Cuando nos casamos, hace más de treinta años, deseamos que en la base de nuestro matrimonio estuviera el amor mutuo que se abre y se dona a los demás. Sin embargo, nos dimos cuenta, desde los primeros meses de nuestra vida conyugal, de lo diferentes que éramos y de cómo el amor que queríamos poner en la base de nuestra relación debía renovarse en todo momento. Había que recomenzar cada vez que nuestro carácter o la forma distinta de ver las cosas parecía alejarnos. Este amor recíproco constantemente renovado nos ha ayudado sin duda también en la difícil tarea de ser padres. Nuestras diferencias, si las confrontábamos en un diálogo constructivo, podían ayudarnos en las decisiones que debíamos tomar respecto a los hijos.
Hace algunos años, uno de nuestros tres hijos, entonces adolescente, nos pidió poder ir a una discoteca con sus amigos. Con las debidas recomendaciones nos pusimos de acuerdo sobre la hora y dimos el consentimiento. Mi esposa no podía conciliar el sueño y, como su retraso la inquietaba, me despertó. Mientras hablábamos preocupados, lo escuchamos volver: ella, impulsivamente, habría ido hacia él para regañarlo y pedir explicaciones; yo, en cambio, pensaba que en ese estado de agitación y enfado habríamos arruinado todo. Amar, en ese momento, significaba guardar silencio, saludarlo y nada más. Al día siguiente, en el desayuno, con paz interior, pedimos explicaciones y nuestro hijo nos compartió lo que había hecho y el motivo del retraso.
Lo que habíamos pensado la noche anterior no era verdad: si en ese momento hubiéramos hablado y nos hubiéramos enojado, probablemente habríamos dañado nuestra relación de confianza. Hemos constatado que el amor vivido en la familia contagia y atrae.
Este verano nos visitó un amigo de nuestros hijos. Se presentó todo sonriente con su novia y nos invitó a su boda, diciéndonos que para él somos como familiares cercanos. Lo conocemos desde niño; siempre ha frecuentado nuestra casa, especialmente cuando sus padres se separaron y atravesó momentos difíciles. Siempre lo hemos acogido con el calor de la familia, junto con nuestros hijos, compartiendo momentos de convivencia, de fiesta y de vacaciones. Aquella tarde de agosto quería presentarnos a su novia y contarnos su historia de amor. La experiencia negativa del matrimonio de sus padres le había hecho dudar durante mucho tiempo del valor del matrimonio, por lo que para nosotros fue una gran alegría comprobar que en él había vencido la confianza en un amor que duraría para siempre.
En nuestra familia los abuelos han tenido un papel importante en la transmisión de valores, y en particular la presencia del padre de mi esposa, que se trasladó a vivir a nuestra casa tras quedar viudo. Se sentía valorado, se ponía a disposición para pequeños servicios y compartía con nosotros sus días, sus libros y sus recuerdos. Nuestros hijos siempre lo han querido, lo escuchaban cuando contaba su vida, lo respetaban cuando daba un consejo, y se reían con él cuando deformaba palabras o olvidaba nombres. Con el avance de la edad y el empeoramiento de su salud aumentaron el compromiso y el sacrificio de todos nosotros, especialmente de mi esposa en su cuidado.
Un día particularmente difícil, en el que ella se sentía limitada en su libertad, mi esposa fue a misa y pidió a Jesús que la ayudara. Las palabras del Evangelio: «Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz cada día y sígame» la ayudaron a dar el paso. La situación externa no cambió, pero ella cambió interiormente.
Ese período fue para nosotros dos y para nuestros hijos una oportunidad: renunciamos muchas veces a nosotros mismos, a nuestros planes, para amar al abuelo, y eso contribuyó sin duda a fortalecer nuestras relaciones. Uno de nuestros hijos expresó muy bien, en una carta, lo que recibió de esta experiencia:
«“Amar, hay que amar siempre, especialmente a aquellos que te son un impedimento”. El abuelo estaba sentado en la cama del hospital y venía de una noche difícil con los enfermeros y quizá consigo mismo. Detrás de esta frase, dicha en ese momento, me pareció comprender plenamente el significado de lo que quería decirme. De “impedimentos”, cuando se es anciano y quizás también enfermo, es natural tener muchos. Ha sido una lección de vida muy bella ver cómo el abuelo afrontaba diariamente las pequeñas renuncias que se le presentaban. Desde no poder conducir más hasta, en los últimos meses, no poder comer solo, pasando por decenas o quizá cientos de otros pequeños pasos que se le fueron pidiendo. He podido experimentar también diariamente cuánto el abuelo estaba aferrado a la vida; y he tenido la fortuna de vivir con él muchos momentos buenos y menos buenos durante su enfermedad.
Veía el bien que mamá y papá querían al abuelo y sentía la gratitud que el abuelo tenía hacia nosotros. Puedo decir que el abuelo me dio un hermoso ejemplo de cómo afrontar la muerte, es decir, con respeto y conciencia, pero en serenidad y con la certeza de que no es el final. El amor vivísimo, después de 18 años de su muerte, que tenía por la abuela, es quizá el ejemplo más bello de la profunda fe que tenía el abuelo. Una fe, sin embargo, nunca dada por descontada que, si se acoge con confianza y profunda conciencia, lleva como fruto al Amor».
(Fuente: de Famiglie in Azione – Ed. Città Nuova 2022)
Preguntas para el diálogo en familia:
- ¿Dónde, en mi vida y en nuestra vida familiar, el amor pide hoy ser cuidado con más atención y concreción?
- ¿Qué temores habitan nuestro corazón y cómo podemos confiarlos juntos, para volver a vivir con confianza el presente?
- ¿A quién somos enviados hoy para llevar una presencia de cercanía, cuidado y esperanza entre las familias?



