16 Dic 2013 | Sin categorizar
Al preguntarle si le desagrada el no poder ser sacerdote, ella que es una de las mujeres más influyentes de la Iglesia, ríe sigilosamente: «Mire, conozco a pastoras evangélicas que pertenecen al Movimiento, amigas y mujeres excepcionales que son de mucho provecho en sus iglesias; pero nunca he pensado que la posibilidad de llegar a ser sacerdote aumente la dignidad de la mujer. Sería sólo un servicio añadido. Porque la cuestión es otra: como mujeres hemos de aspirar, me parece, a que se reconozca la misma dignidad, la igualdad de oportunidades en la Iglesia católica. Servicio y no servidumbre, como dice el mismo Papa Francisco… ». Maria Voce guía desde 2008 a los Focolares, dos millones y medio de miembros en 182 Países, el único movimiento que por estatuto es conducido por una mujer. Es la sucesora de la fundadora, Chiara Lubich, que la llamaba «Emmaus», y que está enterrada cerca, en la pequeña capilla del centro mundial en Rocca di Papa, desde cuyo ventanal se aprecia entre los pinos su casa, y frente a la lápida, un mosaico representando a María como Madre de la Iglesia. El 7 de diciembre habrán pasado 70 años de la «consagración” de Chiara a Dios. Una mujer laica que anticipó diversos temas del Concilio. «La Iglesia como apertura, comunión, amor recíproco… ».
¿Cuál es, hoy, el papel de la mujer en la Iglesia, y cuánto se les escucha?
«El papel es el de todo ser humano, hombre o mujer, que pertenece a la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. En cambio, cómo son consideradas por los demás, ya es algo un poco diferente. Me parece que las mujeres todavía no tienen mucha voz en capítulo. Muchas veces se le reconocen valores como la humildad, la docilidad, la flexibilidad, pero se aprovechan un poco de esto. El Santo Padre, por otra parte, ha dicho que le da pena ver a la mujer en sumisión, no a la mujer al servicio; el servicio es una palabra clave de su pontificado, pero en cuanto servicio de amor; y no en el sentido de un servicio porque es considerada inferior y por lo tanto sumisa. En esto creo que todavía queda por hacer».
El Papa dijo que hay que pensar en una «teología de la mujer». ¿Qué significa para usted?
«Yo no soy una teóloga. Pero el Papa dio el título: «María es más grande que los apóstoles». Es hermoso que lo diga, es muy fuerte. Pero de aquí tiene que surgir la complementariedad. La participación también en el magisterio, en un cierto sentido…».
¿En qué sentido?
«Chiara pensaba en María como el cielo azul que contiene el sol, la luna y las estrellas. En este sentido, si el sol es Dios, y las estrellas los santos, María es el cielo que los contiene, que contiene también a Dios: por voluntad del mismo Dios que se encarnó en su seno. La mujer en la Iglesia es esto, debe tener esta función, que sólo puede darse en la complementariedad con el carisma petrino. No es posible que sólo Pedro sea quien guíe la Iglesia, sino Pedro con los apóstoles y sostenido y circundado por el abrazo de esta mujer-madre que es María».
Para Francisco, debemos reflexionar sobre el lugar de la mujer «incluso donde se ejerce la autoridad». ¿Cómo se podría efectuar?
«Las mujeres podrían conducir distintos dicasterios de la Curia, por decir, no veo ninguna dificultad. No entiendo por qué, por ejemplo, al frente de un departamento sobre la familia tenga que haber necesariamente un cardenal. Podría muy bien estar una pareja de laicos que vivan cristianamente su matrimonio y, con todo respeto, seguramente estarían más al corriente de los problemas de la familia que un cardenal. Lo mismo se podría decir respecto a otros dicasterios. Me parece normal».
¿Qué más?
«Pienso en las Congregaciones preparatorias del cónclave. Podrían participar las superioras generales de los grandes institutos religiosos y tal vez representantes electos de las diócesis. Si la asamblea fuese más amplia, ayudaría incluso al futuro Papa. Por otra parte, ¿por qué se debe consultar sólo a los otros cardenales? Es una limitación».
¿Se puede aplicar también al grupo que compone el Consejo de Cardenales que ha querido Francisco?
