Movimiento de los Focolares
Gabón: Una familia para los demás

Gabón: Una familia para los demás

20150207-a«Con veintiocho años de matrimonio, cuatro hijos, de los cuales tres se quedaron en Lubumbashi (Congo) para estudiar en la Universidad, el descubrimiento de Dios como amor, el ponerlo en el primer lugar de nuestra vida personal y de pareja, han sido los antecedentes espirituales que nos impulsaron a dejar todo para seguir a Cristo.

Desde hacía mucho tiempo la comunidad del Movimiento en Gabón estaba pidiendo la apertura de un focolar en Libreville. Así, en el 2011, llegamos nosotros como “familia-focolar”.

Nuestra elección nos llevó a ofrecer nuestra disponibilidad, a dejar nuestro trabajo y a ir a una tierra nueva. Nunca nos habíamos separado de nuestros hijos por un período tan largo. No fue fácil, pero con el consenso de toda la familia, sentimos que lo podíamos hacer. Eran muchos los interrogantes… pero la confianza en Dios-Amor era grande.

A nuestra llegada a Gabón la primera preocupación fue la de reforzar nuestro amor recíproco de esposos. De este modo el amor entre nosotros creció más, llevándonos a recomenzar siempre y amarnos el uno al otro y amar a todos los que encontrábamos.

Aquí hemos encontrado una comunidad realmente acogedora, receptiva y, a pesar de las estrecheces de la vida, muy generosa. Hemos hecho numerosos viajes recorriendo todo el país, para encontrarnos con las comunidades más lejanas. Todos nos han acogido con entusiasmo. Incluso, en algunas aldeas, nos esperaban a lo largo de las calles, con ramas de árboles plantadas a lo largo del recorrido para manifestar su alegría.

La familia cristiana aquí, como en el resto de África, sufre el contragolpe de las mutaciones socioculturales, y esto nos cuestiona mucho. Estamos acompañando en el camino de la fe a muchas parejas y hoy día varias de ellas han recibido el sacramento del matrimonio, otras están haciendo un camino para prepararse a regularizar su unión.

Hemos experimentado fuertemente la providencia de Dios, empezando por la casa que nos donó el Arzobispo de Libreville para las actividades del Movimiento. Para amoblarla, cada persona de la comunidad trajo lo que podía: una cama, un colchón, un par de sábanas, una cocina económica, un tenedor, un plato… Simultáneamente, todas las comunidades de Gabón se han organizado para ayudar concretamente con las necesidades de nuestra vida cotidiana. Periódicamente nos hacen llegar mandioca, arroz, bananos. A menudo alguno toca la puerta y con sorpresa vemos llegar aquello que necesitamos.

La unidad, el amor, la fe en las palabras del Evangelio nos han permitido superar las inevitables dificultades que encontramos aquí: la falta de trabajo, la enfermedad, la incomprensión…

Después de tres años, regresamos a Lubumbashi. Encontramos a nuestros hijos crecidos en edad y sabiduría. También en esto hemos visto que el Evangelio es verdadero. Volver a verlos fue una grandísima alegría y con cada uno de ellos sentimos una profunda unidad de corazón y de alma.

Cuando regresamos, ellos nuevamente renovaron su disponibilidad de ‘mandarnos’ de misión, lo que quiere decir hacer que las personas encuentren a Dios a través de nuestro amor recíproco y cubrir, con el calor de la familia y nuestra unidad, el gran deseo de la comunidad de Gabón de contar con un auténtico focolar”.

Jeanne y Agustín Mbwambu

Para testimoniar que la unidad es posible

Para testimoniar que la unidad es posible

20150203-aLa Semana de oración por la unidad de los cristianos y el año dedicado por la iglesia católica a la vida consagrada. Dos felices coincidencias en las cuales la vocación de Heike Vesper, focolarina de la iglesia evangélica-luterana alemana, se presenta especialmente significativa.

