Siempre nos hemos comprometido con nuestra vida cristiana, tanto a nivel individual como en pareja.
En 2005, nuestra familia se enteró de un suceso muy doloroso que había ocurrido unos años antes: el abuso sexual de una de mis hermanas menores por parte del padre de mi marido.
Este hecho nos afectó profundamente a todos y nos causó un dolor inmenso. Aunque sentíamos que se deberían haber emprendido acciones legales, no se hizo nada.
Con el paso del tiempo, esta situación empezó a afectarme más de lo que podía imaginar, hasta el punto de que descargaba toda la ira, el dolor y la culpa contra mi marido, lo cual parecía ilógico, pero la ira y el odio no hacían más que aumentar y yo solo veía sus errores. Era un tema tan íntimo que no me atrevía a compartirlo con otras familias; el tiempo pasaba y nuestra relación se deterioraba; sentía tanto odio que estar con él me hacía sentir incómoda, no quería estar cerca de él y empecé a alejarme. Al cabo de aproximadamente un año nos separamos.
Aquella época fue muy dura, no era fácil entender que lo que estábamos viviendo era la voluntad de Dios.
Todo se estaba desmoronando, las cosas más importantes de nuestra vida se estaban derrumbando.
Con la ayuda de un psicólogo, mi marido comprendió que, en aquel momento, el mayor acto de amor era dejarme marchar y, con gran dolor, me dijo que no se opondría a mi decisión.
A despite de la separación, la relación con nuestros tres hijos nunca se vio afectada; sin embargo, toqué fondo, no quería marcharme, solo sentía la necesidad de estar sola, no me reconocía a mí misma, era incapaz de perdonar o, simplemente, de expresar lo que estaba viviendo…
A veces, sentía que me moría. Han pasado casi cuatro años.
Me faltaba tanto de menos esa sensación de paz, de felicidad, que empecé a buscarla en el trabajo y en los estudios, pero nunca llegó.
Durante ese tiempo, lo más importante para mí era seguir el desarrollo y el crecimiento de los niños. Pasábamos juntos todo el tiempo que podíamos y nuestra relación ganaba en calidad, pero siempre faltaba algo, siempre había una despedida.
Un día, uno de nuestros hijos me dijo que, si bien por un lado se sentían llenos de alegría cuando podían compartir un momento de felicidad con su papá, por otro lado les entristecía no poder compartirlo al mismo tiempo con su mamá, y viceversa.
En el verano de 2010, hubo un fuerte terremoto en Chile. Nuestros hijos estaban de vacaciones con sus abuelos, a más de 500 kilómetros de nosotros.
Después de hablarlo con mi marido, decidimos ir juntos a recogerlos y tres días antes emprendimos este largo y silencioso viaje.
Cuando llegamos, recogimos a los niños, nos quedamos solo tres horas y volvimos a casa.
El viaje de vuelta, que normalmente dura seis horas, nos llevó el doble.
Estábamos juntos, pero con sentimientos encontrados: por un lado nos sentíamos felices, por otro, preocupados.
Intentábamos mantener la armonía y transmitir alegría para que los niños superaran la angustia.
En un momento dado, nos detuvimos, bajamos del coche y empezamos a hablar y a reír.
Me pareció estar observando esa escena desde arriba y, por un instante, sentí esa paz que había perdido.
Luego del terremoto y de aquel viaje, algo cambió y se abrió una rendija entre nosotros: un paseo juntos, compartir unos días de vacaciones, pequeños momentos en los que sentimos que éramos una familia.
Este año, con nuestros hijos ya crecidos y una convivencia bonita y sana, el dolor ha vuelto a llamar a nuestra puerta, ya que mi hermana ha decidido denunciar el abuso, como parte de la terapia que está siguiendo para reparar de alguna manera el daño sufrido.
En nuestra casa se ha reabierto la herida; sin embargo, como familia, la estamos acompañando en su decisión.
Hemos hablado con nuestros hijos y, con la fuerza de la unidad familiar, hemos compartido con ellos lo que estaba pasando.
Ha sido un momento muy intenso y sagrado. Hemos comprendido que la forma de cuidar de ellos sería hablar y pedir ayuda juntos.
Así, estamos siguiendo una terapia familiar.
Cada sesión es una ocasión para descubrir cómo cada uno de nosotros sufre por esta situación y cómo podemos acompañar mejor a nuestros hijos y ayudarnos mutuamente,
tanto como pareja como individualmente.
Estamos atravesando un momento de dolor, pero sentirnos acompañados como familia, y por las otras familias con las que compartimos nuestra experiencia cristiana, nos sostiene y nos permite seguir amando.
(Fuente: de Famiglie in Azione – Ed. Città Nuova 2022)
- Te proponemos un pequeño ejercicio personal o en pareja
(o para hacer en familia, si es posible): - ¿Ha habido algún momento de dificultad o de crisis que te haya marcado?
- ¿Ha habido algún pequeño momento de luz en medio de la dificultad?
- ¿Qué pequeño gesto puedes hacer esta semana para cuidar de tu familia?
<i>(p. ej., un momento de diálogo, un paseo juntos, pedir ayuda…)</i>
Foto Viarami Pixabay


