Movimiento de los Focolares

agosto 2004

En varias ocasiones Jesús comparó el Paraíso a un banquete de bodas, a una reunión de familia en torno a la mesa. En nuestra experiencia humana estos son, en efecto, los momentos más hermosos y serenos. Pero, ¿cuántos entrarán en el Paraíso, cuántos ocuparán su lugar en el “salón del banquete”?
Esa es la pregunta que un día alguien le dirige a Jesús: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”1. Jesús, como hizo en otras ocasiones, fue más allá de la discusión y puso a cada uno frente a la decisión que debe tomar. Lo invita a entrar en la casa de Dios.
Esto, sin embargo, no es fácil. La puerta para entrar es estrecha y permanece abierta por poco tiempo. En efecto, para seguir a Jesús es necesario negarse, renunciar, por lo menos espiritualmente, a sí mismos, a las cosas, a las personas. Hasta es necesario llevar la cruz como lo hizo él. Un camino difícil, es verdad, pero que con su gracia todos podemos recorrer.

«Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán»

Es más fácil tomar por “la puerta ancha y el camino espacioso”, del que Jesús habla en otra parte, pero que puede conducir a la “perdición”2. En nuestro mundo secularizado, saturado de materialismo, consumismo, hedonismo, vanidades, violencia, parece que todo está admitido. Se tiende a satisfacer cualquier exigencia, a ceder a cualquier pacto con tal de alcanzar la felicidad.
Sin embargo, sabemos que la verdadera felicidad se obtiene amando y que la renuncia es la condición necesaria al amor. Hace falta ser podados para dar buenos frutos. Hay que morir a sí mismos para vivir. Esa es la ley de Jesús, su paradoja. La mentalidad corriente nos embiste como un río en crecida y nosotros debemos caminar contra corriente: saber renunciar, por ejemplo, al ansia de poseer, al antagonismo como posición tomada, a la denigración del adversario; pero también realizar con honestidad el propio trabajo, y con generosidad, sin menoscabo de los intereses ajenos; saber discernir lo que se puede ver en televisión y lo que se puede leer, etc.

«Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán»

Para quien se deja estar en una vida fácil y no tiene el coraje de afrontar el camino propuesto por Jesús, se abre un futuro triste. Esto también está en el Evangelio. Jesús nos habla del dolor de los que serán dejados afuera. No bastará con apelar a la propia pertenencia religiosa y contentarse con un cristianismo por tradición. Será inútil decir: “Hemos comido y bebido contigo…”3. Nadie puede dar por descontada su salvación.
Será duro oír que a uno le dicen: “No sé de dónde son ustedes”4. Habrá entonces soledad, desesperación, falta absoluta de relación, la amargura abrasadora de haber tenido la posibilidad de amar y de ya no poder amar más. Un tormento del cual no se ve el final, porque no lo tendrá: “habrá llanto y rechinar de dientes”5.
Jesús nos lo advierte porque quiere nuestro bien. No es que él cierra la puerta, en todo caso seremos nosotros los que nos cerramos a su amor. El respeta nuestra libertad.

«Traten de entrar por la puerta estrecha, porque les aseguro que muchos querrán entrar y no lo conseguirán»

Si la puerta ancha conduce a la perdición, la estrecha se abre de par en par sobre la verdadera felicidad. Después de cada invierno llega la primavera. Sí, tenemos que vivir con inmediatez la renuncia que el Evangelio requiere, cargar cada día con la propia cruz. Si la sabemos ofrecer con amor, en unidad con Jesús que ha asumido cada dolor nuestro, probaremos un paraíso anticipado.
Es lo que le sucedió a Roberto cuando se presentó a la audiencia del proceso contra quien, cuatro años antes, había causado la muerte a su padre. Después de la sentencia de condena, el atacante, junto a la esposa y al padre, se veía muy deprimido. “Hubiera querido acercarme a ese hombre, superando el orgullo que me decía que no; hacerle sentir que no me era indiferente”.
La hermana, en cambio, decía: “Son ellos los que tienen que disculparse con nosotros…”. Roberto finalmente la convenció y fueron juntos a ver a la familia “adversaria”: “Si esto puede aliviarlos, sepan que no alimentamos ningún rencor contra ustedes”. Se estrecharon las manos con fuerza. “Me siento invadido por la felicidad: he sabido aprovechar la ocasión de ver el dolor del otro olvidando el mío”.

