Movimiento de los Focolares
María, experiencia de Paraíso

María, experiencia de Paraíso

«La grandeza de María es el reflejo de la grandeza de Dios: imagen y semejanza, como era de esperarse de una criatura que quería ser sólo la voluntad de Dios en acto. Una grandeza que es simplicidad. No hay nada complicado en ella: todo es directo, límpido y llano. No se necesitan palabras rebuscadas ni gestos estudiados para acceder a ella. Basta expresar el pensamiento propio, que ella manifiesta lo que piensa, con toda verdad y totalidad.

Por eso es libre. Libre de las numerosas prevenciones y cuidados con los que el hombre se acerca a su semejante, llevando dentro una carga de temores y cálculos, de fantasmas y deseos. María ama: y es libre. Ama en Dios, por Dios: por lo tanto no tiene miedo. No le teme ni siquiera a Herodes, ni siquiera a la guardia del pretorio, ni siquiera a la masa desenfrenada: ella hace la voluntad del Padre, y el resto ¿qué cuenta? ¿Si Dios está con ella, quién puede estar en su contra?

Es una criatura, que ha entendido la vida y la ha vivido: no pasó años cultivando ilusiones o esperando ocasiones, ni llorando por desilusiones, o despertándose en la mañana con una angustia nueva para adormecerse en la noche con una derrota más. Ella tomó de la existencia lo más bello que la existencia puede dar: la fe en lo Eterno; la decisión de vivir minuto a minuto en unión con el Eterno; en esa unión, en esa convivencia, las personas y las cosas se presentan bajo una luz límpida, y al ser amadas pierden el espectro de la complicación.

En su modo de ser no se advierte ningún indicio de autocomplacencia, de amor propio, de orgullo o de aburrimiento: recibía de Dios y de Jesús en la tierra y de José el más grande amor y lo redistribuía a su alrededor. Para definir su conducta, bastaría decir que amaba a todos, amaba a cada uno, amaba siempre: sierva de Dios en la persona de los hijos de Dios.

Fuera de Nazaret muy pocos la conocían; y en Nazaret muy pocos hablaban de ella. Su jornada estaba envuelta en el silencio. Pero, normalmente, de quien vive en el trabajo, en la castidad, en el cumplimiento normal de su deber, no se habla: los periódicos sólo reportan crónicas de ladrones y asesinos, de gente que viola las leyes del pudor, del orden, de la libertad. En la crónica hay mucho más lugar para las divas y demagogos, para los anormales y criminales, -son dos o trescientos los nombres más repetidos- que para millones de madres y de trabajadores, de religiosas y de misioneros, la masa humilde de la que vive la sociedad.

Y María es el prototipo de esta vida plena, real: si por la pasión de Jesús sufrió las penas más atroces, por la misión de Jesús, a la que había unido su propia existencia en la tierra, gozó de las alegrías más excelsas. Su amor por Dios y por los hombres la nutrió de éxtasis: y fue para cuantos se le acercaron en la tierra, como para cuantos después la buscaron en el cielo, una dispensadora de júbilo: causa de nuestra alegría. La alegría era Dios en ella: Dios que daba sentido y valor a lo que sucedía en ella: incluso en el sufrimiento.

Es esto lo bello: que en María y con María, que pone en circulación a Jesús y por lo tanto al Dios Omnipotente, la existencia se puede convertir así en una anticipación del Paraíso: una experiencia de beatitud divina, vale la pena, o mejor la alegría, de vivir».

de: Maria modello perfetto, Città Nuova, 20017, pp.214-219.

Mayo 2012

«He venido a traer fuego sobre la Tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!».

Jesús nos da el Espíritu. Pero, ¿en qué modo actúa el Espíritu Santo?

Lo hace difundiendo el amor en nosotros. Ese amor que nosotros, como es su deseo, debemos mantener encendido en nuestros corazones.

Y ¿cómo es este amor?

No es terrenal, limitado; es amor evangélico. Es universal, como el del Padre celestial que manda la lluvia y el sol sobre todos, sobre los buenos y sobre los malos, incluso, los enemigos.

Es un amor que no se espera nada de los demás, sino que siempre toma la iniciativa, es el primero en amar.

Es un amor que se hace uno con cada persona: sufre con ella, goza con ella, se preocupa con ella, espera con ella. Y lo hace, si es necesario, concretamente, con obras. Un amor, por lo tanto, no sencillamente sentimental, no sólo de palabras.

Un amor por el cual se ama a Cristo en el hermano y en la hermana, recordando sus palabras: “Conmigo lo hicieron”[3].

Es un amor, todavía, que tiende e la reciprocidad, a realizar, con los otros, el amor recíproco.

Es este amor que, siendo expresión visible, concreta, de nuestra vida evangélica, subraya y da valor a la palabra que después podremos y deberemos ofrecer para evangelizar.

«He venido a traer fuego sobre la Tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!».

El amor es como un fuego, lo importante es que permanezca encendido. Y, para que sea así, hace falta siempre quemar algo. Ante todo, quemar nuestro yo egoísta, y esto se hace porque, amando, estamos proyectados en el otro: o en Dios, cumpliendo su voluntad, o en el prójimo, ayudándolo.

Un fuego encendido, aunque sea pequeño, si es alimentado, puede llegar a ser un gran incendio. Ese incendio de amor, de paz, de fraternidad universal que Jesús trajo a la Tierra.

                                                                                              Chiara Lubich


[1]     Lc 3,16.

[2]     Cf Hch 2,3.

[3]     Mt 25,40.

María, experiencia de Paraíso

¡Felicidades Santo Padre!

Desde todo el mundo, al papa Benedicto XVI le llegan dobles felicitaciones. También como Movimiento de los focolares nos unimos a las oraciones –como ha pedido el mimo Papa- para que el Señor le conceda la fuerza de cumplir la misión que le ha confiado. Desde Argentina, donde estos días se encuentra visitando a las comunidades de los Focolares, la presidente Maria Voce le expresa al Santo Padre las más fervorosas felicitaciones en nombre de todo el Movimiento, con el deseo que la presencia del Señor Resucitado, que cada vez resplandece más en Su Iglesia, pueda colmarlo de luz y de fuerza. Que nuestra felicitación le llegue con un afectuoso reconocimiento por su valeroso testimonio, su iluminado magisterio y por el gran apoyo que siempre ha dado a todos los movimientos, en los que él reconoce “la fuerza del Espíritu Santo que abre nuevas vías y de modos imprevistos rejuvenece siempre a la Iglesia”. Son las palabras que Benedicto XVI dirigió en marzo del 2010 al Card. Cordes, autor del libro “Benedicto XVI inspira los nuevos movimientos y realidades eclesiales”, publicado recientemente por la Libreria Editrice Vaticana, y dedicado – entre otros– también a Chiara Lubich.
Para felicitar directamente al Santo Padre, se ha activado la dirección de correo electrónico auguri.benedettoxvi@vatican.va se puede acceder también desde la página de la Santa Sede «www.vatican.va».