«Por supuesto. No veo que se agregue un grupo formado sólo por mujeres. Sería más útil un organismo mixto, con las mujeres y otros laicos que, junto con los cardenales pueden proporcionar la información necesaria y aportar perspectivas. Esto me entusiasmaría».
¿Y las mujeres cardenales? Se habló de Madre Teresa, ¿cómo lo habría visto?
«¡Quisiera saber cómo se habría visto ella! Una mujer cardenal podría ser un signo para la humanidad, pero no para mí ni para las mujeres en general, creo. No me interesa. Se trataría de una persona excepcional que fue hecha cardenal. De acuerdo, pero ¿y luego? Grandes figuras, santas y doctoras de la Iglesia, han sido valoradas. Pero es la mujer, en cuanto tal, la que no encuentra su lugar. Lo que debe ser reconocido es el genio femenino en la vida cotidiana».
La famosa complementariedad…
«Por supuesto. Hablaba de carisma petrino y carisma mariano. Pero en general yo diría que entre hombre y mujer la complementariedad está inscrita en el designio de Dios. El hombre a imagen de Dios, «hombre y mujer los creó», no se puede realizar de otro modo. Vale también para los consagrados: incluso si uno renuncia a la relación sexual no puede renunciar a la relación, a la relación con el otro».
Gian Guido Vecchi
Fuente: Corriere della Sera, 30.11.2013
Lee también: Donne e Chiesa, questione da affrontare (entrevista de Città Nuova)
15 Dic 2013 | Sin categorizar
En el verano de 1949, el diputado Igino Giordani, que desde hacía algunos meses había encontrado la espiritualidad de la unidad, llegó al valle de Primiero, en Tonadico, en las montañas del Trentino, donde Chiara Lubich estaba pasando un período de descanso. Junto a la pequeña comunidad de Trento, que ya pululaba en varias ciudades de Italia, las semanas anteriores habían vivido intensamente el pasaje del Evangelio de Mateo sobre el abandono de Jesús en la cruz. El 16 de julio, empezó un período de extraordinaria intensidad, hoy conocido como Paraíso ’49. Chiara escribirá más tardea a propósito de esos meses: «Si 1943 fue el año de origen del Movimiento, 1949 marcó en cambio un paso adelante. Circunstancias impensadas, pero previstas por la Providencia, hicieron que, para descansar, el primer grupo de miembros del Movimiento se retirara del “mundo” para ir a la montaña. Debíamos retirarnos de los hombres pero no podíamos alejarnos de esa forma de vida, que constituía el por qué de nuestra existencia.
Una pequeña y rústica cabaña de montaña nos hospedó. Estábamos solas: solas entre nosotras con nuestro gran Ideal vivido momento tras momento, con Jesús Eucaristía, vínculo de unidad, de quien nos saciábamos día tras día; solas en el descanso, en la oración y en la meditación. Y allí empezó un periodo de gracias especiales. Teníamos la impresión de que el Señor abriera a los ojos del alma el Reino de Dios, que estaba entre nosotros: la Trinidad que vive en una célula del Cuerpo místico: “Padre santo, custodia en tu nombre a quienes nos has dado, para que sean una sola cosa, como nosotros”; y nos pareció entender que la Obra que estaba naciendo sería nada más y nada menos que una presencia mística de María en la Iglesia. Naturalmente, no habríamos descendido nunca de esa montaña, pequeño Tabor de nuestra alma, si la voluntad de Dios hubiese sido distinta. Y fue sólo el amor a Jesús crucificado y abandonado, que vive en la humanidad inmersa en las tinieblas, que nos dio el valor»(1). En otra ocasión, es siempre Chiara quien lo afirma: “Empezó un período especialmente luminoso en el cual, entre otras cosas, nos pareció que Dios quería hacernos intuir su designio sobre nuestro Movimiento”. En los años siguientes Chiara no hizo otra cosa que realizar lo que le había sido donado en ese verano de luz. (1) Chiara LUBICH, en Escritos Espirituales/3, Roma 19963, p. 41-42.
14 Dic 2013 | Sin categorizar
Lucia Abignente hace parte del Centro Chiara Lubich: Centro de documentación, de estudio, de investigación científica y de promoción de la figura histórica de la fondadora de los Focolares. Chiara Santomiero de Aleteia, el 9 de diciembre de 2013, le hizo la siguiente entrevista que publicamos en parte:
Los santos son testigos de la fe que se muestran como ejemplos de la Iglesia católica: ¿cuál es la ejemplaridad de Chiara Lubich?
