8 Ago 2019 | Sin categorizar
En sus 66 años de vida, Christine, focolarina ugandesa, dijo con su vida que en el mundo no hay muros infranqueables. Supo amar a cada uno y en todo lugar con gran apertura: primero como artista del grupo internacional Gen Verde, luego en Italia, al servicio de la focolarinas; y finalmente nuevamente en África, primero en Tanzania y luego en Kenia.
A principios de los años 70, Chiara Lubich tenía una relación casi diaria con los Gen, los jóvenes del Movimiento de los Focolares. En un mundo en rápida evolución, sacudido por revoluciones de diferentes ideologías y colores, la fundadora de los Focolares los preparaba para la conquista del mundo a través del amor evangélico. Un proyecto de vida que, para ser aceptado, requería dejar todo atrás y saber mirar hacia adelante. En 1972 en Masaka, en Uganda, Christine Naluyange había hecho su elección. A los veinte años se fue a Fontem (Camerún) para participar en uno de los experimentos más visionarios de convivencia social de la época: vivir en una pequeña ciudad, nacida menos de 10 años antes, donde blancos y negros, sanos y enfermos, cultos y menos convivían para decir a sí mismos y al mundo que la fraternidad es un estilo de vida posible, productivo e incluso exportable. Hablar de Christine, focolarina africana, solo unos días después de su muerte el 21 de julio debido a una enfermedad agresiva, no solo es un deber, sino que es necesario en momentos como estos en los que en nombre de reivindicaciones se levantan todo tipo de muros o se quiere ver, del continente africano, solo los rostros de los que huyen en busca del futuro.
En sus 66 años de vida, Christine nunca ha considerado las muchas diferencias encontradas como muros insuperables. Al contrario, las acogió, hizo suya la riqueza de cada persona, pueblo y cultura: primero como artista, durante 23 años como parte del grupo internacional Gen Verde, luego en Italia, en el Centro del Movimiento, al servicio de focolarinas; luego nuevamente en África, primero en Tanzania y luego en Kenia. Una vida variada, la suya, plena, donde hizo de todo. Pisó escenarios, sirvió a los hermanos y ocupó cargos de responsabilidad; todo con gran naturalidad y normalidad. La suya fue una existencia muy rica de relaciones; se acercaba a las personas con el corazón de una madre, siempre dispuesta más a escuchar que a hablar, a cuidar de cada uno de manera concreta. No en vano, el lema de su vida era una frase del Evangelio que Chiara Lubich había elegido para ella: “Vayan y prediquen el Reino de Dios” (cf. Mc 16,15). De los muchos testimonios que han llegado en agradecimiento y alabanza a Dios, referimos dos que expresan bien la riqueza humana y espiritual de Christine. Maricel Prieto, española, que pasó 18 años con Christine en el Gen Verde, escribe: “De ella me viene en mente sobre todo una palabra: “realeza”. Christine era una reina en el escenario, pero también lo era cuando se acercaba a la gente, cuando saludaba a alguien, cuando cargaba o descargaba el material de nuestros camiones, cuando trabajaba en el jardín, cuando preparaba el almuerzo. Y esta no era una simple actitud, sino un constante “calarse” en el momento presente con una firme adhesión a la voluntad de Dios que la hacía siempre disponible, cercana”. “Después de haber vivido más de la mitad de su vida fuera del continente africano – dice Liliane Mugombozi – Chris, como la llamamos, había adquirido en cierto sentido una ‘cultura’ universal, incluso si – para quien la conocían bien – era una mujer ugandesa, auténtica hija de su tierra. A su lado se experimentaba una gran apertura; ella era un ‘mujer-mundo”. Impactaba su constancia en creer y vivir por la unidad con una mirada amplia, que sabía ir más allá de las injusticias sufridas. ¿Cómo explicar todo esto? Creo que Chris tomó una decisión en la vida: amar e hizo de Jesús crucificado y abandonado su modelo en todos sus esfuerzos de coherencia, de acuerdo con el estilo evangélico de la espiritualidad de la unidad”.
