11 Feb 2015 | Sin categorizar

«Si nosotros ponemos a la base de las leyes o de las iniciativas sociales la mentalidad de irrespeto al que sufre, al incapacitado, al anciano, poco a poco creamos una falsa sociedad, porque damos importancia solamente a algunos valores, como la salud física, la fuerza, la productividad exasperada, el poder y alteramos el fin por el que vive un Estado, que es el bien del hombre y de la sociedad.
La salud, como se sabe, es un don precioso que es necesario salvaguardar.
Por eso, es necesario hacer de manera que nuestro físico y el de nuestros hermanos se nutra, descanse, no se exponga a enfermedades, a accidentes, a un deporte exagerado.
También el cuerpo, de hecho, es importante para un cristiano.
Pero, si la integridad del cuerpo estuviese en peligro, tenemos que recordar que hay una Vida que no está condicionada por nuestro estado de salud, sino por el amor sobrenatural que arde en nuestro corazón.
Y esta Vida superior es la que da valor a la vida física también durante la enfermedad.
De hecho, si las enfermedades se consideran sólo bajo el punto de vista humano sólo se pueden definir como desgracias. Pero si se miran con la perspectiva cristiana, vemos que son pruebas en las que nos entrenamos para la gran prueba que nos espera cuando debamos afrontar el paso a la Otra vida.
¿No ha dicho recientemente el Santo Padre que las enfermedades son ejercicios espirituales que Dios mismo nos predica?
Los enfermos tienen mayor fortuna, de otro tipo, que los demás.
La Iglesia, en ascética y mística, habla de las enfermedades no sólo como de algo que pertenece al campo de la Medicina, sino como purificaciones que Dios envía, por lo tanto, como peldaños hacia la unión con Dios.
La fe nos dice, además, que el hombre en las enfermedades participa de los sufrimientos de Cristo. Es, pues, otro Cristo crucificado que puede ofrecer su sufrimiento por lo que más vale: la salvación eterna de los hombres.
Nosotros, en el torbellino del trabajo y de la vida cotidiana a veces nos vemos tentados de considerar a las personas que sufren sólo como casos marginales a los que hay que ayudar para que superen rápidamente la enfermedad y vuelvan pronto a la actividad y no pensamos que ellos son, desde ahora, los que más pueden hacer y obrar.
Pero los enfermos son capaces de desarrollar bien su función en favor de la humanidad, si se sienten comprendidos y amados. Con el amor se les podrá ayudar a dar un significado a su estado, a ser conscientes de lo que ellos representan.
Y lo que vale para los enfermos, vale para los discapacitados. También el que tiene una incapacidad de cualquier tipo necesita amor.
Siente la exigencia de ser reconocido por el valor que tiene su vida: sagrada como cualquier otra vida, con toda la dignidad que de ello deriva. Necesita ser considerado como una persona que ha de vivir lo más posible conviviendo normalmente entre los demás hombres.
¿Y que podemos decir de los ancianos?
Toda vida necesita amor. También los ancianos necesitan amor.
Hoy en día, los ancianos constituyen incluso un problema, porque se nota un gran aumento de personas de edad avanzada, debido a que se prolonga el nivel medio de la vida.
Se advierte así que en la sociedad se tiende a marginar a los ancianos, a considerarlos, porque no producen, una carga social. Se habla de los ancianos como si fueran una categoría en sí, casi como si no se tratase de hombres.
Después, en los mismos ancianos, al desgaste físico acompaña, a menudo, un grave malestar psicológico: sentirse superados.
Hace falta volver a dar esperanza a los ancianos.
La vejez no es otra cosa que la tercera etapa de la existencia. La vida que nace, la vida que crece, la vida que declina no son sino tres aspectos del misterio de la existencia que proviene de Dios-Amor.
En ciertos países asiáticos y africanos el anciano es valorizado porque se le considera un maestro de vida, porque posee la sabiduría.
El anciano, efectivamente, es una persona que pone de relieve lo esencial, lo más importante. Recordemos lo que se dice de San Juan Evangelista que con más de 80 años, cuando visitaba las comunidades cristianas y le preguntaban cuál había sido el mensaje de Jesús, siempre respondía: «Amaos recíprocamente», como si no tuviese nada más que añadir. Pero con esta frase verdaderamente centraba el pensamiento de Cristo.