Abignente: Hace unos días vi el twet de Papa Francisco en el que afirmó que los santos no son superhombres, sino personas que tienen a Dios en el corazón y lo transmiten con alegría. Me hizo pensar enseguida en Chiara. Todo el itinerario de su vida desde el 7 de diciembre de hace 70 años cuando decidió consagrarse a Dios, se llevó a cabo sin ninguna programación. Ha ido detrás de Dios en lo que pidió. Pero su vida se caracterizó siempre por la transmisión a otros de la alegría pura de la fe. En los inicios de los años ’40, un sacerdote le dijo: «Dios te ama inmensamente». Esta certeza, que fue el fundamento de su vida, Chiara quiso compartirla inmediatamente: no sólo Dios «me» ama, sino «nos» ama a todos inmensamente. Su camino nunca fue el de un individuo, siempre tuvo el carácter de la universalidad. Y lo mismo sucedió con su camino a la santidad. «Hacernos santos juntos» nos repetía. Por eso siempre nos hizo partícipes de lo que Dios le hacía comprender, para caminar juntos hacia Él. «Que todos sean uno»: este fue el deseo y el propósito de la vida de Chiara hasta el final.
En los últimos años, recordando los inicios del Movimiento en Trento y viendo la Obra de María (Movimiento de los Focolares) que se extiende en todo el mundo a través de la abundancia de los dones de Dios, Chiara dijo que tenía un sueño. Haciendo suyas las palabras del teólogo Jacques Leclercq, repetía: «En tu día, Dios mío, vendré a ti… con mi sueño más loco: llevarte el mundo en los brazos».
Lea la entrevista integral
11 Dic 2013 | Sin categorizar
Córdoba, una ciudad con 1.2 millones de habitantes, en el corazón de Argentina. Un conflicto salarial con la policía provincial llevó a que se acuartelaran y dejaran las calles sin vigilancia. En la tarde y noche del 3 de diciembre y durante la madrugada del 4, se produjeron saqueos a más de 1000 comercios, casas de familia y hasta el depósito de Caritas, a manos de delincuentes organizados en motos. Para destrabar el conflicto fue fundamental la acción de Comipaz (el comité interreligioso) a través del Obispo, el Rabino y representantes de distintas confesiones, con lo que se llegó a un acuerdo al mediodía del 4 y la policía poco a poco fue tomando el control de la ciudad. Ese día todos habían permanecido en sus casas: los comercios, las escuelas, las universidades y las oficinas públicas estuvieron cerradas.
Apenas se vislumbró el acuerdo comenzó la acción de Jóvenes por un mundo unido, como nos cuenta Ana María Martínez: “Todos estábamos viviendo el tema de los saqueos con miedo, en nuestras casas. Pero no podíamos permanecer ajenos a lo que pasaba en nuestra Córdoba. Teníamos un gran empuje para demostrar a la sociedad que algo bueno puede salir de tanta bronca, locura y corrupción estructural.
Nos dimos cita en una plaza del centro de la ciudad. Avisamos por las redes sociales. Al instante, mucha gente empezó a difundir nuestra iniciativa, por todos los medios.
A las 16 horas llegaron los primeros y en veinte minutos éramos alrededor de 30 jóvenes, había un canal de televisión y algún periodista gráfico. La mayoría traía alimentos no perecederos que juntábamos para luego acercar al depósito de Cáritas, que también fue víctima de los saqueos. A medida que pasaban las horas, se sumaban más, de a dos u ocho jóvenes. Venían porque se habían enterado por facebook o porque algún amigo les había contado. Terminamos siendo 100, sin contar las decenas de personas que se sumaron en sus edificios o en alguna calle”.
El trabajo era mucho: limpiar cenizas de incendios, retirar restos de las barricadas… “Más allá de la acción concreta, la idea era charlar con los vecinos, ofrecer un momento de escucha”. La noche anterior había sido terrible: tiros, sirenas de alarmas en casas cercanas, saqueos, muchos que se quedaron defendiendo su pequeño negocio.
