto a nosotros. La primera es que el amor de Dios ha tomado la iniciativa y nos ha amado cuando nosotros no éramos dignos de ser amados («muertos por el pecado»). La segunda es que Dios, con su amor, no se ha limitado a perdonar nuestros pecados, sino que, amándonos sin límites, nos ha hecho partícipes de su misma vida («nos ha hecho revivir con Cristo»). Estas palabras y estas consideraciones me recuerdan los comienzos del Movimiento, cuando Dios encendió en nuestro corazón la «chispa» de nuestro gran ideal. En efecto, a la luz de esta espléndida Palabra, me doy cuenta de que aquella chispa o aquel fuego no eran otra cosa que participación del Amor mismo que es Dios. ¿Acaso encontrábamos, en medio de la desolación de la guerra y en el desierto que nos rodeaba, a algún otro que tomara la iniciativa de amarnos? ¿Y no éramos nosotros quienes, por un don particular de Dios, encendíamos la llama del amor en muchísimos corazones con el deseo de que se extendiera a todos? ¿Mirábamos acaso si nuestros prójimos eran amables para decidir amarlos? ¿No eran más bien los más pobres quienes nos atraían y en los cuales entreveíamos mejor el rostro de Cristo, o los pecadores, que eran quienes necesitaban de su misericordia? Sí, por un milagro divino (esos milagros que ocurren cada vez que se enciende un carisma del Espíritu sobre esta Tierra) también nuestro pequeño corazón podía afirmar que era rico en misericordia. Y, tal como sabemos, amar a los prójimos no significaba para nosotras simplemente hacernos uno con ellos hasta llevarlos a Dios. Significaba enrolarlos en nuestra misma revolución de amor, en nuestro mismo ideal. Al ser todos candidatos a la unidad, podían participar, y de hecho participaban, en esa dinámica vida divina que Dios había desencadenado en un punto de su Iglesia. Entonces era así. También ahora tiene que ser así. Ciertamente los tiempos han cambiado, pero no es difícil admitir que si en aquellos días lejanos, el mundo se nos mostraba como un desierto por las destrucciones de la guerra, no es menos desierto ahora, aunque sea por otros motivos. Muchos factores han determinado una nivelación de nuestra sociedad moderna por lo cual se vive en un peligroso equívoco. Antes la sociedad era fundamentalmente cristiana y se distinguía muy netamente el bien del mal. Hoy es distinto: en nombre de una libertad, que no es verdadera libertad, el bien y el mal, el cumplimiento o el no cumplimiento de la ley de Dios han sido colocados en el mismo plano. Es un nuevo desierto, donde lo que ha sido bombardeado no son las casas, las iglesias, los edificios, sino las leyes morales y, consecuentemente, las conciencias. ¿Qué hacer entonces? ¿Nos encontramos desarmados para combatir nuestra batalla a fin de llevar el perdón y el amor de Cristo a los hombres, cuando éstos tienen tan poco en cuenta el pecado? No, no estamos desarmados. Este mundo que ha perdido el sentido de lo sagrado tiene un rostro para nosotros: el de Jesús Abandonado, en quien lo sagrado y lo divino se ha ocultado completamente. Él, Dios que se siente abandonado por Dios, refleja toda situación negativa. En su nombre y por amor a Él encontraremos la fuerza de amar lo que hoy es tan poco digno de ser amado. Con la llama encendida en nuestro corazón, tomando siempre la iniciativa como nuestro Dios, seremos capaces de ir al encuentro de todos. Y Dios en nosotros despertará e iluminará las conciencias, suscitará arrepentimiento, volverá a dar esperanza, llenará de entusiasmo hasta que, en muchos que estaban muertos, nazca el deseo de revivir con Cristo de vivir en Cristo. La Palabra nos pone en el corazón estos tres propósitos: mantener encendido el fuego en nuestro corazón, ser los primeros en amar, amar de un modo no restringido sino ilimitado, de manera que sepamos llevar a todos a vivir nuestro ideal, que es vivir a Cristo. Sólo de esta manera estaremos de acuerdo con lo que la Escritura nos pide este mes» […] (Chiara LubichRoccadi Papa, el 3 deenero de 1985)(Juntos en camino, Ciudad Nueva, Buenos Aires 1988, págs. 54 – 57) Fuente: Centro Chiara Lubich