«Tenía dieciséis años cuando murió mi hermano gemelo, quien sufría una grave discapacidad mental,cuenta-. A partir de esta circunstancia tan dolorosa nació en mí el deseo de vivir una vida que realmente tuviera sentido. Ciertamente no pensaba en una vida de consagración a Dios. En las iglesias de la reforma la vida monástica casi ha desaparecido. Para Lutero cada cristiano bautizado tiene en sí mismo un llamado totalitario a seguir a Jesús, que se realiza sustancialmente en el trabajo y en la familia. Por lo tanto Lutero no veía en la consagración a Dios un estado privilegiado, precisamente porque todos estamos llamados a la perfección, que se vuelve alcanzable sólo con el amor de Dios, con su misericordia. Por lo que a mí respecta, la consagración a Dios era algo totalmente extraño. Extraño también por el ambiente ateo que me rodeaba con el comunismo de la Alemania del Este de entonces.

Algunos meses después, en la primavera de 1977, conocí a los jóvenes de los Focolares, un movimiento nacido en la iglesia católica, abierto al diálogo con fieles de otras iglesias o religiones, y con personas de convicciones no religiosas. Fuertemente atraída por la radicalidad de su elección evangélica, también yo me comprometí junto con ellos en múltiples actividades formativas y sociales que nos proponían o que nosotros suscitábamos. Nuestros animadores eran personas un poco más grandes que nosotros, los y las focolarinas. Ellos habían hecho una elección totalitaria de Dios, viviendo en comunidad. Su vida me producía una gran fascinación, pero la veía demasiado alta para mí, inalcanzable.

En un momento dado tuvo lugar una situación de incomprensión entre el Focolar y mi pastor, por la elección personal de uno de nosotros. No era algo grave, pero sí lo suficiente para hacerme comprender que basta poco para despertar antiguos prejuicios y volver a abrir heridas que parecían estar en proceso de sanación. Fue una experiencia muy fuerte, en ella percibí que Dios me llamaba a dar, con mi vida, un ejemplo de que la unidad es posible y que esto podía realizarlo a través del Focolar. Ante este llamado sentí alegría y temor. De hecho, no me sentía capaz de afrontar 24 horas sobre 24 la tensión de la diversidad entre nuestras iglesias. Durante dos años traté de hacer callar dentro de mí esta invitación de Dios, pero cada tanto volvía a aflorar con más fuerza.

En una visita de Chiara Lubich a Alemania, un grupo de evangélicos le hacían algunas preguntas. Con sus respuestas todos mis nudos se soltaron. En sus palabras comprendí que entrar al Focolar significaba vivir el Evangelio ayudada por hermanos animados por el mismo propósito radical; querer hacerlo como cristianos católicos y evangélicos juntos; lo que significaba elegir como modelo a Jesús cuando se sintió abandonado por su Padre, gritando un ‘por qué’ que para él quedó sin respuesta, en donde recompuso la unidad entre Dios y los hombres, entre los pueblos, entre las distintas iglesias, entre todos nosotros.

En ese momento no pensé que todo esto significaría consagrarme a Dios, sino sólo responder a un llamado de Dios a dar testimonio con mi vida que la unidad es posible. Esta pasión por la unidad me marcó el corazón y el alma y siempre me ha dado alas también en los momentos de oscuridad o de prueba.

Cuando estaba en el Focolar de Lipsia, a menudo iba a la Santa Cena donde estaban los hermanos de la Christusbruderschaft. Un día, uno de ellos me preguntó cómo hacíamos para permanecer fieles a nuestras iglesias y vivir una vida espiritual intensa con los católicos. Entendí en ese momento el gran valor de la consigna de Chiara: Jesús abandonado. Amándolo a Él, quien se hizo división por nosotros, no sólo encontramos la fuerza para no sentirnos divididos en nosotros mismos, sino para ser unidad para los demás. En Él descubrimos la importancia de vivir con Jesús presente espiritualmente en medio nuestro, atraído por nuestro amor recíproco. Una presencia que no está vinculada a ningún sacramento, sino a la vida de la Palabra».

 

Chiara Lubich y la familia

Chiara Lubich y la familia

20150202-01«La espiritualidad de Chiara Lubich nos propone abrirnos a la comunión antes que nada en la familia y, una vez construida la unidad, abrirla a otras familias. Ninguna familia es una isla. Necesitamos compartir bienes espirituales y materiales, propósitos, conocimientos, tiempo, competencias, para construir redes capaces de ponerse al servicio del mundo, que espera ver el testimonio de un amor que siempre puede volver a empezar».