“La respuesta fue increíble. Los vecinos traían agua para los que trabajaban, guantes, escobas, palas. Muchos se sumaban a limpiar, porque les conmovía ver que gente que no era de la zona, se había movido a limpiar su barrio”.
La repercusión fue inesperada: diarios, radios, noticieros habían transmitido la acción de los jóvenes, “y creemos que algo logramos, quizás más allá de la limpieza de las calles del centro de nuestra ciudad. El cambio fue más adentro. Entendimos que depende de cada uno salir a hacer algo distinto y que, si bien el día anterior se había producido un contagio de delincuencia y oportunismo, hoy fuimos testigos de un contagio de buena voluntad, de trabajo y esfuerzo por ayudar y protagonizar un cambio”.
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10 Dic 2013 | Sin categorizar
Desde pequeña, Lucía es una niña de una alegría irrefrenable y contagiosa. Ultima de ocho hermanos, crece en una familia muy pobre de Terlano (Bolzano-Italia). A pesar de las dificultades económicas, los esposos Degasperi mantienen siempre una gran confianza en Dios. Con el paso de los años, Lucía está convencida de que el amor en la tierra no existe y el pensamiento de amar sin ser correspondida la angustia. Cuando Lucía cumple los veinte años, de forma imprevista su hermano Carlos cambia su actitud en la casa: comienza a hacer las camas, a lustrar los zapatos… Llena de curiosidad, Lucía le pregunta el motivo de su cambio y su hermano la invita a ir a una Mariápolis, un encuentro de varios días de los Focolares. Allí, Lucía queda profundamente impresionada cuando escucha muchas experiencias concretas que se basan en la certeza de que Dios es amor y que ama a todos personalmente, tanto que, presa de una gran inquietud, deja la Mariápolis antes de que termine. Quedó impactada por una frase: “Cualquier cosa que hagan por el más pequeño, la hicieron a mi” (Mt 25, 40). A partir de 1964, la espiritualidad de la unidad se empieza a difundir en Alemania. Lucía se encuentra en Berlín Oeste y en los primeros años de la década del ’80, el régimen de la DDR (por su sigla en alemán), obliga a muchos adherentes de la espiritualidad de los Focolares a reunirse en situación de semiclandestinidad y con mil dificultades.
Antes de mudarse para Lipsia, Lucía debe pasar un mes en un Lager (campo de concentración). Los otros internados se quedan impresionados por su amor: ella ordenaba la habitación donde dormían varias personas y les entrega el café que ella quería llevarse a Lipsia. Poco a poco, muchos siguen su ejemplo y el último día, una de las guardias le confiesa: «Una unidad tan linda entre nosotros no la hemos visto nunca…». Con el teléfono controlado y las células de micro-espionaje en el auto, Lucía utiliza su inventiva, y encuentra mil estrategias para verse con las personas que le fueron confiadas: invita a los niños a almorzar, organiza fiestas para los jóvenes, visita a muchas familias. En 1989, las focolarinas y las gen (las jóvenes de los Focolares) en la DDR festejan la caída del muro de Berlín con un largo viaje a Trento y a Roma, donde muchas personas, por primera vez conocen a Chiara Lubich. Continúan años de gran entusiasmo, pero, de forma imprevista, en 1994 a Lucía se le diagnostica un tumor. Es un dolor muy fuerte como contará años después: «Fue como una condena a muerte.» Sucedió un poco antes de comprender que «había llegado el momento de volver a confiar mi vida a Dios» Vivir el momento presente es algo que la ayuda mucho y se convierte en luz para muchas personas. Con los años, disminuye su fuerza física mientras que crece la vida espiritual. «No te digo ‘coraje’ Lucía –le escribe Chiara el 3 de diciembre de 2003- tienes todas las gracias que precisas y mucho más. Debes ser feliz». Con gran serenidad, el 10 de diciembre, Lucía parte para el Cielo. «Gracias por el amor concreto que siempre tuviste», «Gracias por tu sonrisa que construía siempre la familia»; «Gracias por tu fuerza», son algunos de la gran cantidad de mensajes que llegaron de todas partes del mundo en los días siguientes a su fallecimiento.
