28 Dic 2004 | Sin categorizar
Hace tiempo, como responsable de un proyecto europeo, tuve que presentar un informe sobre el desarrollo de los trabajos acordados por los representantes de los Estados de la Unión, ante los oficiales de la Comisión Europea. Los colegas más expertos sugerían que fuera genérico y no muy claro en la exposición, para no correr el riesgo de ser criticado o puesto en embarazo por los representantes de los Estados, pero esto no correspondía con mi estilo de vida ni de trabajo: antes de cada reunión, más allá del problema a tratar, pienso en la relación con las personas que están a mi alrededor, a sus vidas y a lo poco que sé de las esperanzas, dificultades y expectativas con las que han llegado a la reunión. Pienso en los últimos que escucharán y que podrían recibir un beneficio de nuestro trabajo. Pero volvamos a Bruselas, a nuestra sesión plenaria; contrariamente a las sugerencias de mis colegas, expongo el estado del proyecto con calma y claridad, mirando a los representantes de los Estados a la cara, para estar seguro de que comprendan bien. Se trataba de un servicio para los pensionados europeos que para poder ser realizado concretamente tenía necesidad del aporte convencido de los representantes de los Estados, de modo que se tuviesen en cuenta las situaciones locales. Al final de la exposición, durante más de una hora fui sometido a una ráfaga de preguntas y observaciones por parte de todas las delegaciones. Al responder trataba siempre de ponerme en el lugar y en la cultura de quien hacía la pregunta, de modo de entender lo que estaba detrás, y responder en un modo objetivo y personal. Durante la discusión se encendieron vivos contrastes entre los delegados, en su mayoría debidos sólo a incomprensiones motivadas por la diversidad de culturas, de formas de hablar, de legislaciones, de costumbres … Por lo tanto, traté de intervenir con delicadeza, explicando a uno el por qué el otro había hecho esa observación, que sin embargo tenía que ser leída e interpretada en cierto modo, ayudándolos así a entenderse, a disipar la sospecha de otras finalidades, para encontrar un punto común. El resultado final fue la aprobación del proyecto, con una serie de observaciones y mejorías compartidas por todos los delegados. Había una insólita serenidad entre todos. Cuando me levanté, al final, para saludarlos y agradecerles por la fructífera revisión que habíamos hecho juntos, me dieron un aplauso, cosa que raramente sucede en esa sala. I. N. – Italia Sacado de Toda revestida de Palabra, a cargo de Michele Zanzucchi, Città Nuova 2004
12 Dic 2004 | Sin categorizar
P. Lo que se ha vivido en estos días, ha sido un encuentro muy esperado, que ha tenido una mayor participación de Obispos de varias Iglesias, respecto a los años anteriores �Por qué? R. Porque se trata de Estambul, la antigua Constantinopla, esta tierra, Turquía, que es un país cristiano desde la antigüedad, rico de historia, de tantos lugares santos. Y por ello muchos obispos se han sentido atraídos: para vivir, precisamente aquí, momentos de unidad. Ha sido un encuentro especial. En estos días hemos vivido una experiencia extremadamente rica, que nos ha renovado espiritualmente, entrando en contacto con esta cristiandad antigua: con los ortodoxos, con los siro-ortodoxos, con los armeno-apostólicos, con los católicos de diversos ritos. Un hecho del todo excepcional y extraordinario, �para dar gloria a Dios! P. Ustedes han vivido esta semana precisamente en un momento en el que han tenido lugar gestos históricos en las relaciones entre Constantinopla y Roma, por el regreso a Constantinopla, de las reliquias de dos grandes Padres de la Iglesia, San Juan Crisóstomo y San Gregorio Nacianceno apodado, “El Teólogo”. Además, han tenido más de un contacto directo con el Patriarca �Qué significado ha asumido en el Congreso de ustedes? R. El regreso de las reliquias, después de siglos, ha sido, para estos cristianos, para Turquía, un signo de esperanza muy fuerte, muy conmovedor. Quedé impresionado al ver como los obispos de las Iglesias anglicana y evangélico-luterana, que asistían por primera vez a la veneración de las reliquias por parte de ortodoxos y católicos, apreciaron este gesto. El Patriarca Bartolomé habló en un modo conmovedor, agradeciendo al Papa y a la Curia Romana por este gesto excepcional. P. Para el Patriarcado ecuménico y para las otras comunidades que visitaron, la siro-ortodoxa, la armena, la anglicana, �qué significado tuvo la presencia de ustedes? R. Todas las