Anna y Alberto Friso comentan con alegría la apertura de la causa de beatificación de Chiara Lubich, que se llevó a cabo el martes pasado [27 de enero] en Frascati. Ellos conocieron personalmente a la fundadora del Movimiento de los Focolares (quien en 1967 fundó también «Familias nuevas», una de las primeras asociaciones para la familia, de la que los Friso fueron responsables durante 12 años) cuando eran recién casados: llegaron de Padua a Rocca di Papa, con su primogénito lactante, para participar en un congreso de familias.

Recuerdan: «Nos impresionó el hecho de que una persona consagrada tuviera tanto interés en la familia y que su ideal se pudiera aplicar también a nuestra vocación de esposos». No sólo: «Chiara era una mujer moderna, bella sin ser vistosa, elegante pero no rebuscada, con una forma de hablar cautivante y armoniosa – notan los Friso –. Nosotros veníamos de la provincia, éramos dos simples empleados, bastante torpes. Con sencillez y convicción nos dijo que Jesús contaba también con nosotros, como personas y como familia». Chiara Lubich, de hecho, estaba convencida de que la espiritualidad de la unidad era especialmente adecuada para la familia, porque ésta, en su designo original, es una pequeña comunidad de personas unidas por el amor».

Hoy en día Alberto y Anna están encargados de la Asociación «Acciones de Familias Nuevas«, comprometida en el Sur del mundo y con adopciones a distancia. Cuando eran responsables de «Familias nuevas», se encontraban regularmente con la fundadora: «Escuchaba nuestras dificultades y proyectos, pero sobre todo nos animaba. Sin su impulso, hubiera sido demasiado complicado, para dos pobres criaturas, llevar adelante un movimiento de familias tan numeroso y de alcance mundial. Ella nos orientaba, nos confirmaba, soñaba con nosotros. Y muy a menudo expresaba su confianza en nosotros los casados».

Chiara Lubich acostumbraba animar a los cónyuges Friso, que son miembros del Pontificio Consejo para la familia, para que se dedicasen especialmente a los separados, a los divorciados y a los que se han vuelto a casar, es decir a aquellos que ella misma definía como «el rostro de Jesús crucificado y abandonado». El carisma de Chiara sigue anunciando a la familia y a las familias del Movimiento el amor divino hacia cada uno, «una convicción que no surge sólo de la Escritura, sino del haberlo experimentado personalmente, en nuestras vivencias. Un anuncio que resulta eficaz también para quienes ya no esperan o han perdido la fe, o piensan que la separación es inevitable. Y si Dios me ama a mí, si dio su vida por mí, yo también debo – ¡puedo! – responder a este amor, amando al prójimo que está a mi lado. Y ¿quién es más prójimo que el esposo, los hijos, los familiares?», se preguntan Alberto y Anna, explicando: «Si nos ponemos honestamente en el rayo de un amor arraigado a lo Absoluto, todo se vuelve posible: acogida, servicio, escucha, amor desinteresado, gratuidad, perdón…».

 

Febrero 2015

Queriendo ir a Roma y, desde allí, proseguir hacia España, el apóstol Pablo manda primero una carta suya a las comunidades cristianas presentes en aquella ciudad. En estas, que pronto testimoniarán con innumerables mártires su sincera y profunda adhesión al Evangelio, no faltan, como en otros lugares, tensiones, incomprensiones y hasta rivalidades. En efecto, los cristianos de Roma son de diversa extracción social, cultural y religiosa. Los hay que proceden del judaísmo, del mundo helénico y de la antigua religión romana, tal vez del estoicismo o de otras corrientes filosóficas, cada una con sus propias tradiciones de pensamiento y convicciones éticas. A algunos se los llama débiles porque tienen usanzas alimentarias peculiares –son vegetarianos, por ejemplo– o se atienen a calendarios que señalan días especiales de ayuno; a otros se los llama fuertes porque, libres de estos condicionamientos, no están sujetos a tabúes alimentarios o a rituales especiales. A todos les dirige Pablo una invitación apremiante:

«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».