Privarse de los ancianos es privarse de un patrimonio.
Es necesario valorizarlos, amándolos. Y valorizarlos también cuando están enfermos, incluso de gravedad; cuando humanamente no existen esperanzas y la necesidad de asistencia es más exigente.
Ante Dios no existe vida, ni hay etapa de la vida, que sea indigna de ser vivida».
Centro Chiara Lubich
Video (en italiano)
10 Feb 2015 | Sin categorizar
Un pacto educativo que es necesario reconstruir de forma armoniosa: entre la familia, la escuela, las instituciones civiles, la cultura. Ésta es la idea que subyace al proyecto de las Scholas Occurrentes, [las escuelas que salen al encuentro, escuelas cercanas] surgidas en Argentina por iniciativa del entonces arzobispo de Buenos Aires J.M. Bergoglio y hoy presentadas a nivel internacional. «La iniciativa de Scholas quiere de alguna forma reintegrar el esfuerzo de todos a favor de la educación, quiere volver a estipular el pacto educativo de manera armoniosa, porque sólo sí nos armonizamos, todos nosotros responsables de la educación de nuestros muchachos y jóvenes, ésta podrá cambiar. Es por esto que Scholas promueve la cultura, el deporte, la ciencia; por esto Scholas tiende puentes, sale de lo “pequeño” y va más lejos. Hoy en día se está realizando esta interacción, este conocimiento, en todos los continentes», subraya el papa Francisco, a conclusión del 4° congreso mundial que se llevó a cabo en el Vaticano del 2 al 5 de febrero pasados. El momento culminante de estos días fue la conexión en video conferencia con algunos chicos discapacitados que participan en los programas de inclusión escolar de las 400.000 escuelas vinculadas al proyecto. Entre ellos estaba Isabel de 13 años, no vidente, quien ama el atletismo y le pidió al Papa que les diga a quienes están en dificultades «que no se rindan, porque con un poco de esfuerzo se puede llegar a donde sea». Sí, porque «en todos ustedes hay un cofre», dijo Francisco en el video mensaje a los chicos, «y dentro de él hay un tesoro. Vuestro trabajo es abrir el cofre, sacar el tesoro, hacerlo crecer, darlo a los demás y recibir el tesoro de los demás». Estaban presentes más de 250 personas entre los mayores expertos en materia de educación y responsabilidad social, de credos y culturas distintas, además de delegaciones de organizaciones deportivas, como también representantes del mundo del arte, del espectáculo y de la cultura, y de sociedades de Tecnología, información y comunicación (TIC’s) que, a través de la tecnología más avanzada, permiten «construir un aula en donde todos puedan encontrar un lugar», tal como declaró José María del Corral, director de las Scholas.
En su intervención el Papa indicó las siguientes pistas de trabajo para la educación: redescubrir el juego como camino educativo, educar a la belleza, volver a encontrar la armonía entre el “lenguaje de la cabeza” y el “lenguaje del corazón”. Palabras que resultaron como una chispa para los actores en juego, presentes en el congreso de Scholas, quienes, en los días anteriores habían presentado experiencias, investigaciones y proyectos educativos en los que el aprendizaje y la solidaridad se funden en una línea pedagógica incluyente: alumnos con necesidades educativas especiales, dependencias, pobreza, cuidado del medio ambiente. Al respecto se presentaron, entre otros, algunos proyectos surgidos en el ámbito de los Focolares, como el proyecto Udisha en la India, la campaña contra del juego de azar de Slot Mob en Italia, el proyecto Living Peace en Egipto. Dos mañanas se dedicaron además a profundizar en la pedagogía del Aprendizaje y el Servicio Solidario, desarrollada y promovida por María Nieves Tapia de los Focolares y presentada en sus principios teóricos por Carina Rossa, de Educación y Unidad (EDU). La red de Scholas se comprometió en aplicarla. «Quienes salen ganando con todo esto son los muchachos», concluyó papa Francisco, subrayando así la importancia de este trabajo que conduce a construir puentes entre jóvenes de todas las naciones y credos, mediante la educación a la paz y a la fraternidad. Más aún, afirmó también: «No vamos a cambiar el mundo, si no cambiamos la educación». Un verdadero «plan de rescate» en curso, tal como lo definió en otras ocasiones, para poner freno a la ‘cultura del descarte’ que no está dejando lugar, en la sociedad, a toda una generación de niños y jóvenes. Y seguir creyendo que «la vida es un tesoro hermoso, pero tiene sentido sólo si la donamos». Información para adherir al proyecto: www.scholasoccurrentes.org Discurso integral del Papa
7 Feb 2015 | Sin categorizar
«Con veintiocho años de matrimonio, cuatro hijos, de los cuales tres se quedaron en Lubumbashi (Congo) para estudiar en la Universidad, el descubrimiento de Dios como amor, el ponerlo en el primer lugar de nuestra vida personal y de pareja, han sido los antecedentes espirituales que nos impulsaron a dejar todo para seguir a Cristo.
