Movimiento de los Focolares
Pascua: el fundamento de la Gran Esperanza

Pascua: el fundamento de la Gran Esperanza

La esperanza cristiana no es huir de la realidad. Nace en un lugar sin luz, en ese punto estrecho que es una tumba amurallada, en donde Dios ha volcado el juicio de este mundo. Justamente por ello se atreve a hablar en un tiempo de guerras (Gaza, Kiev, Darfur, Teherán) y de cientos de millones de personas que no saben cómo llegar al día de mañana.

Nuestros días se encuentran entretejidos con justas esperanzas: salud, un trabajo que no sea precario, un poco de paz o una justicia que no sea solamente una palabra. Pero cuando ellas se vuelven nuestro único horizonte o las sacralizamos como ídolos o, frente a la primera fractura seria, nos refugiamos en el cinismo y en la resignación.

La Pascua no borra esas esperanzas, las quita de su centralidad. Las coloca en un “Otro” y, justamente por eso, las preserva. El amor más fuerte que la muerte no nos quita el peso de tener que actuar; más bien rompe la ansiedad de tener que salvar el mundo únicamente con nuestras manos.

La última palabra sobre la historia no es la nuestra, ni la de los vencedores de turno. Es la palabra pronunciada sobre el cuerpo de Jesús. Y la palabra de la Pascua desmiente con anticipación toda pretensión de la muerte de ser definitiva. Para Pablo, la resurrección de Cristo no es un episodio aislado en la biografía de Jesús. Es la apertura de una escena nueva a la que la humanidad entera se ve arrastrada: «Como en Adán todos mueren, así en Cristo todos recibirán la vida» (1 Cor 15,22). Los Padres siguieron ese rastro sin atenuarlo: la resurrección es la plenitud de la naturaleza humana en su totalidad, no el privilegio de pocos afortunados. En Cristo, Dios contempla ya la plenitud de la familia humana: los rostros de los refugiados en el Mediterráneo, de los que atraviesan el Sahara, de los civiles escondidos en los sótanos de Darfur. Por eso toda herida a la dignidad, todo cuerpo descartado, no es solamente injusticia social; es profanación de una humanidad que fue pensada y amada dentro de la luz del mismo Resucitado.

© Mourad Saad Aldin by Pexels.com

Pablo amplía aún más la mirada: «toda la creación gime y está con dolores de parto» (Romanos 8,22). No gime solo la conciencia humana, sino también el suelo, el aire y los mares. En 2026 el lenguaje de los “dolores de parto” ya no suena como un piadoso simbolismo: lo leemos en las inundaciones, en la cosecha incierta, en las poblaciones que tienen que trasladarse porque el agua se ha acabado. Este gemido tiene la forma de una protesta; la creación rechaza el hecho de ser tratada como material descartable, y la Pascua le da voz. En Cristo resucitado, toda explotación de la tierra se nos presenta ya como lo que es: una opción en contra del futuro de todos.

Entonces, ¿cómo vivimos entre una realización ya inaugurada y una historia aún atravesada por demasiados fracasos? No con la parálisis ni con un optimismo de fachada. Vivimos sabiendo que nada de lo que es auténticamente bueno debe perderse: un gesto de acogida, la opción por una renuncia o un trabajo honesto encarado en condiciones complicadas. Benedicto XVI recuerda que «toda acción seria y recta del hombre es una esperanza real» e incluye entre esos compromisos también trabajar por un mundo más humano, sostenido por la gran esperanza que se apoya en las promesas de Dios (Spe Salvi, 35). Podemos decir más aún: no es algo que se le añade al Reino desde afuera, sino que es ya un fragmento visible de él. La realización le pertenece a Dios, y sin embargo Dios se empecina también en pasar a través de nosotros. Cuando nos esforzamos en trabajar por los refugiados, por el desarme, por condiciones de trabajo menos deshumanas o por una paz concreta y no retórica, no estamos simplemente “preparando” algo que llegará después. Estamos dejando que la vida del Resucitado tome forma, humilde y frágil, dentro de nuestro tiempo.