Stefania Tanesini
6 Ago 2019 | Sin categorizar
En el zoco de Alepo escuchamos las palabras de Jalal: la guerra es destrucción y pérdida, es verdad; pero al atravesar las puertas del Focolar descubrimos una casa y una comunidad, un refugio, lugar de consuelo, esperanza, alegría donde se apoyan recíprocamente para volver a levantarse y recomenzar. https://vimeo.com/343254795
4 Ago 2019 | Sin categorizar
A los 60 años de la “Consagración de los pueblos a María”, cuando, durante el período de posguerra, miles de personas de todos los continentes pronunciaron un pacto de unidad entre ellos y sus pueblos, la Mariápolis europea vuelve a lanzar el sueño de la fraternidad universal. “Amar la Patria del otro como la propia” es la invitación que el Movimiento Político por la Unidad (MPPU), fundado por Chiara Lubich, renueva en el contexto de la Mariápolis europea, que se lleva a cabo en los Alpes Dolomíticos. Una propuesta de fraternidad que sugiere recorridos nuevos en las relaciones entre los Estados y los pueblos. Hablamos de ello con la diputada Letizia De Torre, Presidente del Centro Internacional del MPPU: El MPPU es una corriente de pensamiento que quiere promover en el ámbito político la “cultura de la fraternidad”. ¿Qué consecuencias puede tener la adopción de esta categoría en las relaciones entre los Estados, las instituciones internacionales, los partidos políticos y los distintos representantes de los grupos políticos? Lo que Usted plantea en su pregunta es un pedido, que yo llamaría pesaroso, de un cambio a 360° de la política. De hecho, los ciudadanos están desilusionados, enfadados. Están indignados. Se sienten traicionados. Y tienen razón. La política, salvo raras excepciones, no ha sabido captar a tiempo el cambio de época que estamos viviendo en todo el mundo. Como consecuencia de ello están en una crisis profunda las relaciones y las organizaciones internacionales, los partidos y el sistema de representación. Los movimientos de ciudadanos están asumiendo un rol en todas partes, pero ¿a quién le pueden hablar? ¿Quién puede realizar lo que piden? La protesta no basta para cambiar las cosas. Para hacer intuir el alcance que podría tener el ideal de la unidad en las relaciones internacionales, imaginemos qué sucedería si los Estados (partiendo de las grandes potencias en carrera por su propia supremacía geopolítica) se comportaran en relación con los demás – en cualquiera de las actuales áreas en crisis – “como quisieran que los demás Estados actuasen con ellos”. Imaginemos si esa actitud fuera recíproca… Y no es una utopía, sería un realismo conveniente. En la investigación científica, por ejemplo en el espacio, desde cuando se optó por la cooperación en lugar de la competición, se han logrado conquistas enormes en beneficio de todos. Si los Estados descubrieran que pueden amarse, imaginemos qué conquistas de paz, de compartición de bienes, de conocimientos, de respeto de nuestra casa Tierra… En realidad el mundo está caminando lentamente en esa dirección y la idea de la unidad puede ser un potente acelerador. En los primeros años de la década de 1950 los países europeos empezaban a hacer nacer instituciones comunes: en 1952 nació la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, en 1957 la Comunidad Económica Europea. ¿Cómo podemos renovar hoy ese impulso unitario que pareciera extraviado? No creo que el proyecto de unidad europea se haya extraviado. Más bien creo que la Unión Europea se encuentra sacudida, como el resto del mundo, por las grandes transformaciones de este siglo y, a causa de la crisis cultural que atraviesa Occidente, no encuentra las energías para una nueva visión política, para un nuevo rol que debe ser asumido en el plano internacional; debería entender que tiene justamente en su propio lema “unidad y diversidad” el secreto para afrontar la gran complejidad de hoy. Tenemos que darnos cuenta de que la Unión Europea no está formada por las instituciones de Bruselas, sino sobre todo por sus ciudadanos, o sea por nosotros. Por ende, los pasos futuros dependen, en distintas formas, de todos nosotros. A nivel internacional, junto a situaciones de tensión, no faltan ejemplos de colaboración y conciliación entre los países. Sucede en el continente africano, en las relaciones entre Estados Unidos y Corea del Norte, y en el viejo continente. ¿Cómo podemos leer estos acontecimientos de la historia? El mundo sólo puede aspirar a la paz, a la concordia, a la colaboración. Sin duda es un camino lento, contradictorio, con muchas marchas y contramarchas, con mucho lastre entre los pies por la corrupción. Pero un camino al que quisiéramos dar un aporte con el paradigma que hemos mencionado antes “Haz al otro pueblo lo que quisieras que se te hiciese a ti”. Y para realizarlo no es suficiente ni siquiera (¡aunque ya sería mucho!) elegir a líderes preparados, capaces de jugarse por su pueblo y por la unidad de los pueblos, sino que también es necesario que los ciudadanos den su consenso, y, más aún, que impulsen una fraternidad global, sepan superar visiones mezquinas en función un bien común universal.
