Movimiento de los Focolares

junio 2004

Hacía poco que Jesús había tomado la decisión de iniciar el gran viaje hacia Jerusalén, donde debía cumplirse su misión. (Lc 9, 51) Había otros que querían seguirlo, pero Jesús les advierte que caminar con él es una opción seria. Será una marcha difícil, que requerirá contemporáneamente valentía y la misma determinación con la cual él ha decidido llegar hasta el fondo en el cumplimiento de la voluntad del Padre.
Jesús sabe que, al entusiasmo inicial, le puede suceder el desaliento. Acababa de contar la parábola del sembrador: las semillas caídas sobre las piedras “son los que reciben la Palabra con alegría, apenas la oyen, pero no tienen raíces: creen por un tiempo, y en el momento de la tentación se vuelven atrás” (Lc 8, 13). Jesús quiere ser seguido con radicalidad y no hasta cierto punto, a medias. Una vez que uno se ha puesto a vivir por Dios y por su Reino, no es posible volver a recuperar lo que se había dejado, a vivir como antes, a pensar en los intereses egoístas de un tiempo:

«El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios»

Cuando nos llama a seguirlo – y todos, de distintas maneras, somos llamados -, Jesús nos abre por delante un mundo nuevo por el cual vale la pena romper con el pasado. A veces, sin embargo, nos asaltan recuerdos nostálgicos o se insinúa y presiona sobre nosotros la mentalidad común, muchas veces no evangélica.
Nos vemos, entonces, en dificultades. Por un lado querríamos amar a Jesús, y por el otro querríamos dar cabida a nuestros apegos, nuestras debilidades, nuestras mediocridades. Querríamos seguirlo, pero sentimos la tentación de mirar atrás, volver sobre nuestros pasos, o bien dar un paso adelante y dos atrás…
Esta Palabra de vida nos habla de coherencia, de perseverancia, de fidelidad. Si hemos experimentado la novedad y la belleza del Evangelio vivido, veremos que nada es más contrario a él que la indecisión, la pereza espiritual, la poca generosidad, las componendas, las medias tintas. Decidamos seguir a Jesús y entrar en el maravilloso mundo que él nos abre. Nos ha prometido que “quien persevere hasta el fin se salvará”.
(Mt 10,22)

«El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios»

¿Qué hacer para no ceder a la tentación de mirar atrás?
En primer lugar, no prestar oídos al egoísmo, que pertenece a nuestro pasado, cuando no se quiere trabajar como se debe, o estudiar con empeño, o rezar bien, o aceptar con amor una situación que pesa y duele, o bien cuando se querría hablar mal de alguien, no tener paciencia con algún otro, vengarse. A estas tentaciones les tenemos que decir que no diez, veinte veces al día, si fuera necesario.
Pero esto no es suficiente. Con los no, no se llega muy lejos. Se necesitan sobre todo los sí, a lo que Dios quiere y a lo que los hermanos y las hermanas esperan.
Asistiremos entonces a grandes sorpresas.
Recuerdo aquí una experiencia mía.
El 13 de mayo de 1944 un bombardeo había dejado inhabitable mi casa y esa noche, para refugiarnos, habíamos escapado con mi familia a un bosque cercano. Lloraba, comprendiendo que no podría partir de Trento con ellos, a los que tanto amaba. Veía ya en mis compañeras el Movimiento naciente: no habría podido abandonarlas.
¿El amor a Dios tenía que vencer también esto? ¿Tenía que dejar que los míos se fueran solos, cuando yo era la única que en ese momento los sostenía económicamente? Lo hice, con la bendición de mi padre.
Más tarde supe que habían partido contentos y muy pronto encontraron una buena ubicación.
Volví a buscar a mis compañeras entre las casas y las calles reducidas a escombros. Gracias a Dios, todas estaban a salvo. Nos ofrecieron un pequeño departamento. ¿El primer focolar? Nosotras no lo sabíamos, pero así era.

«El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios»

Vayamos entonces siempre adelante, hacia la meta que nos espera, manteniendo fija la mirada en Jesús. (Heb 12, 1-2) Cuanto más nos enamoramos de él y experimentamos la belleza del mundo nuevo al cual ha dado vida, tanto más pierde atractivo lo que hemos dejado a nuestras espaldas.
Digámonos cada mañana, cuando comienza una nueva jornada: ¡Hoy quiero vivir mejor que ayer! Y, si nos sirve de ayuda, hagamos la prueba de contar, de alguna manera, los actos de amor a Dios y a los hermanos y hermanas. Por la noche nos encontraremos con el corazón rebosante de felicidad.

