«Para nosotros cada objeto debe tener un sentido», repetía Marilen Holzhauser, una de las primeras focolarinas. La sobriedad, la esencialidad, fueron para las primeras compañeras de aventura de Chiara Lubich, el estilo de vida, la decoración, el vestir. La  belleza revela así el misterio de una flor que sólo consume lo que necesita y muestra de esta forma su auténtica belleza. La belleza se convierte en esplendor de la verdad. La armonía de la esencialidad hace descubrir que «la belleza salvará al mundo» y qué belleza salvará al mundo.

 

En la Carta a Diogneto,  se lee a propósito de los primeros cristianos: «Viviendo en ciudades griegas o bárbaras, donde está cada uno, y adaptándose a las costumbres locales en el vestido, en la comida y en todo el resto, dan un testimonio de vida social admirable y sin duda sorprendente».

Todo esto se refleja en la vida concreta de aquellos que se adhieren al “espíritu de la unidad”. Por ejemplo, los “Centros Mariápolis”, que acogen congresos y cursos de formación y las Ciudadelas de vida común, 22 en todo el mundo, son realidades concretas que se proponen restaurar en su integridad humana las relaciones sociales.  De igual modo, la producción de los Centro Ave y Azur, y las reuniones de “Art’è”, así como las obras de arte de pintores, músicos, pianistas, bailarines,… quieren expresar la continua novedad de Dios, fuente de belleza y armonía.

Escribía Chiara Lubich: «El artista verdadero es un grande. Todos lo dicen, aunque son pocos los críticos de arte; pero en todos se da la admiración y la fascinación por “lo bello”. El artista se aproxima en cierto modo al Creador. El verdadero artista posee su técnica, casi inconscientemente, y se sirve de los colores, de las notas, de la piedra, como nosotros nos servimos de las piernas para caminar. El punto de concentración del artista está en su alma, donde contempla una impresión, una idea que quiere expresar fuera de él. Por eso, con las infinitas limitaciones de su pequeñez de hombre en comparación con Dios, y, por tanto, con la infinita diversidad de las dos cosas “creadas”, (valga la palabra), el artista es, en cierto modo, uno que recrea, crea nuevamente; y una verdadera “recreación” para el hombre podrían ser las obras maestras de arte que otros hombres han producido. Por desgracia, por falta de verdaderos artistas, el hombre se recrea sobre todo en fantasías vacías, de cine, teatro, variedades, donde a menudo el arte ocupa poco sitio.

«El artista verdadero nos da, en cierto modo, con sus obras maestras, que son como juguetes frente a la naturaleza, obra maestra de Dios, el sentido de quién es Dios y nos hace descubrir en la naturaleza la huella trinitaria del Creador: la materia, la ley que la informa como un Evangelio de la naturaleza, y la vida, que es casi consecuencia de la unidad de las dos primeras. El conjunto, además, es algo que al continuar “viendo” ofrece la imagen de la unidad de Dios, del Dios de los vivos. Las obras de los grandes artistas no mueren, y aquí está el termómetro de su grandeza, porque la idea del artista se ha expresado, en cierto modo, perfectamente en la tela o en la piedra, componiendo algo vivo».

 

Hechos de vida