Desde hacía mucho tiempo la comunidad del Movimiento en Gabón estaba pidiendo la apertura de un focolar en Libreville. Así, en el 2011, llegamos nosotros como “familia-focolar”.
Nuestra elección nos llevó a ofrecer nuestra disponibilidad, a dejar nuestro trabajo y a ir a una tierra nueva. Nunca nos habíamos separado de nuestros hijos por un período tan largo. No fue fácil, pero con el consenso de toda la familia, sentimos que lo podíamos hacer. Eran muchos los interrogantes… pero la confianza en Dios-Amor era grande.
A nuestra llegada a Gabón la primera preocupación fue la de reforzar nuestro amor recíproco de esposos. De este modo el amor entre nosotros creció más, llevándonos a recomenzar siempre y amarnos el uno al otro y amar a todos los que encontrábamos.
Aquí hemos encontrado una comunidad realmente acogedora, receptiva y, a pesar de las estrecheces de la vida, muy generosa. Hemos hecho numerosos viajes recorriendo todo el país, para encontrarnos con las comunidades más lejanas. Todos nos han acogido con entusiasmo. Incluso, en algunas aldeas, nos esperaban a lo largo de las calles, con ramas de árboles plantadas a lo largo del recorrido para manifestar su alegría.
La familia cristiana aquí, como en el resto de África, sufre el contragolpe de las mutaciones socioculturales, y esto nos cuestiona mucho. Estamos acompañando en el camino de la fe a muchas parejas y hoy día varias de ellas han recibido el sacramento del matrimonio, otras están haciendo un camino para prepararse a regularizar su unión.
Hemos experimentado fuertemente la providencia de Dios, empezando por la casa que nos donó el Arzobispo de Libreville para las actividades del Movimiento. Para amoblarla, cada persona de la comunidad trajo lo que podía: una cama, un colchón, un par de sábanas, una cocina económica, un tenedor, un plato… Simultáneamente, todas las comunidades de Gabón se han organizado para ayudar concretamente con las necesidades de nuestra vida cotidiana. Periódicamente nos hacen llegar mandioca, arroz, bananos. A menudo alguno toca la puerta y con sorpresa vemos llegar aquello que necesitamos.
La unidad, el amor, la fe en las palabras del Evangelio nos han permitido superar las inevitables dificultades que encontramos aquí: la falta de trabajo, la enfermedad, la incomprensión…
Después de tres años, regresamos a Lubumbashi. Encontramos a nuestros hijos crecidos en edad y sabiduría. También en esto hemos visto que el Evangelio es verdadero. Volver a verlos fue una grandísima alegría y con cada uno de ellos sentimos una profunda unidad de corazón y de alma.
Cuando regresamos, ellos nuevamente renovaron su disponibilidad de ‘mandarnos’ de misión, lo que quiere decir hacer que las personas encuentren a Dios a través de nuestro amor recíproco y cubrir, con el calor de la familia y nuestra unidad, el gran deseo de la comunidad de Gabón de contar con un auténtico focolar”.
Jeanne y Agustín Mbwambu
3 Feb 2015 | Sin categorizar
La Semana de oración por la unidad de los cristianos y el año dedicado por la iglesia católica a la vida consagrada. Dos felices coincidencias en las cuales la vocación de Heike Vesper, focolarina de la iglesia evangélica-luterana alemana, se presenta especialmente significativa.
