16 Sep 2003 | Sin categorizar
El nuevo trabajo como técnico dental había comenzado de la mejor manera: buen sueldo y perspectivas interesantes. Pero después de algunos meses el idilio decae porque mi jefe, primero algunas veces, y después casi todos los días me repite: “Usted trabaja demasiado lentamente y los colores de los dientes no son como deberían”. No entiendo. Todas las mañanas, cuando se distribuye el trabajo, veo que no confía en mí y que me despediría con gusto. Al entregar los trabajos, en la tarde, después de una jornada de intenso trabajo, casi siempre tengo que hacer todo de nuevo. He vivido meses de íntima tensión, de lucha interior: me siento tentado de rebelarme, aumentan los juicios hacia mi jefe, pero trato de “cortar” para “volver a empezar” cada día. Una mañana de invierno, yendo al trabajo, empieza a llover fuerte: ese temporal parece la imagen de la escena que vivo dentro. Recuerdo la imagen de Jesús crucificado que desde hace años tengo en mi habitación y que muchas veces en esos días he mirado sin encontrar una respuesta, como Él, por otro lado, cuando gritó al Padre su abandono, pero se volvió a abandonar en Él, creyendo en Su amor. Así poco a poco dentro de mí se abre paso una idea: “Sigue amando y, no obstante todo ?no te detengas!”. Llegando al trabajo, trato de asumir los consejos de mi jefe, sin esa sutil desconfianza que desde hace meses me acompaña. Encuentro una libertad interior que desde hacía tiempo había perdido. Algún tiempo después me llama para decirme que había ido donde el oculista y que el médico le había descubierto un defecto en la vista: era eso lo que le procuraba tensión y alteraba los colores. Por lo tanto era ésta la causa principal de nuestras discusiones y de tantas noches de trabajo de más. Algunos días después, en un momento de íntimo coloquio, entre otras cosas, me dice: “Yo estoy llegando a la edad de pensionarme y he pensado proponerle a usted que asuma mi empresa, porque he visto que usted ante las dificultades no se rinde”. F. L.
31 Jul 2003 | Palabra de vida, Sin categorizar
¡Un Dios que nos habla a nosotros como amigos! El antiguo pueblo de Israel se sentía orgulloso de tener un Dios tan cercano, que le daba leyes y normas tan justas, como leemos en este pasaje del Deuteronomio, que forma parte del Antiguo (y Primer) Testamento.
Precisamente porque la Palabra de Dios tiene un encanto extraordinario, existe el peligro de creer que, una vez que se la ha escuchado, ya está todo hecho; en cambio la Palabra tiene que ser vivida. Esa es la cuestión.
También el Apóstol Santiago, en el Nuevo Testamento, advertía a los primeros cristianos: “Pongan en práctica la Palabra y no se contenten sólo con oírla, de manera que se engañen a ustedes mismos”. Lo mismo enseñaba Moisés cuando se dirigía a todo el pueblo con estas palabras:
«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica»
Por lo tanto, escuchar la Palabra y vivirla.
Por otra parte, en las palabras de Jesús está presente él mismo, sus palabras son él mismo, y dado que son eternas, son siempre actuales en cada momento; universales, por lo tanto válidas para todos, más allá de cualquier raza o cultura; no son simples exhortaciones, sugerencias, órdenes, como pueden ser las palabras humanas: ellas contienen y trasmiten la Vida.
Jesús, al final de su gran sermón de la montaña, nos dejó a este propósito una famosa parábola: al que escucha con entusiasmo sus palabras, pero luego no las pone en práctica, lo compara con una casa construida sobre arena; llegan los vientos y las lluvias, es decir, otras propuestas humanas más fáciles y seductoras, doctrinas que encantan e ilusionan con brillos pasajeros, y esa persona se desmorona porque en ella el mensaje evangélico no se ha vuelto vida.
«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica»
Luego Jesús compara, al que pone en práctica su Palabra, con una casa construida en la roca: pueden venir las pruebas, las tentaciones, las dudas, las desorientaciones, pero esa persona se mantiene firme en el camino del Evangelio, sigue creyendo en las Palabras de Dios porque ha probado con la vida que son verdaderas.
Vivir la Palabra de Dios provoca una auténtica revolución en nuestra vida y en la de la comunidad humana con la cual compartimos el Evangelio.
«Y ahora, Israel, escucha los preceptos y las leyes que yo les enseño para que las pongan en práctica»
Las palabras de Jesús se deben vivir con la simplicidad de los niños. El dice: “Den y se les dará” (Lc 6,38). ¡Cuántas veces hemos podido experimentar que cuanto más damos, más recibimos! Cuántas veces nos hemos encontrado con las manos llenas, porque todas las veces que hemos dado a quien pasaba necesidades, nos hemos vuelto a encontrar con cien veces más. ¿Y cuando no teníamos nada que dar? ¿No ha dicho Jesús: “Pidan y se les dará” (Mt 7,7)? Pedíamos… y nuestra casa se llenaba de todo tipo de cosas para poder dar más todavía.
