Entre el cielo y la tierra

 
En los párrafos 163-164 de Amoris Laetitia, el Papa Francisco presenta el amor conyugal como una realidad viva y dinámica, llamada a crecer y renovarse con el paso del tiempo. En una sociedad en la que muchas parejas comparten décadas de vida juntos, los esposos están llamados a seguir eligiéndose cada día, construyendo una relación basada en la confianza, la fidelidad, el perdón y el crecimiento mutuo. Incluso cuando cambian las circunstancias y pasan los años, el amor auténtico no desaparece; al contrario, puede hacerse más profundo, más tierno y más maduro. El matrimonio, por tanto, no es solo un vínculo que debe conservarse, sino un camino que necesita renovarse continuamente, sostenido por la gracia de Dios en cada etapa de la vida.El testimonio que presentamos nos recuerda que el verdadero amor no consiste únicamente en compartir momentos felices, sino en permanecer fieles el uno al otro cada día, confiando en Dios y transformando incluso el sufrimiento en una oportunidad de unidad, fe y entrega a los demás. Amar de esta manera, especialmente en medio de las dificultades, es quizá uno de los testimonios más fuertes y luminosos que podemos ofrecer al mundo.

Soy creyente y, durante un encuentro de preparación para el matrimonio, entre los distintos temas relacionados con la vida familiar, me impresionó especialmente el testimonio de los padres de una joven que había sabido transformar su enfermedad en un camino hacia Dios, aceptando y abrazando el sufrimiento día tras día. Al salir de aquella reunión le dije a mi novio que yo también deseaba construir una familia sólida, basada en el amor que Jesús enseña en el Evangelio.

Nos casamos sabiendo que nada estaba garantizado y que todo debía construirse día a día, viviendo el amor recíproco entre nosotros y abiertos a los demás. Hubo muchas alegrías, pero también dificultades relacionadas con el trabajo, las relaciones y la enfermedad de un familiar. Sin embargo, la prueba más grande llegó cuando a mi esposo, con solo cuarenta y cuatro años, le diagnosticaron una grave enfermedad tumoral.

Entre momentos de intenso sufrimiento y períodos de mejoría, vivió lo que humanamente podría describirse como un verdadero calvario. Durante cinco larguísimos años de enfermedad perdió parte de la audición, de la vista, la capacidad de tragar y finalmente el uso de las piernas. Y aun así, aquel tiempo tan duro estuvo lleno de gracia, y mi esposo lo vivió con una dignidad y una serenidad extraordinarias. Creo que esa fuerza provenía de la presencia de Jesús entre nosotros, como nos repetíamos cada vez que debíamos afrontar una nueva prueba y cada mañana antes de comenzar el día. Mientras tanto, nuestro amor crecía y se purificaba hasta convertirse en una profunda unión de almas, más fuerte de lo que jamás habíamos experimentado. Todo lo que vivíamos quedaba iluminado, y hasta el sufrimiento adquiría un sentido sagrado. Cada día era para mí una ofrenda a Jesús: cada gesto de amor por Él, cada “sí” a una situación humanamente incomprensible.

Durante toda la enfermedad, mi esposo fue un ejemplo de fe para nuestros hijos y para todos los que se acercaban a nosotros. Rezó y esperó hasta el final, consciente de que se encaminaba hacia el encuentro con el Padre. Aproximadamente un mes antes de morir pidió recibir la Unción de los Enfermos diciendo: «Deseo recibir este sacramento ahora, mientras todavía soy plenamente consciente». Nos dejó muchas palabras preciosas, algunas con el peso de un verdadero testamento espiritual: «No quisiera dejaros, pero creo en Dios y en su amor. Le he dado mi “sí” sin echarme nunca atrás. Por favor, seguid amándome y hablándome, y yo estaré siempre con vosotros».

Incluso después de su muerte, siento que la vida debe continuar en el compromiso de amar a cada persona que encuentro cada día: en mi familia, con mis hijos, donde ahora debo ser madre y padre a la vez; en el trabajo, escuchando la voz de Dios dentro de mí. Esa voz nace del profundo diálogo entre nosotros, un diálogo que la muerte no ha interrumpido, sino que continúa “entre el cielo y la tierra”, haciéndome experimentar, hoy como entonces, la paz que solo la unión con Dios puede regalar.

En la vida cotidiana existen infinitas oportunidades para transmitir esa fuerza que me llega del cielo. Un día, hablando con una persona que me confiaba una profunda crisis matrimonial, le dije: «Cómo me gustaría estar en tu lugar, cómo me gustaría poder empezar de nuevo, perdonar y reconstruir la unidad con mi esposo; cómo me gustaría poder decirle todavía cuánto lo amo. Cada día es precioso: no desperdiciéis el tiempo que aún tenéis para amaros». Con lágrimas en los ojos, no dejaba de darme las gracias.

En mi parroquia formo parte de un grupo de familias que, junto con el párroco, acompañan los cursos de preparación al matrimonio. Nunca es fácil compartir mi experiencia: cada vez es como volver a vivir aquel dolor y sentir nuevamente esas heridas. Sin embargo, siempre me conmueve profundamente la gratitud de las jóvenes parejas que escuchan este testimonio. Una noche, después de escuchar mi historia, el párroco dijo simplemente que no había nada más que añadir y propuso concluir con un Padre Nuestro: «Cualquier palabra añadida después de este testimonio solo podría disminuir la gracia de este momento».

(Fuete: desde Famiglie in Azione – Ed. Città Nuova 2022)

Imagen generada por IA

Preguntas para el diálogo en familia

  • ¿En qué momentos de la vida cotidiana sentimos que realmente «nos elegimos» como pareja? 
  • ¿Sabemos pedir perdón y volver a empezar sin guardar rencor por las heridas? 
  • En los momentos difíciles, ¿somos capaces de pedir ayuda y dejar que los demás nos apoyen? 
  • ¿Qué cosa concreta podríamos hacer ya a partir de esta semana para amar mejor al otro?

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