31 Ene 2011 | Palabra de vida, Sin categorizar
«El grupo de los creyentes estaba totalmente compenetrado en un mismo sentir y pensar y ninguno consideraba de su exclusiva propiedad los bienes que poseía, sino que todos los disfrutaban en común».
Esta Palabra de vida nos presenta uno de esos cuadros literarios (véase también Hch 2, 42; 5, 12-16) en los que el autor de los Hechos de los Apóstoles nos da a conocer a grandes rasgos la primera comunidad cristiana de Jerusalén. Ésta se caracterizaba por su lozanía, su dinamismo espiritual., por la oración, por el testimonio y, sobre todo, por su gran unidad, rasgo que Jesús quería que fuese signo inconfundible y fuente de fecundidad de su Iglesia. El Espíritu Santo, que en el bautismo se les da a todos los que acogen la Palabra de Jesús, al ser espíritu de amor y de unidad, hacía de todos los creyentes uno, con el Resucitado y entre ellos, y los llevaba a superar todas las diferencias de raza, cultura y clase social.
«El grupo de los creyentes estaba totalmente compenetrado en un mismo sentir y pensar y ninguno consideraba de su exclusiva propiedad los bienes que poseía, sino que todos los disfrutaban en común».
Pero veamos con más detalle los aspectos de esa unidad. Ante todo, el Espíritu Santo obraba entre los creyentes la unidad de sus corazones y de sus mentes y, en la dinámica de la comunión fraterna, los ayudaba a superar los sentimientos que la hacían difícil. En realidad, el mayor obstáculo para la unidad es nuestro individualismo, es el apego a nuestras ideas, puntos de vista y gustos personales. Las barreras con las que nos aislamos y excluimos al que es distinto de nosotros se construyen con el egoísmo.
«El grupo de los creyentes estaba totalmente compenetrado en un mismo sentir y pensar y ninguno consideraba de su exclusiva propiedad los bienes que poseía, sino que todos los disfrutaban en común».
Y la unidad obrada por el Espíritu Santo se reflejaba necesariamente en la vida de los creyentes. Su unidad de pensamiento y de corazón se encarnaba y se manifestaba en una solidaridad concreta, en el compartir sus bienes con los hermanos y hermanas necesitados. Y precisamente porque su unidad era auténtica, no toleraba que en la comunidad unos viviesen en la abundancia mientras que a otros les faltaba lo necesario. «El grupo de los creyentes estaba totalmente compenetrado en un mismo sentir y pensar y ninguno consideraba de su exclusiva propiedad los bienes que poseía, sino que todos los disfrutaban en común». La Palabra de vida de este mes subraya la comunión y la unidad, tan encarecida por Jesús. Para realizarla, Él nos dio su Espíritu. ¿Cómo viviremos, pues, esta Palabra de vida? Escuchando la voz del Espíritu Santo, trataremos de crecer en esa comunión en todos los ámbitos. Ante todo, en el espiritual, superando los brotes de división que llevamos dentro de nosotros. Por ejemplo, sería un contrasentido querer estar unidos a Jesús y al mismo tiempo estar divididos entre nosotros comportándonos de un modo individualista, yendo cada uno por su cuenta, juzgándonos e incluso excluyéndonos. Por lo tanto, es necesario que nos convirtamos de nuevo a Dios, que nos quiere unidos. Además, esta Palabra nos ayudará a comprender cada vez mejor la contradicción que existe entre la fe cristiana y el uso egoísta de los bienes materiales. Nos ayudará a solidarizarnos realmente con los que están necesitados, aun dentro de nuestras posibilidades. Como nos encontramos en el mes en que se celebra la semana de oración por la unidad de los cristianos, esta Palabra nos impulsará a rezar y a reforzar nuestros vínculos de unidad y de comunión con nuestros hermanos y hermanas que pertenecen a otras Iglesias, con los que tenemos en común una única fe y un único espíritu de Cristo que recibimos en el bautismo. Chiara Lubich
31 Ene 2011 | Sin categorizar
Eran más de 60 entre docentes universitarios, sociólogos e investigadores del servicio social provenientes de Argentina, Brasil, Austria, Alemania, Rusia, Bélgica, Francia e Italia participaron en el Seminario Internacional: La acción agápica como categoría de interpretación de las Ciencias Sociales organizado por el grupo científico “Social-one, Ciencias Sociales en diálogo”, desarrollado en el Centro Mariápolis de Castel Gandolfo, el 17 y el 18 de enero de 2011.