8 Dic 2013 | Sin categorizar
Continuación de «La aventura de la Unidad»/Los inicios/2

Las muchachas que viven allí, pero también las personas que lo visitan siempre, advierten en esos meses un salto de calidad en sus vidas. Tienen la impresión de que Jesús realice entre ellas su promesa: «Donde dos o más están reunidos en mi nombre, yo estoy en medio de ellos». (Mt 18, 20). No quieren perderlo más, y hacen toda su parte para evitar que su presencia se desvanezca por su culpa. «Más tarde, mucho más tarde –precisará Chiara Lubich, se entenderá: es una reproducción, un germen sui generis, de la casita de Nazaret: una convivencia de vírgenes (muy pronto también de casados) con Jesús en medio de ellos». He aquí “el focolar”, ese lugar donde el fuego del amor calienta los corazones y sacia las mentes. «Pero para tenerlo con nosotros –explica Chiara a sus compañeras- es necesario estar dispuestas a dar la vida la una por la otra. Jesús está espiritualmente y plenamente presente entre nosotros si estamos unidas así. Él quien dijo: “Que sean también ellos una cosa sola en nosotros, para que el mundo crea”(Gv 17,21)».
En efecto, alrededor de Chiara y de las muchachas del focolar prosigue una serie impresionante de adhesiones al proyecto de la unidad que parece nuevo, si bien apenas se está delineando. Y no faltan las conversiones, las más variadas. Se salvan vocaciones en peligro, y surgen nuevas. De hecho, muy pronto –prácticamente enseguida- también muchachos y adultos se unen a las chicas del focolar. De ese período quedan especialmente en la memoria reuniones concurridas e intensas los sábados a las 3.00 de la tarde en la Sala Massaia. Allí Chiara cuenta experiencias del Evangelio vivido y anuncia los primeros descubrimientos que se convertirían posteriormente en la “espiritualidad de la unidad”. El fervor crece sin medida de modo que ya en 1945 alrededor de 500 personas –de todas las edades, hombres y mujeres, de todas las vocaciones y estratos sociales- desean compartir el ideal de las muchachas del focolar. Tienen todo en común, así como sucedía en las primeras comunidades cristianas.
Se lee en el Evangelio la frase: «Den y se les dará» (Lc 6,38). Estas palabras se transforman en experiencia cotidiana. Dan, dan siempre, las muchachas y sus amigos, siguen dando y reciben, reciben siempre, siguen recibiendo. ¿Queda un sólo huevo en casa para todas? Lo ofrecen a un pobre que viene a tocar la puerta. ¡Esa misma mañana, alguien les deja en el porche una bolsita de huevos! También está escrito: «Pidan y se les dará» (Mt 7,7). Piden muchas cosas por las múltiples necesidades, no tanto de ellas, sino de los hermanos en necesidad. Y en plena guerra llegan sacos de harina, latas de leche, frascos de mermelada, atados de leña, ropa. Frecuentemente, con el mantel más bello y la atención debida a personas recomendadas, se sientan a la mesa del focolar una focolarina y un pobre, una focolarina y un pobre…
El día de la fiesta de Cristo Rey de 1945, Chiara y sus compañeras se reúnen alrededor del altar después de la Misa. Se dirigen a Jesús con la simplicidad de quien ha entendido que es un hijo. Y le rezan: «Tú sabes la forma de realizar la unidad, el que todos sean uno. Henos aquí. Si quieres, úsanos». La liturgia del día las fascina: «Pídeme –recita el salmo- y te daré en herencia las gentes y en dominio hasta los últimos confines de la tierra ». Así, con simplicidad evangélica, piden nada menos que “los últimos confines de la tierra”: para ellas Dios es omnipotente. El comportamiento de las muchachas de la “casita” sorprende a quien las encuentra.
Todo esto no podía dejar indiferente a la ciudad, que entonces cuenta con pocas decenas de miles de habitantes, y mucho menos a la Iglesia trentina. Mons. Carlo De Ferrari entiende a Chiara y su nueva aventura y la bendi-ce. Su aprobación y su bendición acompañaron el Movimiento hasta su muerte. A partir de ese momento casi imperceptiblemente, se superan las fronteras de la región, invitadas a Milán, Roma, Sicilia. Por doquier florecen comunidades cristianas según el estilo de aquella surgida en Trento. Se llegará lejos.