Mi mujer y yo tenemos cinco hijos, nacidos con poca diferencia de edad entre ellos. Crecí con dos hermanos y tres hermanas, y creía saber lo que significaba ser padre: amar a los hijos, intentar guiarlos y mostrarles lo que es importante y valioso en la vida.
Uno de ellos, sin embargo, ya a los cuatro años intentaba salirse con la suya siempre que podía. Logré mantenerlo bajo control y todo fue bien hasta que cumplió 15 años. Los padres de adolescentes me entenderán. Al empezar el instituto, empezó a meterse en líos con malas compañías. Comenzó a consumir drogas y a quedarse fuera hasta tarde por las noches. Siempre esperaba a que volviera a casa para darle una buena reprimenda, pero parecía que mis palabras le resbalaban. Era muy testarudo, así que le quité las llaves y cada noche salía a su encuentro. Sin embargo, cuanto más intentaba corregirlo, más se desvanecía nuestro diálogo.
Con el tiempo, las cosas empeoraron: empezó a contestarnos mal a mí y a sus hermanos. Estaba afligido y no sabía qué hacer. Hablarlo con mi esposa me dio una nueva perspectiva: «Lo estás juzgando. ¡Deja de hacerlo!».
Al principio me dije: «No lo estoy juzgando. Lo amo y por eso estoy tratando de ayudarlo». Pero confié en mi esposa y me di cuenta de que había algo de verdad en sus palabras. Juntos comprendimos que el camino correcto podía ser tratarlo con el mismo respeto y la misma dignidad que sus hermanos.
Así que me esforcé por dejar a un lado toda la decepción y el dolor que habían empezado a acumularse en mi interior, por emprender con él un nuevo camino y verlo bajo una nueva luz, como un joven que se enfrenta a aguas profundas. Acallé mis expectativas y empecé a escucharlo con atención, a acoger sus ideas y sus preocupaciones. Inesperadamente, me sorprendió diciéndome que quería ir a la universidad, él, que nunca hacía los deberes.
Hizo el examen de acceso a la Universidad de Illinois y obtuvo una puntuación muy superior a la media: solo por estar sentado en clase, en el instituto, lo había aprendido todo. En aquella época yo trabajaba en Chicago, así que podía dejarlo en la universidad a las 7 de la mañana y recogerlo después del trabajo. Durante nuestros desplazamientos diarios manteníamos largas charlas y, al poco tiempo, empezó a pedirme consejo —¡algo que no había hecho desde que tenía diez años!
Una noche lo oí hablar con sus hermanos: decía que debían mantenerse unidos y ayudarse mutuamente. ¡No me lo podía creer! Pensaba que solo se preocupaba por sí mismo y, en cambio, estaba mostrando otra faceta de su personalidad. Nuestra relación siguió creciendo, y sentía que él me respetaba cada vez más, al igual que yo a él.
Más tarde, mi mujer y yo decidimos mudarnos a Nueva York con nuestros dos hijos pequeños, dejando a los tres mayores en Chicago.
El hijo que antes consideraba el peor ha sido el que se ha ocupado de sus hermanos y los ha cuidado como lo habrían hecho una madre o un padre.
La sabiduría de mi esposa me ha ayudado mucho. También con nuestros otros hijos he comprendido que debo dejar a un lado los juicios y tratar de entenderlos cuando hacen cosas diferentes a las que espero. He descubierto que, de esta manera, el respeto se vuelve recíproco y sienta las bases para un intercambio más profundo de lo que ocurre en nuestras vidas.
(Fuente: de Famiglie in Azione – Ed Città Nuova 2022)
Preguntas para el diálogo familiar
- ¿Qué es lo que mi hijo querría que yo entendiera hoy?
- Cuando me siento inclinado a juzgar, ¿qué puedo hacer para detenerme?
- ¿Qué pequeño gesto puedo hacer esta semana para mostrar confianza?