«Tenía dieciséis años cuando murió mi hermano gemelo, quien sufría una grave discapacidad mental,–cuenta-. A partir de esta circunstancia tan dolorosa nació en mí el deseo de vivir una vida que realmente tuviera sentido. Ciertamente no pensaba en una vida de consagración a Dios. En las iglesias de la reforma la vida monástica casi ha desaparecido. Para Lutero cada cristiano bautizado tiene en sí mismo un llamado totalitario a seguir a Jesús, que se realiza sustancialmente en el trabajo y en la familia. Por lo tanto Lutero no veía en la consagración a Dios un estado privilegiado, precisamente porque todos estamos llamados a la perfección, que se vuelve alcanzable sólo con el amor de Dios, con su misericordia. Por lo que a mí respecta, la consagración a Dios era algo totalmente extraño. Extraño también por el ambiente ateo que me rodeaba con el comunismo de la Alemania del Este de entonces.
Algunos meses después, en la primavera de 1977, conocí a los jóvenes de los Focolares, un movimiento nacido en la iglesia católica, abierto al diálogo con fieles de otras iglesias o religiones, y con personas de convicciones no religiosas. Fuertemente atraída por la radicalidad de su elección evangélica, también yo me comprometí junto con ellos en múltiples actividades formativas y sociales que nos proponían o que nosotros suscitábamos. Nuestros animadores eran personas un poco más grandes que nosotros, los y las focolarinas. Ellos habían hecho una elección totalitaria de Dios, viviendo en comunidad. Su vida me producía una gran fascinación, pero la veía demasiado alta para mí, inalcanzable.
En un momento dado tuvo lugar una situación de incomprensión entre el Focolar y mi pastor, por la elección personal de uno de nosotros. No era algo grave, pero sí lo suficiente para hacerme comprender que basta poco para despertar antiguos prejuicios y volver a abrir heridas que parecían estar en proceso de sanación. Fue una experiencia muy fuerte, en ella percibí que Dios me llamaba a dar, con mi vida, un ejemplo de que la unidad es posible y que esto podía realizarlo a través del Focolar. Ante este llamado sentí alegría y temor. De hecho, no me sentía capaz de afrontar 24 horas sobre 24 la tensión de la diversidad entre nuestras iglesias. Durante dos años traté de hacer callar dentro de mí esta invitación de Dios, pero cada tanto volvía a aflorar con más fuerza.
En una visita de Chiara Lubich a Alemania, un grupo de evangélicos le hacían algunas preguntas. Con sus respuestas todos mis nudos se soltaron. En sus palabras comprendí que entrar al Focolar significaba vivir el Evangelio ayudada por hermanos animados por el mismo propósito radical; querer hacerlo como cristianos católicos y evangélicos juntos; lo que significaba elegir como modelo a Jesús cuando se sintió abandonado por su Padre, gritando un ‘por qué’ que para él quedó sin respuesta, en donde recompuso la unidad entre Dios y los hombres, entre los pueblos, entre las distintas iglesias, entre todos nosotros.
En ese momento no pensé que todo esto significaría consagrarme a Dios, sino sólo responder a un llamado de Dios a dar testimonio con mi vida que la unidad es posible. Esta pasión por la unidad me marcó el corazón y el alma y siempre me ha dado alas también en los momentos de oscuridad o de prueba.
Cuando estaba en el Focolar de Lipsia, a menudo iba a la Santa Cena donde estaban los hermanos de la Christusbruderschaft. Un día, uno de ellos me preguntó cómo hacíamos para permanecer fieles a nuestras iglesias y vivir una vida espiritual intensa con los católicos. Entendí en ese momento el gran valor de la consigna de Chiara: Jesús abandonado. Amándolo a Él, quien se hizo división por nosotros, no sólo encontramos la fuerza para no sentirnos divididos en nosotros mismos, sino para ser unidad para los demás. En Él descubrimos la importancia de vivir con Jesús presente espiritualmente en medio nuestro, atraído por nuestro amor recíproco. Una presencia que no está vinculada a ningún sacramento, sino a la vida de la Palabra».
2 Feb 2015 | Sin categorizar
«La espiritualidad de Chiara Lubich nos propone abrirnos a la comunión antes que nada en la familia y, una vez construida la unidad, abrirla a otras familias. Ninguna familia es una isla. Necesitamos compartir bienes espirituales y materiales, propósitos, conocimientos, tiempo, competencias, para construir redes capaces de ponerse al servicio del mundo, que espera ver el testimonio de un amor que siempre puede volver a empezar».