Chiara Lubich

1) Lc 13, 23;

2) Cf Mt 7, 13;

3) Lc 13, 26;

4) Lc 13, 25;

5) Lc 13, 28.

Roma, Estación Termini: el valor de arriesgar la vida

  Un día fui a Roma para una cita médica con un especialista. Bajando en la Estación Termini un joven emigrante me roba, tres hombres empiezan a perseguirlo: “Es un ladrón, deténganlo!”. La muchedumbre lo detiene, haciéndolo caer al suelo. Los perseguidores empiezan a insultarlo, golpearlo y patearle el estómago. Viendo ese brutal espectáculo, pienso por un momento en mi situación de hipertensa grave, pero enseguida entiendo que en ese momento la vida de ese muchacho era más importante que la mía. No puedo dejar espacio a la mentalidad común y hacer como si nada. La coherencia con el Evangelio exige algo más. Me precipito de carrera, dispersando a todos y dando golpes a la derecha y a la izquierda con mi cartera; me lanzo sobre él haciendole de escudo. El joven grita fuerte que lo salven de sus agresores, los cuales, viendo mi actitud, deciden detenerse. “¿No les da vergüenza tratarlo de ese modo? ¿Qué hizo tan grave para ser tratado así?”, “!Me robó mi cartera!”, responde uno de ellos. El muchacho –tenía 16 años- me dice que robó para comprar un poco de pan para sobrevivir, dado que desde hace dos días no prueba bocado y duerme debajo de los puentes. Mientras tanto llega la policía, y el muchacho empieza a explicar: había escapado de su País hacía dos años. Su familia había sido destruida y sólo él había logrado salvarse escondiéndose en una paca de paja. Después había llegado a Italia, donde unos amigos le habían dicho que había mucho bienestar. Con los policías lo llevamos al hospital. Durante el translado me apreta fuerte la mano y me dice: “Mamá. tú me has salvado la vida. Tú eres mi mamá italiana”. Llega el diagnóstico a la sala de Emergencias: trauma craneal y lesiones en tres costillas. Después de un tiempo una religiosa nos dice que tiene que ser internado, pero que está desprovisto del vestuario necesario para el internamiento. Voy a comprar lo necesario, para que el muchacho pueda ser ingresado. Mientras lo atienden, los policías y las religiosas extienden el reporte médico, me preguntan si yo soy su pariente. Respondo que no. Veo en los ojos de los presentes la perplejidad y la emoción. “¿Por qué hace todo esto?”, me preguntan. Respondo que todos los días trato de amar al hemano, de ver en él el rostro de Jesús, y de no echarme para atrás en las situaciones incómodas. La hermana, con los ojos rojos, me dice que le he dado una buena lección de amor, porque sólo quien vive el Evangelio puede hacer esto, y me anima a proseguir por este camino. Antes de irme intento dejar una cierta cantidad de dinero, de la que disponía, para la cita con el especialista, para las necesidades del muchacho. Pero la hermana me dice que no me preocupe por él: “Usted ya le salvó la vida, ahora yo me encargo de él”. También los policías me agradecen por el gesto, diciendome que había arriesgado mucho. La justicia hace su camino; pero sé que hoy día este muchacho vive en una comunidad católica como vigilante, recomendado por la hermana del hospital. (M.T. – Italia, extraído de Cuando Dios interviene, Experiencias de todo el mundo, Città Nuova, Roma 2004)

Vivir en el amor para morir en el amor

Vivir en el amor para morir en el amor

Vincenzo, el cuarto de los ocho hijos de la familia Folonari, era un niño muy inquieto: en la escuela hacía berrinches, hablaba en lugar de escuchar, algunas veces la maestra lo castigaba, pero a partir del día de su Primera Comunión cambió radicalmente. Un día en la mesa Vincenzo preguntó a sus hermanos: “¿A qué edad les gustaría morir?”. “A mí joven…”, “A mí con 100 años…” Y él: “A mí con 33 años, como Jesús”.