En esa misma carta ya antes había entrado en el tema dirigiéndose primero a los fuertes para invitarlos a acoger a los débiles «sin discutir sus razonamientos»; y luego a los débiles para que acojan a su vez a los fuertes «sin juzgarlos, pues Dios los ha acogido».

Pablo está convencido de que cada cual, aun en la diversidad de criterios y usanzas, actúa por amor al Señor. Por ello no hay motivo para juzgar a quien piensa distinto, y menos aún de escandalizarlo actuando con arrogancia y con sentido de superioridad. Lo que hay que tener más bien en el punto de mira es el bien de todos, la «edificación mutua», o sea, el construir la comunidad, su unidad (cf. 14, 1-23).

También en este caso, se trata de aplicar la gran norma del vivir cristiano que Pablo había recordado poco antes en su carta: «la plenitud de la ley es el amor» (13, 10). Al dejar de comportarse «conforme al amor» (14, 15), se había debilitado en los cristianos de Roma el espíritu de fraternidad que debe mover a los miembros de toda comunidad.

El apóstol propone como modelo de acogida mutua a Jesús cuando, en su muerte, en lugar de «buscar su propio agrado», cargó con nuestras debilidades (cf. 15, 1-3). Desde lo alto de la cruz atrajo a todos a sí y acogió tanto al judío Juan como al centurión romano, tanto a María Magdalena como al malhechor crucificado junto a él.

«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».

También en nuestras comunidades cristianas, aunque todos somos «amados de Dios, llamados santos» (1, 7), se dan, igual que en las de Roma, desacuerdos y choques entre diferentes modos de ver y culturas en muchos casos distantes unas de otras. A menudo se contraponen los tradicionalistas y los innovadores –usando un lenguaje quizá un poco simplista pero fácilmente comprensible–, personas más abiertas y otras más cerradas, interesadas en un cristianismo más social o más espiritual; diversidades que son alimentadas por convicciones políticas y extracciones sociales diferentes. El fenómeno migratorio actual añade a nuestras asambleas litúrgicas y a los distintos grupos eclesiales más elementos de diversificación cultural y de procedencia geográfica.

La misma dinámica puede surgir en las relaciones entre cristianos de Iglesias distintas, pero también en la familia, en el ámbito laboral o en el político.

Entonces se insinúa la tentación de juzgar a quien no piensa como nosotros, o de considerarnos superiores, en una estéril confrontación y exclusión recíproca.

El modelo que Pablo propone no es la uniformidad que despersonaliza, sino la comunión entre diversos que enriquece. No es casual que dos capítulos antes, en la misma carta, hable de la unidad del cuerpo y de la diversidad de sus miembros, así como de la variedad de carismas que enriquecen y animan la comunidad (cf. 12, 3-13). Usando una imagen del papa Francisco, «el modelo no es la esfera…, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro», que tiene superficies distintas entre sí y una composición asimétrica donde «todas las parcialidades conservan su originalidad». «Incluso las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos»[1].

«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».

La palabra de vida es una invitación apremiante a reconocer lo positivo del otro, al menos porque Cristo dio la vida también por esa persona a la que me darían ganas de juzgar. Es una invitación a escuchar desactivando los mecanismos defensivos, a permanecer abiertos al cambio, a acoger la diversidad con respeto y amor, para llegar a formar una comunidad plural y al mismo tiempo unida.

Esta palabra ha sido elegida por la Iglesia Evangélica en Alemania para que sus miembros la vivan y los ilumine durante todo 2015. El compartirla miembros de diferentes Iglesias, al menos este mes, muestra ya un signo de acogida recíproca.

Así podríamos dar gloria a Dios «unánimes, a una voz» (15, 6), porque, como dijo Chiara Lubich en la catedral de la Iglesia Reformada de St. Pierre, en Ginebra, «el tiempo presente […] requiere de cada uno de nosotros amor, requiere unidad, comunión, solidaridad. Y llama también a las Iglesias a recomponer la unidad rota desde hace siglos. Esta es la reforma de las reformas que el Cielo nos pide. Es el primer paso, y necesario, hacia la fraternidad universal con todos los hombres y las mujeres del mundo. Pues el mundo creerá si estamos unidos»[2].