comunidades advirtieron la unidad que había entre nosotros. Apreciaron la oración, la “calidad” de la comunión. Para ellos ha sido una cosa extraordinaria ver a Obispos de tantas Iglesias unidos en la oración. Han manifestado su alegría por el hecho de que hemos estado en medio de ellos. Para ellos ha sido un nuevo llamado a la unidad: si los obispos están juntos, también el pueblo de Dios debe estar junto. Pienso que todas estas comunidades han recibido un gran impulso para el futuro. P. El Patriarca ecuménico Bartolomé I, en la fiesta de San Andrés, habló del primado de la unidad espiritual que estamos llamados a vivir en Cristo, según el modelo de la Trinidad. Parece una meta lejana… R. Pienso que lo que hemos vivido aquí en Constantinopla y lo que viven cristianos de diversas Iglesias juntos, en el espíritu de unidad del Movimiento de los Focolares, con Jesús en medio, es un ejemplo, una esperanza, es una semilla de la unidad que ya existe entre las diversas Iglesias en la comunión, en el amor de la Trinidad. Entre nosotros, de hecho, hay un gran amor, un gran respeto hacia cada Iglesia, hacia cada tradición. He visto como los obispos evangélicos, anglicanos y católicos han apreciado los íconos, las reliquias, la liturgia ortodoxa, que es larga, pero bella. Todo esto ha sido un ejemplo de la unidad que ya existe y que se debe difundir en todas las Iglesias, en toda la cristiandad. Es el amor el que puede hacer avanzar la unidad de los cristianos. Si, sobre todo nosotros los obispos y jefes de las Iglesias, damos este testimonio -el don de las reliquias ha sido un signo muy fuerte- todo esto será recibido por la conciencia de nuestras Iglesias. P. �Dónde está la raíz de esta experiencia de unidad, dónde encuentra su linfa? R. La raíz de la unidad es el amor de Dios, el amor de Cristo que une en el Espíritu Santo al mundo entero y primero que nada a todos los cristianos que se unen en Su nombre. Es por esto que tenemos en nosotros, en nuestro corazón, a Jesús, a Jesús en medio nuestro. Esta espiritualidad, del Movimiento de los Focolares, es la espiritualidad por excelencia de la Iglesia de Cristo, de cada Iglesia. Subrayo esto siempre: no es algo específico de este Movimiento o de la Iglesia católica solamente. La unidad propuesta por Chiara Lubich y por el Movimiento de los Focolares es también para la Iglesia ortodoxa, luterana, anglicana, porque es simplemente evangélica, resume, comprende, todo el Evangelio, la esencia del Evangelio: es el amor de Dios, la unidad en Cristo por el Espíritu Santo. P. Entre las etapas del peregrinaje que ustedes han hecho en esta tierra antigua del cristianismo estuvo también Nicea. �Qué significado tuvo para ustedes? R. – En Nicea hemos vivido un momento muy fuerte: es un lugar que da testimonio de la Iglesia indivisa. Donde, en el 325, se celebró el primer Concilio que formuló la primera parte de nuestro Credo. Juntos hemos firmado un pacto de amor entre nosotros obispos, y, en cuanto obispos, nos hemos comprometido también por toda nuestra Iglesia local a trabajar por el restablecimiento de la plena comunión visible. Ha sido un signo muy fuerte y una esperanza para el porvenir. P. – �Dónde y cuándo es la próxima cita? R. El próximo año nos encontraremos en Rumania, en Bucarest. Nos encontraremos en un país ex-comunista que ha sufrido durante 50 años la represión y hace pocos años ha vuelto a encontrar la libertad, no sin dificultades. Este encuentro nuestro será un signo de aliento para los cristianos de Rumania, no sólo ortodoxos. Hay una fuerte comunidad de católicos, hay evangélicos, calvinistas. P. – Será la ocasión para encontrar al patriarca Teoctist… R. – Sí, será la ocasión para encontrar al Patriarca Teoctist y a los responsables de las Iglesias católica y evangélica y a muchos obispos del país. Será la ocasión para darles a conocer, más de cerca, el papel de unidad del Movimiento de los Focolares: aquí en Constantinopla hemos recibido un fuerte testimonio de un sacerdote católico rumano que se ha comprometido a encontrarse regularmente con los sacerdotes ortodoxos, católicos, reformados y luteranos. Estos encuentros han cambiado el espíritu de esta ciudad. Ahora todos rezan juntos, hay entre todos una vida verdaderamente en el Espíritu Santo. Sí, el Movimiento de los Focolares tiene un gran respeto por cada Iglesia: es más, cada uno encuentra sus propias raíces en su propia Iglesia, cada sacerdote, cada cristiano profundiza su propia tradición. Es algo extraordinario que puede cambiar la situación.