Chiara Lubich
 

Una lección de amor radical capaz de construir la paz

Una lección de amor radical capaz de construir la paz

  «Después del Año Santo 2000, empezó la segunda “Intifada ”, los peregrinos desaparecieron. Los cristianos del lugar se han sentido abandonados. La mayor parte de ellos viven de los servicios a los peregrinos, y ahora muchas familias están al borde de la sobrevivencia. Además de la ayuda material que se da, es también un apoyo espiritual” Es lo que nos dijo el Nuncio, Mons. Pietro Sambi, de Jerusalén.

“La unidad construida entre nosotros ‘peregrinos’ y con los amigos de allí, ha sido natural y concreta desde los primeros momentos. El corazón nos decía que era necesario ir a visitarlos allí, a su tierra, para entender la necesidad que tienen de sentirnos cerca, pero entrar en contacto con este pueblo quizás nos ha servido sobre todo a nosotros, que vinimos de otras partes del globo, para aprender y para agradecer por lo que ellos viven y ofrecen por todos”.

“Caminamos por la antigua ciudad y miramos a nuestro alrededor, llenos de tantas impresiones que con dificultad logramos ordenar. Son rostros, casas, colores, perfumes, palabras y silencios, panoramas y piedras. Las piedras que pisó un hombre-Dios cuya presencia está viva más que nunca y habla a este hoy, aquí. Es verdaderamente conmovedor ver como hay quien sigue construyendo la paz partiendo antes que nada de sí mismo”. Es la lección más grande de este viaje.

Hemos sido testigos de experiencias impresionantes: desde quien ha perdido al marido, a sus hermanos, a sus hijos; desde quien cada día vive con el temor de las alcabalas, viendo que se llevan a sus seres queridos o quien ve que se le derrumba su propia casa. De quien ya no tiene ninguna certeza, sólo la de que “es dándole Amor a quien pasa al lado que se puede volver a sonreír”, “amando a ese soldado, sonriendo no obstante esa ‘falta’, ofreciendo siempre algo positivo –a pesar de las mil injusticias- incluso a quien podría ser llamado tranquilamente ‘enemigo’”. Son miles las iniciativas de solidaridad, como la oficina de copiado nacida en una aldea de los Territorios Palestinos para ofrecer nuevos lugares de trabajo.

En estos días en Tierra Santa, este amor tan radical ha llegado también a nosotros. Es muchísimo lo que nos han dado, en vida y en gestos concretos: dulces, almuerzos, visitas, fiestas, todo ha sido un acto de Amor continuo hacia nosotros”. P. B.

Pequeños gestos que cambian la vida: dos flash desde Suiza y desde Paquistán

Como San Martín
Quedé viuda siendo joven, con tres hijos a cargo y una situación financiera precaria. Como empleada doméstica por horas gano poco. Un día fui a una iglesia a rezar y allí noté a un hombre que sufría. Tenía los pantalones llenos de parches. Le pedí a Dios que me hiciera entender se tenía necesidad de ayuda. Levantando la mirada noté una pintura de San Martín, quien había vivido con radicalidad el mandamiento evangélico del amor. Me acerqué y él: «Acabo de salir del hospital y ya no puedo trabajar. Ahora estoy aquí pero la verdad es que quisiera lanzarme entre las ruedas de un tren. No sé como salir adelante». Lo animé diciéndole: «Usted está en el lugar apropiado. Venga siempre aquí. Él lo ayudará». Le di lo que había ganado ese día: 80 francos suizos. Al día siguiente recibí inesperadamente la visita de un tío que no veía desde hacía 10 años. Fue una alegría grandísima. Saludándome, me puso en la mano un sobre. �Abriéndola encontré la suma de 8.000 francos suizos!
(M.M. – Suiza)

En el lavadero público
Hace dos días fui al lavadero, que está cerca de mi casa, para lavar. Había un buen sol ese día y tantas mujeres lavaban sus cosas, aunque el espacio era realmente poco. Estábamos conversando alegremente cuando llegó un anciano. Casi no veía. Tenía dos sábanas, una camisa y su turbante para lavar y pedía que le abriéramos campo. Ninguna quería moverse. Dentro de mí pensé: ”Jesús considera hecho a sí lo que hacemos a los hermanos”. Me dirigí a él: «Baba (apelativo de respeto que se usa con las personas ancianas), dame tus cosas que te las lavo yo». Las otras mujeres se pusieron a reír. «Con la familia numerosa que tienes, y esa montaña de ropa, �no estarás hablando en serio?» Repetí al Baba la invitación y empecé a lavar sus sábanas. Estaba muy contento, me dio su bendición paterna, y antes de alejarse, quiso a toda costa dejarme un pedacito de jabón que custodiaba celosamente. Ya nadie reía. En medio del silencio, en el lavadero, sucedió algo nuevo: había quien prestaba su cubeta a la otra, quien ofrecía el balde lleno de agua a quien estaba más lejos. �Había empezado una cadena de amor!