Cuando estamos agobiados por las preocupaciones, debido a alguna situación que parece que supera nuestras fuerzas, por la angustia que nos paraliza, recordemos las Palabras de Jesús: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados…” (Mt 11,28), y volcando en él cualquier inquietud, veremos que vuelve la paz y, con ella, la solución a nuestros problemas.
La Palabra de Dios rompe nuestro yo, anula el egoísmo, sustituye nuestro modo de pensar, de querer, de actuar con el de Jesús. Viviéndola, va entrando en nosotros la lógica divina, la mentalidad evangélica y vemos todo con ojos nuevos; cambian también nuestras relaciones con los demás; personas que antes no se conocían, viviendo la Palabra de Dios y comunicándose las experiencias que ella suscita, se reconocen hermanos, se vuelven pueblo, Iglesia viva. Una sola Palabra del Evangelio vivida por muchos podría cambiar el curso de la historia.
La Palabra de Dios, si se la vive, produce milagros. Nace así, en nuestro corazón, una confianza nueva, ilimitada, en el amor del Padre que asiste a sus hijos con su intervención cotidiana. Sus palabras son verdaderas: si las vivimos, también él las pone en práctica, al pie de la letra, y nos da lo que promete: el céntuplo en esta tierra, la plenitud de la vida y la alegría sin término del Paraíso.
Chiara Lubich
28 Jul 2003 | Sin categorizar
«Sin fraternidad no hay paz» El pluralismo religioso, superficialmente parece el germen de divisiones y guerras. En realidad el mismo es –dijo Chiara Lubich en su intervención- un reto: todas las religiones están llamadas a restablecer, juntas, la unidad de la familia humana, porque en todas las religiones “de algún modo el Espíritu Santo está presente y activo”. Precisamente el fenómeno del terrorismo, que no se logra combatir con los medios convencionales, demuestra que las religiones tienen un gran aporte que dar a la paz: “La causa más profunda del terrorismo” es “el insoportable sufrimiento” ante un mundo donde es cada vez mayor la diferencia entre ricos y pobres, subrayó Chiara Lubich en Caux. Existe la exigencia de una mayor igualdad, mayor solidaridad, y sobre todo de una distribución de los bienes más equitativa. “Pero, como se sabe, los bienes no se mueven solos”, “es necesario mover los corazones de las personas”. Y “�de quién, sino de las grandes tradiciones religionas, podría partir una estrategia de fraternidad capaz de marcar un vuelco incluso en las relaciones internacionales?”. De hecho, sin fraternidad –sostiene Chiara Lubich- no hay paz. Sin perder la propia identidad En todas las religiones está radicada la idea de la unidad y del amor: “en práctica, esto significa que somos compañeros en el camino de la fraternidad y de la paz. Sin perder nuestra identidad, entre las grandes tradiciones religiosas de la humanidad nos podemos encontrar y comprender” subrayó Chiara Lubich. Como vía maestra hacia la comprensión entre las religiones, la fundadora del Movimiento de los Focolares, indicó el camino del amor: “Si emprendemos el diálogo los unos con los otros, y si por lo tanto nos abrimos a un diálogo hecho de benevolencia, de estima recíproca, de respeto, de misericordia, nos abrimos también a Dios y actuamos de modo tal –son palabras de Juan Pablo II- que Dios esté presente en medio nuestro”. Chiara Lubich se muestra convencida de que es precisamente con la presencia de Dios que se pueden encontrar verdaderas soluciones a los problemas actuales. El secreto del diálogo El Movimiento de los Focolares tiene una rica experiencia en el diálogo interreligioso: “en un clima de amor recíproco se puede establecer un diálogo con los propios compañeros, un diálogo en el que se intenta hacerse nada para ‘entrar’, en cierto modo, en ellos”. Este ‘hacerce uno con el otro’ es indicado por Chiara Lubich como el secreto de un diálogo capaz de llevar a la unidad. Exige una verdadera pobreza de espíritu: “vaciar nuestra cabeza de las ideas, liberar nuestro corazón de los afectos, nuestra voluntad de los deseos” para poder ensimismarnos con el otro y entender a quien tenemos delante. Ante una actitud así el otro o la otra queda “tocada” y por su parte empieza a hacer preguntas (ésta es la experiencia de Chiara). “Entonces podemos pasar al ‘anuncio respetuoso’, y comunicar, por lealtad con Dios y con nosotros mismos, pero tambièn por honestidad con el prójimo, cuanto afirma nuestra fe sobre el argumento del que se habla, sin imponer con ello