Claudia Di Lorenzi
2 Ago 2019 | Sin categorizar
La Duma, el parlamento ruso, invitó a miembros de los parlamentos y expertos para un intercambio sobre el desarrollo de los sistemas parlamentarios. Participó Letizia De Torre, presidenta del MPPU. “Es importante caminar junto con los que en el mundo, en cualquier modo, buscan un cambio. Todos nosotros, como individuos y como pueblos, estamos llamados a la unidad y debemos sacar a la luz todos los pasos positivos”. Esta es la primera impresión de Letizia De Torre, ex diputada del Parlamento italiano y presidente del Centro Internacional del Movimiento Político por la Unidad (MPPU), que del 30 de junio al 3 de julio participó en el Foro “Desarrollo del parlamentarismo”, sobre el desarrollo de los sistemas parlamentarios. Propuso un co-governance, es decir, la idea de una corresponsabilidad entre las instituciones y la sociedad civil en el gobierno de las ciudades y en las relaciones internacionales. Una idea que estuvo en el centro del congreso, celebrado el pasado enero, en Castel Gandolfo (Roma, Italia), propuesta en diferentes niveles y en diferentes países y que tendrá una segunda versión de alto nivel en Brasil en 2021.
¿Cómo llegó CO-Governance a Moscú? El Secretario General y el Asesor de la IAO (Interparliamentary Assembly on Orthodoxy), http://eiao.org/home_english_iao, – red de parlamentarios ortodoxos, también rusos, con quienes colaboramos – intervinieron en Roma, en el evento CO-Governance 2019. La idea les pareció interesante y lograron que el MPPU fuera invitado al Foro: http://duma.gov.ru/en/international/forum_english/. Debo decir que solo cuando llegué a Moscú entendí realmente por qué. De hecho, podemos sorprendernos: el sistema institucional ruso se define con expresiones tales como “democracia controlada”, “centralismo”, “ambivalencia entre modernización y tradicionalismo”, mientras que co-governance implica la corresponsabilidad, la participación generalizada, las relaciones innovadoras entre políticos y ciudadanos… En efecto, y es sintomático del cambio de época que estamos experimentando. A la política se le exige un cambio. Los ciudadanos ya no confían e Internet nos ha catapultado a un mundo diferente al de la rigidez de los palacios de la política. Muchos parlamentarios buscan nuevas formas y CO-Governance expresa la idea de una relación intensa entre políticos y ciudadanos, de una corresponsabilidad de gobierno en todos los niveles, sin miedo a este momento complejo.
¿Cómo fue recibida la propuesta? La idea de colaboración está madurando en todas las sociedades y también la declaración final del Foro va en esta dirección. Pero lo que fue acogido con sorpresa es la lógica política que se encuentra debajo: “Actúa hacia el otro Estado, hacia cada ‘otro tú’, como te gustaría que te hicieran a ti”. Esta actitud revoluciona la política, le da un nuevo rol necesario hoy: el de facilitador y catalizador para la colaboración entre todos. ¿Qué recaba el MPPU de esta presencia oficial en Rusia? He experimentado un cambio personal primero. El pueblo ruso es maravilloso, la acogida es atenta; Moscú es hermoso, rico en historia, eficiente, no puedes quitártelo del corazón. En este sentido es fácil sentirse pueblos hermanos. Pero acercar el sistema político de otro país es otra cosa. He “aterrizado” en una cultura política muy diferente y tenía miedo de no entenderla. Ante las primeras dificultades me encontré en una encrucijada: distinguirme o poner en acción “el método” que un día me fascinó: conscientemente tomé la decisión de amar a Rusia en la misma medida con la que amo a mi país. No amas a tu país porque es perfecto: simplemente lo amas. Disfrutas y sufres con él y por él en los buenos y en los malos momentos. Así es como empecé a entender a Rusia hoy, a mirar al mundo desde su punto de vista, incluso a sentir pena por los juicios negativos que recibe, a menudo funcionales en la carrera por la supremacía geopolítica. Aprecié la intención del “soft power” de este foro, con el que me parece que Rusia busca ganarse la confianza de otros estados, acercándose con más dignidad y respeto. Me encontré más abierta para aceptar, por ejemplo, la voluntad de unidad entre las dos Coreas de la diputada norcoreana; el compromiso de buscar “partnership” y la no dependencia de un parlamentario de Ghana; la esperanza de la delegación siria; la pregunta del parlamentario libanés “Pero, ¿por qué nos matamos?”, que concluyó con la fuerza que venía de su fe ortodoxa: “¡Dios no quiere esto!”.