(F.V. – Pakistán)

Renata Borlone: las etapas de una escalada

Renata Borlone: las etapas de una escalada

– El hilo de oro
– Roma años ’40: bajo los bombardeos
-El descubrimiento
– Nadie pase a mi lado en vano
– La escalada final

El hilo de oro
“Leeremos bien nuestra historia sólo en el Paraíso, donde captaremos plenamente el hilo de oro que, esperemos, nos llevará donde tenemos que llegar”. Con estas palabras, la misma Renata empieza la historia de su vida, que había descubierto toda entretejida del amor de Dios.

Nace el 30 de mayo de 1930 en Aurelia, una pequeña ciudad de la Región de Lazio. Seguidamente, se traslada a Roma con su familia.

Los suyos no frecuentaban la Iglesia, pero eran personas rectas, sinceras, ricas de valores humanos.
“Nunca terminaré – decía siempre Renata – de agradecer a Dios por haberme hecho experimentar la vida de una verdadera familia, sobre todo por el amor que había entre mis padres”.

Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Renata tiene 10 años. Su gran sensibilidad no la deja indiferente, y en su memoria permanecen algunos momentos fuertes.

Roma años ’40: bajo los bombardeos
El 13 de julio del ’43, al ver que las bombas caen, decide dar una dirección distinta a su vida. Escribe: “Me di cuenta de que la muerte podía llegar y advertí en un instante la vanidad de los juegos, del dinero, del mañana. Fue un momento de gracia… Cuando regresé a mi casa me sentía distinta. Había decidido ser mejor”.

Desaparece repentinamente una compañera suya de la escuela, muy buena. Era hebrea: “�Por qué son asesinados los hebreos? �No son como nosotros?”, se pregunta, pidiendo con insistencia explicaciones al papá.

El 8 de septiembre de 1943, día decisivo para la historia de Italia, ve desde el balcón de su casa a un soldado alemán que se desliza fatigosamente a lo largo de un muro, arrastrándose, casi con miedo de ser visto. Un sentimiento de compasión hacia él y hacia su pueblo la invade totalmente…

Imágenes lejanas en el tiempo, pero que hablan ya de un amor sin medida por el hombre, por todos los hombres, que seguidamente dominará toda su vida. Mientras tanto con la edad crece también la exigencia de una fe consciente y se vuelve urgente el problema de Dios. Empieza a frecuentar la Iglesia, se injerta en un grupo mariano, y entre sus profesores prefiere a aquellos que manifiestan una mayor corrección moral.

Con 14 años siente un especial “primer llamado”: el empuje interior de dar la vida para que los suyos, lejanos, encuentren la fe.

Sedienta de verdad, entre los 15 y los 19 años, se lanza de cabeza en los estudios para sondear las realidades más profundas, en busca de Dios. Se inscribe en la Facultad de Química, porque espera descubrirLo penetrando en los secretos del universo: “Me apasionaba la Matemática por su lógica. Tenía momentos de exultación cuando la mente descubría algo nuevo. Esperaba adquirir un conocimiento que pudiera de alguna forma hacerme abrazar lo universal. Buscaba a Dios en los seres inteligentes en donde podía haber un reflejo de Él. No sabía todavía que sólo en el Creador – Amor habría podido descubrir lo creado y las criaturas, y amarlas”.

El descubrimiento
El 8 de mayo del ’49, día que ella definirá como “extraordinario”, después de alguna duda – porque no le quería quitar tiempo al estudio – participa en un encuentro donde Graziella De Luca, una de las primeras compañeras de Chiara Lubich, habla del descubrimiento de Dios – Amor, de la nueva vida evangélica iniciada en Trento pocos años antes, mientras la guerra recrudecía.
“Lo que dijo no lo recuerdo. Recuerdo sólo que cuando salí de allí, sabía que había encontrado. (…) Tuve la intuición de que Dios es Amor. Esta experiencia entró hasta lo más profundo de mi ser. Perdí la imagen que tenía de un Dios sólo juez, que castiga a los malos y premia a los buenos y lo sentí como un Dios cercano”.

Convencida de haber recibido un llamado de Dios, da un vuelco decisivo a su vida. Poco a poco conoce a Chiara. Inmediatamente advierte con ella una relación estrechísima, vital, como entre madre e hija, junto a la clara confirmación de darse toda a Dios en el Movimiento de los Focolares. Y dice su Sí a Dios para siempre.

Su larga experiencia de donación en el focolar inicia el 15 de agosto de 1950. Acababa de cumplir 20 años. Su amor y su disponibilidad sin límites, su paz, pensando en su joven edad, no pasan inobservadas. Vive así 40 años al servicio del Movimiento de los Focolares, primero en varios focolares de Italia, después en Francia, en Grenoble.