nada al otro, sin sombra de proselitismo, sino por amor. Y es el momento en el cual, para nosotros cristianos, el diálogo desemboca en el anuncio del Evangelio”. Gran simplicidad Durante el coloquio sucesivo, Cornelio Sommaruga, presidente de “Iniciativas y cambio”, subrayó la “extrema sencillez” con la que Chiara Lubich difunde su mensaje de amor. Rajmohan Gandhi, nieto de el Mahatma Gandhi, profesor de la Universidad de Nueva Delhi, también él responsable de la organización que promovió el seminario, agregó: “Esta mujer habla a los corazones. Pero no como muchos otros, con voz potente y apasionante, sino con dulzura y fuerza. El diálogo interreligioso promovido por la señora Lubich es de grandísima importancia, especialmente en nuestro tiempo”. Y el rabino Marc Raphaël Guedj, fundador de “Racine et Source” (“Raíz y Fuente”) quedó impresionado por la “personalidad de Chiara, que habla de amor siendo amor, sabiduría, sabiduría en la vida cotidiana,… amor que transforma el mundo”. Del servicio de Beatrix Ledergerber-Baumer para la agencia KIPA, 3 de agosto 2003 (nuestra traducción)
28 Jul 2003 | Sin categorizar
El ex-presidente de la Cruz Roja Internacional es hoy el presidente de la Fundación suiza “Caux – Iniciativas y cambio”, distinta de la asociación internacional Iniciativas y Cambio. Ambas entidades surgieron a partir del preexistente grupo de Oxford y son, según las palabras de Cornelio Sommaruga, “como el Movimiento de los Focolares, un producto de la Segunda Guerra Mundial”. En 1938, cuando los estados se preparaban para la guerra, el fundador del Movimiento, Frank Buchmann, invitó a un “rearme moral y espiritual” en favor de “un mundo sin odio, miedo ni avaricia”. Después del final de la guerra el Movimiento mantuvo, bajo el nombre de “Rearme Moral (MRA)”, el proceso de reconciliación de viejos enemigos, primeros entre todos Alemania y Francia. Hoy “Iniciatvias y Cambio” consiste en una red de personas de las más diversas culturas, religiones y generaciones, que se han comprometido en el proceso siempre necesario de “renovación del mundo”. En Caux, más arriba de Montreux (VD), cada año, en el “Caux-Palace”, tienen lugar varios seminarios sobre los más variados temas. Este año, entre otros: “Del conflicto a la comunión”, “El factor espiritual-religioso en una sociedad laica”, “Iniciativas de paz” y “Seguridad humana para la prevención de conflictos”. A cargo de Beatrix Lederberger-Baumer para la agencia KIPA, 3 de agosto de 2003
30 Jun 2003 | Palabra de vida, Sin categorizar
De un árbol, admiramos su follaje y sus flores y esperamos sus frutos, pero esa vida al árbol le llega de las raíces. Es lo que sucede también con nosotros. Estamos llamados a dar, a amar, a servir, a crear relaciones de fraternidad, a trabajar para construir un mundo más justo. Pero se necesitan raíces, es decir, vida interior de unión con Dios, nuestra relación personal de amor con él, que motiva y alimenta la vida de comunión fraterna y el compromiso social.
Es igualmente cierto que, el amor al otro, alimenta a su vez el amor a Dios y lo hace más vital y concreto, tal como la luz y el calor, a través de las hojas, fortalecen las raíces. Amor a Dios y amor al prójimo son expresiones de un único amor. También a nosotros Jesús nos repite lo que un día le dijo a sus discípulos, al verlos cansados por su entrega generosa a los demás. La vida interior y la vida externa son una raíz de la otra.
La Palabra de Vida elegida para este mes nos invita, sin embargo, a cultivar de manera especial la vida interior, sobre todo a través del recogimiento, la soledad, el silencio, para profundizar nuestra relación personal con Dios. También a nosotros Jesús nos repite lo que un día dijo a sus discípulos cansados como consecuencia de la constante donación a los demás:
«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco»
También Jesús, cada tanto, se alejaba de sus muchas ocupaciones. Había enfermos que curar, multitudes que instruir y alimentar, pecadores que convertir, pobres que ayudar y consolar, discípulos que guiar… Sin embargo, aunque todos lo buscaban, él sabía retirarse, lejos de los centros poblados, a la montaña, para estar sólo con el Padre1. Era como si volviese a casa. En su coloquio personal y silencioso encontraba las palabras que luego le diría a su gente2, comprendía mejor su misión, recobraba fuerzas para encarar el nuevo día. Eso es lo que él quiere que hagamos también nosotros.