Social-One es un grupo internacional de sociólogos e investigadores delas Ciencias Sociales que quiere llevar adelante una experiencia de vida, de estudio y de intercambio mediante una dinámica de escucha y de recíproca apertura, nutridos por el carisma de Chiara Lubich. Desde hace más de 10 años Social-One trata de analizar algunos conceptos fundamentales de las Ciencias Sociales mediante una doble lectura que, a partir de la tradición sociológica, ponga en evidencia las novedades que representa el Carisma de la Unidad.
Después de una serie de estudios sobre la relación social, sobre el conflicto, sobre relaciones interpersonales y la fraternidad, desde hace más o menos tres años, gracias a la lectura de una obra del francés Boltanski, uno de los más importantes sociólogos modernos, se lanzó la perspectiva de una nueva categoría conceptual, relacionada con la acción agápica (del griego: ágape, amor) es decir un amor que va más allá de la incertidumbre, del caos, del consumismo típico de las sociedades contemporáneas.
«En estos últimos dos años –subraya Vera Araujo, coordinadora de Social-One- hemos tenido la posibilidad de conversar con varios sociólogos italianos y de otras naciones sobre este argumento, enriqueciéndonos y sintiéndonos animados a proseguir».
Y así ha sido el Seminario –patrocinado por siete Universidades e Institutos Científicos- el cual tenía precisamente el objetivo de presentar a la comunidad científica algunas pistas de trabajo sobre la acción agápica, definida como “una acción, relación o interrelación social, en la cual los sujetos ofrecen más de lo que la situación requiere” –explicó Gennaro Iorio, sociólogo y profesor asociado de la Universidad de Salerno. “No es una forma de actuar utilitaria, de intercambio de mercado. La actitud agápica, para activarse, no parte del presupuesto que el otro corresponda el gesto”.
Enriquecieron el seminario más de 20 reportes científicos ofreciendo nuevas pistas de investigación.
22 Ene 2011 | Sin categorizar
Los “medios de comunicación”, además de ser ese maravilloso fenómeno que todos conocemos y que, en cierto modo, caracteriza a nuestra época, están muy cerca y tienen una importancia fundamental en la historia y en la actualidad de nuestro Movimiento, como tuve ocasión de destacar en el discurso que hice en Bangkok, en Tailandia, en enero de 1997, cuando la Universidad St. John’s, me otorgó y, en mí, al Movimiento que represento, el doctorado honoris causa, precisamente en Ciencias de las comunicaciones sociales.
Existe, efectivamente, una doble afinidad entre los medios de comunicación y nosotros que nos obliga a hablar de ellos. Ante todo una afinidad en lo que se refiere a los objetivos.
La finalidad del Movimiento de los Focolares es contribuir a realizar lo que nuestros jóvenes definen como el sueño de un Dios, es decir, la vehemente petición que Cristo hizo al Padre poco antes de morir: “Que todos sean uno”[1].
¿Y cuál es el objetivo de los medios de comunicación? Su vocación colectiva es evidente: también ellos están destinados a acercar a las personas entre sí.
Pero, lo que hace que los medios de comunicación sean tan afines a nosotros no es solamente el objetivo por el que trabaja el Movimiento. Existe una segunda afinidad y tiene que ver con el método: la espiritualidad de la unidad, típica del Movimiento, no se vive sólo en una dimensión personal, sino comunitaria, colectiva. En el desarrollo de los medios de comunicación de masa podemos individualizar un nuevo paso en el proceso evolutivo de la humanidad. Este desarrollo introduce en ella, digamos, una tensión incesante entre la complejidad y la unidad, entre la fragmentación y la búsqueda de la unidad, en tiempo real.
Si examinamos nuestra espiritualidad, comprobamos que, precisamente porque es el camino de la unidad, es un camino de comunión.
En un mundo invadido por el individualismo, en una Iglesia que cultivaba y proponía espiritualidades individuales antiguas, pero siempre admirables, el Espíritu Santo, veinte años antes del Concilio, impulsó a nuestro Movimiento a dar un decisivo viraje hacia los hombres.
No es este el momento de analizar minuciosamente los distintos puntos fundamentales sobre los que se apoya nuestra espiritualidad, pero podemos afirmar que en cada uno de ellos existe un marcado acento comunitario. Es, por lo tanto, un camino colectivo. Vamos a Dios a través del hombre, vamos a Dios junto al hombre, junto a los hermanos que amamos.