12 Dic 2004 | Sin categorizar
30 Nov 2004 | Sin categorizar
Hasta hace algunos años nuestro seminario estaba situado en una estructura de tipo tradicional, con muros escuálidos y largos pasillos. Quizás también por ello cada uno corría el riesgo de permanecer encerrado en su mundo.
Algunos de nosotros seminaristas entramos en contacto con el Espiritualidad de la Unidad. Ha sido un gran descubrimiento darnos cuenta de que el Evangelio se podía vivir tan concretamente y sobre todo según una clave tan fuertemente comunitaria. Por lo que nos pusimos enseguida a vivir con ardor y entusiasmo la «Palabra de Vida» -una frase con sentido completo de la Escritura que todos, en el Movimiento de los Focolares, se comprometen a traducir en práctica durante un mes entero- y no se necesitó mucho tiempo para hacer también nosotros nuestras primeras «experiencias». Seguidamente otros seminaristas, atraídos por la novedad de vida, se unieron a nosotros.
El número de los estudiantes, en tanto, había crecido bastante y en el edificio del seminario no había suficiente espacio para todos. Entonces los formadores decidieron transformar un gran salón en una habitación para doce seminaristas.
Pero ninguno quería ir, porque todos preferían tener una habitación individual. Entendimos que era una oportunidad para amar concretamente y para lanzarnos en una vida de comunión más fuerte. Nos ofrecimos nosotros a transferirnos.
Al año siguiente se volvió a presentar el problema de la falta de habitaciones y los formadores nos propusieron continuar nuestra experiencia en una casa cerca del seminario.
Empezamos esta aventura con la fe de que era algo que Dios nos proponía. Poníamos todo en común: la ropa, los libros, el dinero y también nuestras necesidades, que eran tantas. Para poder subsanar nuestras necesidades emprendimos varias actividades, entre las cuales la cría de pollos. Muchas personas curiosas por esta iniciativa, nos ofrecían su ayuda y nos traían alimento. Todo era una ocasión para dar testimonio de nuestro ideal de unidad y así nuestra casa se convirtió en un lugar de encuentro y a nuestro alrededor se creó una gran familia.
Mientras tanto la diócesis decidió construir un nuevo seminario. La experiencia de nuestra «casita» hizo surgir la idea de hacer el proyecto no de una gran edificación, sino de un conjunto de varios alojamientos con la capilla en el centro. A partir de entonces han sucedido muchas cosas y también las dificultades y las pruebas no han faltado. Pero delante de cualquier cosa siempre nos hemos dicho que lo que importaba era vivir y dar testimonio del amor recíproco.
Un día uno de nosotros tenía necesidad de unas pantuflas y yo de un par de zapatos para una celebración. Convencidos de que era necesario buscar primero que todo el Reino de los cielos y que todo lo demás se nos habría dado por añadidura, renovamos entre nosotros el pacto de amarnos recíprocamente con un amor que está dispuesto a dar incluso la vida y nos lanzamos nuevamente a amar a todos -superiores y compañeros- en las pequeñas cosas, tratando de ver en cada uno a Jesús. Llegada la noche, una señora nos ofreció una suma de dinero, justo lo necesario para comprar las pantuflas. Constatamos el amor concreto de Dios.
Uno de los puntos más bien débiles de la vida de nuestro seminario era el deporte. Inevitablemente cada partido de fútbol comportaba contrastes y discusiones. Entonces organizamos un torneo que tenía como norma que cada uno gozara por las victorias de los demás como por las propias. ¡Y fue muy bien! El más contento era nuestro padre espiritual. Y también tantos seminaristas nos agradecieron por haberles dado la oportunidad de descubrir que también en el deporte se puede vivir el Evangelio.
Hemos tratado de transmitir esta vida también fuera del seminario, en especial en las actividades pastorales. Un día, junto con un compañero, fuimos a la cárcel femenina. Antes de entrar allí nos propusimos mantenernos firmes en el amor recíproco y ver a Jesús en cada una de las prisioneras. Al inicio las encontramos muy indiferentes, cada una concentrada en su propio trabajo. Entonces intentamos cantar algo para ellas y poco a poco se acercaron todas. Establecida una relación, les hemos podido contar algunas experiencias que habíamos hecho con la «Palabra de vida».
Estaban muy felices y se reconciliaron la una con la otra. Nosotros no lográbamos explicarnos cómo Jesús podía actuar tan deprisa. Una de ellas nos dijo que había entendido que tenía que vivir amando, también en la cárcel, y que sólo así podía ser libre, quizás incluso más que tantos que viven en «libertad». Otra nos llevó hasta la puerta de su celda para decirnos cómo esa misma noche había pensado suicidarse, pero que el amor que habíamos llevado le había devuelto la alegría de vivir. Era evidente que no habíamos sido nosotros quienes habíamos hecho estas cosas, sino Jesús presente entre nosotros por el amor recíproco.