Anna y Alberto Friso comentan con alegría la apertura de la causa de beatificación de Chiara Lubich, que se llevó a cabo el martes pasado [27 de enero] en Frascati. Ellos conocieron personalmente a la fundadora del Movimiento de los Focolares (quien en 1967 fundó también «Familias nuevas», una de las primeras asociaciones para la familia, de la que los Friso fueron responsables durante 12 años) cuando eran recién casados: llegaron de Padua a Rocca di Papa, con su primogénito lactante, para participar en un congreso de familias.
Recuerdan: «Nos impresionó el hecho de que una persona consagrada tuviera tanto interés en la familia y que su ideal se pudiera aplicar también a nuestra vocación de esposos». No sólo: «Chiara era una mujer moderna, bella sin ser vistosa, elegante pero no rebuscada, con una forma de hablar cautivante y armoniosa – notan los Friso –. Nosotros veníamos de la provincia, éramos dos simples empleados, bastante torpes. Con sencillez y convicción nos dijo que Jesús contaba también con nosotros, como personas y como familia». Chiara Lubich, de hecho, estaba convencida de que la espiritualidad de la unidad era especialmente adecuada para la familia, porque ésta, en su designo original, es una pequeña comunidad de personas unidas por el amor».
Hoy en día Alberto y Anna están encargados de la Asociación «Acciones de Familias Nuevas«, comprometida en el Sur del mundo y con adopciones a distancia. Cuando eran responsables de «Familias nuevas», se encontraban regularmente con la fundadora: «Escuchaba nuestras dificultades y proyectos, pero sobre todo nos animaba. Sin su impulso, hubiera sido demasiado complicado, para dos pobres criaturas, llevar adelante un movimiento de familias tan numeroso y de alcance mundial. Ella nos orientaba, nos confirmaba, soñaba con nosotros. Y muy a menudo expresaba su confianza en nosotros los casados».
Chiara Lubich acostumbraba animar a los cónyuges Friso, que son miembros del Pontificio Consejo para la familia, para que se dedicasen especialmente a los separados, a los divorciados y a los que se han vuelto a casar, es decir a aquellos que ella misma definía como «el rostro de Jesús crucificado y abandonado». El carisma de Chiara sigue anunciando a la familia y a las familias del Movimiento el amor divino hacia cada uno, «una convicción que no surge sólo de la Escritura, sino del haberlo experimentado personalmente, en nuestras vivencias. Un anuncio que resulta eficaz también para quienes ya no esperan o han perdido la fe, o piensan que la separación es inevitable. Y si Dios me ama a mí, si dio su vida por mí, yo también debo – ¡puedo! – responder a este amor, amando al prójimo que está a mi lado. Y ¿quién es más prójimo que el esposo, los hijos, los familiares?», se preguntan Alberto y Anna, explicando: «Si nos ponemos honestamente en el rayo de un amor arraigado a lo Absoluto, todo se vuelve posible: acogida, servicio, escucha, amor desinteresado, gratuidad, perdón…».
30 Ene 2015 | Palabra de vida, Sin categorizar
Queriendo ir a Roma y, desde allí, proseguir hacia España, el apóstol Pablo manda primero una carta suya a las comunidades cristianas presentes en aquella ciudad. En estas, que pronto testimoniarán con innumerables mártires su sincera y profunda adhesión al Evangelio, no faltan, como en otros lugares, tensiones, incomprensiones y hasta rivalidades. En efecto, los cristianos de Roma son de diversa extracción social, cultural y religiosa. Los hay que proceden del judaísmo, del mundo helénico y de la antigua religión romana, tal vez del estoicismo o de otras corrientes filosóficas, cada una con sus propias tradiciones de pensamiento y convicciones éticas. A algunos se los llama débiles porque tienen usanzas alimentarias peculiares –son vegetarianos, por ejemplo– o se atienen a calendarios que señalan días especiales de ayuno; a otros se los llama fuertes porque, libres de estos condicionamientos, no están sujetos a tabúes alimentarios o a rituales especiales. A todos les dirige Pablo una invitación apremiante:
«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».
En esa misma carta ya antes había entrado en el tema dirigiéndose primero a los fuertes para invitarlos a acoger a los débiles «sin discutir sus razonamientos»; y luego a los débiles para que acojan a su vez a los fuertes «sin juzgarlos, pues Dios los ha acogido».