La esperanza pascual no queda como una idea o un pensamiento; sino que adquiere corporeidad. La resurrección dice que las lógicas de muerte no tienen la facultad de decidir el resultado final, y por ello toda guerra, todo sistema de explotación, toda indiferencia lúcida ya ha quedado desenmascarada y desprovista de sentido último por la tumba vacía. En el sepulcro de este mundo, algo ya ha cambiado para siempre: la vida ha comenzado a remontar las grietas de la historia. No cómo consuelo vago ni como “recompensa” en otro lugar indefinido, sino como una realidad que, en Cristo, ya ha sido entregada a la humanidad y a la creación entera. En el juicio de Dios revelado en Pascua –un juicio que libera, que no aplasta– se ha decidido una vez para siempre que la muerte no podrá jactarse de tener la última palabra sobre nadie y sobre nada.

Esta es la gran esperanza.

¡Felices Pascuas!: es una esperanza que no queda encerrada dentro de una iglesia, sino que pone sus manos en la historia.

Declan J. O’Byrne
Instituto Universitario Sophia
Publicado originalmente en
Loppiano.it

Foto de portada: Detalle de la vidriera del Santuario de María Theotokos, Loppiano

Ojos de Pascua

Ojos de Pascua

A todos les deseo ojos de Pascua,
capaces de mirar
en la muerte, la vida,
en la culpa, el perdón,
en la separación, la unidad,
en las heridas, la gloria,
en el hombre, a Dios,
en Dios, al hombre,
en el Yo, el Tú.
¡Y junto a esto, toda la fuerza de la Pascua!.

(Pascua 1993)

Klaus Hemmerle
(La luce dentro le cose, Città Nuova, Roma 1998, pág. 110).

Foto: © Aakash-Sunuwar by Pexels.com

La cruz, fuente de comunión

La cruz, fuente de comunión

Que la soledad, en el silencio, no te asuste: ella está hecha para proteger, no para atemorizar. De todas formas, hemos de sacar provecho también de este sufrimiento. La máxima grandeza de Cristo es la cruz. Nunca estuvo tan cerca del Padre y tan cerca de los hermanos como cuando desnudo, herido, gritó desde el patíbulo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Con ese sufrimiento nos redimió: en esa fractura reunió a los hombres con Dios.

[…] Ponte a escucharla. Ponte a contemplar, dentro del silencio en el que Dios habla. Es ésta, en la jornada de la vida, la hora tardía de la contemplación, cuando las criaturas se retiran para hacer un balance del trabajo realizado y preparan el quehacer del mañana, un mañana que hunde sus raíces en la eternidad. […] Desapego del mundo, por lo tanto, y apego a Dios. No separación de los hombres, en cuanto son hermanos, miembros de la misma familia humana y divina.

Igino Giordani, Fragmentos tomados de “Città Nuova” XXIII/13 10 de julio de 1979, pp.32-33

Foto: © Nikolett Emmert by pexels.com

Cada día un Jueves Santo

Cada día un Jueves Santo

Este año vivo la Semana Santa de una manera especial.

Ayer, Miércoles Santo, la lectura de la Pasión de Jesús me conmovió especialmente. Volví a descubrir (y qué importante es esto) el valor tan nuevo del dolor en nuestra vida cristiana. Recibí de nuevo la llamada —me gustaría decir— a esta que, entre las vocaciones de cada día, de cada hora de nuestra vida, es la más sublime. Jesús, el hombre del dolor: ahí está el culmen de su vocación.

(…) Hoy me invade una ola de ternura. Es el día del Mandamiento nuevo, de la Eucaristía, del sacerdocio, del servicio fraterno.

¡Cuántas riquezas infinitas ha reservado Jesús para el último día de su vida aquí abajo!

¡Qué deseo de hacer de cada día un Jueves Santo!

Tú, Jesús, que nos has elegido para este camino tan cercano a tu corazón, ayúdanos a recorrerlo bien, cada día, hasta el final.

Chiara Lubich
(Chiara Lubich, Diario 1964-1980, a cura di Fabio Ciardi, 2023, Città Nuova, Roma, p. 324)

Foto © Vesal by Pixabay

El sello de la unidad

El sello de la unidad

(…) ¿Cuál es la Palabra que el Espíritu ha grabado como un sello en esta casa, en nuestro Movimiento, cuando el Cielo pensó en él, al dar comienzo aquí en la Tierra a su realización?

Nosotros lo sabemos. La palabra es “unidad”. Unidad es la palabra que resume toda nuestra espiritualidad. Unidad con Dios, unidad con los hermanos. Es más, unidad con los hermanos para alcanzar la unión con Dios.

