En la estación
Un día fui a la estación de tren a recoger a alguien. La estación está situada en un pueblo pequeño que no cuenta con sala de espera abierta por la noche ni ningún otro lugar donde esperar. Una vez que subimos al coche, vimos a una joven sola con una bolsa; parecía desorientada, como si buscara algo. Se había quedado sola y era medianoche. El tren ya se había marchado. Entonces, bajé del coche y me acerqué para preguntarle qué buscaba. Me dijo que no sabía distinguir si estaba en Junín o no. Junín era la siguiente parada; se había bajado en la estación equivocada. Era joven. Su tía la esperaba en Junín, pero no podía ir a buscarla por falta de medios. A la mañana siguiente tenía una cita médica precisamente en esa ciudad, así que se me ocurrió una solución. Le pregunté: “¿Te gustaría pasar la noche en mi casa? Mañana puedo llevarte con tu tía”. Ella aceptó. Fuimos a casa, cenamos juntas y le preparé una cama en la cocina —ya que solo tengo un dormitorio—; al día siguiente partimos hacia Junín. Durante el trayecto, me contó que llevaba cuatro años sin ver a su tía, que era la primera vez que viajaba sola y que había pedido unos días libres en el trabajo porque su tía estaba enferma y quería estar cerca para ayudarla. Después de dejarla con su tía, recordé la parábola del buen samaritano. Sentí como si hubiera vivido esa historia junto a ella.
(Analía Maezo – Argentina)
En medio de dificultades, pero con un gran corazón
Mi esposo y yo somos médicos; tras haber vivido la pobreza en carne propia, abrimos una clínica en nuestro barrio para los residentes más necesitados. Un día, solo nos quedaban 25 pesos y faltaba toda una semana para el día de cobro. Intentaba no preocuparme, pero no veía cómo podríamos arreglárnoslas hasta fin de mes con esa cantidad. Había apartado con inquietud 5 pesos para el autobús con el fin de visitar a unos amigos cuando una mujer —paciente de mi esposo— llamó a la puerta. Estaba desesperada; ni ella ni sus hijos habían comido en tres días. De inmediato le di los 20 pesos que me quedaban y salí. Más tarde, la alegría de ver a tantos amigos me hizo olvidar todas mis preocupaciones. Mi esposo también estaba allí, pues había llegado directamente del hospital. Mientras le contaba lo de la mujer, un amigo se acercó a nosotros con un sobre: contenía 500 pesos, un regalo de cumpleaños atrasado reunido por amigos que participaban en nuestra iniciativa solidaria. Sentimos un gran alivio al darnos cuenta de que formábamos parte de una gran familia: pobre en recursos, pero rica de corazón.
(Reilita – Filipinas)
Maria Grazia Berretta
Tomado de Il Vangelo del Giorno, Città Nuova, año XII – n.5 –septiembre-octubre 2026)
Foto © Soner-Arkan-Pexels




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