Stefania Tanesini
1 Ago 2019 | Sin categorizar
El “corazón” es lo más íntimo que tenemos, lo más escondido, lo más vital; el “tesoro” es lo que tiene más valor, lo que nos da seguridad para hoy y para el futuro. El corazón es la sede de nuestros valores, la raíz de las opciones concretas; el lugar secreto en el que nos jugamos el sentido de la vida: ¿a qué le damos realmente el primer lugar? En el metro Mientras iba en el metro, repasaba un tema que me parecía muy importante para el examen que estaba por rendir. En una estación más adelante, entró otra estudiante, que conozco. Tenía que dar el mismo examen y me preguntó un tema que para mí era de muy poca importancia. Viendo su nerviosismo, “me olvidé” de mi programa y me dediqué al tema que ella me proponía. Cuando más tarde me presenté a dar el examen, el profesor me preguntó justamente el tema que le había explicado poco antes a mi compañera. (M.L. – Alemania) Una vida encendida por Dios Soy turca, musulmana. Cuando le dije a mi esposo, Sahib, que creía estar embarazada por cuarta vez, él empezó a hacerme una lista de todos los sacrificios que deberíamos afrontar de allí en más. Quedé muy confundida y entonces le pregunté a mi ginecóloga si aún estaba a tiempo de abortar. Me dijo que lo único que tenía que hacer era ponerme en la lista. Pero dentro de mí advertía que nadie en el mundo tenía la autoridad de apagar una vida que Dios había encendido. Los meses siguientes fueron muy duros, pero yo ya estaba decidida a luchar. Varias amigas, cristianas y musulmanas, estuvieron a mi lado. Leyendo el Corán sentía el calor de Dios, que me daba fuerza. Sahib poco a poco volvió a encontrar la paz. Nunca habíamos sido tan felices como ahora con este niño. Con él, Dios ha venido a vivir bajo nuestro techo. (F.O. – Alemania) Enfermo terminal En los días que pasé en el hospital por un tumor irreversible, experimentaba la cercanía de Dios y sentí que me invadía una grande e inexplicable felicidad. Trataba de estar cerca de los otros enfermos, y nos sentíamos hermanos, no sólo en nuestra habitación, sino también con los demás. Cada vez que alguno se iba por el alta, la separación era un dolor. Parecía que la enfermedad era una ocasión para ir en profundidad en nuestras relaciones. Ahora que las fuerzas disminuyen, siento que la fraternidad construida en el hospital me acompaña y me sostiene en este último trecho del camino. (M.J. – Francia) Solidaridad Desde un hospital nos había llegado el pedido de hacer algo por una chica albanesa de 19 años que acababa de dar a luz. Junto con su marido y un hermano vivían en un coche. Mi esposo fue a pedirle al director del hospital si podía tener a madre e hijo hospitalizados aún durante unos días más; y tras su consentimiento les pregunté a mis padres si estaban dispuestos a alojar a la familia en un viejo apartamento de su propiedad. Con la ayuda de dos chicos albaneses y otros amigos, mi marido se puso a pintar las habitaciones. Un amigo puso a disposición algunos muebles, un fontanero hizo gratuitamente trabajos que eran necesarios. Cuando salió del hospital, L. encontró una casa acogedora. Los servicios sociales del Municipio le consiguieron una comida al día, mientras no tuviera un trabajo. (A.A. – Italia)
Recopilado por Chiara Favotti
31 Jul 2019 | Sin categorizar
“¿Qué te parece?, “¿qué harías en mi lugar?”. Cuántas veces alguien nos pide una mano o entendemos que tendría necesidad, o bien estamos seguros de que para ayudar a ese amigo, hermano, a esa persona, realmente se debería “hacer así”. En pocas líneas tomadas de “Meditaciones”, el libro que recoge sus primerísimos escritos espirituales, Chiara Lubich nos invita a cambiar de perspectiva y a ponernos del lado de Dios para tener, no el nuestro, sino Su amor hacia quien quiera que sea. Hay quien hace las cosas «por amor». Hay quien hace las cosas tratando de «ser el Amor». Quien hace las cosas «por amor» puede que las haga bien, pero, creyendo por ejemplo que presta un gran servicio al hermano, quizá enfermo, puede aburrirle con sus charlas, con sus consejos, con sus favores: con una caridad poco acertada y molesta. Pobrecillo; él tendrá mérito, pero el otro tiene una carga. Y esto sucede porque hace falta «ser el Amor». Nuestro destino es como el de los astros: si giran existen, si no giran no existen. Nosotros somos –en el sentido de que en nosotros vive la vida de Dios y no la nuestra– si no dejamos de amar ni un instante. El amor nos sitúa en Dios, y Dios es el Amor. Pero el Amor, que es Dios, es luz, y con la luz se ve si nuestro modo de acercarnos y de servir al hermano es conforme al querer de Dios, como el hermano lo desearía, como lo soñaría si tuviese al lado a Jesús y no a nosotros.
Chiara Lubich