15 Feb 2011 | Sin categorizar
La piedra perforada – – Cuando desde la azulísima costa del golfo de Beirut, contemplaba la ciudad sobre las colinas sembradas de millares de casitas, y reanudamos el vuelo hacia el mar para elevarnos y poder atravesar, al volver, los primeros montes de Palestina, yo no creía que Jerusalén y los Santos Lugares iban a incidir de este modo en mi espíritu (…).
Siete días duró mi estadía en Palestina.
No recuerdo el itinerario de las visitas, pero los lugares los tengo profundamente grabados: Betfagé, el Gallicantus, la escalera de piedra del testamento de Jesús, el Getsemaní, la fortaleza Antonia, donde Pilatos expuso a Jesús al público diciendo: “¡Aquí tienen al hombre1”, el lugar de la Asunción de la Virgen; el lugar de la Ascensión, encerrado en un “kiosco”; después Betania y el camino que va de Jerusalén a Jericó, mencionado en la parábola del Buen Samaritano; después Belén… Toda una serie de nombres dulcísimos, que ni la vida ni la muerte lograrán borrar. Entrada la noche, levantando los ojos al cielo, bañado de estrellas cargadas de luz, cielos que en Italia ni se pueden soñar, sentí una extraña y lógica afinidad entre este firmamento y aquellos lugares (…).
Una vieja calle de Jerusalén, en subida, de unos tres metros de ancho, donde resuenan los gritos de los mercaderes que, a diestra y siniestra venden sus mercancías. Gente que va y que viene entre codazos, llevando vestidos muy variados de oriente y de occidente.
Subimos, y a lo largo de ese bazar –como lo llaman los habitantes- cada tanto nos indican una puerta que no se sabe si pertenece a una casa o a una iglesia: “Esta es una estación, aquí está la tercera, aquí está la cuarta… Aquí Jesús encontró a María, aquí al Cirineo…” Esta calle es la del Via Crucis, la que Jesús hizo entonces.
Algunos metros más arriba nos anuncian: “Estamos en el sepulcro: aquí, en esta Iglesia, sostenida por una armazón fortísima, antiestética, está lo más sagrario que pueda imaginarse: el Calvario y el sepulcro”.
En el alma una sensación viva de dolor, casi de impotencia. Entramos y subimos por una escalerita muy estrecha, con el mármol gastado por los millones de peregrinos que han pasado, y nos encontramos ante un altar en el que podrían celebrar también los greco-ortodoxos y los armenios.
El guía nos muestra a través del cristal, que custodia la roca, un hueco, y dice: “En este orificio fue colocada la cruz”.
Inadvertidamente, sin decírnoslo, nos encontramos todos de rodillas.
Yo, por mi cuenta, tuve un momento de recogimiento.
En este orificio fue colocada la cruz… la primera cruz
Si no hubiese existido esa primera cruz, la vida de millones de cristianos que siguen a Jesús llevando su cruz, mis dolores, los dolores de millones de personas, no habrían tenido un nombre, no habrían tenido significado. Él, que fue levantado como un malhechor, dio valor y razón al mar de angustia que afecta, y en el que a veces está sumergida la humanidad, y con frecuencia, cada hombre.
No le dije nada a Jesús en ese momento. Hablaba aquella piedra perforada.
Sólo añadí, como un niño estático: “Aquí Jesús, quiero plantar, una vez más mi cruz, nuestras cruces, las cruces de cuantos te conocen y de cuantos no te conocen”.
Fragmentos extraídos de Escritos Espirituales 1 “El atractivo del tiempo moderno” – Ed. Ciudad Nueva, 1995
14 Feb 2011 | Sin categorizar
Es el encuentro con algunos representantes de los distintos Movimientos Eclesiales presentes en Jerusalén. Aquí donde la Gran Historia ha conocido un nuevo inicio, también la pequeña “his-toria santa” de cada grupo busca su espacio y su camino especí-fico.
Los presentes eran un centenar, en una sala de la Custodia de Tierra Santa, enseguida detrás de la Puerta Nueva. Chemin Neuf, Béatitudes y Emmanuel de Francia; Cançao nova, Hijos de María, Obra de María y Comunidad Shalom de Brasil; Reg-num Christi de México; Asociación Juan XXIII, Comunión y Liberación y Focolares, de Italia (pero con dimensión interna-cional) cuentan con sencillez su propia aventura, cada una su-mamente original y al mismo tiempo muy sencilla y parecida a las demás. En la práctica casi todos estos caminos se ocupan de la acogida: reciben a los peregrinos y se encargan de dar a conocer Tierra Santa y sus tesoros (también sus dimensiones ecuménica e interreligiosa), favorecen el turismo a los lugares santos. Después numerosos Movimientos y comunidades se han especializado en la evangelización a través de los medios. Las actividades comunes, de dos o más comunidades juntas, aquí no son una excepción.
Como todo lo que se refiere a la cristiandad, aquí en Jerusalén este encuentro no tiene tanto dimensiones cuantitativas, sino cualitativas. Lo que se evidencia es la calidad de las relaciones. “Es quizás una tarea de los Movimientos y de las nuevas comu-nidades la de llevar a la Iglesia Católica y más ampliamente a la cristiandad la única primacía del Evangelio, el amor”, explica una joven de la comunidad de Chemin Neuf.
En este lugar hay Movimientos presentes desde hace décadas, otros en cambio han llegado desde hace pocos meses. Convivencia y fraternidad: estas son las características de la cita, iniciada por María Voce contando sencillamente su experiencia.
En el curso de un franco diálogo con los presentes, María Voce delineó sobre todo el sentido del diálogo entre los Movimientos y nuevas comunidades: “Aquí me encuentro delante de personas y grupos que quieren dar testimonio de ese amor recíproco que construye la Iglesia”.
En especial, respondiendo a una pregunta de un representante de Comunión y Liberación, dijo: “Ciertamente después de la vigilia de Pentecostés 1998”, en la Plaza San Pedro, convocada por Juan Pablo II, “nos sentimos interconectados, unidos por el llamado del Papa que invocaba el Espíritu Santo. Desde ese momento Chiara Lubich advirtió en el Papa el deseo de que entre los Movimientos hubiese mayor comunión”. Para favorecer “esa presencia carismática que es co-esencial a la dimensión petrina”. Así, desde entonces “donde está el Movimiento de los Focolares está también este deseo de unidad entre los Movimientos y nuevas comunidades”. Cada uno con su propio carisma, “que es complementario al de los demás. La comunión no es uniformi-dad… Si nuestro carisma es más bello, al final la Iglesia será más bella, porque los carismas son dones que se han de ofrecer recíprocamente”.
“¿Cómo vivir el diálogo ecuménico e interreligioso en Tierra Santa?”, preguntó una joven brasileña. “El diálogo es un estilo de vida –respondió María Voce-, más que algo que se hace. Es ponerse delante del otro estando en el amor”. Amando desinteresadamente, siempre, de primeros, a todos, también a los otros cristianos, también a los fieles de otras religiones. “El diálogo para nosotros siempre ha sido un diálogo entre personas, no entre ideologías o religiones… Porque en todos los hombres de la Tierra está el amor”. Después “la unidad viene de Dios, el cual a los hombres sólo les pidió que se amaran”.
de Michele Zanzucchi