Personas diferentes que viven y trabajan juntas. Como el cuerpo humano, que se compone de diferentes miembros. Chiara Lubich, en un mensaje de los años 2000, hace 26 años, había hablado precisamente de esto, de una «nueva unidad».
Chiara contó que unos días antes se había reunido con varios políticos del Movimiento Político por la Unidad. En su intervención había profundizado en las palabras del Magníficat, y la figura de María había surgido como el modelo por excelencia del político.
De hecho, Chiara veía en el Magníficat la primera y más poderosa página de la doctrina social cristiana. No solo un texto de alabanza, sino un programa para la realización de una sociedad nueva, basada en la justicia y la fraternidad. Un programa que, si se vive, nos lleva a hacer realidad la revolución del amor que se inspira en el Evangelio. Cantar el Magníficat es, por tanto, también para nosotros hoy, comprometernos a ponerlo en práctica. Y como Obra de María que somos, estamos llamados a hacerlo juntos. En una unidad más consciente, más madura, en una «nueva unidad».
[…] Se trata de una unidad nueva que presenta al mundo la Obra una. Una Obra una no solo con el sentido que damos normalmente a estas palabras, sino –recuerden la comparación que hace san Pablo– una Obra una, así como el cuerpo humano es uno, aunque esté compuesto por distintos miembros y posea varios órganos internos.
Porque la Obra, aunque esté constituida por muchas zonas (igual que el cuerpo humano tiene muchas partes: brazos, piernas, cabeza, tronco, etc.) y aunque tenga en su interior muchas realidades (ramificaciones, centros, secretarías para los distintos Diálogos, ciudadelas, escuelas, etc.), no es ella misma, según el proyecto de Dios, si no es una, hecha así por el amor que difunde el Espíritu Santo por doquier, al igual que la sangre, que está presente en todo el cuerpo humano; una, gracias a que Jesús está en medio de nosotros en todas partes.
Esta nueva unidad que se le pide a la Obra es posible si vivimos según el modelo trinitario en todas nuestras relaciones, del centro a la periferia. Una vida conforme a la de la Santísima Trinidad, en la cual, aunque existe un principio, el Padre, y aunque el Hijo está completamente orientado a Él, las tres divinas Personas son inequívocamente todas iguales.
En esta nueva unidad, nadie se sentirá “objeto” –por así decir– de la atención de los demás, como si lo tuviesen que sostener para estar en pie, sino “sujeto” consciente, capaz de mantener en pie a cuantos se le hayan confiado. En esta nueva unidad, nadie podrá dejarse arrastrar en la vida ideal como un “vagón” de tren – dirían los gen 4–, sino que tendrá que arrastrar a los demás como una “locomotora”.
En esta unidad, además, no nos pondremos ante los responsables a la espera de algo, sino que nos pondremos detrás para componer con ellos María en la Obra y desencadenar juntos, como un verdadero “ejército en formación”, nuestra revolución de amor en el mundo.
Y para que esta nueva unidad se haga realidad ¿qué debemos hacer desde ahora?
Una sola cosa: generar constantemente entre nosotros en la Obra, en todas partes, la presencia de Jesús.
Pero no como fin en sí misma, sino como un trampolín para poder amar a todos e incendiar el mundo de amor; para sembrar en él los verdaderos valores y hacer que se esfumen los falsos; para construir el Reino en él; para permitir que María cante nuevamente, a través de la Obra, su Magníficat.
Ánimo, pues; no perdamos ni un momento para dar vida a Jesús entre nosotros como María lo engendró en sí misma. ¡Veremos milagros! […]
Chiara Lubich
(da Convesazioni, Città Nuova, Roma 2019, pp 593/5)
Foto: © Pexels-Joaojesusdesign




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