Y dado que este amor es recíproco, nos brinda la posibilidad de vivir según el modelo de la Trinidad, llegando a ser uno, como Dios es uno, sin estar nunca solos, como Dios, que es trino. Y Cristo está en medio de nosotros, como prometió: “Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo, en medio de ellos”[2].
Con el tiempo, esta espiritualidad se ha manifestado como una espiritualidad para el pueblo. Es el alma de una revolución de amor evangélico, capaz de difundirse rápidamente en el mundo entero. Y no sólo entre católicos, sino también entre cristianos de otras Iglesias, entre fieles de otras religiones, entre hombres de buena voluntad que aspiran a un mundo más unido. Es un fenómeno de fraternidad universal entre millones de personas, presentes en 184 naciones y animadas por una profunda exigencia: “sentirse una cosa sola” entre todos
Esta sed de sentirse unidos ha sido desde siempre una característica nuestra, desde el principio, cuando una densa red de cartas ponía en comunión entre nosotros la acción que Dios comenzaba en nuestras personas, una acción que crecía en la medida en que se compartía. (…)
El Movimiento cuenta con un sito oficial en la red Internet, donde se ofrece una presentación de los contenidos ideales, de la historia, de la difusión de los Focolares, con enlaces a sitos análogos de otras naciones y páginas de noticias actualizadas. (…)
Como dije antes, nuestros “medios de comunicación” nacieron a partir de exigencias concretas, de pequeñas ocasiones, como el deseo de mantenernos en contacto o por la necesidad de poner al día a los que no estaban presentes en un acontecimiento considerado importante por nosotros o por el deber de apoyar espiritualmente a los que atravesaban dificultades.
Durante muchos años no hemos dado publicidad al Movimiento ni a su entusiasmante difusión, y aún hoy la que se hace no surge tanto del Movimiento, sino que más bien es espontánea.
Nuestra preocupación es que todo siga naciendo de la vida, aun estando cada vez más convencidos de que los medios de comunicación, por decir así, están hechos especialmente para nosotros, dada su vocación a la unidad de los pueblos. Por otra parte, recordamos que los primeros cristianos no contaban con estos medios. Contaban con su corazón que desbordaba el mensaje de Cristo, que pasaba de boca en boca, hasta tal punto que, como dijo Tertuliano, aún habiendo nacido ayer, ya habían invadido el mundo. Y Jesús sólo habló, no escribió nada, salvo en la arena.
Si echamos una rápida mirada a la situación actual de los medios de comunicación, no podemos ignorar que, junto al incesante desarrollo, que cada día los hace más útiles y fascinantes, presentan una serie de nuevos y grandes problemas para la sociedad, las familias y las personas. Y, por lo tanto, un panorama, lógicamente, de luces y sombras.
Para citar sólo algunas de ellas: la globalización que homogeneiza las culturas y sofoca las respectivas riquezas; el relativismo ético que mezcla mensajes importantes con otros superficiales o tendenciosos; la espectacularización de la existencia, que instrumentaliza el sufrimiento y la vida privada; el excesivo clima de competición dentro de las estructuras productivas de los medios de comunicación; la intromisión excesiva en la vida de la gente… ¿Cómo usar los medios sin ser manipulados por ellos?
Luces y sombras, decía… Los medios de comunicación hoy o son recibidos sin capacidad de crítica, o son desaprobados por la falta de moral, por la violencia, por la superficialidad que a veces proponen, o son sobrestimados como infalibles instrumentos de poder, casi nuevos ídolos de una humanidad sin otras certezas. Nosotros sabemos que son simples medios, pero queremos apreciar todo “su enorme potencial latente”, según una acertada expresión del Papa[3], queremos e invitamos a todos a hacer un buen uso de ellos, fiel al mensaje profético que contienen.
Este mensaje dice: “unidad”. Y aquí quisiera elevar un gran agradecimiento a Dios porque Él no está ausente, ni siquiera en estos modernos descubrimientos y en las nuevas tecnologías, por el modo como Él conduce la historia.
En efecto, precisamente hoy, en que la humanidad parece vagar en la oscuridad después de la caída de fuertes ideologías y la ofuscación de muchos valores, y por otra parte precisamente ahora en que se aspira a un mundo más unido, se reclama la fraternidad universal, precisamente ahora tenemos en las manos estos poderosos medios de comunicación, un signo de los tiempos que dice “unidad”. Y en todo esto ¿no está quizás presente la mano de Dios?
[1] Jn 17,21.
[2] Mt 18,20.
[3] Juan Pablo II, a un grupo de Obispos polacos, en «La Traccia» 2 (1998), p.159.