Un ideal por el cual vivir

Algunos años después, en el verano de 1951, Vincenzo y dos de sus hermanas, al terminar las clases, fueron de vacaciones a la montaña. Chiara Lubich se encontraba en ese período en Tonadico, en la montañas Dolomitas. Se había vuelto habitual, para los adherentes del naciente Movimiento de los Focolares, esa cita en las montañas trentinas, que había tomado el nombre de Mariápolis. Los muchachos Folonari, que habían conocido el Movimiento en Brescia, su ciudad natal, obtuvieron el permiso de sus padres para pasar las vacaciones allí cerca, en S. Martín de Castrozza. No faltaron a las frecuentes citas en Tonadico; estaban en grupos distintos y no se habían visto en todo el día. En la noche, de regreso en el autobús. Vincenzo no tenía palabras, estaba feliz: “!Bellísimo, bellísimo!” – decía. Era como si hubiese encontrado algo que lo saciaba profundamente, un ideal por el cual vivir.

“Tú no has elegido a Dios, es Dios quien te ha elegido a ti”

Algunos meses después, Vincenzo se mudó a Roma, para inscribirse en la Universidad; enseguida se puso en contacto con el focolar. Durante la vigilia de Pentecostés fue a pie al santuario de la Virgen del Divino Amor para pedirle un signo externo que le hiciera entender su vocación. Al día siguiente, cuando Chiara lo encontró, le recordó una frase de Jesús: “No han sido ustedes quienes Me han elegido, sino Yo quien los he elegido a ustedes”. Desde entonces todo lo llamaran “Eletto” (Elegido).

En una carta a Chiara, Eletto escribió: “He elegido a Dios para siempre, sólo a Él, ninguna otra cosa”. Le comunicó que quería dar al Movimiento de los Focolares todos los bienes que había recibido en herencia – entre los cuales las 80 hectáreas en donde hoy surge la ciudadela de Loppiano -, agregando: “No tengo ningún mérito para tenerlas porque las he recibido gratis”.

Una vida para donar el Ideal de la Unidad a los muchachos

Una de las características de Eletto era su relación con los niños y los adolescentes del Movimiento, que Chiara le había confiado. En las Mariápolis de Fiera de Primiero estaba siempre rodeado por ellos. Con ellos iba de paseo, organizaba comedias…

Hablando con su hermana Virgo, quien a su vez tenía confiadas las muchachas, acostumbraba decirle: “Pero te imaginas si este Ideal de la Unidad tomara todos los muchachos, todos los jóvenes… !lo que surgiría!”.

Aquella sonrisa entre las olas del lago

Ese 12 de julio de 1964 era domingo, estaba con él uno de estos muchachos, Gabriele, y Eletto lo invitó a dar un paseo. Fueron al lago de Bracciano. Hacía mucho calor y decidieron dar una vuelta con la barca. A más o menos 200 metros de la orilla Eletto –deportista y nadador- entró en el agua sosteniéndose con ambas manos. “Está muy fría” –le dijo a Gabriele – y se puso muy pálido. El lago estaba movido y una ola le arrancó, primero una mano y después la otra, del borde de la barca, que, ya no estando sostenida por el peso de Eletto, se alejó repentinamente varios metros. Eletto gritó enseguida a Gabriele: “Ven acá, ven acá, acércate”, pero Gabriele, que no sabía ni remar ni nadar, no lograba acercarse, todo lo contrario, por la fuerte corriente, la barca se alejaba cada vez más. “A duras penas lograba divisar su rostro en medio de las olas, lo llamaba, pedía ayuda, le grité que no lograba alcanzarlo” – cuenta Gabriele. Y prosigue: “Me gritó: ‘Voy a la orilla… voy a la orilla’, y luego se dio vuelta, lo vi todavía por un segundo: su rostro estaba iluminado por una sonrisa radiante”. Después desapareció, tragado por el lago. Su cuerpo no fue encontrado nunca, su “tumba azul” es el lago de Bracciano.

