Un aspecto emblemático del Movimiento de los Focolares es la comunión, la unidad. Es la consecuencia de la Palabra vivida y comunicada.

Escribía Chiara: «El Movimiento antes no existía, después existió. Y como sabemos lo hizo nacer el Espíritu Santo, quien actuó de una manera muy precisa. Puso a las primeras focolarina en condiciones de dar el máximo relieve, quisiera decir, el único relieve, al Evangelio; iluminó sus palabras y las impulsó a vivirlas».

«¿El efecto? –se preguntó Chiara –. Lo sabemos, inesperado y maravilloso: por la Palabra vivida radicalmente, por la Palabra tomada en serio, surgió muy pronto una comunidad numerosa, que rápidamente se extendió a más de un centenar de pequeños pueblos de Trento: era el Movimiento de los Focolares. Personas que antes no se conocían, se convirtieron en una familia; cristianos, antes indiferentes el uno hacia el otro, se unieron entre ellos. Por lo tanto la Palabra de Dios obra este milagro: da origen a una comunidad visible ».

“Unidad” es la palabra que más caracteriza al Movimiento de los Focolares. Unidad que es de por sí comunión y comunicación. Unidad que tiene necesidad de una comunicación continua para ponerse al día. También así los medios de comunicación social están al servicio de la unidad. Las 38 ediciones de la Revista Ciudad Nueva, en 24 idiomas, junto con otras revistas, como Gen’s para el mundo sacerdotal y Unidad y Carismas para los religiosos, son realizaciones que tienen como objetivo la unidad. Así como los “Centros Santa Chiara” audiovisuales.

En el 2000 Chiara Lubich, dirigiéndose a una asamblea de comunicadores, les ofreció cuatro “principios” de la comunicación mediática:  «Para ellos es esencial comunicar. El esfuerzo por vivir cada día el Evangelio, la misma experiencia de la Palabra de vida, siempre ha estado y está indisolublemente unida al acto de comunicarla, a la narración de sus pasos y frutos, dado que la ley es amar al otro como a uno mismo. Pensamos que lo que no se comunica, se pierde. De este modo, sobre la vivencia se enciende una luz para quien narra y para quien escucha, y la experiencia parece fijarse en la eternidad. Podemos decir que tenemos casi una vocación a la comunicación».

Segundo principio: «Para comunicar, sentimos el deber de «hacernos uno» –como decimos nosotros– con quien escucha. Incluso cuando uno habla o desarrolla un tema, no nos limitamos a exponer lo que pensamos. Primero, sentimos la necesidad de saber a quién tenemos delante, de conocer al que escucha o al público, sus exigencias, sus deseos, sus problemas. Y también nos damos a conocer, explicamos por qué queremos tratar ese tema, qué nos ha impulsado, los efectos en nosotros mismos, y así creamos cierta reciprocidad. De ese modo los demás no sólo reciben el mensaje intelectualmente, sino que también participan de él y lo comparten».

Y todavía: «subrayar lo positivo. Siempre ha formado parte de nuestro estilo poner de relieve lo que es bueno, convencidos de que es infinitamente más constructivo destacar el bien, insistir en las cosas buenas y en las perspectivas positivas en lugar de pararse en lo negativo, aunque denunciar oportunamente errores, carencias y culpas es obligatorio para una persona responsable».

Por último:   « Lo que importa es la persona, no el medio, que es un simple instrumento. Para difundir la unidad, hace falta ante todo ese medio imprescindible que es el hombre, un hombre nuevo, en palabras de  San Pablo, que ha acogido el mandato de Cristo de ser levadura, sal y luz del mundo ».

 

 

 

 

 

 

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