(N. U. A. Q. – Colombia)
30 Nov 2004 | Palabra de vida, Sin categorizar
Se acerca Navidad, el Señor está por venir, y la liturgia nos invita a prepararle el camino. El, que entró en la historia hace dos mil años, quiere entrar en nuestra vida, pero en nosotros el camino se encuentra erizado de obstáculos. Hay que aplanar los desniveles del terreno, sacar las rocas del medio. ¿Cuáles son esos obstáculos que pueden obstruir el camino a Jesús?
Son todos los deseos no conformes a la voluntad de Dios que surgen en nuestra alma, son los apegos que la encadenan; deseos de hablar o callar cuando se tiene que hacer lo contrario; deseos de afirmación, de estima, de afecto; deseos de cosas, de salud, de vida… cuando Dios no lo quiere; deseos peores: de rebelión, de juicio, de venganza… Surgen en nuestra alma y la invaden por completo. Es necesario apagar estos deseos con decisión, quitar estos obstáculos, volvernos a poner en la voluntad de Dios y así preparar el camino del Señor.
«El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo»
Pablo dirige esta Palabra a los cristianos de su comunidad, que al haber experimentado el perdón de Dios, son capaces a su vez de perdonar a quien comete injusticia contra ellos. Sabe que están particularmente habilitados para traspasar los límites naturales en el amor: incluso, hasta dar la vida por los enemigos. Dado que Jesús y el Evangelio los han hecho nuevos, encuentran la fuerza para ir más allá de las razones y de las ofensas y de tender a la unidad con todos.
Pero el amor late en fondo de todo corazón humano, por lo que cada uno puede poner en práctica esta Palabra. Dice la sabiduría africana: “Haz como la palmera: le tiran piedras y ella deja caer dátiles”. Por eso, no basta con no responder a una injusticia, a una ofensa… se nos pide más que eso: hacer el bien a quien nos ha hecho mal, como recuerdan los apóstoles: “No devuelvan mal por mal, ni injuria por injuria: al contrario, retribuyan con bendiciones”; “No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo el bien”.
«El Señor los ha perdonado: hagan ustedes lo mismo»
¿Cómo vivir esta Palabra?
En la vida de todos los días siempre habrá alguien, pariente, compañero de estudio o de trabajo, amigo, que nos ha ofendido de alguna manera, nos ha tratado de manera injusta, nos ha hecho algún daño… A lo mejor no nos pasa por la cabeza la idea de la venganza, pero puede quedar en el corazón un sentimiento de rencor, hostilidad, amargura o quizás solamente indiferencia, que impide una auténtica relación de comunión.
¿Qué hacer, entonces?
Levantémonos por la mañana con una “amnistía” completa en el corazón, con ese amor que todo lo cubre, que sabe aceptar al otro como es, con sus límites, sus dificultades, tal como haría una madre con su propio hijo que se equivoca: lo excusa siempre, lo perdona siempre, espera siempre en él…
Acerquémonos a cada uno viéndolo con ojos nuevos, como si nunca hubiera incurrido en esos defectos. Volvamos a comenzar siempre de nuevo, sabiendo que Dios no sólo perdona, sino que olvida; y esa es la medida que requiere también de nosotros.
Eso fue lo que sucedió con un amigo nuestro en un país en guerra, que vio masacrar a sus padres, al hermano y a muchos amigos. El dolor lo hizo caer en una profunda rebelión y el deseo de un castigo tremendo para los verdugos, proporcional a su culpa.
Aunque le volvían continuamente a la mente las palabras de Jesús sobre la necesidad del perdón, le parecía imposible vivirlas. “¿Cómo puedo amar a los enemigos?”, se preguntaba. Se necesitaron meses y mucha oración hasta que comenzó a encontrar un poco de paz.
Pero cuando, pasado ya un año, se enteró de que los asesinos no sólo eran conocidos por todos, sino que circulaban libremente por el país, el rencor le volvió con toda su fuerza y comenzó a pensar cómo se comportaría de encontrarse con ellos, sus “enemigos”. Le imploró a Dios que lo aplacara, que una vez más lo hiciera capaz de perdonar.
“Ayudado por el ejemplo de los hermanos con los cuales trato de vivir el Evangelio –cuenta– comprendí que Dios me pedía que no anduviera detrás de esas quimeras, sino que por el contrario concentrara mi atención en amar a los que ahora tenía al lado, los colegas, los amigos… Poco a poco, en el amor concreto a los hermanos encontré la fuerza de perdonar hasta el fondo a los asesinos de mi familia. Hoy mi corazón está en paz”.
Chiara Lubich
26 Nov 2004 | Sin categorizar