Fabio Ciardi

 

[1] Francisco, exhortación pastoral Evangelii gaudium, 236.

[2] C. Lubich, Il dialogo è vita, Roma 2007, pp. 43-44.

Gabón: Una familia para los demás

¿Dónde iré a parar?

a Villa Achillia

Hermana Mariella Giannini (segundo por la izquierda) en el centro de las Religiosas de los Focolares en Grottaferrata, Roma.

Defender la vida humana en condición de fragilidad. Es lo que alienta a las Hermanas hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús, la familia de sor Mariela Giannini, religiosa que vive la espiritualidad del Movimiento de los Focolares y protagonista de esta historia. «Por medio del encuentro con el carisma de la unidad de Chiara Lubich – nos cuenta – logré recomponer mi identidad de religiosa en el carisma de la Hospitalidad, que es lo específico de mi Instituto».

Filipinas, España, Italia, son las etapas que vivió en su camino. El descubrimiento que Dios «nos ama inmensamente» la marca fuertemente; a pesar de esto llega pronto un momento triste, uno de aquellos que de buena gana evitaríamos, especialmente después de haber elegido una vida de total entrega.

«Se trataba de un fuerte dolor moral – confía sor Mariela -, un momento de prueba, tal vez también de tentación. Seguramente de lucha contra Dios. Llegó de improviso la oscuridad, bajó en mí la noche, junto con el silencio de un mar oscuro y profundo, de un río cenagoso que tenía que cruzar. ¿Pero dónde iré a parar? me preguntaba. No tenía futuro».

Recuerda con emoción aquellos momentos difíciles y confiesa que, a pesar de la oscuridad, nunca dejó de entregarse a los demás. «Me vino al encuentro de manera inesperada el grito de Jesús en la Cruz: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Aquel que absurdamente no tiene respuesta, ha sido la clave para mi dolor y para cada dolor humano».

Un momento delicado superado no tanto con la fuerza de voluntad, sino con el abandono confiado en Dios. «En el interior de toda familia religiosa – continua sor Mariela – es inevitable que existan problemas, porque el egoísmo no está nunca desarraigado totalmente. Pero ciertas cosas cambian dentro de ti. Lo experimenté especialmente con nuestros colaboradores laicos, que no veo más como extraños, o peor, sólo como dependientes, sino nuestros hermanos y hermanas con los cuales compartir el carisma y realizar juntos nuevos proyectos. Además, Dios me donó una nueva familia también con el Movimiento de los Focolares. Mi corazón se dilató. El carisma de la hospitalidad y el carisma de la unidad llegaron a ser para mí una única fuerza, una dinamita que renueva la casa de Dios, la Iglesia».

Habla con conocimiento de causa, porque las tareas realizadas han sido varias y delicadas, no sólo como superiora provincial, sino también en varios lugares del mundo. «Amor llama siempre Amor – afirma convencida. – Pude constatarlo y vivirlo porque, después de la carga de Provincial de mi Instituto para Italia, fui enviada, come formadora, entre las Junioras de las Filipinas. La formación inicial es una etapa delicada, fascinante y que involucra, pero con la escucha cotidiana y el diálogo recíproco llegamos a comprendernos. En este nivel, o sea cuando acojo la vida de la otra en una relación de corazón a corazón, puedo ser regazo para cada sufrimiento pasado y presente. Vivir así me ayuda a superar toda barrera de lengua, cultura y de generación».

Desde las Filipinas va a España para preparar a las jóvenes hermanas a los votos perpetuos. De regreso a Italia, en Viterbo, se ocupa de un grupo de enfermos síquicos, alcohólicos y personas con disturbios del comportamiento. Visita regularmente a los detenidos en la súper-cárcel de la ciudad: «Jesús dona grande alegría también a estos últimos porque él por primero ha elegido ser el último, y cuando estos dos polos “Dios y el hombre” se encuentran, misteriosamente la relación se ilumina y los corazones se calientan».