Vivir en el amor, para morir en el amor

Chiara, el 19 de julio, escribía: «Eletto era tan bueno, tan humilde que pertenecía más a Dios que a nosotros y Él, quizás por esto, lo ha llamado. Ahora está con Jesús a quien ha amado, con María y con los nuestros que están en el Paraíso y, después de que se sentía el último, se ha convertido en el primero.

Dios mío, !qué abismo es esta vida y esta muerte que cada uno debe afrontar! Permítenos vivir en el amor para poder morir en el amor.

Eletto hizo –como último acto- un acto de amor. Quiere decir que estaba acostumbrado, porque de lo contrario, en esos momentos, se puede pensar sólo en sí mismo.

Eletto nuestro, ruega desde el cielo por nosotros que rezamos por ti. Estamos seguros de que Dios, amándote, te ha llamado en el mejor momento. Tú Lo has amado en la vida; no tenías más que Él y María.

Has llegado donde también nosotros tenemos que ir. Ábrenos el camino, Eletto, y prepáranos un lugar (…). Ahora que tú ves lo que realmente vale, como en realidad ya te habías acostumbrado aquí abajo, ayúdanos a no salir del camino y a mantenernos en la caridad como hiciste tú”.

El Movimiento GEN

Su muerte tan repentina dejó desconcertados no sólo a los adultos, sino también a los niños y muchachos que él seguía. “También ellos han tenido su prueba –escribió Chiara- tremenda e irremediable. Esperemos que sobre este dolor nazca algo para ellos en el seno del Movimiento, para la gloria de Dios, para embellecer la Iglesia. Por otra parte, Eletto no habría deseado nada mejor”. Pocos años después, nace el Movimiento Gen, que hoy día cuenta con miles de jóvenes, adolescentes y niños, de todo el mundo.

El recuerdo en Trevignano

El 12 de julio, 40 años después de la ida al Cielo de Eletto, tendrá lugar una jornada en Trevignano, en el lago de Bracciano (Roma). El encuentro iniciará a las 11.00 de la mañana, con la S. Misa, en la iglesia de la Asunción de María, que domina la pequeña ciudad. La conclusión está prevista para las 5.00 de la tarde.

Para mayores informaciones tel.: 06/94315300; 06/9412419

e-mail: gen2m@focolare.org ; centrogen2f@focolare.org

julio 2004

Los discípulos veían cómo oraba Jesús. Lo que más les impactaba era ese modo característico con el cual se dirigía a Dios: lo llamaba “Padre”1. Ya antes otros habían llamado a Dios con ese mismo nombre, pero esa palabra, en labios de Jesús, hablaba de un íntimo conocimiento recíproco entre él y el Padre, nuevo y único; de un amor y de una vida que los vinculaba a ambos en una unidad incomparable.
Los discípulos hubieran querido experimentar esa misma relación con Dios, tan viva y profunda, que veían en su Maestro. Querían orar como oraba él, por eso le pidieron:

«Señor, enséñanos a orar»

Jesús ya les había hablado muchas veces a sus discípulos del Padre, pero ahora, respondiendo a su pedido, les revela que su Padre es también nuestro Padre: nosotros, como él, gracias al Espíritu Santo, podemos llamarlo “Padre”.
Enseñándonos a decir “Padre”, Jesús nos revela que somos hijos de Dios y nos hace tomar conciencia de que somos hermanos y hermanas entre nosotros. Como hermano junto a nosotros, nos introduce en su misma relación con Dios, orienta nuestra vida hacia él, nos introduce en el seno de la Trinidad, nos hace ser, cada vez más, uno entre nosotros.