En realidad, el Espíritu nos ha revelado un camino completamente nuestro, plenamente evangélico para unirnos con Dios,

para encontrarlo a Él. (…) Nosotros lo buscamos y lo encontramos pasando por el hermano, amando al hermano. Lo encontramos si nos esforzamos en realizar la unidad con el hermano, con cada hermano; si establecemos la presencia de Jesús entre nosotros como hermanos. Solo de este modo tenemos garantizada también la unidad con Él, lo encontramos vivo y palpitante en nuestro corazón. Y esta unidad con Dios es la que nos empuja, a su vez, hacia los hermanos, la que nos ayuda a actuar de tal manera que nuestro amor por ellos no sea ficticio, insuficiente, superficial, sino radical, pleno, completo, un amor substanciado de sacrificio, dispuesto siempre a dar la vida, capaz de realizar la unidad.

Nuestros Estatutos ponen la unidad como base de todo, como norma de las normas, como la regla que

hay que poner en práctica antes de cualquier otra regla. La palabra unidad es para nosotros la roca.

Nosotros no tenemos significado en la vida sino en esta palabra, con la que todo adquiere sentido: cada acto, cada oración, cada aliento. Y si nos concentramos en esta palabra, si la vivimos lo mejor que podamos, todo se salvará para nosotros. Nos salvaremos nosotros y se salvará la porción de Obra que se nos ha confiado.

En el futuro tal vez lleguen para la Obra, en su conjunto o en alguna zona,

momentos diferentes de los que vivimos en el presente, que está marcado por tantas consolaciones, frutos, luz, fuego.

Podrán llegar momentos de oscuridad, de desaliento; podrán llegar persecuciones,

tentaciones (…) Podrán suceder desgracias, catástrofes… Pero si nos mantenemos firmes sobre la roca

de la unidad, nada podrá afectarnos, todo seguirá adelante como antes.

Chiara Lubich
in “Conversazioni in collegamento telefonico”, 2019, Città Nuova Editrice, p. 373

Chiara Lubich: «Dios nos necesita»

Chiara Lubich: «Dios nos necesita»

«Mira que hago nuevas todas las cosas»

(…) No es un sueño, ni una utopía, ni un deseo apasionado, sino una certeza repetidamente atestiguada por Dios en la Biblia. Será la respuesta que Dios dé a las fatigas con las que sus hijos han trabajado por su Reino. Será la coronación de la fidelidad con la que sus hijos han vivido su Palabra. Será el despliegue completo de la potencia del Espíritu Santo, que Jesús ha introducido en la historia con su muerte y resurrección.

Sin embargo, desde que Jesús vino a la tierra, esta renovación, aunque sea en medio de tantas dificultades, ya ha empezado, ya está en acción. Desde ahora todos los que lo dejan vivir en sí mismos -y Jesús vive en nosotros si ponemos en práctica su Palabra- experimentan este milagro de su gracia, que hace nuevas todas las cosas: transforma el sufrimiento en paz y serenidad interior, vence la debilidad, el odio, el egoísmo, la soberbia, la avaricia y cualquier mal; hace pasar de la esclavitud de las pasiones y del miedo a la gozosa libertad de los hijos de Dios. Y no se limita a transformar al individuo, sino que transforma a través de él a toda la sociedad.

(…)

De hecho, Dios quiere renovar todas las cosas: nuestra vida personal, la amistad, el amor conyugal, la familias quiere renovar la vida social, el mundo del trabajo, de la educación, de la cultura, de la diversión, de la sanidad, de la economía, de la política…. en una palabra, todos los sectores de la actividad humana.

Pero para hacer esto, Él tiene necesidad de nosotros. Necesita personas que dejen vivir en ellas mismas su Palabra, que sean su Palabra viva, otros Jesús en sus ambientes. Y ya que la caridad es palabra que lo resume todo, plenitud de la Ley, tratemos de ponerla en práctica amando a los hermanos como a nosotros mismos, sin diluir la Palabra de Dios, sin menguarla.

Advertiremos una continua renovación antes que nada en nuestro corazón y muy pronto la descubriremos evidente en torno a nosotros.

Chiara Lubich
Foto: © Kaike Rocha by Pexels