En el ’67, a 37 años, Renata llega a la Escuela de formación de Loppiano, donde transcurre los últimos 23 años de vida como co-responsable de la ciudadela misma. Aquí su donación estalla en toda su potencialidad. Más de mil jóvenes han absorbido de ella esa sabiduría, esa fuerza interior para crecer espiritualmente.

Nadie pasa a su lado en vano
Su vida es un estupendo entramado de amor y de dolor, en el esfuerzo de morir a sí misma para dejar vivir a Jesús en ella. Y es a Jesús a quien encuentran estando ante su presencia.

Por su amor sin medida, nadie pasa a su lado en vano, como dan testimonio un gran número de personas de todas las categorías, condiciones, edades, culturas. Cada uno, entrando en contacto con ella, experimenta ese amor que hace de cada hombre un predilecto de Dios, amado y comprendido como hijo único.

Este amor radical, esta pasión por el hombre tiene su raíz en el amor incondicional a Jesús que en la cruz grita el abandono del Padre, y en el mirar como modelo a María que, ante el Hijo moribundo, todavía cree, todavía espera, todavía ama. De allí su escalada continua, realizada según la Palabra del Evangelio que consideraba su programa, casi como si trazara su fisionomía espiritual: “María (…) conservaba todas esas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2,19).
Tensión constante a la santidad, desarrollo de las virtudes, correspondencia transparente al carisma de la fundadora “que todos sean uno” (Jn. 17, 21) florecían a partir de un inteligente y continuo dejar de lado su yo.

La escalada final
Con 59 años se le anuncia una enfermedad que muy pronto se manifiesta en toda su gravedad: delante de ella no quedan sino pocos meses. A partir de ese momento su vida se convierte en una escalada hacia Dios, mientras sigue siendo feliz como había prometido años antes a Jesús.
Su lecho se transforma en una cátedra de vida. En Cristo la muerte no existe, existe la vida, y ella repite hasta el último instante: “Quiero dar testimonio de que la muerte es vida”.

No se lamenta y rechaza los calmantes. Quiere permanecer lúcida, siempre dispuesta a decir su sí pleno a ese Dios que la había fascinado de joven y que ahora le pide el don de la vida. En los últimos días parece que se encuentra bajo una anestesia divina, tanto logra – no obstante el sufrimiento – transmitir a su alrededor sacralidad y alegría plena: “Me encuentro como en un remolino de amor. Soy demasiado feliz”. Encismada en una realidad paradisíaca, va al encuentro del Esposo el 27 de febrero de 1990.

La biografía completa de Renata Borlone ha sido recogida en el libro “Un silencio que se hace vida”, de G. Marchesi y A. Zirondoli (Editorial Città Nuova)

Quiero testimoniar que la muerte es vida!

Quiero testimoniar que la muerte es vida!

“La vida de los santos es siempre un alimento precioso para la comunidad cristiana. �Por qué la vida de Renata? Porque descubrió que Dios es Amor y desde ese momento su vida se vio incendiada por ese amor, hasta su muerte”. Así se expresó el obispo de Fiesole, Mons. Luciano Giovanetti, el 18 de diciembre de 2003, ilustrando a los presentes los motivos que lo empujaron a pedir el inicio de la causa de canonización.

En el gran salón S. Benito, repleto de amigos, en la ciudadela de Loppiano, en las colinas de Incisa, en el Valdarno (Florencia), el Obispo abrió oficialmente el proceso de canonización de Renata Borlone (1930-1990), focolarina, co-responsable de la ciudadela de Loppiano desde 1967 a 1990. Una vida enteramente donada a Dios y a los hermanos a la luz de la espiritualidad de la unidad, que continúa dejando tras de sí una estela luminosa.

Quién era Renata
Renata Borlone nace el 30 de mayo de 1930 en Aurelia, cerca de Roma. Crece en una familia no practicante, hacia los 14 años empieza a plantearse el problema de la existencia de Dios y a frecuentar la Iglesia. Sedienta de la verdad, se lanza en busca de Dios a través de los estudios. Con 19 años entra en contacto con la vida evangélica de algunas de las primeras focolarinas, que se acababan de transferir a Roma, y advierte una alegría y una plenitud nunca antes experimentadas; se le hace evidente una certeza: �Dios existe, Dios es Amor! Un descubrimiento fulgurante que transforma toda su vida. Empieza así una extraordinaria aventura que durante 40 años la verá comprometida en la edificación de esta nueva obra en la Iglesia. Muy pronto asume tareas de responsabilidad sea en Italia que en el extranjero. A partir de 1967 va a Loppiano como co-responsable de la ciudadela y encargada de la formación espiritual de las focolarinas.
Muere el 27 de febrero de 1990, dejando a todos el ejemplo de su vida que nos cuestiona todavía hoy.