«Señor, enséñanos a orar»

Jesús no sólo enseña a dirigirse al Padre, sino que también enseña qué pedirle. Que sea santificado su nombre y venga su reino; que Dios se deje conocer y amar por nosotros y por todos; que entre definitivamente en nuestra historia y tome posesión de lo que ya le pertenece; que se realice plenamente su plan de amor sobre la humanidad. Jesús nos enseña, de esa manera, a tener sus mismos sentimientos, uniformando nuestra voluntad sobre la de Dios.
Nos enseña, además, a confiar en el Padre. A él, que alimenta a los pájaros del cielo, podemos pedirle el pan cotidiano; a él, que recibe con los brazos abiertos al hijo descarriado, podemos pedirle el perdón de los pecados; a él, que cuenta incluso los cabellos de nuestra cabeza, podemos pedirle que nos defienda de toda tentación.
Estos son los pedidos a los cuales Dios ciertamente responde. Podemos hacerlo con palabras distintas – escribe Agustín de Hipona – pero no podemos pedir cosas distintas2.

«Señor, enséñanos a orar»

Recuerdo cuando también a mí el Señor me hizo comprender, de manera novedosa, que tenía un Padre. Tenía 23 años. Todavía trabajaba como maestra. Un sacerdote que estaba de paso me pidió que ofreciera una hora de mi jornada por sus intenciones. “¿Por qué no toda la jornada?”, le respondo. Impactado por esta generosidad juvenil me dice: “Recuerde que Dios la ama inmensamente”. “Dios me ama inmensamente”. “Dios me ama inmensamente”. Lo digo, lo repito a mis compañeras: “Dios te ama inmensamente, Dios nos ama inmensamente”.
A partir de ese momento advierto a Dios presente por todas partes. Está siempre. Y me explica. ¿Qué me explica? Que todo es amor: lo que soy y lo que me sucede; lo que somos y los que tiene que ver con nosotros; que soy hija suya y él es Padre para mí.
Desde ese momento también mi oración cambia: ya no es un dirigirme a Jesús, sino un ponerme a su lado, Hermano nuestro, dirigida al Padre. Cuando le rezo con las palabras que Jesús me ha enseñado, siento que no estoy sola trabajando por su Reino: somos dos, el Omnipotente y yo. Lo reconozco Padre también en nombre de todos los que no saben que lo es, pido que su santidad envuelva y penetre la Tierra entera, pido pan para todos, el perdón y la liberación del mal para todos los que pasan por pruebas.

Cuando hay acontecimientos que me alarman o me turban, vuelco toda mi ansiedad en el Padre, segura de que él se ocupa. Y puedo dar testimonio de que no recuerdo ninguna preocupación que haya puesto en su corazón y de la cual él no se haya ocupado. El Padre, si nosotros creemos en su amor, interviene siempre, en las pequeñas y en las grandes cosas.
En este mes tratemos de decir el “Padre Nuestro”, la oración que Jesús nos ha enseñado, con una nueva conciencia: Dios es nuestro Padre y se ocupa de nosotros. Digámosla en nombre de toda la humanidad, afianzando la fraternidad universal. Que sea nuestra oración por excelencia, sabiendo que con ella pedimos a Dios lo que a él más le interesa. El responderá a cada uno de nuestros pedidos y nos colmará de sus dones. Libres, entonces, de toda preocupación, podremos correr por el camino del amor.

Chiara Lubich
 

1) Mt 11, 25-26; Mc 14, 36; Lc 22, 42; Lc 10, 21; Jn 17, 1;

2) Carta 130, a Proba, 12, 22.