Pablo está convencido de que cada cual, aun en la diversidad de criterios y usanzas, actúa por amor al Señor. Por ello no hay motivo para juzgar a quien piensa distinto, y menos aún de escandalizarlo actuando con arrogancia y con sentido de superioridad. Lo que hay que tener más bien en el punto de mira es el bien de todos, la «edificación mutua», o sea, el construir la comunidad, su unidad (cf. 14, 1-23).
También en este caso, se trata de aplicar la gran norma del vivir cristiano que Pablo había recordado poco antes en su carta: «la plenitud de la ley es el amor» (13, 10). Al dejar de comportarse «conforme al amor» (14, 15), se había debilitado en los cristianos de Roma el espíritu de fraternidad que debe mover a los miembros de toda comunidad.
El apóstol propone como modelo de acogida mutua a Jesús cuando, en su muerte, en lugar de «buscar su propio agrado», cargó con nuestras debilidades (cf. 15, 1-3). Desde lo alto de la cruz atrajo a todos a sí y acogió tanto al judío Juan como al centurión romano, tanto a María Magdalena como al malhechor crucificado junto a él.
«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».
También en nuestras comunidades cristianas, aunque todos somos «amados de Dios, llamados santos» (1, 7), se dan, igual que en las de Roma, desacuerdos y choques entre diferentes modos de ver y culturas en muchos casos distantes unas de otras. A menudo se contraponen los tradicionalistas y los innovadores –usando un lenguaje quizá un poco simplista pero fácilmente comprensible–, personas más abiertas y otras más cerradas, interesadas en un cristianismo más social o más espiritual; diversidades que son alimentadas por convicciones políticas y extracciones sociales diferentes. El fenómeno migratorio actual añade a nuestras asambleas litúrgicas y a los distintos grupos eclesiales más elementos de diversificación cultural y de procedencia geográfica.
La misma dinámica puede surgir en las relaciones entre cristianos de Iglesias distintas, pero también en la familia, en el ámbito laboral o en el político.
Entonces se insinúa la tentación de juzgar a quien no piensa como nosotros, o de considerarnos superiores, en una estéril confrontación y exclusión recíproca.
El modelo que Pablo propone no es la uniformidad que despersonaliza, sino la comunión entre diversos que enriquece. No es casual que dos capítulos antes, en la misma carta, hable de la unidad del cuerpo y de la diversidad de sus miembros, así como de la variedad de carismas que enriquecen y animan la comunidad (cf. 12, 3-13). Usando una imagen del papa Francisco, «el modelo no es la esfera…, donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro», que tiene superficies distintas entre sí y una composición asimétrica donde «todas las parcialidades conservan su originalidad». «Incluso las personas que puedan ser cuestionadas por sus errores, tienen algo que aportar que no debe perderse. Es la conjunción de los pueblos que, en el orden universal, conservan su propia peculiaridad; es la totalidad de las personas en una sociedad que busca un bien común que verdaderamente incorpora a todos»[1].
«Por eso, acójanse mutuamente, como Cristo los acogió para gloria de Dios».
La palabra de vida es una invitación apremiante a reconocer lo positivo del otro, al menos porque Cristo dio la vida también por esa persona a la que me darían ganas de juzgar. Es una invitación a escuchar desactivando los mecanismos defensivos, a permanecer abiertos al cambio, a acoger la diversidad con respeto y amor, para llegar a formar una comunidad plural y al mismo tiempo unida.
Esta palabra ha sido elegida por la Iglesia Evangélica en Alemania para que sus miembros la vivan y los ilumine durante todo 2015. El compartirla miembros de diferentes Iglesias, al menos este mes, muestra ya un signo de acogida recíproca.
Así podríamos dar gloria a Dios «unánimes, a una voz» (15, 6), porque, como dijo Chiara Lubich en la catedral de la Iglesia Reformada de St. Pierre, en Ginebra, «el tiempo presente […] requiere de cada uno de nosotros amor, requiere unidad, comunión, solidaridad. Y llama también a las Iglesias a recomponer la unidad rota desde hace siglos. Esta es la reforma de las reformas que el Cielo nos pide. Es el primer paso, y necesario, hacia la fraternidad universal con todos los hombres y las mujeres del mundo. Pues el mundo creerá si estamos unidos»[2].
Fabio Ciardi
[1] Francisco, exhortación pastoral Evangelii gaudium, 236.
[2] C. Lubich, Il dialogo è vita, Roma 2007, pp. 43-44.