«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco»
No es fácil detenerse. A veces estamos tomados por el ritmo vertiginoso del trabajo, de las actividades, como a merced de un engranaje del cual hemos perdido el control. Muchas veces la sociedad nos impone un ritmo de vida frenético: producir cada vez más, avanzar en la carrera, sobresalir… No es fácil enfrentar la soledad y el silencio tanto fuera como dentro de nosotros. Sin embargo, son condiciones necesarias para escuchar la voz de Dios, para confrontar nuestra vida con su Palabra, para cultivar y ahondar la relación de amor con él. Sin esta linfa interior corremos el riesgo de girar en el vacío y de que nuestro mucho trajinar termine resultando infructuoso
«Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco»
Jesús se llevó aparte a los discípulos para que estuvieran con él y en él encontraran reposo: “Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y yo los aliviaré”3. El mejor descanso es darse tiempo para “estar” con Jesús, vivir en gracia, en el amor, dejándose plasmar y guiar por su Palabra. En particular, antes de la oración, momento privilegiado del “estar con él”, es bueno dejar todo de lado, descansar un poco, recogerse, entrar en el secreto y en el silencio de nuestra habitación interior4. En nuestra oración no tenemos que andar midiendo el tiempo. En eso, cuanto más perdamos más ganaremos. Será como un zambullirnos en la unión con Dios, y encontraremos la paz. Podremos entonces llegar a un coloquio continuo con él, a un recogimiento constante, también más allá del tiempo dedicado a la oración. Es mi experiencia de muchos años.
En una ocasión escribí:
“…¡Señor!
En el corazón te tengo,
tesoro que ha de dar sentido a mis gestos.
Tú, cuídame, mírame,
es tuyo el amar: gozar y padecer.
Que nadie recoja un suspiro.
Oculta en tu tabernáculo,
vivo, trabajo por todos.
Que el toque de mi mano sea tuyo,
sólo tuyo el acento de mi voz…”.
Aún cuando no nos sea posible alejarnos del ruido o del torbellino del mundo que nos rodea, podemos ir al fondo del corazón, en busca de Dios, y él siempre está allí. A veces bastará decir: “Es por ti, Jesús”, antes de cada actividad y de un encuentro. Este también es un medio para retirarse un poco aparte y darle a todo un sentido, una entonación sobrenatural. Y ofrecerle cada dolor, pequeño o grande.
La comunión con él nos perfeccionará. También el físico resultará beneficiado y será posible volver con nuevas energías a nuestra actividad, a amar con impulso renovado.
Chiara Lubich
17 Jun 2003 | Sin categorizar
Un día viene a visitarme un amigo que me confía un gran dolor: sus padres están al borde del divorcio, después de una traición del papá durante un viaje de trabajo al extranjero. Además del dolor de ver el decaimiento del amor entre sus padres, le resulta insoportable la idea de que otra persona decida con cuál de ellos deberá ir a vivir, separándose así de su hermano a quien se siente especialmente unido.
Me siento involucrado en esa situación y experimento una profunda tristeza que no logro alejar. Además mi amigo no es creyente y temo empeorar la situación hablándole de Dios. Me arriesgaría a ser malentendido. Pero como cristiano siento el deber de trasmitir a todos el amor de Dios, yendo más allá de cualquier límite.
Finalmente, con esta luz que aclara las tinieblas, logro reconocer en C. el rostro de Jesús crucificado y abandonado, y encuentro la fuerza para decirle: “Yo, como cristiano, donaría a Dios mi dolor; pondría el problema en sus manos, para que su voluntad pueda realizarse bien, con la confianza de que cualquier cosa que Él me reserve para el futuro será lo mejor”.
Su respuesta fue: “Yo seré ateo, �pero tú debes estar realmente loco!”.
No me desanimo e insisto: “Ánimo, vale la pena intentarlo, simplemente di a Jesús: ‘Este dolor lo pongo en tus manos’; y después quédate tranquilo a la espera de que los acontecimientos maduren”. Antes de regresar a casa le digo que me puede llamar por teléfono en cualquier momento, si tiene necesidad de ayuda.
Cuando se va ciertamente la tempestad de su corazón no se ha aplacado. Al día siguiente, para mi gran alegría, me llama por teléfono para decirme que se encontró, obligado por la situación, a donar a Dios su dolor. Me siento más aliviado. Después de otros dos días, recibo una segunda llamada telefónica en la que me dice que no tendrá lugar ni la separación del hermano, ni el divorcio. La mamá encontró la fuerza para perdonar al papá y se reconciliaron.