«La Iglesia universal, cuando llega a María, canta. En medio de la mediocridad y del aburrimiento, aparece su nombre y la atmósfera se aclara, un sinnúmero de luces se encienden. Ella es el sol en el que Dios puso su habitación». Así escribió Igino Giordani (en María modelo perfecto, Città Nuova, Roma, 2012) y también él canta con la Iglesia, ubicándose entre los numerosos artistas, teólogos, santos, quienes, casi compitiendo entre ellos, ilustraron las virtudes de la Madre de Dios, su belleza, la grandeza de su función en la economía de la redención. En el libro mencionado se concluye una trayectoria: el camino recorrido por Giordani en la comprensión del misterio de María, en su actitud de vida hacia ella. Giordani ya había escrito sobre ella repetidas veces en artículos y en numerosas páginas de sus libros. Ya le había dedicado un volumen: María de Nazaret, de 1944. Pero hasta ese momento, el tema siempre había sido contemplar, alabar, invocar a María. En María modelo perfecto aparece una diferencia, que refleja totalmente el salto de madurez que había dado: ahora el tema es, sí, contemplar, pero sobre todo imitara María. La relación intelectual y de vida de Giordani con la Madre de Jesús adquiere una dimensión más profunda en 1948, a partir de su encuentro con Chiara Lubich y con el movimiento al que ella dio vida, conocido como Movimiento de los Focolares, pero cuyo nombre verdadero es Obra de María. Desde sus inicios, la experiencia de Chiara y de las personas que han entrado en comunión con ella – experiencia centrada en la Palabra y de manera especial en la oración de Jesús por la unidad – tuvo un «sello mariano». Esto se aclara y se desarrolla por etapas sucesivas. A saber, entre otras: la total disponibilidad en hacer germinar la presencia de María en la vida espiritual, personal y comunitaria; el compromiso de repetir su vida, en la medida de lo posible, recorriendo su camino – la Via Mariae – tal como éste se manifiesta en los Evangelios; una especialísima elección de ella como madre. Estas realidades impregnan el discurso de Giordani. Él lo desarrolla enriqueciéndolo con su cultura teológica y literaria y con ese ardor característico que lo convierte en testigo singular de amor entusiasta a la Madre de Dios. «María encarna la fuerza, porque encarna el amor, y el amor es más fuerte que la muerte. Sólo en él la desesperación del mundo se disuelve en nueva vida, desde este calvario en el que la culpa universal nos une a todos. (…) Poesía, ciencia, sabiduría, amor, se condensan en María, que es el refugio en la desolación, es la estrella en la tempestad, es la belleza en el horror; ella marca el camino para llegar al Hijo, de la misma manera como Él llega a nosotros más amorosamente a través de ella. No estamos solos porque está la madre. Es suficiente encender su nombre en la noche del desierto. (…) Cada santo, cada cristiano consciente, está en la cruz, como Cristo, pero teniendo a su lado a la Madre. En el momento más aterrador, entrevé los ojos implorantes de ella, siente su unidad, y entonces, con confianza, vuelve a encomendar su espíritu en las manos del Padre». Giordani indica «la imitación de María» como meta válida para mujeres y varones, para vírgenes, sacerdotes y laicos con aplicaciones tanto espirituales como sociales. «Es la hora de María», escribe Giordani. Esta hora en la que ella quiere revivir en almas que, «transformadas místicamente en ella», logren generar nuevamente a Jesús en medio de los hombres de hoy, cada vez más necesitados de él. Y especialmente en la profundidad abismal de su desolación, Giordani la ve convertirse en madre de los redimidos, llegar a ser alma de quien sabe hospedarla, transformarse en camino practicable para la santificación de cada uno de nosotros. Tommaso Sorgi www.iginogiordani.info
«La aventura de la unidad»: a Chiara Lubich y a sus primeras compañeras les gustaba definir así la elección de Dios como Ideal que las llevó a vivir por la unidad de la familia humana. Graziella De Luca estuvo con ella desde los albores. Imposible contar en pocas líneas su riquísima vida que la ha visto difundir la espiritualidad de la unidad en muchos lugares y en muchos corazones. «Fuego he venido a traer a la Tierra y cómo querría que ya estuviera ardiendo» (Lc 12, 49) es la Palabra de Jesús que Chiara Lubich le había indicado como meta, y también por su marcado espíritu apostólico que, con sencillez, la hacía acercarse tanto a diputados como a sencillos obreros, para contarles el descubrimiento que había cambiado su vida, el encuentro con el amor de Dios. Graziella De Luca, nacida en Trento el 21 de marzo de 1925, se ha apagado el 9 de mayo a las 15.35, mientras las focolarinas que estaban con ella estaban recitando el “Ven Espíritu Santo”; lo escribe la Presidente de los Focolares Maria Voce para informar a las comunidades en todo el mundo. «¡Agradezcamos a Dios por su riquísima vida! – continúa – Recemos por ella, con la alegría de pensarla ahora en el seno del Padre, junto a la Virgen y a todos nuestros seres queridos. Y, con confianza, le encomendamos la Obra “en salida”, seguros de que nos ayudará a incendiar el mundo con el amor». Live streaming de los funerales: live.focolare.org/graziella